Memoria incierta de Vilardevós

El final de «Rewind» está fechado en Vilardevós, de donde es natural Xoán Tallón.

El final de «Rewind» está fechado en Vilardevós (Ourense), de donde es natural Xoán Tallón.

La toponimia es muy puñetera. Hace unos minutos, antes de sentarme a teclear estas líneas, tuve la mala ocurrencia de discutir con un tuitero anónimo acerca de si en España ha de escribirse Pekín o Beijing, que no deja de ser una forma muy tonta de enredarse. Ni él cambió de opinión ni yo, depedé en ristre, mudé de parecer. A pesar de la inutilidad del debate, algo tendrán los nombres de pueblos y ciudades, de villas y países, cuando dan pie a encendidas disputas sobre su correcta escritura. Una b o una v de más, o de menos, nos pueden llevar al infinito. ¿Ribeira o Riveira? ¿Vilardevós, Villardevós o Vilardebós?

REBOBINADO ACCIDENTAL

Hay que admitirlo: las toponimias remueven sentimientos y pasiones, unas veces porque nos ponen ante el espejo de nuestros orígenes y otras porque nos evocan sensaciones lejanas, incluso muy remotas: nunca hemos estado en ese dichoso lugar, pero su nombre —o sus posibles variantes— nos ha quedado registrado en la memoria.

Cuando empecé a leer Rewind, la última novela de Xoán Tallón, reparé antes de nada en el lugar de nacimiento de su autor, recogido en el breve perfil biográfico de la solapa del libro: natural de Vilardevós, en la provincia de Ourense. Yo tenía noticia de Xoan Tallón, pero solo había leído —antes de Rewind— algunos artículos suyos en la prensa. También había escuchado su inconfundible voz, con esa cadencia galaica tan difícil de imitar sin caer en el ridículo, en algunos comentarios radiofónicos. No sabía, sin embargo, que era oriundo de Vilardevós y este detalle me produjo un sobresalto emotivo, un rebobinado en toda regla: sin haber pasado nunca por allí, por este concello de Ourense muy próximo a la frontera portuguesa, yo ya tenía un vago conocimiento y hasta una extraña querencia por Vilardevós, situado apenas a una quincena de kilómetros al sureste de Verín.

Mapa Vilardevós incluido en el libro de Silvio Santiago.

Mapa de Vilardevós incluido en el libro de Silvio Santiago (Editorial Galaxia, Vigo).

Hace unos meses, mientras preparaba mi antología periodística de Cunqueiro Al pasar de los años, me encontré con un artículo de don Álvaro dedicado a Vilardevós: «Un hombre con su país en la memoria», aparecido en El Noticiero Universal de Barcelona el 24 de septiembre de 1974. No incluí finalmente este texto en mi selección, pero el curioso y desocupado lector podrá encontrarlo en la magnífica edición que Xesús González Gómez publicó en Tusquets bajo el título Papeles que fueron vidas (Barcelona, 1994). Como es habitual en los textos cunqueirianos, llenos de esos deliciosos meandros escritos al estilo del obispo fray Antonio de Guevara, el artículo pasa de unos temas a otros, pero el asunto principal es dejar constancia del fallecimiento de un hijo ilustre de Vilardevós: Silvio Santiago (1903-1974), exiliado a América tras el estallido de la guerra civil y firmante de Villardevós, «el libro del país que el autor llevó en la memoria durante treinta años de peregrinación», según escribió Cunqueiro a la sazón. Hace un par de años me hice con la segunda edición de Villardevós (Galaxia, 1961), prologada por Ramón Otero Pedrayo, que forma parte de mi cunqueiroteca secundaria: obras citadas o admiradas por don Álvaro en distintos momentos de su carrera literaria.

SOBRE LA FRAGILIDAD

¿Habría alguna referencia a Vilardevós en la obra de Xoán Tallón? Empecé la lectura de Rewind —en este abril de aislamiento y cuarentena— como lo hago siempre: sin consultar antes ninguna crítica ni cotejar las inevitables entrevistas propias de la promoción literaria de un nuevo título. Sin saber ni siquiera de qué iba Rewind, tan solo con el convencimiento —derivado de algunos elogios dignos de confianza— de que sería una experiencia grata y enriquecedora. Y así fue: las historias narradas en Rewind, reflejo de las vidas de unos «jóvenes e indestructibles» estudiantes europeos —cuya existencia se ve alterada inesperada y brutalmente de la noche a la mañana—; las historias contadas en Rewind, decía, cautivan desde el inicio y se encadenan unas con otras hasta el desenlace final. No me gusta destripar los libros ni sus argumentos y estoy en contra de elaborar síntesis y resúmenes sobre su contenido. Solo añadiré que buena parte de la obra tiene por escenario la ciudad francesa de Lyon, descrita con una familiaridad y precisión que me hicieron suponer que el autor la conocía bien, lo cual solo es una verdad a medias.

