Deslumbrantes «Luces de bohemia»

Ramón del Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría, hacia 1930. (Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, MECD).

Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría. Instituto del Patrimonio Cultural de España.

El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios.

Don Filiberto, redactor de El Popular.

En horas veinticuatro, por una serie de felices coincidencias, he visto este fin de semana dos versiones distintas de Luces de bohemia, muy diferentes entre sí, pero brillantes y emotivas, conmovedoras, en ambos casos.

La asistencia al teatro, una sala en Madrid y otra en San Lorenzo de El Escorial, estuvo precedida de la relectura de este título inaugural de los esperpentos de Ramón María del Valle-Inclán, publicado inicialmente por entregas en la revista España en 1920 y aparecido después, ya como libro, en 1924. La Biblioteca Castro acaba de culminar, en cinco volúmenes, una estupenda edición de las obras completas de Valle, bajo la dirección de Margarita Santos Zas.

El teatro de don Ramón, como el de tantos otros dramaturgos, no siempre pasó de las musas —ni de la imprenta— a las tablas. Luces de bohemia, nunca representada en vida del autor, tuvo un estreno tardío en nuestro país: fue en 1970, por iniciativa de José Tamayo, con el inolvidable José María Rodero en el papel de Max Estrella. Desde entonces han sido muchos y diversos los montajes de esta lacerante tragicomedia.

UN BORBÓN CAZADOR

La versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero de Madrid, que estará en cartel hasta el 6 de noviembre,  discurre en medio de un sencillo pero efectista juego de espejos sobre el escenario. No hace falta que las lunas sean cóncavas —no lo son— para reflejar las deformaciones y las miserias de aquella España de principios del siglo XX, tan lejana y tan próxima a la nuestra. Sanzol y los excelentes intérpretes que dan nueva vida a Luces de bohemia siguen casi al pie de la letra el crudo y provocador texto valleinclanesco, más allá de un par de leves guiños a la «actualidad»: ese Borbón emérito y cazador de elefantes que pide disculpas por un error que, según promete, no se volverá a repetir.

Puestos a hacer reparos, o más bien interrogantes sobre su necesidad, habría que preguntarse el porqué de alguna licencia más, como ese empeño en caricaturizar a don Dorio de Gadex («jovial como un trasgo, irónico como un ateniense») con rasgos manifiestamente amanerados. La exageración de este punto, inapreciable en el original de Valle, se lleva hasta el equívoco en el final de la séptima escena, cuando el periodista don Filiberto se insinúa con claridad, pero sin éxito, al joven y locuaz modernista. Ninguna de estas situaciones, creo que forzadas, se deduce de la lectura de la obra, así que solo cabe entenderlas como una libre y personal adaptación del director. Sus razones tendrá, aunque no se le alcancen a este humilde y tal vez poco avispado espectador. Conste —vivimos tiempos en que conviene aclarar obviedades— que no hay el menor prejuicio por mi parte hacia esas plumas y exageraciones con las que han decidido adornar a don Dorio, sino extrañeza y cierta perplejidad porque se desvirtúa al personaje.

La música en directo, ejecutada en el piano situado sobre el escenario, y las canciones —también en vivo— intercaladas entre las escenas contribuyen a subrayar la pasión, la rabia, el dolor, la oscuridad… y la esperanza emanadas de una obra que el gran Eduardo Haro Tecglen calificó como la mejor del teatro español de todos los tiempos.

MINISTRA EN ESCENA

Una ventaja de los clásicos es que resisten muy bien el paso del tiempo y se acomodan con naturalidad a los cambios y transgresiones. Las innovaciones de Alfredo Sanzol no son nada frente a las introducidas por Alfonso Zurro en la versión ofrecida por Teatro Clásico de Sevilla, representada el sábado en el el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Aquí la función empieza por el final, por el entierro de Max Estrella, y luego transcurre con alteraciones diversas del orden sin que el resultado se resienta en exceso. Alfonso Zurro trastoca algunos personajes, entre ellos el del ministro de la Gobernación, don Francisco, quien pasa a ser la ministra Paca sin por eso haber dejado de ser pretendiente, in illo tempore, —como en la versión original— de la hermana de Max Estrella, a quien escribió versos de amor.

