Acerca de miguelsomovilla

Periodista. Responsable de comunicación de la Real Academia Española (RAE) desde 2010. Antes, dircom y jefe de cultura en Radio Televisión Española (RTVE). Cuenta personal.

Aquella Transición, este paisaje

Al vent,
la cara al vent,
el cor al vent,
les mans al vent,
els ulls al vent,
al vent del món.

Raimon, 1963

Galería en Llanes (Asturias).

Galería en Llanes (Asturias).

He disparado —y elegido— dos fotos para ilustrar estas líneas, más largas de lo deseable y redactadas en medio de otros quehaceres y obligaciones. La primera es una galería deshabitada de Llanes, en Asturias. Está tomada el pasado sábado, 10 de junio, y me resulta inquietante: ¿Quién se habrá asomado a ese balcón? ¿De qué año será el calendario abandonado en la pared? ¿Cómo sonará el silencio en su interior?

La otra imagen, colocada más abajo, también es de una ventana, la del despacho que ocupo temporalmente como director de Comunicación en la Real Academia Española, frente a los Jerónimos. En contra de lo que parece, este segundo escenario, en el que me paso bastantes horas al día, es menos sugerente. Veo parcialmente los muros de la iglesia y solo escucho ahora mismo, cuando tecleo, el motor de los autocares estacionados debajo, que aguardan a los apresurados visitantes del Museo del Prado. Dos cristaleras, dos fragmentos de paisaje, dos puntos de vista: mil miradas.

CONTRA LA NOSTALGIA

Según decía Álvaro Cunqueiro, la tristeza es un lujo reservado a los jóvenes. Pienso lo mismo de la nostalgia: no es —o no debería ser— para viejos. Añorar el pasado o irse por las ramas de la saudade queda bien en los libros de Pessoa y en los fados, pero no parece una actitud recomendable en la vida ordinaria. El día a día ya nos ofrece dosis suficientes de dolor y de pena y de rabia —también de alegría— sin necesidad de alimentar más el fuego de la desgracia por voluntad propia.

Me detengo aquí —yo y mi manía de hacer preámbulos— porque este primer párrafo, lejos de mi propósito, me ha salido con cierto tufillo a libro de autoayuda, un subgénero literario que detesto cordialmente. Lo que quería decir, y voy por fin al grano, es que esta España de 2017 me parece mucho mejor, en todos los órdenes, que la de 1977, año de celebración de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura franquista.

Empiezo esta nota el 11 de junio de 2017, domingo. Miro por la ventana del hotel y contemplo la playa del Sablón, en Llanes. Un poco más arriba está el paseo de san Pedro, privilegiado mirador sobre el mar Cantábrico, inmortalizado en días soleados por legiones de turistas a golpe de selfie. La era digital ha puesto fin a los límites. El carrete fotográfico ejercía cierta función selectiva, obligaba a la prudencia. Lo sabían bien los aficionados de entonces, como don Eloy, el protagonista de La hoja roja (1959) de Miguel Delibes, que practicaba en su casa con la cámara vacía, sin rollo, con el fin de no malgastar película, a precios prohibitivos para un jubilado de la posguerra.

Las calles de Llanes, húmedas por el orbayu, están vacías y silenciosas a las nueve de la mañana. Calle Mayor abajo hay una tienda de ropa que hace guiños a los nombres nuevos, tan propicios para los juegos de palabras: Xelfi. Algunos carteles anuncian en los bares un próximo festival rociero con Los Chunguitos y Azúcar Moreno. La diversidad cultural también era esto: Llanes por bulerías.

RAIMON EN RIBADESELLA

Pienso durante unos minutos, lo hago a menudo, en algunos episodios de aquella Transición política —dichosas efemérides— que viví con veinte primaveras recién cumplidas y me viene a la cabeza el recital ofrecido por Raimon muy cerca de aquí, en Ribadesella, también frente al mar. Fue el 28 de julio de 1976.

Yo trabajaba en prácticas, con mucho entusiasmo y pasión, en La Nueva España. Y lo hacía en unas condiciones laborales de las que no quiero acordarme: si echo cuentas, siento envidia de esos stagiers que tanto critican ahora al cocinero Jordi Cruz. No es una queja retroactiva: volvería a repetir la experiencia, aunque solo fuera por recibir y compartir la generosidad y el afecto que me regalaban a diario los mayores del oficio: Faustino F. Álvarez, José Manuel Vaquero, José Manuel Ponte, Evaristo Arce, Graciano García, Ceferino de Blas, José Vélez… y tantos otros.

