[ Sobre Álvaro Cunqueiro ]

Introducción a las obras literarias de Álvaro Cunqueiro

La Biblioteca Castro publicó en 2011 dos tomos con las principales obras literarias de Álvaro Cunqueiro en castellano. En el documento adjunto se puede leer la introducción de Miguel González Somovilla a esta antología del autor de Merlín y familia y Las crónicas del sochantre.

Cunqueiro: del cuco al Twitter*

Miguel González Somovilla

«Eu sempre tiven a tendencia de transformar a noticia máis urxente en literatura».
(Álvaro Cunqueiro)

Álvaro Cunqueiro
, aquel gran fabulador que ejercía en ratos libres como obispo laico de Mondoñedo, siempre tenía a mano alguna teoría —puro cuento— para justificar su aparente mala relación con el periodismo. Muy a menudo proclamaba la absoluta incompatibilidad del viejo oficio de informar, de contar lo que pasa, con la escritura de obras de creación, como si ambas manifestaciones no fueran hojas de un mismo árbol: literatura sin adjetivos. O, por decirlo con términos más cunqueirianos: el haz y el envés.

En más de una ocasión, ahí están las hemerotecas, lamentó don Álvaro de puertas afuera sus cinco años como director de Faro de Vigo porque en aquel lustro (1965­-1969), decía, no tuvo tiempo para escribir más que un libro. Otras veces, sin embargo, reconocía haber sido muy feliz al frente del diario vigués, tal como le confesó a su colega Perfecto Conde en una entrevista memorable, aquella de la famosa advertencia para quejosos: «La tristeza es un lujo para jóvenes». Ahí están también los testimonios de sus amigos, entre ellos el notario Alberto Casal, artífice de su llegada al Faro y al que vale la pena citar textualmente: «Lo de Cunqueiro era especial, tenía gran capacidad para sentarse en un banco de la Alameda [parque de Vigo] y escribir un artículo entero y, al final, un soneto. Cierto que es difícil imaginarlo en los talleres pero, si tenía una gran fantasía, tampoco le faltaba un sentido de la realidad que le llevaba a cumplir drásticamente con su trabajo. Era serio y puntual». (Faro de Vigo, 5 de julio de 2010).

¿Fue Cunqueiro, como se ha dicho tantas veces, periodista a su pesar, solo por necesidad? Creo que no. Las tribulaciones periodísticas de Cunqueiro y las interpretaciones posteriores de algunos colegas y especialistas, muy considerables, podrían ser objeto de una gran monografía con argumentos a favor y en contra. Incluso sería posible situar a Cunqueiro en ambos bandos, según convenga. Personalmente, prefiero quedarme con una de las visiones más líricas y menos teóricas del controvertido asunto, la que hace Manuel Rivas en el prólogo de El periodismo es un cuento: «Un pie de foto como los que escribía Álvaro Cunqueiro en el Faro de Vigo, puede llegar a justificar una tirada».

La verdad es que, desde sus primeras colaboraciones en Vallibria (1930), la revista mindoniense de su venerado mestre Xosé Trapero Pardo, hasta los artículos difundidos a título póstumo —imprescindible mencionar el dedicado al kiwi en Radio Nacional de España en A Coruña, emitido en 1981—, no hubo un solo día de su vida en que Cunqueiro no dejara la huella de su firma en un periódico. Todas las cabeceras importantes de Galicia acogieron, en distintos momentos del siglo XX, aquellos folios mecanografiados con primor en la vieja Smith Premier por el propio Cunqueiro o alguno de sus diferentes álter ego: desde Álvaro Labrada hasta Patricio Mor. Conciertos a dos dedos sobre un teclado cuyo sonido rompía el silencio de Mondoñedo, en clara alianza musical con la Paula y otras campanas de su querida catedral. Por fortuna, muchos de esos textos —los aparecidos en el Faro de Vigo, El Correo Gallego, La Voz de Galicia, El Progreso, RNE…— han sido publicados en oportunas antologías. Otros, es el caso de El Pueblo Gallego, un periódico clave para entender la trayectoria personal y política de don Álvaro, se van desempolvando lentamente. Siempre nos encontraremos con un inconveniente que ni siquiera el centenario del nacimiento de nuestro autor, conmemorado en 2011, ha logrado superar: la obra periodística de Cunqueiro, sin duda ingente y espallada en decenas de publicaciones, es la única parte de su literatura que no ha sido recopilada y editada en su totalidad, tal como sí ha ocurrido con los otros géneros que cultivó a lo largo de su carrera como escritor. Merece mención especial la meritoria labor desarrollada por César Antonio Molina, editor de cinco libros con artículos periodísticos de Cunqueiro publicados por Tusquets. Para quien fuera ministro de cultura no hay duda alguna sobre el valor literario del periodismo del autor de Merlín e familia: «Cunqueiro tenía prejuicios respecto al periodismo, pero sus artículos de prensa son lo más extraordinario de su obra. Los diamantes de Cunqueiro están en los artículos periodísticos, en unos cientos de artículos magistrales. Tenía tanta facilidad para escribirlos que tampoco les daba el valor que les corresponde».

