Lengua y periodismo*

El español y los medios de comunicación

«Diccionario de americanismos», 2010.

Diccionario de americanismos, 2010.

Curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Cervantes

«El español en el mundo: un valor económico sostenible»

San Lorenzo de El Escorial, 12 de julio de 2017

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Periódicos estampados de manos que perdieron su nitidez en el aceite desgarran hoy el viento.
Rafael Alberti
La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo, 1929.
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Miguel González Somovilla

@miguelsomovilla

Director de Comunicación de la Real Academia Española (RAE)

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Buenos días a todos.

Carta de Felipe II conservada en la Real Academia de la Historia.

Carta de Felipe II conservada en la Real Academia de la Historia.

Iba a empezar con una cita de Felipe II, el rey de los papeles y los manuscritos que habitaba al otro lado de la calle —es tentador pensar cómo se comportaría un consumado grafómano como él en la era digital—,  pero muy probablemente ese comienzo se habrá repetido cientos de veces por estos lares. Y sobre todo en estos cursos, inaugurados hace treinta años con aquellos carteles alegres y luminosos salidos de los rotuladores y pinceles mágicos del gran Rafael Alberti.

Alberti, escritor habitual en los periódicos —inolvidable aquella segunda parte de La arboleda perdida, publicada por entregas en El País ya avanzada la Transición— fue un pintor de versos y de ideas —la palabra y el signo— que luego dio paso a otros ilustradores de estos encuentros. Treinta carteles —impactantes herramientas de comunicación infravaloradas con frecuencia—  cuya galería está disponible en la web de la Universidad Complutense.

Descartada por obvia una mención extensa a Felipe II —al que hemos visto insinuado en el primer dibujo de Alberti bajo la firma Yo, el rey—, y en un triple salto a través del tiempo, he pensado después en recurrir a Manuel Azaña.

¿Cómo resistirse aquí, junto al jardín de los frailes, al encanto de aquel excelente escritor, estudiante en El Escorial y autor, entre otras obras, de unos conmovedores diarios políticos, imprescindibles para intentar comprender los avatares y circunstancias de la Segunda República española? ¿Cómo evitar sin cargo de conciencia el recuerdo de las revistas La Pluma y España, dirigidas por el autor de La velada en Benicarló?

«El jardín de los frailes» (1927), de Manuel Azaña. Detalle de la edición de 1936.

«El jardín de los frailes» (1927), de Manuel Azaña. Detalle de la edición de 1936.

He superado ambas tentaciones, admito que nada originales, y he concluido que en estos tiempos del clic y los impactos, en esta tiranía de las mediciones y las audiencias, estoy obligado —aunque solo sea por deformación y obligación profesionales— a darles a ustedes algo más tangible y menos romántico: al menos un titular antes de meternos en harina.

En contra de lo que proclama el dicho, y de lo que acabo de afirmar yo mismo hace unos segundos en mi elogio de los carteles, creo que casi nunca una imagen vale más que mil palabras, pero esta que les voy a mostrar ahora es posible que sí. Obsérvenla durante unos segundos…

[El sonido del morse es una recreación añadida, un guiño romántico a las tecnologías del pasado]. 

Cifras y letras. Datos y verbos. El SEO y el ser. Acaban de ver en la pantalla una grabación del flujo de visitas a la última edición —la vigesimotercera— del Diccionario de la lengua española, el DLE. Su versión gratuita en línea, tanto a través de la web como de dispositivos móviles, recibió el año pasado —con el patrocinio de Obra Social la Caixa— casi ochocientos millones de consultas, lo que supone una media superior a los setenta millones de accesos al mes. Un dato sin duda espectacular, alentador…  y en crecimiento. En marzo de este mismo año se alcanzó otro récord: hubo ochenta y dos millones de entradas al Diccionario a lo largo del mes.