Aquella tarde logré convencer a Ponte, entonces redactor jefe del periódico, para que me dejara ir a Ribadesella a hacer una crónica del concierto, organizado en medio de una gran expectación. También me ofrecí a tomar las fotos, por si eso facilitaba el permiso: no era fácil publicar algo sobre Raimon en La Nueva España de 1976. Andaban por Ribadesella otros colegas. Recuerdo a Javier Ramos, en representación de Asturias Semanal, y creo que estaban también Lorenzo Cordero y Luis José Ávila por La Voz de Asturias, aunque es un dato —la frágil memoria— que no puedo confirmar ahora.

Fue una actuación emocionante, con mucha guardia civil en los alrededores, pero todo discurrió con cierta normalidad, dadas las circunstancias:

Jo vinc d’un silenci / antic i molt llarg. 

Regresé bastante tarde a Oviedo y logré revelar deprisa el carrete en el cuarto oscuro —el laboratorio: no piensen mal— del periódico, junto a la rotativa y las linotipias. La nota, supongo que en aquel estilo «objetivo» y serio que yo envidiaba de El País incipiente, salió en la última página y para mí supuso todo un premio profesional. Y algo más íntimo: tuve la efímera sensación de contribuir, con aquel ínfimo grano de arena, al avance hacia una España democrática aún muy lejana. Pretenciosa vanidad de un aprendiz de periodista, y de ciudadano, que, como la canción de Joan Manuel Serrat, solo contaba veinte años y era feliz e indocumentado, hasta el punto de que no podía votar porque la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiuno:

Ara que tinc vint anys,
ara que encara tinc força,
que no tinc l’ànima morta,
i em sento bullir la sang.

CUARENTA AÑOS

Asumir que este 15 de junio, hoy jueves, se cumplen cuarenta años de la celebración de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo causa cierto vértigo. Cuarenta años, en números redondos, fue el tiempo que duró la dictadura del general Franco. A mí, que solo la viví a medias, en la infancia y la primera juventud de Arriondas, me parecía un período larguísimo. El calendario de los años democráticos me ha resultado mucho más corto.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Empecé, como decía, estas notas en Llanes y las voy a rematar en Madrid —hoy o nunca: el 15 J de 2017 se acaba— a la hora de una comida que me voy a saltar para ponerles final. Escribo desde un despacho con vistas a la iglesia de los Jerónimos —la de la memorable homilía del cardenal Tarancón en la coronación del rey Juan Carlos, el 27 de noviembre de 1975— en un día de sofocante calor. Estoy muy cerca del palacio de la Carrera de san Jerónimo, escenario ayer de una moción de censura —la tercera desde 1978— contra el actual Gobierno. Sus promotores, con tantas razones de fondo y tan poco tino en las formas y en los modos —algo suavizados esta vez—, suelen defender alegremente la necesidad de acabar con el «régimen del 78», que dicho así resulta bastante despectivo. Un desprecio innecesario y un clásico del adanismo: borrón y cuenta nueva.

Claro que la Transición, que viví con mucha intensidad en Asturias y en Madrid*, no fue perfecta ni idílica. Triunfaron las tesis de la reforma frente a los defensores de la ruptura, pero todo el proceso, hasta la aprobación de la Constitución de 1978, fue fruto de sucesivas consultas electorales, libres y democráticas. ¿Se pudo ir más allá? Es fácil afirmarlo ahora y reescribir la historia, sobre todo si obviamos la realidad de la época y negamos el poder del Ejército —reflejo del franquismo, salvo honrosas excepciones—, de la Iglesia, de la banca… y la sangría terrible del terrorismo. Todo se pudo hacer mejor o con más valentía, pero de ahí a afirmar que la Transición resultó un engaño, como se suele escuchar con demasiada insistencia, considero que es incierto y maniqueo. Los sucesivos, lamentables y bochornosos casos de corrupción política posteriores, una lacra vergonzosa que —lejos de desaparecer— aflora casi a diario, son responsabilidad de los diferentes encausados y de quienes les han apoyado sin rubor desde sus respectivos partidos o instituciones. Parece desmesurado, sin embargo, afirmar que esos comportamientos escandalosos derivan del modelo político emanado de la Transición, como si el proceso iniciado en 1977 hubiera nacido ya con ese pecado original.

PAISAJES DE LA TRANSICIÓN

Esta mañana, cuando iba a comprar El País al quiosco casi con devoción —ha publicado un excelente especial conmemorativo— han desfilado por mi mente muchos episodios de la Transición. De camino al trabajo he pasado por la calle General Oraa, la misma en que vivía el asturiano Torcuato Fernández Miranda, hoy casi olvidado pero artífice principal de aquel malabarismo jurídico que fue la disolución de las Cortes franquistas: de la ley a ley. Recuerdo hacer guardia en su portal, sin éxito periodístico pese a las promesas de entrevista para La Nueva España que me hacía su secretario, en aquellos días inciertos.

Después he girado por Claudio Coello, en donde una placa recuerda el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, en 1973, sobre el que han circulado —además de recientes tuits desafortunados y polémicos— las interpretaciones más peregrinas. Y, paso a paso, he llegado hasta aquí, al pie del Museo del Prado y de los Jerónimos, fin de trayecto.