Rewind —la alusión al título creo que no aparece hasta la página 144 del libro— se asemeja a un torbellino en el que, pese a la aparente velocidad narrativa, podemos distinguir y conocer bastante bien a los distintos personajes, sus idas y sus vueltas. De los jóvenes con los que se inicia el relato, y de los adultos y familiares que les rodean en distintos momentos, iremos sabiendo casi todo: sus anhelos, sus canciones y películas predilectas, sus limitaciones, su osadía, sus libros favoritos… sus secretos. Una hermosa y conmovedora crónica coral —«en multiperspectiva», en palabras de Tallón— sobre la fragilidad de la vida, escrita en 2019 e impresa un mes antes de que el coronavirus pusiera el mundo patas arriba en apenas unas semanas. Misterios de la literatura y sus premoniciones.

Después de llegar al final —al que pondría algún ligero reparo que no empaña nada de lo dicho anteriormente—, sí que he leído y escuchado deliberadamente bastantes declaraciones de Tallón. Me ha sorprendido saber que no conocía Lyon cuando empezó a escribir la novela, aunque sí visitó la ciudad antes de rematarla para hacer algunas comprobaciones e introducir ciertos cambios. También me ha congratulado descubrir, porque así lo señala expresamente el autor en Faro de Vigo, que quiso proceder como hizo Cunqueiro cuando abordó As crónicas de Sochantre: describir Bretaña —Lyon en su caso— sin haber puesto allí los pies previamente. Don Álvaro, además de su memoria deformante, se valió para completar el paisaje de mapas y de un marinero bretón conocido suyo. Tallón, de acuerdo con sus explicaciones, se sirvió del programa Street View de Google para callejear por Lyon.

SER O NO SER

Cunqueiro, muy amigo de los mapas, solía explorar otros mundos para ambientar sus creaciones literarias, pero en todos esos lugares recónditos terminaba soplando siempre el viento de Mondoñedo —ocurre en el Elsinor de su Don Hamlet— y el oleaje del mar de Foz, aunque fuera para situar en el Cantábrico las melancolías navegantes de Sinbad. En Rewind no sucede eso: no hay ecos de Galicia —o yo no he sabido oirlos— ni tiene por qué haberlos. De hecho no me volví a encontrar con Vilardevós hasta la última hoja, cuando Tallón firma el final del libro en ese lugar, el de su nacimiento en 1975, ya en la página 209 de la novela. A pesar de esa evidencia —ni rastro de Vilardevós—, cada lector tiene sus teimas, por lo general carentes de fundamento y de lógica, pero muy difíciles de erradicar. Una buena obsesión, una zuna, casi nunca parece dispuesta a que la verdad la desmienta, así que, finalizado el libro con cierta sensación de desasosiego, yo seguí con mis paralelismos, siempre caprichosos. Recordé, por ejemplo, que Xoán Tallón habla con frecuencia en la vida real, incluso en algunos tuits, de escenas cotidianas junto a su hija pequeña. De ahí, desde este tierno detalle paternal, hasta Vilardevós solo hay un paso que no figura en Google Maps, pero sí en mi cabeza lectora, muy dada a rebobinar, como algunos personajes del Rewind de Tallón. Silvio Santiago explica al comienzo de Villardevós por qué ha publicado el libro: para dar respuesta a su niña de diez años —«nacéu en América do Sur. Entende o galego, pero fala en castelán— cuando a cativa le pregunta, una y otra vez:

—Papá, ¿Tú qué eres?

Silvio tuvo muchos oficios, pero al final su hija —«é bonita, donairosa e intelixente»—, urgida por los interrogatorios de sus compañeras de colegio, los resumió en una sola ocupación profesional:

—Papá, las niñas volvieron a preguntarme hoy qué eras tú, y yo les dije que eras escritor. ¿Hice bien?