Es innegable que nos interesan las palabras. Y cada día más. Antes imaginaba cómo trabajaría Felipe II, siempre dispuesto a poner por escrito órdenes y encargos diversos según nos cuenta con precisión y detalle su mejor biógrafo, el hispanista Geoffrey Parker, quien ha contabilizado la existencia de hasta veinte mil cartas hológrafas del monarca, escritas de su puño y letra.

¿Cómo actuaría el monarca que impulsó la construcción del monasterio de El Escorial en esta galaxia digital en la que vivimos inmersos? Muy probablemente Felipe II —menos mal que he prometido no abusar del tópico— no daría crédito a tanta novedad electrónica, pero tampoco saldría de su asombro si tuviera oportunidad de conocer otros cambios históricos acaecidos en España. Soñar con viajes en el tiempo siempre es posible.

No teman. No se trata ahora de introducirnos en El Ministerio del Tiempo, esa gran serie emitida por Televisión Española —ha estado en antena la primera parte de la tercera temporada hasta la semana pasada— a la que corresponde este fragmento.

El fenómeno de las series de televisión, el nuevo cine, según algunos, dada la extraordinaria calidad y originalidad de muchas de ellas, da para todo un curso —de hecho se hizo aquí la semana pasada—, aunque evidentemente, queda fuera de las pretensiones y del objeto de esta humilde comparecencia.

Las series actuales —como en su momento los llamados culebrones, los seriales radiofónicos, las telenovelas y otros formatos audiovisuales, como los videojuegos—, influyen más de lo que parece en los usos y preocupaciones lingüísticas. Ocurre tanto con las producciones propias, las españolas, como con las de otras nacionalidades, especialmente las americanas del norte y del sur. Y sucede con las grabadas directamente en castellano y con algunas de las rodadas en inglés, en las que abundan los hispanos hablando en su propia lengua, sin doblaje. Pienso ahora mismo en distintas escenas de Breaking bad o de Narcos. Esta última, y más concretamente el personaje de Pablo Escobar, dio origen a curiosos debates sobre algunas expresiones y variantes propias del español del otro lado del Atlántico. Vean y escuchen esta secuencia:

Hijueputa, malparido, marico, gonorrea… son palabras con significados específicos en varios países de la América hispanohablante que figuran oportunamente recogidas en el Diccionario de americanismos, publicado en 2010 por la Asociación de Academias de la Lengua Española, la ASALE. El acceso a esta obra, dirigida por Humberto López Morales, es uno de los numerosos recursos disponibles gratuitamente en los portales académicos.

La cuenta en la red social Twitter de la Real Academia Española, @raeinforma, recibió bastantes consultas —incluida la de Netflix, la productora de Narcos— sobre la correcta escritura y pronunciación de uno de estos términos, hijueputa, lo que indica hasta qué punto los asuntos lingüísticos interesan a los ciudadanos.

En este caso, desde el Departamento de «Español al día» de la RAE —que junto con el de Comunicación atiende la citada cuenta institucional de Twitter— se explicaba que el actor que da vida a Pablo Escobar en la serie —el brasileño Wagner Moura— intenta reflejar la pronunciación coloquial colombiana de hijueputa, palabra «documentada en autores de prestigio» entre los que se citaba a Gabriel García Márquez, quien la recoge en su autobiografía Vivir para contarla.

Respuestas en Twitter de la @RAEinforma

Respuestas en Twitter de la @RAEinforma

Asunto distinto son ya otra clase de controversias relacionadas con Narcos, como la desencadenada por el acento del actor, que, a juicio de los puristas, no es paisa —propio de la zona de Antioquia—, lo que podría restarle credibilidad. Otras polémicas ya no son de carácter lingüístico, sino histórico, terreno en el que ha lidiado el propio hijo del narcotraficante Pablo Escobar al poner en entredicho la recreación de los hechos: «Mi padre era mucho más cruel que el Pablo Escobar de Netflix», ha llegado a decir. Ficción, realidad, verdad, mentira… posverdad: un filón, como verán.

Hechas estas digresiones a modo de peculiar primera plana escrita en el aire, vamos al grano y al asunto que nos ha traído hoy aquí.