Termina el aniversario. Nos queda la memoria, a cada cual la suya. El paisaje ha cambiado: muestra las cicatrices y las costuras del tiempo. Todo ha ido muy deprisa, al menos desde mi percepción. Los efectos de la revolución digital, sin ir más lejos, eran impensables hace una década. Como en otras épocas, la tecnología desencadena más cambios sociales que la ideología, cada vez más dúctil y desdibujada, transversal, por usar un término de moda: el eclecticismo de toda la vida, para entendernos.

Ocurra lo que ocurra en los próximos meses, pase lo que pase en Cataluña, ojalá que la herencia de aquella Transición, hoy en entredicho y cuestionada por algunos oficiantes de la nueva política, siga permitiendo a los ciudadanos españoles votar y elegir sin cortapisas a los representantes que consideren mejores y más adecuados para sus respectivos parlamentos. Y ojalá también que lo puedan hacer, que lo hagamos, tan libremente como en estos últimos cuarenta años de imperfecta, desgastada, resistente… y bendita democracia.

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*El libro Asturias, veinte años de autonomía (1982-2002), obra de varios autores aparecida en 2002 en Madú Ediciones, incluye mi artículo Crónica de la Transición política. Del franquismo a la preautonomía (1973-1977).

En 1977 publiqué una Guía electoral asturiana en La Nueva España de Oviedo.

Tras un paso fugaz por Cambio 16, en Madrid, el referéndum de la Constitución de 1978, las elecciones de 1979 y la elaboración del Estatuto de Autonomía del Principado los viví en el Asturias, diario desaparecido en 1979 sobre el que escribí algo aquí mismo hace algún tiempo. A partir de los primeros años ochenta, en la época del primer desencanto, la información política dejó de interesarme por causas y decepciones diversas. Mi actividad profesional discurrió después en otras direcciones. Y así ha continuado hasta hoy, buscant la llum…

Tiempo de cerezas

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

J’aimerai toujours le temps des cerises
Et le souvenir que je garde au cœur !

Me acabo de poner un cuenco de cerezas. Antes de lavarlas he mirado su etiqueta, que salvo el precio —dos euros por medio kilo—, no aclara mucho más: ni siquiera el lugar de procedencia. Tal vez lo diga en el código de barras, nada poético… e ilegible para mí. No importa demasiado: saben bien.

¿Cerezas o cerezos? Por estos lares electrónicos, los cerezos en flor tienen tan buena prensa —o mala, según se mire— como los gatos  o las puestas de sol. Lo cierto es que, cada primavera, las redes sociales se llenan de imágenes y comentarios de bienvenida a esos blancos y deslumbrantes paisajes, que surgen y se van en pocos días, según cuentan las crónicas. Y los instagramers. 

Los reclamos turísticos llegan de todas partes: desde el cercano Valle del Jerte, en Extremadura, hasta el lejano y misterioso Japón, que ha convertido este fenómeno en todo un espectáculo: «nubes de flores», leo en un anuncio.

El feliz resultado de las floraciones, las cerezas, tampoco se queda atrás en las citas: la música y la literatura están llenas de referencias a esta fruta roja, dulce y brillante. Puede que el texto más mencionado sea el poema Le temps des cerises (1866), de Jean-Baptiste Clément, un canto nostálgico y épico —asociado después por su autor a la Comuna de París— interpretado posteriormente, entre otros, por Yves Montand.

Me resulta más cercano, por razones sentimentales, el Tiempo de cerezas (1978) de Montserrat Roig (1946-1991), novela publicada primero en catalán, El temps de les cireres (1976). Evocaciones, silencios y voces, del final del franquismo y del inicio de una Transición cargada de esperanza; de unos años convulsos pero ilusionantes, menospreciados hoy por adanistas y resentidos a partes iguales. 

Esta pasada semana, en un viaje a Barcelona, he recordado a aquella mujer tan vital, Montserrat Roig: joven comprometida y brillante escritora, muerta prematuramente a los cuarenta y cinco años. Nos quedan el eco y la memoria de su obra, el tiempo de cerezas, que es efímero.

Sonidos y adioses del silencio

 

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Músicos en Tlahuitoltepec (1956). Foto de Juan Rulfo. Museo Amparo, Puebla, México.

Cando penso que te fuches, / negra sombra que me asombras, / ó pe dos meus cabezales/ tornas facéndome mofa.

Rosalía de Castro, Negra sombra

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Hoy, en este Día das Letras Galegas tan propicio para los marmurios fluviales de Rosalía, aún resuenan en medio mundo —especialmente en México— los ecos de la conmemoración del centenario de Juan Rulfo (1917-1986), natural de Apulco (Jalisco).