CONTRA EL OLVIDO

Silvio le respondió afirmativamente a su hija, que lo veía algunas tardes ante su máquina de escribir: el padre anotaba en Caracas su memoria de Viladerbós como un salvavidas contra el olvido y la morriña. Un par de años después de la muerte de Silvio, en 1976, apareció otro libro suyo, una suerte de apuntes del destierro, del éxodo de Silvio Santiago desde Galicia a Portugal y de allí a América: O silencio redimido. Pero esa es otra historia y aquí, aunque no lo parezca, hemos venido a hablar de Rewind, novela muy recomendable para entender mejor la fugacidad —y la alegría— de la existencia humana tal como es o al menos tal como era antes del coronavirus. Nadie se arriesga a vaticinar ahora cómo discurrirá el calendario porque todos permanecemos inmersos en la incertidumbre y en la incredulidad, en un paréntesis que no sabemos cómo ni cuándo se cerrará.

Aunque no estemos en tiempos propicios para hacer planes, yo sí tengo alguno a corto plazo. Además del propósito de parar algún día en Vilardevós, para seguir las huellas de Silvio Santiago y del Manoliño de su libro, voy adentrarme en otros textos de Tallón, por el momento en formato electrónico, como corresponde a esta época de confinación. Empezaré por Libros peligrosos (2014). Saber qué piensan los autores de sus correligionarios, y de sus frutos literarios, es una curiosidad que mantengo intacta. Con Cunqueiro aprendí mucho sobre la trascendencia de esa mirada lectora del escritor. A veces —Hypocrite lecteurmon semblable, mon frère!— solo sirve para imaginar un lugar fronterizo e incierto llamado Vilardevós. De aquí partieron un día, por razones distintas, Silvio Santiago, rumbo a América y ligero de equipaje, y Xoán Tallón, camino de Compostela para estudiar Filosofía. Tallón viajó con una Olivetti Lettera 32 a cuestas y el sueño de ser escritor. Todo lo demás es rewind.

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P. S. El Vilardevós real, ese al que viajaré cuando la lluvia negra del coronavirus escampe, tiene ahora cerca de dos mil vecinos, según leo en el censo más reciente del INE, correspondiente a 2018. La última noticia publicada en la página web del concello es, cómo no, un bando sobre la pandemia. La anterior a esa, fechada el 24 de enero de 2020, resultaba más esperanzadora y también más poética: informaba sobre la campaña de vacunación de los castaños. Ojalá que a esa feliz vacuna contra el «chancro do castiñeiro (Cryphonectria parasitica)», que suena romántica y forestal a ojos de un profano, siga muy pronto otra contra el Covid-19 para que la primavera y la vida vuelvan a florecer como antes.

Aquellas primaveras

Manuscrito de Álvaro Cunqueiro conservado en la Fundación Penzol de Vigo.

Manuscrito de Álvaro Cunqueiro conservado en la Fundación Penzol de Vigo.

Le he dado muchas vueltas todo el día a la conveniencia de escribir hoy, en este viernes aciago y gris, unas líneas sobre el inicio de la primavera.

El comienzo de la estación que despide al invierno ha sido un socorrido recurso de poetas y grandes almacenes hasta hace nada: hasta que llegó el coronavirus con su tragedia y acabó de un plumazo con el orden mundial y la tradición literaria.

Pese a todo, hoy, al amanecer, había cierta animación entre la pajarería de los jardines que veo desde la ventana, pero ni siquiera eso me animó. Dejo constancia del momento, como un alivio, en estos catorce segundos de grabación.

Más tarde, tras el desayuno, sí que me pareció oportuno recordar el poema dedicado por César Morán Fraga a Álvaro Cunqueiro: «Haberá primavera», que da título al excelente libro-disco que publicó en 2011. Y lo puse en Facebook y en Twitter. Vi después que el Telediario de TVE cerraba con imágenes de pétalos multicolor y la canción de Joaquín Sabina. Un paréntesis floral en medio del dolor.

A esta hora, entre lusco e fusco,  hago un último esfuerzo por hilvanar unos párrafos mientras me golpean las estadísticas mortales del Covid-19, tanto las más cercanas como las de la próxima Italia, que asustan y encogen el ánimo y quitan el aliento. Cunqueiro, que tanto amó el Renacimiento italiano y a sus artistas, disfrutaba muy especialmente del inicio de la primavera, del brote de las flores en los huertos de Mondoñedo y del primer canto del cuco en el bosque de Silva. Cuando preparaba mi antología periodística sobre don Álvaro siempre supe que el capítulo final, «Al pasar de los años», iba a empezar con un artículo publicado el 9 de marzo de 1952 en La Voz de Galicia: «Introducción a la primavera». Por eso me alegré mucho cuando, en julio del año pasado, encontré en la Fundación Penzol de Vigo el fragmento manuscrito que encabeza estas líneas: es el comienzo de su columna, publicada bajo el epígrafe «De mi país». Lo he he vuelto a releer esta tarde:

Introducción primavera

Artículo de la antología periodística «Al pasar de los años», dedicada a Cunqueiro.