Si ya el simple enunciado de esta intervención nos adentra en un mundo inabarcable —el uso de la lengua, en este caso la española, en los medios de comunicación—, la dificultad se agrava si tenemos en cuenta los cambios experimentados en el modelo convencional de esos medios en los últimos años. En este terreno, como en otros ámbitos, nos enfrentamos con frecuencia a más preguntas y dudas que a respuestas y certezas.

Aun así, intentaré no escurrir el bulto ni perderme en meandros teóricos, innecesarios para el propósito que aquí nos ocupa.

Al margen de las pinceladas iniciales… ¿Qué entendemos hoy por medio de comunicación de masas? ¿Tiene vigencia en 2017 aquella vieja aspiración que dejaba en sus manos la idílica y romántica misión de informar, formar y entretener?

¿Merecen la consideración de medios solo las plataformas profesionales, basadas en una estructura de empresa periodística o audiovisual clásica, tal como las conocimos en el pasado siglo XX e incluso a finales del  XIX? ¿O ejercen la misma influencia, e incluso más, los canales alternativos —y las distintas redes sociales— que usan millones de personas en el mundo hispanohablante para emitir y recibir toda clase de contenidos a través de la red?

En mi opinión —ya habrá tiempo de debatirlo después—, la respuesta no puede ser excluyente ni taxativa. Creo que ambos sistemas comparten hoy esta categoría, con todos los matices necesarios. Los grandes y pequeños medios, herederos del sistema histórico o tradicional, y los más recientes, a menudo en manos de ciudadanos particulares —a veces con audiencias multimillonarias— contribuyen e influyen decisivamente en la difusión y en el buen (y mal) uso de la lengua que compartimos más de quinientos millones de personas en el planeta.

Como ocurre casi siempre, los dos modelos —es una simplificación: tal vez sean más de dos— coexisten en relativa buena armonía y tienen más parecidos y relaciones que diferencias, aunque sus objetivos y pretensiones sean muy distintos. 

Sentada esta premisa, y admitido de antemano que el fenómeno es bastante más complejo, vamos a intentar analizar someramente la situación y ofrecer algunas impresiones que nos sitúen en este camino aún no del todo explorado, en pleno desarrollo,  y por tanto más machadiano de lo que parece: hoy, como en tiempos de don Antonio, se hace camino al andar.

No hay una ruta fija y el horizonte cambia de color y de perspectiva casi de un mes para otro. En los vaticinios sobre el futuro de las llamadas nuevas tecnologías —no tan nuevas a estas alturas— los especialistas suelen errar bastante y, como botón de muestra, ahí siguen los libros impresos en papel, resistentes y lozanos frente a los formatos electrónicos, no tan exitosos como se pensaba cuando salieron al mercado. O los vinilos, que han resurgido y coexisten con las plataformas musicales en línea —Spotify, iTunes…— mientras los cedés empiezan ya a buscar acomodo en los trasteros y las tiendas de compraventa.

Antes de continuar, sí debo hacer una breve advertencia: mi punto de vista resulta inseparable de las funciones profesionales que desempeño desde hace casi una década como director de Comunicación de la Real Academia Española, la RAE. En distintos momentos de esta intervención procuraré compartir con ustedes esta experiencia —tuve otras previas, especialmente en Radio Televisión Española— por si resulta de su interés. También les quiero adelantar que iré intercalando mi relato con declaraciones del director de la RAE, Darío Villanueva, recogidas expresamente para este curso e inéditas, por tanto. Como entenderán, las opiniones institucionales solo le corresponden a él como máximo responsable de la corporación y presidente nato de la ASALE. Mis puntos de vista, cuando los exprese, serán puramente personales.

Una institución, la RAE, que —se lo aclaro a aquellos de ustedes que no estén muy al tanto de la historia de la Academia— aspira desde hace tres siglos a preservar, mediante sus actividades, obras y publicaciones, el buen uso y la unidad de una lengua en permanente evolución y expansión.

