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Periodista.

Deslumbrantes «Luces de bohemia»

Ramón del Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría, hacia 1930. (Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, MECD).

Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría. Instituto del Patrimonio Cultural de España.

El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios.

Don Filiberto, redactor de El Popular.

En horas veinticuatro, por una serie de felices coincidencias, he visto este fin de semana dos versiones distintas de Luces de bohemia, muy diferentes entre sí, pero brillantes y emotivas, conmovedoras, en ambos casos.

La asistencia al teatro, una sala en Madrid y otra en San Lorenzo de El Escorial, estuvo precedida de la relectura de este título inaugural de los esperpentos de Ramón María del Valle-Inclán, publicado inicialmente por entregas en la revista España en 1920 y aparecido después, ya como libro, en 1924. La Biblioteca Castro acaba de culminar, en cinco volúmenes, una estupenda edición de las obras completas de Valle, bajo la dirección de Margarita Santos Zas.

El teatro de don Ramón, como el de tantos otros dramaturgos, no siempre pasó de las musas —ni de la imprenta— a las tablas. Luces de bohemia, nunca representada en vida del autor, tuvo un estreno tardío en nuestro país: fue en 1970, por iniciativa de José Tamayo, con el inolvidable José María Rodero en el papel de Max Estrella. Desde entonces han sido muchos y diversos los montajes de esta lacerante tragicomedia.

UN BORBÓN CAZADOR

La versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero de Madrid, que estará en cartel hasta el 6 de noviembre,  discurre en medio de un sencillo pero efectista juego de espejos sobre el escenario. No hace falta que las lunas sean cóncavas —no lo son— para reflejar las deformaciones y las miserias de aquella España de principios del siglo XX, tan lejana y tan próxima a la nuestra. Sanzol y los excelentes intérpretes que dan nueva vida a Luces de bohemia siguen casi al pie de la letra el crudo y provocador texto valleinclanesco, más allá de un par de leves guiños a la «actualidad»: ese Borbón emérito y cazador de elefantes que pide disculpas por un error que, según promete, no se volverá a repetir.

Puestos a hacer reparos, o más bien interrogantes sobre su necesidad, habría que preguntarse el porqué de alguna licencia más, como ese empeño en caricaturizar a don Dorio de Gadex («jovial como un trasgo, irónico como un ateniense») con rasgos manifiestamente amanerados. La exageración de este punto, inapreciable en el original de Valle, se lleva hasta el equívoco en el final de la séptima escena, cuando el periodista don Filiberto se insinúa con claridad, pero sin éxito, al joven y locuaz modernista. Ninguna de estas situaciones, creo que forzadas, se deduce de la lectura de la obra, así que solo cabe entenderlas como una libre y personal adaptación del director. Sus razones tendrá, aunque no se le alcancen a este humilde y tal vez poco avispado espectador. Conste —vivimos tiempos en que conviene aclarar obviedades— que no hay el menor prejuicio por mi parte hacia esas plumas y exageraciones con las que han decidido adornar a don Dorio, sino extrañeza y cierta perplejidad porque se desvirtúa al personaje.

La música en directo, ejecutada en el piano situado sobre el escenario, y las canciones —también en vivo— intercaladas entre las escenas contribuyen a subrayar la pasión, la rabia, el dolor, la oscuridad… y la esperanza emanadas de una obra que el gran Eduardo Haro Tecglen calificó como la mejor del teatro español de todos los tiempos.

MINISTRA EN ESCENA

Una ventaja de los clásicos es que resisten muy bien el paso del tiempo y se acomodan con naturalidad a los cambios y transgresiones. Las innovaciones de Alfredo Sanzol no son nada frente a las introducidas por Alfonso Zurro en la versión ofrecida por Teatro Clásico de Sevilla, representada el sábado en el el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Aquí la función empieza por el final, por el entierro de Max Estrella, y luego transcurre con alteraciones diversas del orden sin que el resultado se resienta en exceso. Alfonso Zurro trastoca algunos personajes, entre ellos el del ministro de la Gobernación, don Francisco, quien pasa a ser la ministra Paca sin por eso haber dejado de ser pretendiente, in illo tempore, —como en la versión original— de la hermana de Max Estrella, a quien escribió versos de amor.

Como si resultara imprescindible a estas alturas otorgar la condición de afeminado a algún miembro del elenco, en esta versión del Teatro Clásico de Sevilla ese papel le toca a don Filiberto, el periodista de El Popular, «eterno redactor del perfil triste (…), el hombre lógico y mítico de todas las redacciones»Al igual que en el caso anterior, no se deducen del texto original de Valle signos que apunten hacia un ser como al que vemos en escena, de voz y gesticulación muy afectadas y redichas. Paradójicamente, o no —los rastros de la corrección política son inescrutables— , en los diálogos de esta adaptación sevillana desaparece la palabra marica, empleada por Valle en cuatro o cinco momentos de la obra, unas veces para expresar menosprecio hacia los militantes de Acción Ciudadana y, en otra ocasión, en boca de la madre del niño muerto, a cuyos asesinos llama canallas y maricas con un desgarro que desasosiega por completo a Max Estrella.

Si estas modificaciones semánticas resultan posibles, como si las palabras ofendieran por sí mismas y no importaran las épocas ni los contextos, por qué no atreverse con más: desde las insinuaciones independentistas sobre el preso catalán hasta esa inesperada aparición en escena del propio Valle, que sustituye a Rubén Darío en el Café Colón y se hace selfies con sus admiradores.

Hay, no sé si por simple casualidad, un elemento común en ambas versiones, un efecto destinado a resaltar el ímpetu revolucionario de las calles: el canto de Bella ciao, el himno partisano.