Como si resultara imprescindible a estas alturas otorgar la condición de afeminado a algún miembro del elenco, en esta versión del Teatro Clásico de Sevilla ese papel le toca a don Filiberto, el periodista de El Popular, «eterno redactor del perfil triste (…), el hombre lógico y mítico de todas las redacciones»Al igual que en el caso anterior, no se deducen del texto original de Valle signos que apunten hacia un ser como al que vemos en escena, de voz y gesticulación muy afectadas y redichas. Paradójicamente, o no —los rastros de la corrección política son inescrutables— , en los diálogos de esta adaptación sevillana desaparece la palabra marica, empleada por Valle en cuatro o cinco momentos de la obra, unas veces para expresar menosprecio hacia los militantes de Acción Ciudadana y, en otra ocasión, en boca de la madre del niño muerto, a cuyos asesinos llama canallas y maricas con un desgarro que desasosiega por completo a Max Estrella.

Si estas modificaciones semánticas resultan posibles, como si las palabras ofendieran por sí mismas y no importaran las épocas ni los contextos, por qué no atreverse con más: desde las insinuaciones independentistas sobre el preso catalán hasta esa inesperada aparición en escena del propio Valle, que sustituye a Rubén Darío en el Café Colón y se hace selfies con sus admiradores.

Hay, no sé si por simple casualidad, un elemento común en ambas versiones, un efecto destinado a resaltar el ímpetu revolucionario de las calles: el canto de Bella ciao, el himno partisano.

Dicho lo anterior, no quisiera que estas anecdóticas pequeñeces empañaran el buen juicio de conjunto merecido por el montaje del Teatro Clásico de Sevilla. Frente a los espejos del María Guerrero, aquí, en El Escorial, unas sobrias cajas de madera cumplen casi todas las funciones imaginables: desde ataúd y calabozo hasta mesa de taberna o de redacción de periódico. La desnudez de la escena se sustituye con la lectura, muy oportuna, de las acotaciones del texto, que permiten imaginar lugares y rincones: «La taberna de Picalagartos. Lobreguez con un temblor de acetileno».

LECTURA Y REPRESENTACIÓN

Suele asumirse casi como principio inamovible que el teatro solo cobra sentido si se escenifica. Algunas veces, cierto que pocas, no hace falta. El crítico Eduardo Gómez de Baquero (Andrenio), tras leer Luces de bohemia, llegó a esta conclusión y la dio a conocer el 12 de agosto de 1924 en El Sol: «…el diálogo condensa la acción y define los personajes de suerte que llena el libro cumplidamente las exigencias de la lectura y no se echa de menos el complemento corpóreo de la representación, como en las obras propiamente teatrales». Algo muy parecido señalaba, hace pocos días, el periodista Manuel Hidalgo en El Cultural.

De una u otra forma, un siglo después, el último viaje por Madrid de Max Estrella y su fiel escudero don Latino de Hispalis —ambos en compañía de aquella hueste de vivales, cínicos y desheredados— sigue dando mucho que pensar. Nos deslumbra su intensa lucidez porque tal vez hoy, como entonces, «la miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte».

Lo dijo Max a Estrella, «primer poeta de España, una gloria nacional». Murió destemplado en medio de la noche y «con el honor de no ser académico», en aquella patria convertida en «deformación grotesca de la vida europea».

Libros para un cincuentenario

«La niebla abandonaba lentamente la plaza. Se podía ver ya la alta torre de la ciudadela sobre los tejados, y las golondrinas salían de sus nidos, dejándose caer con las alas abiertas para el primer vuelo matinal».

Un hombre que se parecía a Orestes, de Álvaro Cunqueiro. Premio Nadal, 1968.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Aquella mañana del 16 de octubre de 1968, hace hoy medio siglo, todo olía a nuevo y parecía frágil en el recién inaugurado instituto de Arriondas (Parres, Asturias), tan esperado en la villa, rica en salmones, nieblas y piraguas. Era miércoles y la puesta en escena salió como se esperaba, imagino: aulas impecables, caras asustadas, encerados vírgenes, palabras desconocidas. Había asombro en los rostros y esperanza en las miradas. Y en los silencios.

Es improbable que alguno de los pipiolos y pipiolas —prometo no hacer más desdoblamientos— que aparecen en las fotos del momento hubiera hojeado los periódicos del día. Al menos yo no los había leído e ignoraba casi por completo lo que pasaba en el exterior, que no era poco.