El periodismo literario, imaginativo, de Álvaro Cunqueiro se fraguó ya en su infancia y juventud de Mondoñedo. Su primer taller fue la peluquería de O Pallarego, en donde hacía de lector de periódicos para los parroquianos que acudían a la barbería. Ya entonces, no tenía Cunqueiro reparo alguno en aderezar convenientemente las noticias, en inventarlas literalmente, para asombro de aquellos crédulos oyentes, xente daquí e dacolá, que en algunos casos pasaron a formar parte de sus historias y retratos posteriores. Junto a este principio innovador, siempre a favor de la libre fantasía frente a la realidad mal entendida, Cunqueiro tuvo otra teima periodística a lo largo de su vida: el ser humano debería recibir las noticias adecuadamente dosificadas y convenientemente aplazadas, sin prisas. Lo explicó varias veces, aunque con distintas propuestas cronológicas a favor de la hibernación de la actualidad. Una de las primeras advertencias cunqueirianas sobre el particular se remonta a 1953: «Las noticias verdaderas son las que tienen 300 años (…). Las modernas son falsas». Seguía en la misma línea en 1969, pero entonces se conformaba con publicar las novedades «con 72 horas de retraso» porque «no es buena la instantaneidad y la universalidad de las noticias». Sin embargo, en 1980, volvió a ampliar su particular cuarentena: a Margarita Ledo le confesó que él era partidario de dar a conocer los sucesos a los seis meses de producirse. Contrario al «sensacionalismo de la información», Cunqueiro preconizó lo que, muchos años después ha denunciado Ignacio Ramonet: los perversos efectos de la saturación informativa. «Es evidente», señalaba el autor de As crónicas do sochantre en 1975, «que el periodismo está enfermo de superabundancia (…). El alma y la mente del hombre no están preparadas para esta enorme avalancha».

Angustiado por esta realidad, o por lo menos abatido, Álvaro Cunqueiro defendió más de una vez la utopía de llevar a la primera plana de su periódico ideal la noticia del primer canto del cuco en primavera, acontecimiento anual del que dio fe en varios artículos. Hoy, treinta años después de muerto aquel periodista genial —experto en ángeles y plantas medicinales, en vinos y vientos, en panes y latines—, ya nadie se ocupa en los diarios de la llegada del cuco al bosque gallego. Si Cunqueiro se asoma por este mundo de vez en cuando en santa compaña, como prometió, verá que su querido cuco ha sido sustituido por un pájaro electrónico de color azul; por un pájaro llamado Twitter que nos hace trinar a millones de humanos en una orgía de comunicaciones que Cunqueiro nunca pudo imaginar en sus presagios más alarmistas. Habría que prevenirle por carta de lo que sucede, como en aquellas misivas que se intercambiaban él y don Paco Fernández del Riego en la etapa del exilio interior de Mondoñedo: Ahora, querido don Álvaro, aquí en vez de escuchar al cuco nos oímos a nosotros mismos y lanzamos al aire millones de mensajes de ciento cuarenta caracteres con una velocidad asombrosa. Hay a quien le parece, maestro, que esa limitación de palabras impide escribir textos profundos. Pienso que usted, ante todo poeta y muy acostumbrado a escoger y contar con precisión las palabras, no compartiría esa queja, aunque sí se abrumaría por la cantidad de mensajes.

El problema no está en la falta de espacio —«Eu ó periodismo débolle aprender a ser breve», admitía don Álvaro— sino en el contenido, en lo que se dice, y eso vale tanto para un verso como para un titular de periódico. Bien pensado, el epitafio que hizo Cunqueiro para sí mismo [«Eiquí xaz alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis»] cabe más que holgadamente en un tuit. Prueben y verán: suma únicamente sesenta y tres caracteres. Queda aún sitio en la ventanita para añadir una foto o, mejor aún, para enlazar un vídeo con el canto del cuco: hay varios en YouTube, aunque suenan metálicos, sin vida, parecen un reloj suizo. Los cucos de Cunqueiro, tan aficionado a humanizar animales diversos y a convertirlos en seres parlantes, adquieren por el contrario dimensión mágica. La misma que él, don Álvaro, plasmó día a día, año a año, en esos veinticinco mil artículos de prensa contabilizados por su amigo y biógrafo de cabecera, Xosé Francisco Armesto Faginas.