«… la primavera es invención de los trovadores, tanto de los provenzales como de los nuestros», escribe Cunqueiro antes de pararse a escuchar los trinos de un mirlo que revolotea por una parra cercana: «Quizás este mirlo primaveral es un pobre escolar de Leyde, discípulo suyo, que caminó como Goethe a Italia, a ver florecer el limonero, él a Galicia a ver, rosae rosarum, pejigos florecidos el día en que llegó la primavera».

La primavera de 2020 será mejor que pase de largo porque llega con mal pie y nos hace dudar de casi todo, hasta de la pertinencia de darle, o no, la bienvenida. Su habitual anticipo de esperanza y vida nueva es hoy un paisaje silencioso, más oscuro aún que las negras sombras de Rosalía de Castro. Volverán, han de volver, aquellas primaveras azules en las que Cunqueiro se conformaba con atender el canto del cuco en las alegres mañanas de Mondoñedo: «Hoy me he contentado solo con oírlo».

 

Veletas de enamorar

Veledas de namorar, / quén as vende, quén as merca? / Na feira do seu noivado / o cuco soña de seda.

Álvaro Cunqueiro, Cantiga nova que se chama riveira, 1933

«Gaceta Ilustrada», 12 de enero de 1969. Entrevista de María Dolores Serrano. Fotos de Julio Ubiña.

«Gaceta Ilustrada», 12 de enero de 1969. 

Iba a escribir hoy algo más sobre Cunqueiro y las hemerotecas —aquí dejo dos páginas de Gaceta Ilustrada—, pero acabo de caer en la cuenta de que hilvano esta nota en el edulcorado y mercantil Día de San Valentín, patrono oficial de los enamorados. Admitida la evidencia, he dado marcha atrás (maldita deformación profesional) para colocar unos versos del joven Álvaro en el pórtico de mis apuntes: ¿quién vende o compra veletas de enamorar? ¿Cómo son los amores boscosos del cuco, el pájaro y fetiche cunqueiriano por excelencia?

El amor romántico y pasional estuvo muy presente en la vida y en la obra de Álvaro Cunqueiro, especialmente en sus poemarios. Y no hace mucho, apenas una semana, el periodista Fernando Ramos nos ha descubierto en Faro de Vigo la existencia de unas cartas dirigidas por Cunqueiro, in illo tempore, a una moza argentina: Emma Gómez. Apasionadas misivas de un veinteañero en ciernes que permanecieron hasta ahora en el limbo, dentro de una caja hallada en Buenos Aires. Restos del naufragio de un amor epistolar iniciado en Mondoñedo y que hoy, tras la pertinente donación, se custodian, junto con otros materiales biográficos en la Fundación Penzol de Vigo.

MORIR DE PENA Y NADA

En la obra periodística de Cunqueiro, también en algunas entrevistas, el autor de Merlín e familia recuerda varias veces unos amores probablemente anteriores a los recién localizados en Buenos Aires. El 23 de octubre de 1962, en Faro de Vigo, Cunqueiro rememoraba así aquellas primeras ensoñaciones adolescentes:

«Me viene una memoria melancólica, que los primeros versos que yo hice —doloridos cantos de amor, esos poemas tristes y desesperados que solamente escribe uno cuando mozo y puede permitirse el lujo de aspirar a morir de pena y nada—, que eran para una niña rubia de Palas de Rey. No me he atrevido a preguntar si vivía. No he osado pronunciar su nombre. Cuando subo al coche miro para ventanas, balcones y galerías, buscando los ojos azules que no están. Que hasta está bien que no estén, por el derecho a seguir soñando».

