Ángel González, verso a verso

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

¿Cómo seré yo / cuando no sea yo? / Cuando el tiempo / haya modificado mi estructura, / y mi cuerpo sea otro, / otra mi sangre, / otros mis ojos y otros mis cabellos.

Ángel González, Cumpleaños de amor.

Algunas biografías, por más que se acoten y se canten, no se cierran nunca. Mañana, en el décimo aniversario de su muerte, un grupo de amigos del poeta Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2001) le rendirá homenaje en la Sala Galileo Galilei de Madrid.

Tuve la suerte de conocer y de tratar al autor de Palabra sobre palabra, mediados los ochenta del siglo XX, en Oviedo, a donde volvía cada año de la mano de sus amigos de siempre —Emilio Alarcos, Lola Lucio y Juan Benito Argüelles…— desde aquel Albuquerque (Nuevo México) que le daba acogida y sosiego.

En 1985, tras algunos intentos fallidos, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y pude contarlo en El País, diario del que era entonces corresponsal en Asturias. De aquellos encuentros salieron algunas entrevistas, la más larga publicada en un libro homenaje editado por la Caja de Ahorros de Asturias en 1987: Ángel González, verso a verso.

Ya en los primeros noventa, en Madrid, grabé con él algunas noticias para el Telediario, pero luego mis ocupaciones profesionales en TVE cambiaron y le perdí la pista, justo en los años en que más salió al ruedo, no sé si a su pesar. El día en que falleció, 12 de enero de 2008, pedí con éxito a los responsables de la corporación —yo era director de comunicación de RTVE— que reemitieran en su recuerdo Esta es mi tierra, excelente documental de la gran serie dirigida por Juan Manuel Martín de Blas. Otros tiempos.

Años más tarde, cuando Ángel ya no estaba en las filas académicas —ingresó en 1997 con un discurso dedicado a Antonio Machado—, tuve el honor de trabajar en la RAE —desde 2010 hasta 2017— y me acordé muchas veces de él, discreto y devoto ocupante de la silla de la corporación hasta 2008.

Tras su muerte se intentó crear —por parte de algunos de los amigos que ahora le rinden tributo en Madrid— una fundación en su memoria, ubicada en Oviedo. Las desavenencias de algunos promotores con su viuda, Susana Rivero, truncaron el proyecto. Como suele ocurrir en estos casos, las explicaciones del fracaso son divergentes, pero al menos sí se ha logrado poner en marcha una cátedra Ángel González en la Universidad de Oviedo.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Nos quedan los recuerdos, las palabras, los libros. Conservo como oro en paño la primera edición de Sin esperanza, con convencimiento, cuya cubierta ilustra estas notas. La conseguí hace unos meses en una librería de viejo, casi intacta. Un ramillete de poemas en hojas amarillentas que ofrecen más dudas que certezas ante la amenaza del futuro:

¿Cómo seré yo / cuando ya no sea yo?

La estrella de Cunqueiro

Camino de Belén

Camino de Belén

Se apagan ya las luces navideñas, se desvanecen las cabalgatas con sus polémicas —algunas tan lamentables como la de Luis del Val en la COPE— y empieza el tedioso rosario de los buenos propósitos para el nuevo año. Vuelve —¿por fin?— el «retour à la normale», por decirlo con un viejo eslogan de Mayo del 68, cuyo cincuentenario —que no falten las efemérides— se conmemora en 2018.

El gran Álvaro Cunqueiro no dejaba pasar ningún año —por desgracia solo vivió sesenta y nueve— sin escribir algún artículo sobre la peripecia de los reyes magos. La semana pasada, mientras seguía felizmente su rastro en la hemeroteca, me encontré con uno publicado en Sábado Gráfico, fechado en diciembre de 1964 bajo el título «El viaje de la estrella».

Es bien conocido para los lectores del autor de Merlín e familia que don Álvaro tenía memoria deformante… y presumía de ella. Podía permitirse el lujo de anteponer la imaginación y la fantasía a los supuestos hechos reales, nunca mejor dicho, y por lo general acertaba: también la verdad se inventa, como nos recordaba Antonio Machado.

En este caso, me refiero al artículo aparecido aparecido en la revista dirigida por Eugenio Suárez —figura histórica y casi olvidada del periodismo español—, Cunqueiro hace algunos alardes de citas y erudiciones sobre los dichosos magos que nos dejan casi como estábamos:

«Como ustedes saben —escribe Cunqueiro— se ignora su número exacto. En Etiopía creen los cristianos de allá que los magos son doce, mientras que en Europa estimamos, desde el pseudo Beda, y el románico, que son tres, no más, y uno de ellos —pseudo Beda dijo— «fuscus»; es decir, negro. (…) En algunas leyendas siriacas parece ser que los magos llegaron a ser setecientos setenta y siete; y en Armenia, cuatro solamente».

En resumen: que no salen las cuentas, pero es lo de menos tratándose de asuntos regios. En este artículo de Sábado Gráfico —también los hay sobre el mismo asunto en Faro de Vigo, en Destino…y en casi todos las cabeceras en las que publicó Cunqueiro— Cunqueiro se lamenta de la falta de datos verídicos sobre Melchor, Gaspar y Baltasar —«Tampoco sabemos mucho más del hallazgo de los cuerpos de los tres reyes y su traslado a la catedral de Colonia»—, pero no pierde la esperanza:

«Habrá que estar atento a las celestes soledades. Acaso, cuando menos lo pensemos, vemos pasar la estrella».

Así lo haremos, atentos al cielo, los próximos doce meses.