En gallego y en castellano, por encargo y por devoción, a favor del teatro y en contra del cine, sobre el olor del pimiento y el sabor del pan, todas esas columnas, reseñas, sueltos, pies de foto, semblanzas… son literatura de primer orden, lamentablemente dispersa y olvidada en las hemerotecas: periodismo, solo periodismo.

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*Artículo ganador del Premio Pérez Lugín de periodismo, fallado en A Coruña el 9 de diciembre de 2011. El acto de entrega se celebró el 25 de enero de 2012 en el Ayuntamiento de A Coruña.

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Cunqueiro: cien años de soledad*

Por Miguel Somovilla

¿Por quién repicarán hoy las campanas de la catedral de Mondoñedo? Álvaro Cunqueiro, que como sabe muy bien Luis Piedrahita era aficionado a la cartomancia y a las adivinaciones y magias en general, no pudo prever que el día del centenario de su nacimiento, hoy 22 de diciembre de 2011, iba a coincidir con la formación de un nuevo gobierno en España. Don Álvaro ya contaba con la competencia desleal del bombo de la suerte, cita fija en sus cumpleaños, pero la noticia, en esta misma fecha, del cambio político en Madrid es un añadido no previsto en el guión del aniversario del fabulador gallego más universal. El nuevo ejecutivo, además, está presidido por Mariano Rajoy, discípulo político de un buen amigo y protector de Cunqueiro, Manuel Fraga, a quien don Álvaro enviaba tartas en navidad con dedicatorias en latín.

Mariano Rajoy, un pontevedrés aparentemente menos sentimental y populista que el fundador de su partido, inició su carrera política justo el mismo año, 1981, en que el autor de Merlín e familia fallecía en un sanatorio de Vigo. Tan solo unos meses antes de que Rajoy fuera elegido diputado del parlamento gallego, Cunqueiro había apoyado con su imagen la campaña a favor del nuevo estatuto de autonomía de Galicia, aprobado en 1980, tal como había hecho ya en 1936, en circunstancias políticas y personales muy diferentes.

La biografía política del gran escritor Álvaro Cunqueiro, que tuvo que llevar a cuestas el sambenito de ser un autor escapista cuando en la España literaria mandaba el llamado compromiso social, tiene interés relativo, pero no hay por qué ocultarla. Vinculado al galleguismo en su juventud –ahí está la revista Galiza, fundada y dirigida por él en Mondoñedo– se unió al falangismo en los primeros meses de la Guerra Civil y dejó constancia de este compromiso, durante y después de la contienda, en distintos diarios: desde El Pueblo Gallego hasta el ABC. Sin embargo, al comienzo de la década de los cuarenta, una serie de episodios que casi parecen sacados de una novela picaresca –fue denunciado por un diplomático francés tras cobrar por adelantado unos artículos que nunca escribió– le convirtieron en una peculiar víctima de aquel régimen al que había dedicado encendidos panegíricos y engoladas prosas. El resultado: expulsión del Registro oficial de periodistas (1944), retirada del carnet de prensa y comienzo de un particular exilio interior en Mondoñedo, a donde regresó tras unos años de agitada y bohemia, cuenta la leyenda, vida madrileña. Cuestionar o empañar el talento de Cunqueiro por aquellas veleidades políticas y andanzas de juventud es tan injusto como miope y reduccionista. Es cierto que fue conservador, por más que se autodefiniera al final de sus días como “viejo liberal”, pero colgarle la etiqueta simplona y despectiva de franquista denota ignorancia o mala fe. Fue un hombre complejo, solitario pese a la aparente extroversión, pero sus libros, que hay que leer atentamente y sin prejuicios, eran y son innovadores y atrevidos, arriesgados, llenos de matices y posibles relecturas e interpretaciones. Dicho en otras palabras, las de Pere Gimferrer: “Con Cunqueiro estamos tocando el nervio esencial de la verdadera gran literatura”.