Gran admirador de los trovadores galaicoportugueses, traductor al gallego de poetas de distintas épocas y lugares, poeta él mismo por encima de todos sus demás oficios literarios, Cunqueiro fue dejando aquí y allá rastros de sus sentimientos y de sus deseos. Entre los doscientos artículos que he seleccionado para mi antología periodística Al Pasar de los años, que aparecerá la semana próxima en la Biblioteca Castro, hay numerosas muestras de esa inquietud amorosa. Pienso ahora en un cuento de la revista Vértice, que he recuperado para cerrar el capítulo del libro dedicado al mar: «El Almirante», publicado en 1939. El almirante fue en su día, según el relato, un rapaz llamado Migueliño, de quien estaba secretamente enamorada Rosiña, una vecina suya:

Su vocación era patente: Migueliño sería marinero. Lo decía toda la aldea. Desde una ventanita verde lo soñaba Rosiña, que era pecosa y silenciosa y tenía diez años del color de las manzanas.

«El Almirante», cuento de Álvaro Cunqueiro publicado en «Vértice» en 1939.

«El Almirante», cuento publicado en «Vértice» en 1939.

Decía antes que mi idea era escribir hoy sobre hemerotecas consultadas y, más concretamente, de colecciones reconstruidas. De cómo fui adquiriendo, en los más diversos sitios, tomos encuadernados con primor y recortes amarillentos cubiertos por el polvo del olvido: fragmentos dispersos del periodismo de don Álvaro con los que he ido conformando una cunqueiroteca humilde y acogedora, morna como un fuego que conserva los rescoldos. Ya habrá otra ocasión para hablar de ello. Hoy, mejor que relatar esos viajes por el tiempo, por el ir y venir de anticuarios y librerías de lance en la Red, parece más oportuno refrescar alguna de esas frases solemnes a las que Cunqueiro era tan propenso. El amor, a fin de cuentas, es algo demasiado serio para dejarlo en manos de san Valentín y El Corte Inglés. Porque…

«… el más cansado y gastado de los hombres enciende en algún instante de su vida vencida la memoria y recuerda un amor o un amigo. En toda memoria va implícita una lealtad; la nostalgia lo es siempre de la Edad de Oro. En la medida en que el hombre recuerda y ame ser recordado, es súbdito de la esperanza y no podrá huirse».

Lo dijo en La Voz de Galicia del 24 de marzo de 1957. Y sigue siendo igual de cierto, igual de inquietante que entonces.

 

 

 

La gaveta de Cunqueiro

Gaveta de la BNE

Fichas mecanografiadas de las obras de Cunqueiro en la Biblioteca Nacional de España.

Hace una semana tecleaba yo por estos lares electrónicos, con ínfulas de periodista transmedia, sobre las relaciones de Álvaro Cunqueiro con la máquina de escribir Smith Premier número 10. En un torpe e ingenuo intento de lanzar una suerte de teaser publicitario —el anticipo, adelanto o señuelo de toda la vida—, quise anunciar, Smith Premier mediante, la próxima aparición de mi antología de don Álvaro en castellano, dentro de la Biblioteca Castro: Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981).

Continúo ahora con el mismo propósito.

Desde hoy y hasta entonces, a falta de once días para ese alumbramiento literario (20 de febrero), quiero ir compartiendo aquí ciertos detalles del proceso de búsqueda y selección emprendido hace dos años. Serán solo anacos, trozos y fragmentos del trayecto recorrido para llegar al destino feliz de cualquier obra: el escaparate o el estante de la librería. También se puede aplicar el cuento a la sección de ventas de una web, que los actuales caminos librescos son diversos y llenos de bifurcaciones y cestas o carritos virtuales. Cunqueiro, asombrado ya en su tiempo por el vértigo de los avances tecnológicos, no daría crédito ante el frenesí de ofertas y canales que nos rodean, pero ese es otro cantar.

DOS AÑOS DE ANDADURA

Dejo las digresiones antes de que sea tarde, pido perdón por los meandros y recupero el hilo. Aunque mi interés por el autor de Merlín e familia es antiguo, mi acercamiento al periodismo cunqueiriano adquirió nuevas dimensiones y perspectivas hace algo más de una década, cuando inicié una tesis doctoral fallida a causa de distintos compromisos profesionales. En 2018, liberado ya de esas ataduras laborales, recuperé el impulso y pude dedicarme casi en cuerpo y alma a la apasionante tarea de reconstruir —solo en parte, claro está— la andadura del Cunqueiro articulista, que se remonta a 1930 y culmina con su muerte en 1981. El resultado, como indicaba anteriormente, estará pronto en las librerías: Alvaro Cunqueiro. Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981), obra editada por la Biblioteca Castro que reúne doscientos artículos, sesenta y ocho de ellos inéditos, distribuidos en diez capítulos temáticos.

Gavetas de un archivador de la Biblioteca Nacional de España.

Archivador de la Biblioteca Nacional de España.