Dicho lo anterior, no quisiera que estas anecdóticas pequeñeces empañaran el buen juicio de conjunto merecido por el montaje del Teatro Clásico de Sevilla. Frente a los espejos del María Guerrero, aquí, en El Escorial, unas sobrias cajas de madera cumplen casi todas las funciones imaginables: desde ataúd y calabozo hasta mesa de taberna o de redacción de periódico. La desnudez de la escena se sustituye con la lectura, muy oportuna, de las acotaciones del texto, que permiten imaginar lugares y rincones: «La taberna de Picalagartos. Lobreguez con un temblor de acetileno».

LECTURA Y REPRESENTACIÓN

Suele asumirse casi como principio inamovible que el teatro solo cobra sentido si se escenifica. Algunas veces, cierto que pocas, no hace falta. El crítico Eduardo Gómez de Baquero (Andrenio), tras leer Luces de bohemia, llegó a esta conclusión y la dio a conocer el 12 de agosto de 1924 en El Sol: «…el diálogo condensa la acción y define los personajes de suerte que llena el libro cumplidamente las exigencias de la lectura y no se echa de menos el complemento corpóreo de la representación, como en las obras propiamente teatrales». Algo muy parecido señalaba, hace pocos días, el periodista Manuel Hidalgo en El Cultural.

De una u otra forma, un siglo después, el último viaje por Madrid de Max Estrella y su fiel escudero don Latino de Hispalis —ambos en compañía de aquella hueste de vivales, cínicos y desheredados— sigue dando mucho que pensar. Nos deslumbra su intensa lucidez porque tal vez hoy, como entonces, «la miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte».

Lo dijo Max a Estrella, «primer poeta de España, una gloria nacional». Murió destemplado en medio de la noche y «con el honor de no ser académico», en aquella patria convertida en «deformación grotesca de la vida europea».

Libros para un cincuentenario

«La niebla abandonaba lentamente la plaza. Se podía ver ya la alta torre de la ciudadela sobre los tejados, y las golondrinas salían de sus nidos, dejándose caer con las alas abiertas para el primer vuelo matinal».

Un hombre que se parecía a Orestes, de Álvaro Cunqueiro. Premio Nadal, 1968.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Aquella mañana del 16 de octubre de 1968, hace hoy medio siglo, todo olía a nuevo y parecía frágil en el recién inaugurado instituto de Arriondas (Parres, Asturias), tan esperado en la villa, rica en salmones, nieblas y piraguas. Era miércoles y la puesta en escena salió como se esperaba, imagino: aulas impecables, caras asustadas, encerados vírgenes, palabras desconocidas. Había asombro en los rostros y esperanza en las miradas. Y en los silencios.

Es improbable que alguno de los pipiolos y pipiolas —prometo no hacer más desdoblamientos— que aparecen en las fotos del momento hubiera hojeado los periódicos del día. Al menos yo no los había leído e ignoraba casi por completo lo que pasaba en el exterior, que no era poco.

Basta con asomarse a la hemeroteca: México, tras la terrible matanza estudiantil de Tlatelolco, celebraba los Juegos Olímpicos; el doctor Christian Barnard hacía su tercer transplante de corazón en Ciudad del Cabo, Manuel Ferrand ganaba el Premio Planeta… y los tripulantes del Apolo VII, en órbita alrededor de la Tierra, estaban resfriados y se quejaban del mal sabor del agua clorada que bebían a bordo, según cuentan las crónicas. Dicho más claramente: los astronautas estadounidenses ya acariciaban el viaje a la Luna, que se produjo unos meses después —en julio de 1969— y nosotros,  hablo solo por mí, ya estábamos permanentemente en ella. O en Babia, limbo leonés menos romántico pero más próximo.

Pasados los discursos y las bendiciones, quienes tuvimos la suerte de ocupar las clases del instituto por vez primera vez acabamos distribuidos en los pupitres por orden alfabético. En mi grupo, creo que era el 1.º A, Quique Argüello Otero —in memoriam— encabezaba la lista, seguido de Laureano Blanco Nava. Y luego, el resto, hasta la cuarentena de alumnos: perplejos y expectantes tras la subida del telón y la salida a escena. Chicas y chicos estábamos separados, por lo menos inicialmente. Luego ya no. El espíritu imperante de Isabel y Fernando, recordado en una de las canciones que nos enseñaba el hiperactivo y popular Eugenio Campandegui —cura y profesor de religión fallecido en 2008—, se fue relajando con el tiempo. Menos mal.

Hace veinticinco años, cuando se cumplió el vigésimo quinto aniversario del centro y lo celebramos comme il faut, escribí notas varias destinadas a la conmemoración. Quedaron recogidas en una revista impresa, artesanal, que coordinó mi amigo Juan Cueto Solares, pero no las tengo a mano. Entonces, en 1993, yo era más beligerante y jacobino, más apasionado ideológicamente que ahora, y eso se notará seguramente en los comentarios. Cada cosa en su momento: no me arrepiento del pasado, aunque cambiaría algunas decisiones y errores, pero tampoco me entretengo en la añoranza. Hoy ya solo siento nostalgia de futuro, expresión atribuida a distintos autores y especialmente a Fernando Pessoa, siempre en lúcido desasosiego.

Ahora, en el primer cincuentenario del centro —en rigor, sección delegada del instituto de Llanes—, sigo creyendo que para mi generación la apertura del colegio —vamos a llamarlo así por una vez, para darnos algo de pisto— resultó decisiva: una gran oportunidad. Algunos no habríamos podido acceder al bachillerato ni a los estudios posteriores sin la apertura de aquella casa gris y fría situada a la vera del río Sella.