Cunqueiro, “escritor sin género” según Darío Villanueva, no se entiende sin Galicia y, lo que es mejor aún, Galicia no se entiende sin Cunqueiro, lo cual tiene mucho mérito un siglo después de que la Petra, una de las campanas de la catedral mindoniense, anunciara el nacimiento de Álvaro, hijo de doña Pepita Mora y don Joaquín Cunqueiro, el boticario.

Mondoñedo es el principio y el fin. Toda la obra de Cunqueiro pasa por esta neblinosa, verde y episcopal ciudad, territorio literario en el que ya de niño practicaba el sano ejercicio de leer el periódico en voz alta a los parroquianos que acudían a la peluquería de “O Pallarego” , lecturas que hacía con grandes dosis de fantasía añadida a las noticias. En Mondoñedo se gestaron sus primeros libros de poemas, capitales en su obra, desde Mar ao norde hasta Cantiga nova que se chama riveira, publicados entre 1932 y 1933.

Y allí, en la vieja y legendaria Vallibria de Pardo de Cela y el obispo fray Antonio de Guevara, se gestó –tras su vuelta en 1945 a la ciudad natal– una original obra, en gallego y castellano indistintamente, que comenzó con Merlín e familia, siguió con As crónicas do sochantre y continuó con unos cuantos títulos más, incluida la novela con la que ganó el Nadal en 1969, El hombre que se parecía a Orestes.

Álvaro Cunqueiro, a pesar de los notables esfuerzos llevados a cabo en este año del centenario, sigue siendo un desconocido, sobre todo fuera de Galicia. Ha habido, es verdad, avances muy estimables en el estudio de su intensa vida y obra. El epistolario mantenido con su entrañable amigo Paco Fernández del Riego, fallecido hace apenas un año, es una pequeña joya editada por Dolores Vilavedra que nos permite conocer de primera mano los años oscuros de Mondoñedo (1949-1961), que, aparte de difíciles en el terreno personal, fueron los más fructíferos para su labor creativa. Mención especial merece asimismo el ensayo biográfico de Manuel Gregorio González: Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío.

Resulta obligado reconocer, en esta misma línea, la importancia crucial que han tenido los trabajos llevados a cabo por profesores como Xoan González-Millán, Diego Martínez Torrón, Claudio Rodríguez Fer, Rexina Rodríguez Vega y Anxo Tarrío, entre otros muchos, para entender mejor la relevancia literaria de Cunqueiro, objeto de al menos un centenar de tesis doctorales dentro y fuera de España a lo largo de los últimos cuarenta años.

Sin embargo, para disfrutar plenamente de Cunqueiro parece aconsejable distanciarse prudentemente tanto de los cunqueirianos, por exceso de veneración, como de los cunqueirólogos, que han escrutado sus textos desde todos los prismas y corrientes posibles, del psicoanálisis al estructuralismo. Ambos grupos, cunqueirianos y cunqueirólogos, son muy meritorios, pero lo que precisa con urgencia la obra de Cunqueiro, más allá de la admiración o del examen académico, es entrar de nuevo en circulación editorial, dentro y fuera de Galicia. De lo contrario, puede convertirse en un autor muy analizado, pero poco leído. Y ese sería el mayor fracaso de las conmemoraciones que culminan estos días. Para promocionar a Cunqueiro no bastan sus fieles seguidores, “una secta literaria como la proustiana o la joyciana”, en expresión afortunada de su hijo César, custodio principal del legado paterno.

Entre tanto, la obra periodística de Cunqueiro, esencial, sigue dispersa pese a las muy valiosas contribuciones de antólogos como César Antonio Molina, y a los esfuerzos llevados a cabo por casi todos los periódicos en los que colaboró a lo largo de su vida.

Escritor contra corriente, ajeno a las presiones de las modas, algunos vieron en Cunqueiro un precursor del boom latinoamericano, pero él, entre amagos de presentaciones de su candidatura al Nobel, siguió fiel a su estilo, sin concesiones. Con fama de “carallán” y divertido, requerido en fiestas del albariño y romerías diversas, miraba más hacia dentro que hacia fuera y gustaba de la soledad. Sus aspiraciones eran pocas y se conformaba, según confesó, con dejar una leve huella, apenas un eco, de su paso por este mundo. Nunca se entregó a la nostalgia y proclamaba, ya en sus días finales, que  “la tristeza es un lujo que solo se pueden permitir los jóvenes”.

*Publicado el 22 de diciembre de 2011 en cuartopoder


Un pensamiento en “[ Sobre Álvaro Cunqueiro ]

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