Gaveta dedicada a Álvaro Cunqueiro. Detalle.

Gaveta dedicada a Álvaro Cunqueiro. Detalle.

De Cunqueiro se ha publicado hasta ahora una veintena larga de antologías periodísticas, tanto en gallego como en castellano. Empezó la tarea el propio autor, con una selección de su columna «El envés», en la editorial barcelonesa Táber, allá por 1969, y la continuaron después, en las dos lenguas usadas habitualmente por don Álvaro, cunqueirólogos tan ilustres como César Antonio Molina, Xesús González Gómez, Montse Mera, Luis Alonso Girgado, María García Liñeira, Iago Castro Buerger… y unos cuantos y cuantas más, que la cofradía tiene una nómina numerosa y distinguida. La lista es tan considerable que, aún a riesgo de injustos olvidos, he dedicado en mi escolma nada menos que siete páginas a la bibliografía esencial sobre el particular.

Todas esas antologías precedentes me han servido de ayuda inestimable en mi peregrinaje, pero mi propósito —creo que cumplido— era, por un lado, rescatar algunos textos inéditos hasta ahora en libro y, por otro, acudir siempre a las fuentes primarias, a los originales publicados en su día en los respectivos medios. De todos ellos he hecho transcripciones y ediciones nuevas y, en algunos casos —matizo que esta no es una edición crítica— distintas anotaciones complementarias o aclaratorias.

Lector del microfilmes de la Biblioteca Nacional de España.

Lector de microfilmes de la Biblioteca Nacional de España.

La tarea me ha obligado a pasar bastantes horas en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España (BNE), en donde, a día de hoy, coexisten colecciones de periódicos en formatos aún muy dispares: en papel, microfilmados y digitalizados. He lidiado con todos ellos y conservaré para siempre en mi memoria el sonido trepidante del rollo del microfilm, las vueltas de esas bobinas misteriosas entregadas en unas pulcras cajitas verdes, etiquetadas con primor. Para un torpe de las manualidades como yo, y pese a la diligencia y ayuda del personal que atiende la sala, manejar las dichosas microfichas supone todo un reto. Cada vez que conseguía enhebrar bien el celuloide, y ver en la pantalla esos negativos en donde te dejas las pestañas, respiraba con cierto alivio por la proeza. Si, además de la parte mecánica, había suerte en la búsqueda y las máquinas fotocopiadoras respondían adecuadamente, mel sobre filloas, como suele decir mi amigo Armando Requeixo. Eso sí, siempre iba provisto de una lupa, no como atrezzo o fetiche cunqueiriano —don Álvaro las usaba mucho para leer la letra pequeña al final de su vida—, sino porque la mala vista es una de mis limitaciones congénitas.

LAS GAVETAS

Antes de llegar a la planta de la hemeroteca, dos pisos más abajo, el investigador se topa con unos antiguos archivadores de madera en cuyo interior dormitan referencias librescas anotadas con mimo, a mano y a máquina, por anónimos bibliotecarios. Las diferentes gavetas, esos cajones deslizantes tan largos que parecen una galería minera, están rotuladas con la palabra o el nombre que les ha correspondido por el azar del orden alfabético. Para mi regocijo y deleite —puestos a confesar pasiones, hagámoslo con finura— fue un placer descubrir —años ha, pero ahí sigue— el cajón denominado «Cunqueiro», con un interior repleto de notas sobre las obras de don Álvaro. Me he parado muchas veces delante de él y lo he abierto con curiosidad y nostalgia.

Otro día escribiré aquí de las consultas de los tomos en papel, colecciones de cabeceras que no han tenido el privilegio de ser copiadas en algún soporte físico o electrónico y que duermen en el olvido hasta que algún consultante las despierta del letargo.

HEMEROTECAS

El paciente personal de la hemeroteca de la BNE, que atiende con la mejor disposición a los bichos raros que acudimos allí, figura entre los muchos agradecimientos incluidos en la introducción de mi antología.

No ha sido la BNE mi única fuente hemerográfica, pero sí recordaré siempre con agrado los días pasados allí, iPad en mano, incluidos mis desplazamientos a la cantina y a las máquinas de café. En las bibliotecas, para no perderse entre el oleaje del papel, conviene moverse siempre con prudencia y con los ojos atentos del vigía: «No mar hai que estar sempre como en visita», escribió Cunqueiro al final de Si Sinbad volvese ás illas, la obra que ilustra el inicio y el remate de estas líneas.

Seguimos navegando.