La introducción de nuestro vídeo corporativo les permitirá adentrarse en sus dependencias y recibir una información básica sobre esta casa tricentenaria. La voz en off es del actor y académico José Luis Gómez, quien, por cierto, se puso hace unos años en la piel de Manuel Azaña, una pasión española:

¿Se escribe y se habla hoy mejor o peor español que antes en los medios de comunicación? ¿Se maltrata la lengua, como se afirma muchas veces? 

Esta es una pregunta que todos nos hacemos y que yo escucho casi a diario en las entrevistas realizadas a nuestro director en la sede institucional. A esta cuestión suele seguir otra, asimismo inevitable, relacionada con los lugares —países o ciudades— en que el castellano goza presumiblemente de mayor calidad o pureza. Esta última, que forma parte de esas preguntas con respuesta inducida que tanto abundan en mi oficio últimamente, encierra gran peligro. Supongan que el interrogante fuera, pongo por caso, este:

«¿Cree usted que el español de Colombia —o el de Valladolid, tanto da— es el mejor del mundo?».

Si esta fuera, imaginemos, la pregunta —y con variantes la he oído muchas veces—, responder lo correcto —es decir: en ningún sitio se habla un español mejor que en otro porque todas sus variantes y modalidades son igual de válidas y de buenas— conlleva el riesgo de que el titular se convierta en algo así:

«El director de la RAE asegura que el castellano de Valladolid —o el de Bogotá— ya no es el mejor de España —o de Colombia—».

Bromas aparte, y me apresuro a aclarar que lo dicho es solo un ejemplo, nada real, estamos ante una evidencia: nunca, en ningún momento de la historia de la humanidad, se ha escrito y hablado tanto —en español y en las demás lenguas del mundo— con la posibilidad de llegar instantáneamente a millones de individuos residentes en cualquier lugar. Las trilladas teorías de la comunicación de masas, tan en boga en los años sesenta y setenta del siglo XX, han saltado por los aires, aunque sigamos igual de confusos: más que de nuevos medios, que ya han dejado de serlo para los nativos digitales, habría que hablar de viejos miedos.

La reciente revolución de las comunicaciones presenta varias características. La primera es la inmediatez (todo se puede contar y recibir en directo, en tiempo real); la segunda, la universalidad (es posible llegar a todas partes) y la tercera, pero tal vez la más importante y diferenciadora: los ciudadanos, con muchas facilidades de acceso a estas tecnologías en gran parte del mundo, ya no son solo sujetos pasivos que reciben información: ellos mismos, cualquiera de nosotros, pueden generar y ser los protagonistas de un hecho y compartirlo con miles de personas. Este cambio radical, histórico si el adjetivo no estuviera tan devaluado, constituye la esencia del debate y del cambio que estamos experimentando.

Si nos situamos en el campo de los medios convencionales, cada vez más contaminados por los alternativos, nacidos al calor de la red, es de justicia reconocer el esfuerzo continuo realizado por muchos de ellos —nuevos y antiguos— en favor del cuidado y el buen uso de la lengua española. Ahí están algunos magníficos libros de estilo, con sucesivas ediciones, o las columnas dedicadas a comentar y fomentar ese buen uso.

Desde el legendario Dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter, un clásico que se sigue reeditando, hasta los que han venido después. Raro es el mes en que no llega alguna novedad editorial relacionada con las curiosidades de la lengua. Obras que parecen salvavidas, una suerte de libros de autoayuda para no perderse en la jungla de las palabras.

Pero, volviendo a una de las preguntas iniciales, ¿se habla y se escribe mejor o peor que antes en los medios de comunicación?

Esta es la respuesta del director de la Academia, Darío Villanueva:

Obviamente, comparto esta opinión: hay de todo, al menos si nos referimos a los medios profesionales. Incluso son numerosos los periódicos, las agencias y las televisiones que no solo disponen de excelentes libros o guías de estilo y procuran seguir sus preceptos, como decía antes,  sino que mantienen secciones fijas dedicadas a plantear recomendaciones, resolver dudas y hacer observaciones sobre el uso correcto del español.