Veo en las fotos de esa mañana, junto a otros docentes, a Venancio Prado, médico, alcalde… y profesor de educación física, su otra faceta. Guardo de él un recuerdo muy afectuoso porque me distinguió con su amistad y con su apoyo, pese a ser probablemente el peor alumno que tuvo nunca. El más torpe en la pista y en el gimnasio. Un desastre.

He dicho alguna vez que Arriondas ha sido injusta y desmemoriada con don Venancio. Estuvo al frente del ayuntamiento durante la dictadura, es verdad, pero no era franquista en la acepción más común y cuestionable del término, al menos a mi juicio. Decir esto hoy puede sonar inoportuno, políticamente incorrecto, pero a determinada edad uno puede permitirse algunas licencias y decir lo que piensa sin más miramientos. Confieso haber sido, in illo tempore, compañero de viaje del viejo Partido Comunista de España (PCE) y no por eso dejo de reconocer la valía de personas que, por circunstancias diversas, han acabado reducidas a los prejuicios de las etiquetas y los clichés. La memoria, como la vida, no se traza con una línea recta y monocolor: está llena de meandros y de matices.

Cincuenta son muchos años. De aquel instituto, cuya andadura se truncó durante lustros por causas diversas y no del todo explicadas, conservo imágenes imborrables y muy gratas, como la del ejemplar del misterioso Casares que había en un estante de la biblioteca, enigmático diccionario en cuyos secretos nadie me adentró*. Tampoco me he olvidado de la catedrática Pilar Costales, quien me descubrió a Antonio Machado y a Juan Ramón Jiménez. Y que nos enseñó a todos cómo hacer fichas de libros: autor, título, editorial, tema. También pienso a menudo en mis coetáneos, varios ya desaparecidos por desgracia, de cuyas existencias no he vuelto a saber en muchos casos.

De aquella etapa mantengo otro recuerdo especial, ajeno al instituto pero para mí inseparable de esa etapa: la compra de la colección RTVE en la librería de Antonín Otero, pequeña y cálida, entrañable, muy ordenada siempre. Son los tomos —aviso para milennials— que ilustran estas notas. Podría afirmar que los conservo desde entonces, pero mentiría: los tengo, pero adquiridos después. Las ediciones son malas, se despegan los lomos, las cubiertas son feas, la letra es endiabladamente pequeña a veces… pero las selección, exceptuada media docena de títulos de compromiso, resulta muy aceptable. Algunas de las obras, además, van precedidas de prólogos excelentes, como los que hicieron Francisco Umbral para La hoja roja de Delibes o Juan Benet para el Alfanhuí de Ferlosio.

Aún hoy, cuando ejerzo de bibliófilo de poca monta, saco estos humildes libros de sus estantes y los hojeo y los huelo y les echo pegamento… y les doy ánimo si lo necesitan. Entre ellos figura, en la antología de Machado —introducida por Julián Marías— ese poema de 1913 dirigido a José María Palacio, «buen amigo», que Pilar Costales nos leyó una tarde en clase. Aquel día descubrí la emoción del verso, que me acompaña.

La colección de RTVE y Salvat, muy propia de los teleclubs aquellos de Fraga, formó parte de las salitas de la época, equipadas con su tresillo, su mueble bar y su tele. Así las retrató el Equipo Crónica en 1970: observen los volúmenes de RTVE arriba, en el estante del medio, sobre la cabeza de Velázquez:

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

Como en cualquier centro educativo, en nuestro instituto de Arriondas hubo de todo: profesores y estudiantes buenos, malos y regulares. Medio siglo después, pesan más en mí las buenas que las malas experiencias y prevalecen la gratitud y el reconocimiento hacia los docentes y los compañeros. Llegamos allí, lo indicaba al inicio, bastante ajenos al mundo que nos rodeaba. Seguíamos con el paso cambiado, entonando el «Cara al sol», mea culpa, cuando ya había estallado el mayo francés en París. Y sabíamos algo de la guerra de Vietnam porque un periodista asturiano, que había vivido en Arriondas, José Manuel Diego Carcedo, era uno de los enviados especiales al conflicto y La Nueva España publicaba sus crónicas para la agencia Pyresa. Poco más.

No fue esa la causa de mi interés por el periodismo —no me atraen especialmente las aventuras ni los viajes exóticos—, pero pronto supe que quería dedicarme a ese noble oficio de informar y he tenido la suerte de ejercerlo en distintos frentes (no bélicos) durante algo más de cuarenta años. Ahora, ya casi en la reserva, he querido pararme a pensar en aquel miércoles, 16 de octubre de 1968, cuando los diarios que yo aún no leía informaban de «asambleas no autorizadas» en la Universidad Complutense de Madrid, a la que yo llegaría felizmente algún tiempo después, en 1975. La misma en que mi hijo Pelayo ultima este curso sus estudios de Derecho. Misión, por tanto, (casi) cumplida.

De todo aquello, de todo esto, al final es probable que solo queden el tacto y el aroma que desprenden las páginas de algunos libros viejos.

*Hace dos años, en mi etapa de director de Comunicación de la Real Academia Española, tuve el honor de organizar una visita especial a la institución de los familiares de Julio Casares, el autor de ese entonces enigmático Diccionario ideológico expuesto en la biblioteca del instituto. Hablamos de muchas cosas, pero se me olvidó comentarles este detalle.

P. S.

Hoy, a las nueve de la mañana, la misma hora en que hace cincuenta años entraba en aquellas aulas, iba andando camino del dentista. Mientras hacía tiempo para subir a la consulta, situada en el barrio madrileño de Salamanca, me fijé en el escaparate de una tienda de sombreros que anunciaba las legendarias boinas Elósegui. A unos metros, un señor de mediana edad proclamaba en la calle su condición de chatarrero a grito pelado. Y solicitaba posible mercancía como antaño, de viva voz.