Basta con asomarse a la hemeroteca: México, tras la terrible matanza estudiantil de Tlatelolco, celebraba los Juegos Olímpicos; el doctor Christian Barnard hacía su tercer transplante de corazón en Ciudad del Cabo, Manuel Ferrand ganaba el Premio Planeta… y los tripulantes del Apolo VII, en órbita alrededor de la Tierra, estaban resfriados y se quejaban del mal sabor del agua clorada que bebían a bordo, según cuentan las crónicas. Dicho más claramente: los astronautas estadounidenses ya acariciaban el viaje a la Luna, que se produjo unos meses después —en julio de 1969— y nosotros,  hablo solo por mí, ya estábamos permanentemente en ella. O en Babia, limbo leonés menos romántico pero más próximo.

Pasados los discursos y las bendiciones, quienes tuvimos la suerte de ocupar las clases del instituto por vez primera vez acabamos distribuidos en los pupitres por orden alfabético. En mi grupo, creo que era el 1.º A, Quique Argüello Otero —in memoriam— encabezaba la lista, seguido de Laureano Blanco Nava. Y luego, el resto, hasta la cuarentena de alumnos: perplejos y expectantes tras la subida del telón y la salida a escena. Chicas y chicos estábamos separados, por lo menos inicialmente. Luego ya no. El espíritu imperante de Isabel y Fernando, recordado en una de las canciones que nos enseñaba el hiperactivo y popular Eugenio Campandegui —cura y profesor de religión fallecido en 2008—, se fue relajando con el tiempo. Menos mal.

Hace veinticinco años, cuando se cumplió el vigésimo quinto aniversario del centro y lo celebramos comme il faut, escribí notas varias destinadas a la conmemoración. Quedaron recogidas en una revista impresa, artesanal, que coordinó mi amigo Juan Cueto Solares, pero no las tengo a mano. Entonces, en 1993, yo era más beligerante y jacobino, más apasionado ideológicamente que ahora, y eso se notará seguramente en los comentarios. Cada cosa en su momento: no me arrepiento del pasado, aunque cambiaría algunas decisiones y errores, pero tampoco me entretengo en la añoranza. Hoy ya solo siento nostalgia de futuro, expresión atribuida a distintos autores y especialmente a Fernando Pessoa, siempre en lúcido desasosiego.

Ahora, en el primer cincuentenario del centro —en rigor, sección delegada del instituto de Llanes—, sigo creyendo que para mi generación la apertura del colegio —vamos a llamarlo así por una vez, para darnos algo de pisto— resultó decisiva: una gran oportunidad. Algunos no habríamos podido acceder al bachillerato ni a los estudios posteriores sin la apertura de aquella casa gris y fría situada a la vera del río Sella.

Veo en las fotos de esa mañana, junto a otros docentes, a Venancio Prado, médico, alcalde… y profesor de educación física, su otra faceta. Guardo de él un recuerdo muy afectuoso porque me distinguió con su amistad y con su apoyo, pese a ser probablemente el peor alumno que tuvo nunca. El más torpe en la pista y en el gimnasio. Un desastre.

He dicho alguna vez que Arriondas ha sido injusta y desmemoriada con don Venancio. Estuvo al frente del ayuntamiento durante la dictadura, es verdad, pero no era franquista en la acepción más común y cuestionable del término, al menos a mi juicio. Decir esto hoy puede sonar inoportuno, políticamente incorrecto, pero a determinada edad uno puede permitirse algunas licencias y decir lo que piensa sin más miramientos. Confieso haber sido, in illo tempore, compañero de viaje del viejo Partido Comunista de España (PCE) y no por eso dejo de reconocer la valía de personas que, por circunstancias diversas, han acabado reducidas a los prejuicios de las etiquetas y los clichés. La memoria, como la vida, no se traza con una línea recta y monocolor: está llena de meandros y de matices.

Cincuenta son muchos años. De aquel instituto, cuya andadura se truncó durante lustros por causas diversas y no del todo explicadas, conservo imágenes imborrables y muy gratas, como la del ejemplar del misterioso Casares que había en un estante de la biblioteca, enigmático diccionario en cuyos secretos nadie me adentró*. Tampoco me he olvidado de la catedrática Pilar Costales, quien me descubrió a Antonio Machado y a Juan Ramón Jiménez. Y que nos enseñó a todos cómo hacer fichas de libros: autor, título, editorial, tema. También pienso a menudo en mis coetáneos, varios ya desaparecidos por desgracia, de cuyas existencias no he vuelto a saber en muchos casos.