Primeras ediciones, en gallego (1961) y castellano (1962) del Sinbad de Cunqueiro.

Primeras ediciones, en gallego (1961) y castellano (1962) del Sinbad de Cunqueiro.

Smith Premier número 10

Smith Premier número 10

Detalle del doble teclado de la Smith Premier número 10.

Con una máquina de escribir como esta, la Smith Premier 10 de doble teclado, hilvanó Álvaro Cunqueiro (1911-1981) gran parte de su obra literaria, en la soledad del Mondoñedo natal. De aquí salieron, en la segunda mitad del siglo XX, obras tan singulares como Merlín e familia, As crónicas do sochantre, O incerto señor don Hamlet… y cientos de artículos periodísticos.

El padre de Álvaro, el boticario Joaquín Cunqueiro, había comprado la vieja Smith el 1 de agosto de 1916. La máquina, de fabricación estadounidense, resistió sin tregua hasta comienzos de los años sesenta. Hoy se puede ver (el modelo de la foto es uno similar, no la pieza auténtica) en la casa museo Álvaro Cunqueiro de Mondoñedo (Lugo).

La imagen de la Smith, cuyo sonido casi era tan familiar en aquel tiempo como las legendarias campanas de la catedral mindoniense, es el pórtico de una serie de comentarios que publicaremos durante las próximas semanas. Un anticipo a la edición de mi antología Al pasar de los años, que aparecerá a finales de febrero en la Biblioteca Castro.

Escobilla limpiadora de la máquina Smith Premier.

Escobilla limpiadora de la máquina Smith Premier.

 

Juan Cueto, profeta en su tierra

Una visión heterodoxa de Asturias

Una visión heterodoxa de Asturias

Veo que los primeros titulares y necrológicas sobre Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942 – Madrid, 2019) destacan que era un gran «comunicador» y «comunicólogo». No digo que no lo fuera, pero estas etiquetas profesionales, hacia las que yo —mea culpa— tengo ciertas prevenciones y prejuicios, no le hacen justicia. Ante todo, fue un excelente escritor de periódicos, un gran columnista. Y un visionario, un analista de la realidad capaz de anticipar tendencias y cambios, sobre todo en el movedizo campo audiovisual y tecnológico. Se ocupó de más asuntos —efímero profesor de filosofía en la facultad de Gustavo Bueno, cinéfilo convicto y confeso— y supo poner en práctica sus teorías, algo inusual en el gremio de los pensadores, al frente de Canal + y otras empresas del ramo. Un profeta laico y brillante que ejerció su papel dentro y fuera de su patria querida, desmitificada desde la heterodoxia que siempre practicó.

DEVOTO DE CUNQUEIRO

Hace ya casi una década que hablé por última vez con Juan Cueto, fallecido hoy en Madrid según cuenta en El País, con detalle y cariño, su amigo y colega Juan Cruz. Fue aquella —finales de 2009— una breve conversación telefónica para una cita posterior  relacionada con Álvaro Cunqueiro, escritor gallego por el que yo empecé a interesarme tardíamente y del que Cueto —como José Doval, otro desaparecido prematuro— era un admirador entusiasta.

Homenaje a Cunqueiro en «Los Cuadernos del Norte»

Homenaje a Cunqueiro en «Los Cuadernos del Norte»

No solo le dedicó páginas en Los Cuadernos del Norte, la gran revista cultural fundada por él en 1980 y auspiciada por la Caja de Ahorros de Asturias en la etapa de Evaristo Arce —otro gran periodista— ; no solo, decía, fue generoso con Cunqueiro en los últimos años de vida del autor de Merlín e familia, sino que, ya fallecido don Álvaro, le hizo destinatario de un excelente artículo, «Mondoñedo no existe», aparecido el 27 de febrero de 1982 en El País, texto distinguido después con el Premio César González Ruano de periodismo.

CON ENZENSBERGER

Lamentablemente, aquella cita con Cueto, que iba a ser en su casa de Gijón, no se llegó a producir. Juan empezaba a andar mal de salud y no pudimos vernos. En esa época ya no vivía en Villa Ketty, aquel chalet muy próximo al río Piles al que yo había llevado años atrás, en la primavera de 1985, al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, que recorría entonces la península para una serie de artículos publicados ese mismo otoño en El País; unas crónicas premonitorias reunidas después en libro bajo el título Cristales rotos de España.