Cientos de exégetas han escudriñado en los últimos meses los textos del autor de Pedro Páramo, que fue, a la vez que escritor, un excelente fotógrafoEsta novela, publicada en 1955, y los diecisiete cuentos reunidos en El Llano en llamas, han dado mucho que hablar: millones de páginas, infinitas voces interpretan sin descanso lo que quiso o no quiso decir Rulfo a través de sus personajes:

…si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

En Comala «se ventila la vida como si fuera un murmullo». He releído un par de veces esta semana Pedro Páramo y, además de disfrutar de nuevo con un relato inquietante, concluyo que me faltan algunos intentos más para entender mejor la historia de sus muertos vivientes. Seré cauto: puede que no consiga nunca entrar del todo en el sutil inframundo de Comala, ese lugar imaginario, sobrenatural, al que los vendedores de souvenirs literarios le pretenden marcar rutas y mapas imposibles.

Recomendaría a esos mercaderes bienintencionados que escucharan y vieran, como ejercicio muy útil, la difícil y meritoria entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española («A fondo»), allá por 1977. Rulfo se esforzaba entonces en resultar amable y cortés, pero no abandonaba el laconismo y la parquedad ni un instante. Fue una entrevista, como tantas otras suyas, llena de silencios; un encuentro fallido en el que el escritor, en medio de monosílabos y frases desganadas, encendía un cigarrillo y lanzaba un mensaje claro a los buscadores de mitos, tan pertinaces: «No existen los paisajes que describo, tampoco los personajes, que no tienen rostro».

¿Hay Jalisco o ¡Ay Jalisco! en la descarnada, compleja y poética prosa de Juan Rulfo?

De todo un poco. Con el debido respeto hacia los que saben, lo mejor es que cada uno se aplique el cuento como le convenga. Toda obra tiene tantos análisis y acercamientos (o alejamientos) posibles como lectores. Incluso existen libros como Pedro Páramo —o como el Quijote y La Regenta— beneficiosos también para quienes no se han acercado a ellos más que de oídas: ya forman parte del imaginario universal.

En un celebrado soneto de Joaquín SabinaQue no llevan a Roma, se mezclan ciudades reales e inventadas y, verso a verso, ya no se distinguen bien unas de otras: Macondo, Esparta, Nínive, Comala…

En Comala y alrededores, tras la huella mexicana de Juan y Dolores Preciado, andan ahora Joaquín y sus cuates —Pancho Varona y compañía— haciendo Ruido y guardando silencio a su manera. Y dando la nota (el do de pecho) en el viaje interminable de la vida.

«…Comala se llenó de “adioses” y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban.»

Los adioses de Rosalía de Castro, por terminar con la obligada mención inicial en día tan señalado como hoy, eran más desgarrados y nostálgicos, menos fantasiosos que los de Rulfo, pero ese ya es otro cantar.

Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás…
tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar!

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*Después de publicar estas líneas he leído las estupendas páginas dedicadas a Rulfo en Letras Libres (mayo de 2017)Son muy estimables y desmitificadores los artículos de Héctor Abad Faciolince, «El sufragio de las almas», y el diálogo entre Rodrígo Márquez Tiziano y Elvira Navarro, titulados «La renovada vitalidad de Rulfo»

Y he podido adquirir el catálogo de la exposición organizada por el Museo Amparo de Puebla, de la que se ocupa también en Letras Libres Fernanda Melchor.

Definitivamente, Rulfo parece inagotable.

Lectores: extraños en un tren

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo».

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo», de Juan Cruz.

¿Pantalla o papel? Hay razones para defender o preferir cualquiera de los dos formatos y casi todas me parecen aceptables, con ventajas e inconvenientes. A veces he leído una misma obra alternando los dos soportes –hice la prueba con un título propicio y un tanto apocalíptico: Elogio del papel– sin notar diferencias apreciables más allá de las relacionadas con mi limitada capacidad visual, que me condiciona: yo soy yo y mis múltiples gafas. Por eso prefiero leer en la tableta y no en el Kindle: admiro el invento de la tinta electrónica, pero mis ojos no la consiguen leer bien.

Aclaro de antemano que me gustan mucho las bibliotecas, las librerías y los libros: el tacto de las hojas, el olor de las páginas, el diseño de las cubiertas, la solidez de una buena encuadernación, la elegancia de un lomo antiguo. Yo poseo una biblioteca muy modesta, casi mínima, aunque la reparto entre dos casas, una de ellas tan pequeña que solo da para guardar títulos escogidos. La he reconstruido –tuve otras–  tras algunos naufragios domésticos y la cuido y ordeno con mimo. Incluso he convertido algunos estantes, puro fetichismo, en hornacinas que albergan figuras de escritores al lado de sus obras: la de Pessoa, la de Valle. También he montado una sección especial, independiente, la cunqueiroteca, con casi toda la obra de don Álvaro en diferentes ediciones.