De aquella etapa mantengo otro recuerdo especial, ajeno al instituto pero para mí inseparable de esa etapa: la compra de la colección RTVE en la librería de Antonín Otero, pequeña y cálida, entrañable, muy ordenada siempre. Son los tomos —aviso para milennials— que ilustran estas notas. Podría afirmar que los conservo desde entonces, pero mentiría: los tengo, pero adquiridos después. Las ediciones son malas, se despegan los lomos, las cubiertas son feas, la letra es endiabladamente pequeña a veces… pero las selección, exceptuada media docena de títulos de compromiso, resulta muy aceptable. Algunas de las obras, además, van precedidas de prólogos excelentes, como los que hicieron Francisco Umbral para La hoja roja de Delibes o Juan Benet para el Alfanhuí de Ferlosio.

Aún hoy, cuando ejerzo de bibliófilo de poca monta, saco estos humildes libros de sus estantes y los hojeo y los huelo y les echo pegamento… y les doy ánimo si lo necesitan. Entre ellos figura, en la antología de Machado —introducida por Julián Marías— ese poema de 1913 dirigido a José María Palacio, «buen amigo», que Pilar Costales nos leyó una tarde en clase. Aquel día descubrí la emoción del verso, que me acompaña.

La colección de RTVE y Salvat, muy propia de los teleclubs aquellos de Fraga, formó parte de las salitas de la época, equipadas con su tresillo, su mueble bar y su tele. Así las retrató el Equipo Crónica en 1970: observen los volúmenes de RTVE arriba, en el estante del medio, sobre la cabeza de Velázquez:

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

Como en cualquier centro educativo, en nuestro instituto de Arriondas hubo de todo: profesores y estudiantes buenos, malos y regulares. Medio siglo después, pesan más en mí las buenas que las malas experiencias y prevalecen la gratitud y el reconocimiento hacia los docentes y los compañeros. Llegamos allí, lo indicaba al inicio, bastante ajenos al mundo que nos rodeaba. Seguíamos con el paso cambiado, entonando el «Cara al sol», mea culpa, cuando ya había estallado el mayo francés en París. Y sabíamos algo de la guerra de Vietnam porque un periodista asturiano, que había vivido en Arriondas, José Manuel Diego Carcedo, era uno de los enviados especiales al conflicto y La Nueva España publicaba sus crónicas para la agencia Pyresa. Poco más.

No fue esa la causa de mi interés por el periodismo —no me atraen especialmente las aventuras ni los viajes exóticos—, pero pronto supe que quería dedicarme a ese noble oficio de informar y he tenido la suerte de ejercerlo en distintos frentes (no bélicos) durante algo más de cuarenta años. Ahora, ya casi en la reserva, he querido pararme a pensar en aquel miércoles, 16 de octubre de 1968, cuando los diarios que yo aún no leía informaban de «asambleas no autorizadas» en la Universidad Complutense de Madrid, a la que yo llegaría felizmente algún tiempo después, en 1975. La misma en que mi hijo Pelayo ultima este curso sus estudios de Derecho. Misión, por tanto, (casi) cumplida.

De todo aquello, de todo esto, al final es probable que solo queden el tacto y el aroma que desprenden las páginas de algunos libros viejos.

*Hace dos años, en mi etapa de director de Comunicación de la Real Academia Española, tuve el honor de organizar una visita especial a la institución de los familiares de Julio Casares, el autor de ese entonces enigmático Diccionario ideológico expuesto en la biblioteca del instituto. Hablamos de muchas cosas, pero se me olvidó comentarles este detalle.

P. S.

Hoy, a las nueve de la mañana, la misma hora en que hace cincuenta años entraba en aquellas aulas, iba andando camino del dentista. Mientras hacía tiempo para subir a la consulta, situada en el barrio madrileño de Salamanca, me fijé en el escaparate de una tienda de sombreros que anunciaba las legendarias boinas Elósegui. A unos metros, un señor de mediana edad proclamaba en la calle su condición de chatarrero a grito pelado. Y solicitaba posible mercancía como antaño, de viva voz.

Parecía un escenario salido de Galdós o Baroja. O de Emilia Pardo Bazán. Estamos en 2018, pero no hemos cambiado tanto como creemos. Salvo en un detalle: los quioscos de periódicos están vacíos, en serio peligro de extinción.