Es sobradamente conocida la gran labor realizada por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA), cuyo patronato preside el director de la RAE. También esta institución (me refiero a la Academia) atiende esa demanda a través del Departamento de «Español al día», creado en 1998. Desde 2011 este departamento usa también para sus fines la red social Twitter, con más de un millón de seguidores del canal @raeinforma.

Los espacios sobre lengua española impulsados por Pepa Fernández en Radio Nacional de España, los libros y artículos de Álex Grijelmo en El País, la «Unidad de Vigilancia» de Isaías Lafuente en la SER, los comentarios de Elena Álvarez Mellado en diario.es o los de Francisco Ríos en La Voz de Galicia y Magí Camps en La Vanguardia, las entrevistas de Yolanda Gándara en Jot Down… son solo algunos de los numerosos ejemplos que reflejan esa preocupación por el cuidado de nuestra lengua. Hay muchos más —ahí está Piedad Villavicencio, en su Esquina del idioma de El Universo de Guayaquil, Ecuador—, sin olvidar iniciativas más beligerantes, dedicadas a sacar los colores a quienes se equivocan o cometen algún desliz. La red, tan propicia para el debate acalorado y efímero, está llena de esos comandos lingüísticos. 

Tampoco constituye una novedad absoluta. Ya mencionamos los dardos de Lázaro Carreter. Antes que él, en los años sesenta del pasado siglo, el entonces secretario de la RAE, Julio Casares —autor del conocido Diccionario ideológico—, escribía una sección en el diario ABC titulada «La Academia Española trabaja». Publicó un total de treinta y dos artículos, en los que daba noticia de algunos acuerdos académicos relacionados con el diccionario y sus novedades. A juzgar por el último, aparecido el 22 de enero de 1964, Casares decidió tirar la toalla, un tanto decepcionado y con signos evidentes de desencanto.

ABC, 22 de enero de 1964. Artículo de Julio Casares.

ABC, 22 de enero de 1964. Artículo de Julio Casares.

Vale la pena recordar alguna de sus observaciones, sobre todo para constatar que se podrían aplicar hoy mismo. Escribía don Julio:

«¿Cómo se explica que los periodistas, pongo por caso, no hayan aprovechado las muchas posibilidades que se les han ofrecido para sustituir vocablos extranjeros por dicciones castizas y para usar formas autorizadamente castellanizadas en lugar de echar mano de barbarismos crudos que, además de afear el lenguaje, plantean problemas de difícil solución?».

En este mismo artículo de despedida ponía, entre otros, dos ejemplos para ilustrar su disgusto por el poco eco que recibían las sugerencias académicas en su época. Dos ejemplos que vale la pena rescatar porque han corrido distinta suerte con el paso de los años, como sucede con centenares de palabras.

Uno se refería a los efectos del doping en los deportistas, término frente al que la RAE y Casares —un políglota, por cierto: dominaba dieciocho idiomas, informa la web oficial creada por sus descendientes— recomendaban el uso de drogado.

El otro caso —hay más— hacía alusión a la palabra yoghourt, de origen turco y luego adaptada al francés, según la explicación etimológica recogida en el último diccionario académico. La RAE proponía como alternativa la forma castellanizada yogur, sin demasiado éxito al principio tal como lamentaba Casares en ABC, pero hoy se trata de una forma completamente normalizada y utilizada en la escritura. Entró yogur en la decimonovena edición, de 1970, y ahí sigue, sin fecha de caducidad por ahora.

En cuanto a doping, no tuvo suerte la propuesta inicial de la Academia —la que defendía Casares: drogado—. La RAE incluyó, como avanzadilla, el término castellanizado dopado en el Diccionario Manual de 1984 y confirmó su aceptación al recogerlo también, ocho años después, en su diccionario usual—en la edición 21.ª— junto con los términos de su familia dopar y dopaje, usados los tres hoy con naturalidad, aunque en coexistencia —en el uso de muchos hablantes— con el anglicismo crudo: doping.

