Un vuelo en tiovivo

Pradera del parque de La Manguilla, en El Escorial

El avistamiento de un tiovivo en el parque escurialense de La Manguilla, lúdica nave espacial posada dulcemente al final de la pradera, es como el efecto mariposa: puede llevar a cualquier parte.

A esa hora de la tarde, a unos metros de los caballitos, sonaban ayer, en directo, canciones españolas de los ochenta y noventa. Algunas fueron en su día letras premonitorias de una realidad que hoy, tanto tiempo después, se muestra más cercana y dramática aún: Espaldas mojadas, de «Tam tam go», y Africanos en Madrid, de «Amistades peligrosas». Con menos gravedad, pero con gran acierto y más transgresión de la aparente, «Un pingüino en tu ascensor» proponía viajes más divertidos: una aventura aérea en Ryanair o un trayecto en tren a Pitis, estación fantasma —hoy no tanto como entonces— camino de la sierra de Guadarrama.

El caso es moverse. Bromas aparte, tal vez la vida sea esto: dar muchas vueltas al ruedo para terminar siempre en el punto de partida. El viaje en tiovivo empieza lento, a lomos de un caballo mecánico que sube y baja mientras desfilan ante nosotros paisajes imprecisos.

El despegue produce cierto vértigo, ligeros mareos, pero la velocidad da confianza y enseguida parece que volamos rumbo a lo desconocido. No es así. Cuando le hemos cogido el gusto al artilugio, una sirena implacable —y menos seductora que las de Ulises en su navegación— anuncia el ocaso de la cabalgada: hay que bajarse sin remedio y dejar paso a nuevos viajeros.

En el tiovivo, posiblemente la más elemental de las atracciones de feria, no hay más trucos que el efecto giratorio y su añadido ecuestre, con subibaja incluido: extraña sensación de desplazamiento continuo que nos traslada a un imaginario destino. Lo peor… o lo mejor, según se mire, es que esta ruleta infantil nos devuelve enseguida a tierra. Hemos volado sin cambiar de sitio.

Cuenta la leyenda que el escritor Álvaro Cunqueiro, maestro de fantasías, consiguió, en la negrura de la primera posguerra, enviar un tiovivo a las fiestas de su Mondoñedo natal. No sería asunto legendario si se supiera a ciencia cierta cómo logró el autor de Merlín e familia que los caballitos fueran de Madrid a Lugo. También se desconoce si abonó cantidad alguna por aquella adquisición. Solo se tiene noticia de que el tiovivo llegó a su destino y cumplió su misión: poner alas a muchos sueños infantiles.

El resto es literatura. Y mejor no darle muchas vueltas porque cuando se acaba la colina y uno se acerca al tiovivo, el cacharro empieza a perder su magia. «Partir es no querer llegar», decía el poeta asturiano Emilio Sola en uno de sus versos*, ahora felizmente reeditados.

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P. S. Estos conciertos, y también las atracciones de feria, formaban parte del espectáculo «Memory Park», dedicado a la música española de los años ochenta y noventa y celebrado los días 29 y 30 de junio en el parque La Manguilla de El Escorial.

**La soledad, los viajes, el mar, la amnistía, un aniversario y varios muertos, 1976.

Los caballitos no faltan en ninguna feria.

El viaje circular y eterno de los caballitos