Parecía un escenario salido de Galdós o Baroja. O de Emilia Pardo Bazán. Estamos en 2018, pero no hemos cambiado tanto como creemos. Salvo en un detalle: los quioscos de periódicos están vacíos, en serio peligro de extinción.

«Despertar» era un sueño

En lembranza de Marieta Piqueras (1942-2018), que me fixo un galano —a guía de Foz de Suso do Bahía— cando eu empezara a ir pola Mariña luguesa, hai xa unha ducia de anos.

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín, en Foz (Lugo).

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín, en Foz (Lugo).

He visto casas así, puro esqueleto desvencijado, en el Viejo San Juan y en Ciudad de Panamá. En Madrid y en Barcelona. En Asturias y en las Castillas. También en Galicia, un país tan rico en patrimonio arquitectónico y artístico como descuidado en su conservación, salvadas las llamadas honrosas —y obligadas— excepciones. Según leo hoy mismo en La Voz de Galicia, la Xunta intenta poner remedio administrativo a este derrumbe de la memoria mediante una ley protectora: un programa contra la ruina y el abandono denominado Rexurbe cuya entrada en vigor está prevista para 2019. Ojalá llegue a tiempo de parar la destrucción y la desidia, de detener el olvido.

Detrás de los cristales rotos y de la desnudez de las vigas siempre hay una historia, muchos años de esperanzas desvanecidas, viajes interrumpidos. En el número 19 de la calle Paco Maañón de Foz, en el centro de esta villa lucense campeona en desmanes urbanísticos, se mantiene milagrosamente en pie un edificio en el que, hasta finales del siglo XX, había una tienda de golosinas, Casa Kiko. Sobre la maltrecha fachada aún quedan algunos vestigios de aquella actividad expendedora de chicles, pipas y piruletas. En un extremo, casi mimetizada con los huecos de las paredes, puede verse una placa conmemorativa colocada en 2005 por iniciativa ciudadana.

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín en Foz (Lugo).

La placa conmemorativa, a la derecha, fue colocada en 2005.

La revista «Despertar» de Foz se imprimía en Ribadeo y solo se publicó desde abril hasta julio de 1936.

Las ruinas siempre dejan huellas, memoria de lo que fueron.

La placa recuerda que aquí nació el maestro Francisco Calvo Jarrín (1911-1966), de quien no he podido averiguar demasiado, más allá de que fue discípulo de otro docente innovador y progresista, muy vinculado a la historia de Foz, Ramón Salgado Toimil, según recoge El Pueblo Gallego en su edición del 6 de de octubre de 1928. El periódico anuncia en un breve la graduación del joven maestro, hijo de Elvira, comerciante focense.

Tampoco he logrado hojear ninguno de los ejemplares de Despertar, impreso en los talleres Etelvino Méndez de Ribadeo y dirigido por Francisco Calvo Jarrín. Deduzco, a juzgar por su periodicidad, que apenas superó una quincena de números a lo largo de su efímera existencia. Ni en Galiciana ni en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España he visto rastro de esta publicación. En su libro A prensa en Lugo, dous séculos de historia (1997), Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo sí dan cuenta del semanario, «portavoz de un grupo de jóvenes  constituidos en comité llamado de salud pública, que teniendo ansias de renovación de la vida política de nuestro pueblo, acometen la quijotesca obra de redimirlo de caciques y de la apatía que aquel pone en el ejercicio de sus derechos y de deberes cívicos».

Entre los colaboradores de Despertar, además del propio director y del citado Salgado Toimil, estaban —según las autoras de A prensa en Lugo…Antonio Noriega Varela, Cándido Fanego y Francisco Maañón. Este ultimo, que fue alcalde Foz entre 1945 y 1952, da nombre en la actualidad a la calle en que están ubicados los restos de la casa natal de Calvo Jarrín.

El estallido de la guerra civil acabó definitivamente con los desafíos y aspiraciones de Despertar: «Dada a época en que se publicóu, son constantes as referencias a un dos temas centrais na política galega daqueles días: o Estatuto. Despertar expresa a súa postura a prol da autonomía para Galicia», señalan Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo.

La placa conmemorativa se puso el 18 de junio de 2005, coincidiendo con la entrega de los Premios Manuel María, cuando era alcalde de Foz José María García Rivera y concejal de cultura Xaime Cancio, ambos miembros entonces del PSdG-PSOE y después enfrentados políticamente.

Despertar no fue ni el primero ni el último periódico publicado en Foz. Antes que el semanario dirigido por Francisco Calvo Jarrín habían aparecido El automóvil (1903) y ¡Guau… Guau! (1906). Este semanario satírico, que logró notable popularidad, estaba promovido por Antonio Noriega Varela, Antón Vilar Ponte y Camilo Cela, padre del novelista y Premio Nobel de Literatura. Ya en 1962 salió A Rapadoira («Al servicio de un Foz mejor»), bajo la dirección de Suso Fernández, impulsor también, en 1986, de Rompeolas, órgano del Club Naútico. A Suso Fernández, fundador de la Librería Bahía y autor de la guía sobre Foz publicada por Everest en 1991 a la que aludo al inicio de estas líneas, se debe asimismo la efímera recuperación de la cabecera Despertar en 1996, en esta ocasión como revista de la Asociación de Comerciantes, Industriais e Autónomos de Foz.

En su estudio de la prensa lucense, las mencionadas Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo citan otras dos publicaciones periódicas en Foz: una en la década de los setenta, Amencer, y otra en los años noventa, O Cadaleito, ambas de carácter crítico y reivindicativo.

Kiko interior 2

Interior de las ruinas de la casa natal de Francisco Calvo Jarrín.