Yo era entonces corresponsal de El País en Oviedo y recibí el encargo de mostrar Asturias a Enzensberger, tarea que incluía elegir personas con las que pudiera hablar de la situación del Principado. El recorrido fue variopinto: visitamos —en compañía de Pedro Alberto Marcos— un economato de HUNOSA en El Entrego y el bar de la División Azul en Oviedo; comimos cebollas rellenas y bebimos sidra. Enzensberger habló con Pedro de Silva, entonces presidente de Asturias, y también con Juan Cueto. La conversación entre ambos fue tan larga y apasionada —Cueto narraba y contaba muy bien— que casi se hizo de noche y estábamos medio a oscuras en aquel caserón un tanto desangelado, pese a su encanto.

—No nos ha encendido la luz ni nos ha ofrecido un café, pero sus análisis y su visión de España son muy brillantes, deslumbrantes, me dijo a la salida Enzensberger, que hablaba muy bien español.

Parte de esa charla en Villa Ketty salió en una de las entregas de El País y yo recordaré el encuentro como un privilegio en el que participé de oyente y de guía.

Una guía, precisamente, la Guía secreta de Asturias aparecida en 1975, fue mi primer acercamiento a Juan Cueto, a quien conocí en la revista Asturias Semanal, la misma en la que había leído antes sus agudas y novedosas críticas televisivas. Pese al tiempo transcurrido sigue siendo un excelente manual para perderse por casa, según reza en la entrañable dedicatoria que me hizo entonces y que reproduzco al inicio de estas notas.

APOYO A RTVE

Más recientemente, aunque sea ya también tiempo lejano, agradecí su apoyo público a la difícil e ilusionante etapa renovadora iniciada en Radio Televisión Española en 2004, en la época de Carmen Caffarel como directora general, previa a la gran transformación acometida después por Luis Fernández. Cueto, un crítico lúcido y poco complaciente, escribió algún artículo muy elogioso con los nuevos informativos, dirigidos por Fran Llorente. También nos recibió en Oviedo muy calurosamente —yo era en aquel tiempo director de Comunicación de RTVE—, con motivo de unas jornadas sobre la jungla audiovisual, territorio que conocía (y exploraba) muy bien.

Desde Asturias —primero en Oviedo, luego en Gijón—, este lejano pariente de Clarín supo contemplar el mundo, lo señalaba al principio, con la curiosidad escéptica y prudente de los profetas y los visionarios: su bola de cristal era una tele de tubo. El verbo divino y provocador de Juan Cueto nos había abandonado hace ya algún tiempo, pero, aún así, entristece profundamente certificar que hoy se ha producido el adiós irremediable. El sepelio tendrá lugar este martes, 15 de enero, en el Tanatorio El Salvador de Oviedo, a las 18:30 h. Descanse en paz.

 

Árboles mutantes

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Árboles desnudos, pura y esquelética rama pelada que clama al cielo sin fe ni esperanza.

Árboles con hojas doradas y otoñales, pendientes del último suspiro, casi sin aliento. Y árboles al margen del tiempo, pinos de hoja perenne que miran por encima a sus congéneres con aire de superioridad y cierta altanería de clase dominante. Siempre verdes.

Tres eran tres. En el jardín más humilde, como este de la Casita del Principe en El Escorial, conviven árboles de toda condición y tamaño, atentos al sol y a la lluvia, a las temperaturas y a las estaciones. Vegetales silenciosos y mutantes, cada uno a su manera.

Cualquier poeta que se precie —no me refiero a mí, claro está, que no hilvano versos y ni siquiera soy escritor de oficio— ha cantado a los árboles y sus derivaciones: hojas, troncos, savia, flores, raíces. Del olmo seco machadiano a la arboleda perdida de Alberti y las verdes ramas de Lorca: la poesía es un bosque animado, en rima permanente.

La poeta chilena Gabriela Mistral fue incluso más lejos y dedicó todo un «Himno al árbol», poema de «Casi escolares» incluido en «Ternura», libro de 1923. Hoy suena algo grandilocuente, pero admitamos que para versificar un árbol —perdón por el chiste fácil— hay que ponerse a su altura y mirarlo de arriba a abajo varias veces:

Árbol hermano, que clavado / por garfios pardos en el suelo, / la clara frente has elevado / en una intensa sed de cielo…

De los árboles caídos y de los que acaban convertidos en leña para el fuego hablaremos otro día, antes de que alguna de estas expresiones sea considerada políticamente incorrecta o cruel con la naturaleza. Antes de que las palabras, las divinas palabras, nos impidan ver el bosque.