Marcas de agua

Reflejo de un vaso de agua vacío

Esbozo de redacción escolar: Con el agua calmamos la sed, regamos los campos y hacemos refranes: pocos líquidos —salvo el vino, tal vez— dan origen a tantos dichos y juegos de palabras.

Hace tiempo que me obligo a ingerir más agua de la que me apetece cada día. Mi cuerpo y mi mente casi siempre prefieren otras bebidas, todas ellas menos saludables, aunque no sean alcohólicas: café, infusiones, zumo, chocolate. Ayer, tras conseguir tomar el tercer vaso del día, me recreé en contemplar y retratar su reflejo sobre la mesa. No se puede montar un bodegón más ligero: incoloro, inodoro, insípido. Y un poco triste, la verdad.

Aclarado que no soy el santo bebedor, pero tampoco un entusiasta del agua, confieso que aún me asombra (y agradezco) el lujo de levantarme al alba y abrir un grifo o tirar de la cisterna. Pienso en quienes padecen los efectos de la sequía, que pronto seremos todos, y en esas personas que han de recorrer kilómetros para llenar un cántaro. También se me vienen a la cabeza esos exquisitos que alardean en los restaurantes de sus conocimientos sobre marcas de agua: sumilleres de la nada. Por cierto: en la hostelería española, el vaso de agua es gratuito.

Nunca consumo agua embotellada. Hoy por hoy, el que sale por mis canillas madrileñas, tanto en la capital como en El Escorial, se puede tomar sin problemas, al menos para un paladar y un olfato no muy exigentes, como es mi caso. Recuerdo que, hace ya muchos años, el maître del viejo Hotel Principado, me quitó la tontería del agua envasada:

—¿Una botella de agua sin gas? Mejor una jarra de agua de Oviedo, que está muy buena.

El humilde vaso de agua —al contrario del que discurre por las fuentes, los ríos y los mares— no suele despertar entusiasmos épicos ni poéticos. En los bares de antaño se servía junto al café con leche y el combinado adquiría así tintes literarios y hasta berlanguianos: leo en un diario argentino que la costumbre se remonta al Imperio austrohúngaro. Con este guion de andar por casa, y sin más preámbulos, doy los primeros tragos y los primeros pasos de la mañana. Y ya saben: agua de no has de beber…

2 comentarios en “Marcas de agua

  1. El agua del grifo nunca ha tenido muy buena reputacion literaria. Hasta bien entrado el siglo XX, el vaso de agua -siempre con hielo- solia servirse tan solo para enjuagar las bocas de los conferenciantes o junto al cafe como simple acompanamiento de este ultimo para compensar su intensidad al gusto. Una gregueria de Ramon confirma sus propiedades calmantes: «Cuando se vierte un vaso de agua en la mesa se apaga la colera de la conversacion».
    Aun asi, el vaso de agua fue capaz de despertar la inspiracion de algun que otro personaje literario. En «El duelo» de Chejov, al medico Samoylenko «le llevaban una bandeja con una taza de cafe, un vaso de agua con hielo –un vaso alto, de cristal tallado– y una copa de coñac. Tomaba primero el coñac, luego el cafe caliente y por ultimo el agua con hielo, que debia de saberle a gloria porque, despues de beberla, los ojos le brillaban y, acariciandose las patillas con ambas manos, exclamaba, sin dejar de mirar el mar: -¡Que vista tan asombrosa y sublime!».

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