Es una prueba más de que la lengua anda a su aire: la RAE y la ASALE, que no son una policía lingüística, proponen lo que estiman más adecuado y conveniente en cada momento… y los hablantes deciden de acuerdo con su propio criterio y con toda libertad. «El error de hoy puede ser [la] norma de mañana», dijo hace algún tiempo el académico Pedro Álvarez de Miranda en una entrevista publicada en El País.

Para cerrar el círculo del dopaje y de lo que acabo de manifestar, comparto con ustedes esta reciente muestra de una cuenta de Twitter, la del futbolista Sergio Ramos, con más de diez millones de seguidores. El tuit es de hace poco más de un mes y, en este caso, el jugador del Real Madrid sí usa el anglicismo doping incluso en un contexto que podría resultar equívoco: «Gracias por venir al doping a saludarme, Majestad», le dice al Rey Juan Carlos. Si lo escribe así —ni en este ni en ninguno de mis ejemplos hay ánimo censor— será porque en ese ambiente es el término más empleado.

No hay que tocar a rebato. En los asuntos lingüísticos, como en tantos otros de la vida, conviene no ser maximalista ni extremadamente purista. El citado Pedro Álvarez de Miranda —autor del libro Más que palabras— escribía recientemente en la web Zenda Libros un artículo titulado «No hay puristas», de muy recomendable lectura como todos los suyos. Tras remontarse a los consejos de fray Benito Feijoo y citar una serie de ejemplos, concluye: «No hay idioma alguno que no necesite del subsidio de otros, porque ninguno tiene voces para todo».

Y a veces sí las tiene, pero no triunfan. Pasa, sin ir más lejos, con tableta. En la última edición del diccionario académico (2014) se añadió a esta entrada una nueva acepción, la cuarta, con esta definición: «Dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones». Parece impecable, fácil de pronunciar… y, sin embargo, no prospera —lo lamentaba hace unos días el director de la RAE— frente al tablet inglés, que es el vocablo preferido, al menos en la publicidad. En muchos anuncios se emplea indistintamente como masculino o femenino: el tablet  y la tablet.

El debate, además de apasionante, es inagotable. No hace mucho, la RAE y la Academia de la Publicidad organizaron unas jornadas sobre la presencia, innecesaria en numerosos casos, de los anglicismos en los anuncios. Una invasión que tal vez tiene más que ver con un supuesto prestigio social —simple apariencia— que con la necesidad lingüística. El contenido completo de estas discusiones está disponible —como tantos otros materiales— en la web de la RAE y en el canal que esta institución tiene en YouTube. Se lo recomiendo.

Vamos a conocer de nuevo la opinión del director de la RAE, Darío Villanueva, sobre el particular:

Esta realidad que, como señalaba antes, dio origen a unas jornadas de reflexión celebradas hace un par de años en la RAE, indica que el impacto en los usos lingüísticos no viene solo de lo que hemos entendido hasta ahora como medios de comunicación sino a través de múltiples vías, entre ellas la publicidad.

Antes de continuar, hay otra pregunta que le hemos planteado al director de la Academia: «¿Hasta qué punto influyen los medios en la corrección lingüística? ¿Magnificamos su poder o es verdaderamente determinante su papel?».

Obviamente, el director de la RAE se refiere aquí a los que podríamos llamar medios convencionales, elaborados por profesionales, al margen de los canales o formatos que utilicen para difundir sus contenidos.

Pero hay otros mundos, otros ámbitos, y no precisamente marginales ni minoritarios. Todo lo contrario. Hemos mencionado ya las series de televisión, los anuncios publicitarios, los periódicos y la radio, pero resultaría imperdonable olvidarse de la música. El mercado latino es cada vez más poderoso y sería revelador poder evaluar la influencia que ejercen determinados cantantes —ahora y antes, que en esto tampoco conviene ser adanista— en la extensión y popularización del español en otros países, especialmente Estados Unidos.