No hay peor enemigo de la memoria que la nostalgia, estado de ánimo que en Galicia tiene una variante propia y compleja, muy bien analizada por Ramón Piñeiro: a saudade. En casos así, en vez de dejarse enredar por la melancolía y la derrota, siempre conviene sugerir y desear algo de acción, actitud menos romántica, pero más práctica. Por ejemplo: sería conveniente, y muy poco costoso, que las colecciones de estos humildes periódicos estuvieran digitalizadas y disponibles en alguna web, pública o privada, relacionada con la historia de Foz y de la comarca de A Mariña. Solo de ¡Guau… Guau! existe edición facsimilar en papel, auspiciada en 2006 por la Xunta de Galicia, pero difícil de encontrar.

Por fortuna, la letra impresa —tan necesaria en tiempos de adanismo y desorientación general— resulta más sencilla de recuperar y de mantener que la estructura de los edificios. Las páginas resisten mejor que los pilares. Adentrarse en ellas, pasear la mirada entre sueltos y anuncios varios, supone devolver la palabra, que es la vida, a quienes languidecen entre las fechas inertes y frías de una lápida casi invisible. Mientras no sepa algo más —todo llegará— de Francisco Calvo Jarrín, aquel joven maestro republicano de Foz, prefiero imaginar que tuvo un sueño: Despertar.

P. S.

Tras publicar estas notas, Tamara Miranda Blanco (sobrina nieta de Francisco Calvo Jarrín e hija de Francisco Ubaldo Miranda Calvo, Kiko) se ha puesto en contacto conmigo para ofrecerme más documentación sobre sus antepasados. Agradezco mucho su gesto y generosidad.

Cuando disponga de esa información, la compartiré aquí.

Un vuelo en tiovivo

Pradera del parque de La Manguilla, en El Escorial

El avistamiento de un tiovivo en el parque escurialense de La Manguilla, lúdica nave espacial posada dulcemente al final de la pradera, es como el efecto mariposa: puede llevar a cualquier parte.

A esa hora de la tarde, a unos metros de los caballitos, sonaban ayer, en directo, canciones españolas de los ochenta y noventa. Algunas fueron en su día letras premonitorias de una realidad que hoy, tanto tiempo después, se muestra más cercana y dramática aún: Espaldas mojadas, de «Tam tam go», y Africanos en Madrid, de «Amistades peligrosas». Con menos gravedad, pero con gran acierto y más transgresión de la aparente, «Un pingüino en tu ascensor» proponía viajes más divertidos: una aventura aérea en Ryanair o un trayecto en tren a Pitis, estación fantasma —hoy no tanto como entonces— camino de la sierra de Guadarrama.

El caso es moverse. Bromas aparte, tal vez la vida sea esto: dar muchas vueltas al ruedo para terminar siempre en el punto de partida. El viaje en tiovivo empieza lento, a lomos de un caballo mecánico que sube y baja mientras desfilan ante nosotros paisajes imprecisos.

El despegue produce cierto vértigo, ligeros mareos, pero la velocidad da confianza y enseguida parece que volamos rumbo a lo desconocido. No es así. Cuando le hemos cogido el gusto al artilugio, una sirena implacable —y menos seductora que las de Ulises en su navegación— anuncia el ocaso de la cabalgada: hay que bajarse sin remedio y dejar paso a nuevos viajeros.

En el tiovivo, posiblemente la más elemental de las atracciones de feria, no hay más trucos que el efecto giratorio y su añadido ecuestre, con subibaja incluido: extraña sensación de desplazamiento continuo que nos traslada a un imaginario destino. Lo peor… o lo mejor, según se mire, es que esta ruleta infantil nos devuelve enseguida a tierra. Hemos volado sin cambiar de sitio.

Cuenta la leyenda que el escritor Álvaro Cunqueiro, maestro de fantasías, consiguió, en la negrura de la primera posguerra, enviar un tiovivo a las fiestas de su Mondoñedo natal. No sería asunto legendario si se supiera a ciencia cierta cómo logró el autor de Merlín e familia que los caballitos fueran de Madrid a Lugo. También se desconoce si abonó cantidad alguna por aquella adquisición. Solo se tiene noticia de que el tiovivo llegó a su destino y cumplió su misión: poner alas a muchos sueños infantiles.

El resto es literatura. Y mejor no darle muchas vueltas porque cuando se acaba la colina y uno se acerca al tiovivo, el cacharro empieza a perder su magia. «Partir es no querer llegar», decía el poeta asturiano Emilio Sola en uno de sus versos*, ahora felizmente reeditados.

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P. S. Estos conciertos, y también las atracciones de feria, formaban parte del espectáculo «Memory Park», dedicado a la música española de los años ochenta y noventa y celebrado los días 29 y 30 de junio en el parque La Manguilla de El Escorial.

**La soledad, los viajes, el mar, la amnistía, un aniversario y varios muertos, 1976.

Los caballitos no faltan en ninguna feria.

El viaje circular y eterno de los caballitos

El Escorial

Estación de El Escorial, inaugurada en 1861.

El viajero, un Buendía cualquiera, recuerda la noche en que su padre le llevó a conocer el tren: aquella locomotora negra y humeante, lenta máquina de vía estrecha.

Hoy, sesenta años después, va de Atocha a El Escorial, destino de reyes y turistas, meca de novios y poetas. Tras la ventanilla, palabras mayores: Chamartín, Ramón y Cajal, Paco de Lucía… San Yago.

En la estación de El Escorial, final de trayecto, ya no huele a chocolate como en tiempos del gallego Matías López, pero llegan aromas de pan hasta el andén. Arriba, en el monasterio, repican las campanas.