EL TIEMPO PERDIDO

A la vez que escribo esto, he de admitir mi admiración por el milagro que supone desear en cualquier momento un determinado título (por los motivos más diversos) y conseguirlo con un sencillo clic, no importa en qué lugar estés ni la hora que sea. Acabo de leer en la pantalla del iPad –con la aplicación de Kindle para Apple– El niño descalzo, de Juan Cruz. Desde una perspectiva sentimental es un libro que pide ser leído en papel, pero el día en que quise comprarlo no disponía de tiempo para ir a la tienda y lo adquirí en Amazon en apenas dos minutos. Lo he leído, de pe a pa y en diferentes lugares, en la tableta. Y he sentido, creo, la misma emoción que si lo hubiera hecho en papel. Lo he podido anotar y subrayar y he ido viendo cómo avanzaba en el paso de las páginas. No sentía las hojas, pero sí el latido profundo de esas sucesivas cartas de Juan Cruz a su nieto Oliver: una larga epístola poética, escrita entre 2013 y 2015, que es la crónica de tres infancias (y de otras vidas y circunstancias) entrecruzadas en el frágil territorio de la memoria. Y de la incertidumbre. Y de la soledad. Tempus fugit.

El niño descalzo, un texto lleno de referencias y devociones literarias (Kipling, Fitzgerald, Machado, Lorca, García Márquez…), es un relato valiente, un lírico descargo de conciencia, precedido de otros que también lo eran: La foto de los suecos y Ojalá octubre. El ejercicio del periodismo, omnipresente, sale a relucir en muchos pasajes y hay un capítulo dedicado expresamente a esta vieja y maltrecha profesión, El oficio, que bien podría ser el embrión de reflexiones más profundas y extensas.

Suele decirse –lo afirma Roberto Casati en Elogio del papel– que la lectura en las tabletas distrae la atención porque estos artilugios, si están conectados a la Red, constituyen una tentación permanente: noticias entrantes, correos salientes, mensajes perturbadores, posibilidad de consultar y desviarse por los meandros. Depende. También uno se puede desconectar del libro convencional si, a la vez que lee, pone la radio o está contestando en la cuenta de whatsapp.

Nada de esto me ha ocurrido durante la lectura de El Niño descalzo.

EXTRAÑOS EN UN TREN

Al llegar al final, he hecho una foto de la portada electrónica del libro (sacada del iPadsobre mi humilde librería, con Pessoa al fondo. Y al disparar, además de retratar mis contradicciones, me he preguntado si Oliver, el principal destinatario del relato, preferirá cuando crezca y sea un lector adulto el papel o lo rosa, que es como se refiere hoy, a sus cuatros años, al dispositivo electrónico de su madre, Eva, por el color de la funda que lo protege.

Sé que los editores manejan datos según los cuales en España las ventas de libros en formato electrónico son irrelevantes frente al papel, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, por ejemplo. Al margen de las estadísticas, veo muchas mañanas, en el tren y en el metro, la coexistencia pacífica de lectores cargados de tochos interminables y pesados –esos best seller que arrasan, ¡ay!, en los grandes almacenes– con esos otros viajeros que van ensimismados con su libro electrónico. Extraños en un tren.

Al pequeño Oliver, según cuenta su abuelo Juan Cruz, le apasionan los coches y los trenes de juguete. Todavía no ha podido descubrir el misterio de quienes van a bordo, pero para eso tiene toda la vida por delante. Y los libros.

P. S.

En El niño descalzo se habla bastante de Inglaterra. Juan Cruz fue corresponsal de El País en Londres. Vivió allí un tiempo, incluso antes de tener esta ocupación profesional, y ha regresado recientemente con Oliver y su familia, con Pilar y con Eva, según cuenta en varios capítulos. Al terminar estas líneas recordé un título que trata sobre libros en la capital británica, una historia breve y emocionante: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. He ido a la estantería y estaba aquí. Pero, si no lo hubiera encontrado y hubiera sentido la urgencia de disfrutarlo de nuevo, he visto que también se puede localizar y descargar en un clic. Tiempos modernos.

María Antonia, entonces

Detalle de la portada del libro de María Antonia Iglesias.

Detalle de la portada del libro de María Antonia Iglesias.