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P. S. Esta nota, escrita en el tren (faltaría más), tenía otro destino (nunca mejor dicho) y estaba limitada por un número máximo de caracteres. Antes de mandarla a la papelera, o de ampliarla con pinceladas de color y cursiladas por el estilo, he decidido hacer la foto, tomada hoy a mediodía, y colocarla aquí tal cual. Y no añado más explicaciones porque la aclaración ya casi ocupa más que el original.

Aquella guerra, este rector

Siempre nos quedan las palabras.

Memoria, ecos y lecciones de una tragedia.

A Asturias, algunas veces para bien, casi todo llega con cierto retraso: también la guerra civil se declaró un día después que en otras zonas de España. En la tarde del 19 de julio de 1936, el periodista Juan Antonio Cabezas (Margolles, Cangas de Onís, 1900 – Madrid, 1993) deambulaba por Oviedo a la espera de noticias sobre la sublevación militar contra el gobierno de la República. Iba por el paseo de los Álamos, después de acudir a la extrañamente desangelada tertulia del café Cervantes, y se preguntaba, como otros muchos, si el coronel Aranda se sumaría al golpe lanzado horas antes por el general Franco. Cabezas hablaba con unos y con otros, pero todo eran incertidumbre y malos presagios:

«Hacia la mitad del paseo encontré a otro amigo: el rector de la Universidad, Leopoldo Alas. Menudo, ágil de movimientos, nervioso y de rápidas reacciones, me recordaba siempre la imagen que me había formado de su padre, Clarín, cuya biografía había escrito el año 1935. (…) Me alegré de encontrar una persona ecuánime con la que poder comentar la embarazosa situación que vivía la capital del Principado. (…) Le acompañé hasta su casa, en la calle Altamirano, número 8, próxima a la Universidad. Nos despedimos hasta el día siguiente y nos deseamos buena suerte. No volveríamos a vernos. Aquella noche fue detenido, y seis meses después sería ejecutado».

MEMORIAS DE UNA GUERRA

Cabezas recuerda este episodio al inicio de uno de los relatos más entrañables, sinceros y conmovedores de cuantos se han publicado sobre la contienda en nuestra región. Una obra casi olvidada  —fue Premio Larra en 1974— en la que recupera con precisión, incluso con algún atisbo de humor y resignación, aquella tragedia a la que sobrevivió —estuvo condenado a pena de muerte— de puro milagro: Asturias, catorce meses de guerra civil.

Cabezas, un asturiano del Sella

Cabezas, un asturiano del Sella

Estos días, tras algunas lecturas sobre el estreno en Oviedo de El rector, obra teatral escrita por el expresidente de Asturias Pedro de Silva y dirigida por Etelvino Vázquez, he vuelto a hojear el libro de Juan Antonio Cabezas. Conservo el ejemplar, algo maltratado por el tiempo y las mudanzas, que él mismo me dedicó una tarde otoñal de 1975 en el Café Gijón. Yo acababa de llegar a estudiar periodismo a Madrid y le conocí primero en la redacción de ABC —en donde escribía una columna municipal— y después en un despacho que ocupaba en la oficina de prensa del Ministerio de Obras Públicas. Ya tenía Juan Antonio muchas horas de vuelo entonces, pero el pluriempleo era aún muy frecuente y necesario en aquella España que encaraba con inquietud el final del franquismo. El dictador agonizaba en un hospital de Madrid y el país entero vivía pendiente de las noticias y los partes médicos.

El capítulo quinto de Asturias, catorce meses de guerra civil comienza con el fusilamiento del rector ovetense, catedrático de Derecho Civil. Está encabezado con una frase mencionada con frecuencia para justificar la ejecución del rector, como si aquella bravuconada diera carta blanca a Aranda para actuar y le librara de cualquier responsabilidad: «Si matan a Leopoldo Alas, quemamos Oviedo».

AMENAZAS Y JUSTIFICACIONES

Juan Antonio Cabezas lo cuenta así: «El Consejo de Asturias y León, que ya planeaba una segunda ofensiva contra Oviedo, tomó la decisión, totalmente negativa, de amenazar. Los días 19 y 20 de febrero de 1937 alguien tuvo la desgraciada iniciativa de montar en los parapetos del cerco de Oviedo una instalación de altavoces, que desde las trincheras empezaron a repetir día y noche : “¡Fascistas!” “¡Si fusiláis a Leopoldo Alas, quemaremos Oviedo!”».

Ni las proclamas conminatorias ni las presiones de todo tipo, llegadas desde la Iglesia hasta de la Universidad, lograron el indulto. El rector cayó bajo las balas de un piquete a las cuatro de la tarde del 20 de febrero de 1937. Cabezas añade en su crónica las probables últimas palabras de Leopoldo Alas, dirigidas a las presas que cumplían condena en la cárcel contigua: «”¡Mujeres que me escucháis al otro lado de esta tapia. Que esta sangre sea la última vertida. Que sirva para aplacar los odios y las venganzas! ¡Viva la libertad!».

Hoy, impulsado por esa recuperación de la memoria del rector ovetense realizada en el Teatro Campoamor, no me he resistido a colocar juntos el libro de Juan Antonio Cabezas y la reciente Obra periodística de Leopoldo Alas Argüelles (1883-1937). Coordinado por Joaquín Ocampo Suárez-Valdés —en colaboración con Sergio Sánchez Collantes y Francisco Galera Carrillo—, este volumen permite reconstruir el pensamiento de Alas a través de sus textos en distintos diarios españoles. Un trabajo encomiable y necesario para iluminar la figura de quien no solo era el hijo de Clarín: brillaba con luz propia.

PRÓLOGO DE JUAN VELARDE

Personalmente, pero es solo mi opinión como lector, le pongo un único reparo a esta cuidada edición: me resulta chocante —¿incoherente?— que la presentación esté firmada por Juan Velarde Fuertes (Salas, 1927), economista y profesor de conocida vinculación falangista durante el franquismo. Ya me sorprendió en su día, cuando la leí por primera vez. La he vuelto a repasar hoy y, por distintos motivos, me parece inapropiada y fuera de lugar, sin quitarle méritos académicos y políticos a su autor, que tiene muchos y muy reconocidos. Velarde, que obviamente condena el fatal destino de Alas —recuerda asimismo el lamentable asesinato de Ramiro de Maeztu a manos de los republicanos— ofrece en su prólogo algunos datos novedosos sobre las gestiones hechas por su padre ante el coronel Aranda para evitar la muerte de Leopoldo Alas. A la hora de las explicaciones sale de nuevo la posible causa del desgraciado fusilamiento, aquel desafío vociferante de los republicanos dispuestos a quemar Oviedo si los nacionales acababan con la vida del rector. Escribe Velarde: «Y Aranda, dirigiéndose a mi padre, añadió: “¡Si no hubieran dicho nada!…” Pero así, con esta amenaza, no tengo más remedio que dar paso a la ejecución”».

Admito mis prejuicios sobre Velarde, vinculado al Partido Popular desde los tiempos de Fraga, pero, dicho sea con todos los respetos en estos tiempos de biografías revisadas, tampoco los quiero silenciar. Aclaro al lector que Juan Velarde es presidente de la Fundación Valdés-Salas, una de las instituciones patrocinadoras de la obra, tal como se recoge en el libro. Entiendo, por tanto, que los editores hayan considerado conveniente su colaboración literaria como presentador del volumen, tanto por esta como por otras razones.

Cubierta de «El rector», de Pedro de Silva.

Cubierta de «El rector», de Pedro de Silva.

El rector, según dijo Pedro De Silva en la presentación de su puesta en escena, puede contribuir a evitar que Leopoldo Alas, «además de ser fusilado siga enterrado por la historia». Aquella guerra fatídica, con tantas heridas abiertas aún por falta de coraje político, dejó lecciones como la tragedia de Leopoldo Alas. De la guerra, al margen de las obligadas reparaciones pendientes —el actual partido gobernante jamás ha hecho un gesto en este sentido—, mejor distanciarse con prudencia, sin perder el espíritu crítico ni caer en la amnesia. Los valores y los principios encarnados por el malogrado rector Leopoldo Alas, por el contrario, son tan necesarios y saludables hoy como entonces.

NIETOS DE LA REGENTA

Juan Antonio Cabezas, que en 1937 trabajaba en la redacción del periódico socialista Avance, escribió la necrológica de aquella muerte, convencido de que «los nietos de La Regenta» aún no se habían reconciliado con Clarín y no podían «perdonar a su hijo, partícipe de su espiritual liberalismo. Por eso se perpetró el crimen del 20 de febrero de 1937».

Velarde, no en respuesta a Cabezas sino al profesor José Girón Garrote (defensor de la misma tesis), rechaza en el prólogo la existencia de tal venganza y mantiene la interpretación ya citada: Alas fue abatido por la desafortunada provocación de los republicanos incendiarios.

Más allá de la épica, de las emociones y credos de cada uno; al margen de justificaciones más o menos creíbles, El rector ha servido para traspasar las puertas del tiempo y recuperar el sentido de aquellas palabras escritas por Cabezas en Avance, apenas conocida la noticia de la ejecución, y plenamente vigentes hoy:

«El rector de la Universidad ovetense, Leopoldo Alas, era continuador de una tradición asturiana de cultivadores de la cultura liberal y humanística, que desde el Renacimiento produjo en nuestro suelo magníficas individualidades, especialmente en la llamada Ilustración Asturiana del siglo XVIII, desde Jovellanos, Campomanes y Flores Estrada».

Las balas y el silencio levantaron después el muro del olvido, derribado ahora en un teatro ovetense con la subida del telón de la memoria y del reconocimiento.

Breve peregrinaje a Mondoñedo

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

El bloguero ocasional que fui hace un par de días en Burela —nunca el hábito hizo al monje— se ha convertido hoy en viajero sin más aspiraciones: peregrino fugaz con destino a Mondoñedo. Tengo ya muy trillada esta ruta hacia la cuna de Cunqueiro, pero la mirada cambia y, a poco que uno se fije y se detenga, aparecen luces, colores, piedras… que no había visto antes. Me gusta moverme con la inocencia y la credulidad del neófito, como si fuera la primera vez.

Esta mañana, un luminoso sábado de invierno, no se puede dejar el coche frente al cementerio vello en el que reposa don Álvaro. La calle está cortada porque Mondoñedo festeja el antroido y las rúas se preparan para recibir el paso de comparsas y desfiles. No me resisto a visitar una vez más el viejo camposanto. La entrada, contemplada desde la carretera, tiene cierto aire oriental y se asemeja vagamente a una pagoda en construcción, inacabada.

Cementerio de Mondoñedo

Cementerio vello de Mondoñedo

Cunqueiro, se ha contado ya muchas veces, ocupa un nicho en cuya lápida figura el epitafio que él mismo sugirió: «Eiquí xaz alguén que coa sua obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis». Un enterramiento sobrio en medio de este enclave arbolado que mira a los valles de su infancia y en el que soplan los legendarios vientos mindonienses.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha, en la parte inferior, muestra su epitafio.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha muestra su epitafio.