«En este oficio eres lo último que haces», solía decir el maestro Jesús Hermida en su etapa de presentador del Telediario de TVE, a donde lo llevó María Antonia Iglesias (1945-2014) en los años noventa del pasado siglo.
Lo último, por desgracia, no siempre es lo mejor y María Antonia Iglesias ha sido elevada hoy a los altares de las tendencias tuiteras por su faceta final: la de aguerrida y polémica tertuliana televisiva. Su mejor época no fue esa, a mi juicio, porque la redujo a caricatura, a personaje histriónico de plató, y oscureció sus libros —imprescindibles los dedicados al País Vasco y a los maestros republicanos— y su etapa periodística anterior en Informaciones, en Interviú y en Televisión Española, controvertida, pero con momentos muy brillantes.
Escribo ahora de memoria, a bordo de un tren que me lleva del Escorial a Madrid, en recuerdo y homenaje a María Antonia Iglesias, fallecida ayer en Vigo a los 69 años.
En mayo de 1990, semanas después de hacerse cargo de la dirección de los informativos de TVE, María Antonia Iglesias creó una sección de cultura en los Telediarios —hasta la fecha unida a la de sociedad, salvo una corta etapa previa dirigida por Enrique Peris— y me eligió para organizarla y ponerla en marcha: «Somo, quiero que hagáis piezas bonitas y que haya libros, música y arte en los telediarios».
Siempre le agradeceré la oportunidad que me brindó porque, a lo largo de seis años, hasta 1996, estuve al frente de aquel reducto con dos adjuntos de lujo, entonces aún muy jóvenes y elegidos libremente por mí, creo que con buen ojo periodístico: Anna Bosch y Fran Llorente. Luego se sumaron, entre otros, Luisa Aleñar, Marga Gallego, Cristina Ortiz, Gema Jiménez, Chema Anes y la llorada Marisa Díez Galilea. También estaban Antonio Parra, Álvaro Feito… y Manolo Román, que ahora dirige el timón de la piragua: nunca fuimos un trasatlántico, más bien una humilde canoa, pero siempre nos mantuvimos a flote y avanzamos río abajo con cierta dignidad, creo.
No fue una etapa fácil en TVE, zarandeada por los escándalos de corrupción de algunos dirigentes del PSOE, pero, en medio de aquellas convulsiones políticas, en los informativos seguíamos hablando de Alberti, de Camarón, de María Zambrano, de las celebraciones del 92, de Mozart, de Lola Flores, de Cela, de Concha Piquer, del Museo del Prado, de Marlon Brando, de Elías Canetti, de Marlene Dietrich, de Pedro Almodóvar, de los Premios Príncipe de Asturias…
Con María Antonia, entusiasta de la fabada —doy fe de que le cociné unas cuantas en mis distintas casas—, viajé a Oviedo muchas veces con motivo de la entrega de los citados galardones. En una de esas ocasiones se empeñó en ir a misa a Covadonga y allí nos plantamos Alejandro Martínez —jefe del área de laboral en los informativos— y yo con ella. La esperamos fuera, mientras duró la ceremonia, y, a la salida de la cueva de La Santina, nos advirtió: «Esto no lo contéis porque me hundís el currículum». Jamás lo hicimos. Si lo menciono ahora es porque tiempo después ella proclamó urbi et orbi su fe en numerosas ocasiones.

Era así, contradictoria, amiga de Manuel Fraga y de Felipe González, republicana y defensora de la corona, amiga y enemiga con igual intensidad: «fea, católica y sentimental», y también como Valle, muy arraigada a Galicia, en donde acaba de morir: «Somo, yo de mayor quiero poner una mercería en Lugo».

Estoy llegando a Atocha, querida María Antonia. Cuando me baje, iré andando hacia la sede de la Real Academia Española, bordeando el Jardín Botánico por el Paseo del Prado. En cuanto resuelva algunos asuntos, y antes de salir hacia la primera reunión del día, haré una foto de tu libro Maestros de la República para ilustrar estas notas apresuradas, en las que dejo muchos asuntos en el tintero: la admiración por tu padre, el músico Antonio Iglesias; la pasión por tu hija Ana, que te ha acompañado hasta el final; tu amor por Galicia y tu particular y afilado sentido del humor…

He sabido de ti últimamente a través de testimonios indirectos. Eran noticias poco esperanzadoras que me daba Begoña Pérez —te fuimos a visitar juntos la última vez— procedentes de tus amigas de siempre, especialmente de Amalia Sánchez Sampedro. Intenté verte en Semana Santa, pero no fue posible. En los próximos días, cuando contemple as ondas do mar de Vigo en las Rías Baixas, volveré a evocar todo ese tiempo que se ha ido.
Tú tenías buena memoria, así que termino recordando aquel Informe Semanal, de la época en que dirigías los informativos de TVE, cuando pediste que llevaran a Montserrat Caballé* a las ruinas del Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994, para que interpretara allí, en medio de tanta desolación, el Cant dels ocells.

Descansa en paz.

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*Vale la pena ver el reportaje completo, narrado por la propia Caballé. El Cant está al final, hacia el minuto 10:30, aproximadamente.

Dedicatoria de María Antonio Iglesias.

Dedicatoria de María Antonio Iglesias.

El poder de la palabra

Ana María Matute

Ana María Matute durante una entrevista en la RAE, en junio de 2011.

«Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda».

Ana María Matute, En el bosque, 1998

Leo con sorpresa, y con sumo agrado, que a Ana María Matute la han despedido en su sepelio barcelonés con canciones de Bruce Springsteen y Cliff Edwars. La fuente informativa —esa mención imprescindible, pero tan frecuentemente olvidada en Internet— es una noticia de la agencia Europa Press reproducida mecánicamente, copia y pega, en numerosos medios, La Vanguardia entre ellos. Ninguno se molesta en matizar el equívoco titular de origen: «Último adiós a Matute en un funeral religioso con música pop». Yo soy lego en asuntos musicales, pero hombre, puestos a etiquetar, sería más correcto situar al Boss en el rock y a Edwars, aquel cantor de baladas con ukelele que puso voz a Pepito Grillo en Pinocho, en cualquier otro género de los años veinte y treinta del siglo XX, anteriores al pop. Hay que asumirlo: son daños colaterales de la pereza —y también de la impericia— periodística, ajena a los formatos y a los soportes.

Cuentan también las crónicas que, entre los escritores presentes en esta despedida a Ana María Matute, celebrada el viernes en Barcelona, estaba Maruja Torres, cuyo último libro, Diez veces siete, he terminado ayer. Confieso que me había acercado a sus páginas electrónicas —aclaración: descargada previo pago en el Kindle— con ciertos prejuicios y prevenciones. No hacia su autora, a quien leo fiel y críticamente desde hace treinta años, sino ante la posibilidad de que fuera exclusivamente un ajuste de cuentas con su antigua empresa, El País, tal como me había llegado desde algún lugar impreciso de la jungla cibernética, tan frondosa en chismes y generosa en interpretaciones.

Condenados irremediablemente como estamos a reducir la compleja realidad a titulares y simplificaciones, es probable que para algunos se quede en eso, en el libro en que Maruja Torres canta las cuarenta a toda PRISA. No lo he percibido así, pero los buscadores de morbo periodístico encontrarán algunas perlas de esa índole, no muy distintas, a mi juicio, de las que saldrían del análisis de otros grupos editoriales, incluido el que publica Diez veces siete.

El episodio del abandono del periódico, contado sin medias tintas, forma parte del libro, es cierto, aunque no me parece lo más relevante. Hay enfado y escepticismo, desencanto, pero también emoción en el recuerdo de los primeros años. Y reconocimiento: «No me cabe duda de que El País es todavía un buen periódico. Sobre todo en la memoria», señala en el primer capítulo. Más sustancial que el suceso desencadenante del libro, del que me gusta más el subtítulo —Una chica de barrio nunca se rinde— que el propio título, son las otras pérdidas y ausencias que recorren, entre el dolor y la aceptación, esta historia autobiográfica: el padre y la madre, la hermana Carmen, el tiet Amadeu, los amigos desaparecidos prematuramente, los amores imposibles, los paraísos perdidos. Muchas decepciones y también esperanzas renovadas después de las caídas sucesivas: «Ni mis defectuosas rodillas ni mi edad justificaban que se me sintiera acomodada, y tampoco que me resignara», se dijo a ella misma tras una conversación con Diego Galán.

No es la primera vez, y ojalá haya más, que Maruja Torres escribe directamente sobre su vida sin tapujos ni paños calientes, sin necesidad de recurrir —otras veces sí lo ha hecho— a los camuflajes de la ficción. Hay crudeza y sinceridad en el relato, desgarros, pero no amargura ni resentimiento. Dice que se reinventa a ella misma cada siete años, lo cual me parece más un juego literario y numérico que un renacimiento real, pero no reniega de sus orígenes ni los disimula, aunque les haya puesto en ocasiones la distancia necesaria. No hay peores remiendos que los de las biografías maquilladas, tentación en la que cayeron personajes tan singulares de la Transición como Enrique Tierno Galván y Francisco Umbral, sin necesidad alguna y con pésimos resultados.

También sería yo incoherente, que lo soy en todos los órdenes, si no terminara estas líneas justificando, aunque sea por los pelos, el título que lleva este blog. El caso es que yo iba a hablar de las fotos que le saqué a Ana María Matute hace tres años, iPhone en mano, en una soleada mañana en que visitó la Real Academia Española para grabar un reportaje producido por Julia Otero para la serie de TVE Los imprescindibles. Por deformación o frustración profesional —de todo habrá—, me gusta tomar imágenes de las fotos y rodajes que hacen otros y dejar constancia de ellas de vez en cuando. Aquel mediodía del 13 de junio de 2011 —yo no tengo memoria fotográfica: es la cámara la que incorpora el calendario—, Ana María Matute llegó vestida de blanco inmaculado, acompañada de su hijo Juan Pablo y fue recibida por José Manuel Blecua, el director, de cuya familia fue amiga la autora de Olvidado rey Gudú. Hubo muchas preguntas, distintos lugares de grabación, y Ana María se iba a acomodando con calma y paciencia a todos los requerimientos.