Al subir por la rúa del obispo Guevara [Mondoñedo no ha sido (y es) sede episcopal en vano] sale al encuentro del paseante el aroma a pan recién hecho en la tahona de Rubal. Cunqueiro presumía del olor de los panes de su tierra y aspiraba a que su escritura tuviera la calidez de un bollo que acaba de ser sacado del horno. Calle arriba, casi enfrente de un despacho de loterías que también vende cerámica de Sargadelos, está el museo del llamado rei das tartas, célebre pastelero ya fallecido cuyo producto estrella, en manos de sus descendientes, sigue siendo una referencia en la ciudad.

Uno de los motivos de la visita a Mondoñedo es la adquisición de la guía literaria Álvaro Cunqueiro e Mondoñedo, de Armando Requeixo, publicada a finales de 2017 y que aún no figuraba en mi bastante completa biblioteca cunqueiriana. Está disponible en Amazon, como casi todo, pero prefiero disfrutar de la liturgia del mostrador, que por eso he venido. La compro en A librería de María José, quien con una honestidad que la honra, me advierte que ella la vende al precio recomendado por la editorial, quince euros, «aínda que na oficiña de turismo pode atopala vostede máis barata». Y así es: allí cuesta solo diez euros, lo cual no deja de ser competencia desleal. En la oficina nos informan de algo que ya había leído en la prensa local: pronto estará disponible una audioguía para seguir la ruta cunqueiriana por Mondoñedo, imagino que según los mismos criterios del libro, que apenas he podido hojear. Quiero leerlo con calma antes de dar ninguna opinión, pero el planteamiento, un itinerario con treinta paradas, me parece muy acertado.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Dispuesto a seguir camino con los dos ejemplares a cuestas, descubro en la casa de turismo una pieza de la catedral de Mondoñedo hecha por Sargadelos que nunca había visto ni siquiera en la galería de Cervo, a la que acudo con frecuencia. Me confirman por teléfono desde la fábrica que la obra está descatalogada, así que la réplica de la catedral se une también a la colección. Para mi sorpresa tampoco la veo entre los recuerdos que ofrecen a la entrada del templo, cuya visita —siempre obligada y sobrecogedora— también es de pago.

Mientras deambulo por las naves, me asomo al museo —curiosa la colección de zapatillas pertenecientes a los distintitos prelados— y salgo al claustro, hoy en obras, pienso en que entre los oficios fallidos de Cunqueiro estaba el de alfarero: más de una vez confesó que le hubiera gustado trabajar como oleiro, artesano en un taller de cerámica.

Ya fuera, en la plaza de la catedral, compruebo que la casa en la que vivió Cunqueiro, situada frente a la iglesia, sigue en obras. La antigua vivienda, vendida en su día por los herederos del escritor, es de propiedad privada aunque el consistorio ha llegado a un acuerdo de cesión temporal con los actuales dueños para rehabilitarla e instalar allí un museo dedicado a don Álvaro. El proyecto, que cuenta con el apoyo de la Diputación de Lugo, ha sido objeto de algunas controversias municipales, pero sigue adelante con cierto retraso. Ojalá que se convierta en el lugar de referencia literaria que se merece el autor de Merlín e familia y no en tienda de souvenirs o en simple refugio de anecdotarios como ha ocurrido con otros creadores en todo el mundo. Pienso, por ejemplo, en cómo se banaliza la figura de Mozart en Viena, la de Van Gogh en Amsterdam, la de Poe en Baltimore o la de Cervantes en La Mancha. La frontera entre el legítimo reclamo turístico y la trivialización constituye una línea muy delgada y fácil de traspasar.

Cunqueiro fue ante todo un escritor excepcional, en gallego y en castellano, y ha pasado a la historia por su obra literaria, no por acudir a la fiesta del albariño en Cambados, en la que también oficiaba.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

El viajero piensa en estos riesgos mientras bordea la catedral y llega hasta el seminario, en donde hay un grupo de actores metidos de lleno en el rodaje de una secuencia cinematográfica.

Llega el momento de poner fin al recorrido, hecho sin otro orden que el de dejarse llevar. Habrá más ocasiones de volver a Mondoñedo y a Cunqueiro, en cuya obra seguiré inmerso en los próximos meses. En el momento de la partida pasan ya las primeras comparsas del carnaval y desde la librería Alvite, al lado de la estatua de don Álvaro, salen por megafonía las notas de un pasadoble. Muy cerca, delante del escaparate de un comercio próximo, se exponen al aire libre fabas de cuatro categorías: desde la más humilde, destinada ó caldo, hasta la extra, se supone que llamada a más altas misiones culinarias.

Con Cunqueiro siempre se corre el agradable riesgo de terminar el camino en un mercado o en la mesa de una taberna. Pero esa es otra historia.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral. 

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El viajero, que ha escrito sobre Cunqueiro en el pasado y que trabaja ahora intensamente en nuevos proyectos académicos sobre su obra periodística, remata esta nota en El Escorial, en donde acaba de acomodar el nuevo libro y la recreación de la catedral de Mondoñedo. El viajero colecciona figuritas de Sargadelos relacionadas con escritores (Rosalía, Valle, Pessoa, Castelao, Pardo Bazán…) y recuerda ahora que Cunqueiro atesoraba bolas de cristal con pueblos o edificios nevados en su interior. Estas enigmáticas bolas de nieve aparecen en pasajes de algunas de sus obras.

La semana ha sido larga: empezó el lunes con un viaje a Barcelona para hablar de Cunqueiro con Xesús González Gómez, y terminó hoy en Galicia.

Ahora toca volver de nuevo rastrear a don Álvaro en la hemeroteca, feliz y ardua tarea a la que regresaré mañana o pasado en Madrid. Y toca también pedir disculpas al lector porque, de nuevo, en vez de un breve pie de foto, ese género que bordaba Cunqueiro en Faro de Vigo, me ha salido una nota más larga que el Códice Calixtino.