Unos años antes, cuando leyó su discurso de ingreso en la RAE, en este mismo escenario de las fotos, ya había hablado de la magia y del poder de las palabras:

«Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva».

Hecha esta cita, sería yo muy necio si pretendiera añadir una línea más, pero sí me permito otra licencia: publicar esta foto que le hice entonces.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2013.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2011.

 

 

 

Faustino, con quien tanto quería

Faustino F. Álvarez

Faustino F. Álvarez con la vieja Olivetti de «La Nueva España» (1972).

Querido Faustino:

No me gustan los obituarios. He tenido que cultivar este género por necesidad profesional durante algunos años y, digas lo que digas, las necrológicas siempre suenan a alabanza a deshora, a loa innecesaria y trufada de tópicos, a descargo de mala conciencia. Lo que no se ha dicho en vida de alguien, mejor callárselo.

Hoy, sin embargo, no me puedo permitir la cobardía o la comodidad del silencio. Hacía ya algunos años, cinco por lo menos, que no hablaba contigo —la última vez fue a propósito de una entrevista a Luis Fernández, entonces presidente de RTVE— y no tuve ocasión —o el coraje— de hacerlo durante el proceso de tu enfermedad. Mea culpa.

Esta tarde, hace un par de horas, he recibido la noticia triste de tu muerte y se me han agolpado los recuerdos. Te conocí en 1973, cuando yo estudiaba el bachillerato y era corresponsal en Arriondas del diario La Nueva España, en donde trabajabas. La relación continuó durante muchos años con una generosidad por tu parte que nunca agradeceré lo suficiente. Sin tu apoyo inicial, sin tus consejos, sin tu reconocimiento y afecto, es probable que yo nunca hubiera sido periodista.

Eras un lírico, un romántico al estilo de Mieres, un gran lector, y resulta muy tentador perderse a estas horas por las ramas literarias del estilo. Podría citar tu admiración por Ernest Hemingway, tus cantos a la vieja Olivetti de La Nueva España, tu pasión por Valencia de don Juan. Contigo, Faustino, aprendí a vivir y a beber, a escribir y a leer, a reír y a llorar. No era fácil seguirte el ritmo en aquel Oviedo de la Transición, tan lejano ya.

En estas líneas de urgencia, escritas en este blog que no huele a tinta ni a plomo, solo quiero dejar constancia, probablemente a destiempo, de que tú, Faustino F. Álvarez, contribuiste de una manera decisiva a que yo amara este viejo oficio de informar. Y a que desconfiara de los pedantes y de los colegas que solo bebían refrescos de limón en la barra del bar.

Me contaste un día, o puede que una noche, que alguien quiso rebajarte de categoría profesional diciendo que no eras realmente un periodista, sino un «noticiero», atributo que recibiste como el mejor de los reconocimientos. Tú, más proclive a la opinión que a la información a secas, sabías muy bien que la esencia de este negocio son ellas, las noticias, y que nada hay más noble que un gacetillero honesto.

En aquella época solías leerme textos en alto en el despacho de tu casa de la calle Juan Escalante de Mendoza, en Oviedo: crónicas de tus reverenciados Tico Medina, Luis María Anson, Pedro Mario Herrero y Pedro Rodríguez; poemas de Ángel González y de Pablo Neruda: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…».

Querido Faustino: casi nunca llegamos a tiempo de expresar lo que debemos. Sé que es tarde para repetirte ahora lo que algunas veces sí te dije, lo que siempre he sentido: gracias por todo el tiempo compartido, por todas las lecciones recibidas. Estarás siempre en mi memoria, como esta dedicatoria exagerada e inmerecida que conservo de tu primer libro, «Asturianos de hoy», que me ha acompañado en las sucesivas mudanzas de mi vida y que hoy desempolvo con nostalgia.
Con mis más sinceras condolencias a Luisa y a tus hijos, descansa en paz, compañero del alma, compañero.

P. S.

Después de hilvanar anoche estas líneas, he leído hoy, 15 de marzo, la emotiva información publicada por Pilar Rubiera en La Nueva España, un relato conmovedor sobre las últimas horas de Faustino cuya lectura recomiendo. Este mismo periódico recoge también unos versos de Graciano García, Chano, fundador y director de una revista tan vinculada a la vida profesional de Faustino, Asturias semanal, en la que aparecieron las entrevistas incluidas en «Asturianos de hoy».

Hay asimismo una entrevista de Xuan Bello con Faustino, emitida hace algo más de un año en la TPA, que merece la pena ver y escuchar.

Dedicatoria

Dedicatoria del libro «Asturianos de hoy», publicado en 1972.