No sé si resultará chocante aquí, entre estos muros tan solemnes, pero no me digan que no han oído en las últimas semanas o meses alguna de estas melodías…

Despacito y Bailando.

Han escuchado fragmentos de dos temas que suenan a todas horas y en todas partes. Artistas como el puertorriqueño Luis Fonsi o el español Enrique Iglesias tienen colgadas sendas piezas musicales en YouTube que se acercan ya a los dos mil quinientos millones de reproducciones cada una, cifra astronómica que nos da idea del alcance y la importancia de este hecho.

El caso del puertorriqueño Luis Fonsi es especialmente significativo. El vídeo de su canción, subido a YouTube en enero de este año 2017, ha logrado en apenas siete meses más de dos mil millones de reproducciones. Según datos de esta plataforma, Despacito ha sido el vídeo con un ascenso más rápido en YouTube en menos tiempo. Hay una reveladora entrevista en El País:

La expresión, ¡ay bendito!, cuyo significado nos acaba de explicar el propio Luis Fonsi en esta entrevista de Luz Sánchez-Mellado, aparece como tantas otras —antes vimos algunas muy repetidas en la serie Narcos— en el Diccionario de americanismos de la ASALE.

Resulta obligada también una mención a los denominados youtubers —usuarios de la red social YouTube que suben vídeos de diverso contenido, aunque abundan los relacionados con los videojuegos—, cuya actividad traspasa fronteras.

Sin entrar en la calidad o interés de sus creaciones —muy distintas, dirigidas a un público juvenil y respaldadas por un público entusiasta— hay un hecho irrefutable: tienen una gran influencia y una legión de adeptos… y de adictos. El término influencer, por cierto, con el que algunos famosos definen su ascendiente sobre fieles y discípulos en las redes —antes se les llamaba creadores de opinión— es otro anglicismo que ha adquirido carta de naturaleza. La Fundéu recomendaba hace poco sustituirlo por influidor o por influenciador, pero me temo que con poco éxito. Y la RAE ha sugerido, a través de sus respuestas en Twitter, usar «líder de opinión» o «persona con influencia/persona influyente».

Volviendo a los youtubers: entre los jóvenes españoles, uno de los más populares, el Rubius, consigue que algunos de sus vídeos superen los veinte millones de visitas. Lo mismo sucede con el salvadoreño Fernanfloo. A día de hoy, 12 de julio de 2017, tienen veinticinco y veintidós millones de seguidores, respectivamente.

Aquí, en estos vídeos, aparecen ambos —Fernanfloo y El Rubius— en una reciente visita a México. Miren su espectacular recibimiento y los centenares de fans —o fanes, como prefieran— que secundan sus apariciones, un fenómeno de masas que hasta hace poco parecía exclusivo de cantantes o deportistas. Es obvio que su forma de hablar y de escribir en sus vlogs —vídeo blogs— ha creado una jerga propia a la que conviene, cuando menos, prestar atención. Estas realidades, probablemente efímeras e incluso anecdóticas, también forman parte del nuevo mapa del español. Y de la tiranía de los datos, a la que aludía al inicio de estas notas.

Hablamos, en definitiva, de dos youtubers  (hay miles) que, con todo tipo de licencias y guiños, con muchas transgresiones lingüísticas, comparten el mismo idioma: se comunican a diario con millones de personas… en castellano.

Son solo un par de muestras, fogonazos ilustrativos del alcance de los nuevos canales, que coexisten con los tradicionales y se miran de reojo. Que el presidente del país más poderoso del planeta, Donald Trump, anuncie muchas de sus decisiones y ocurrencias a través de las redes sociales —no es el único— indica hasta qué punto han cambiado muchos modelos considerados inamovibles, casi sagrados, hasta ayer.

En unos casos, creo que en la mayoría de ellos, esa transformación ha sido para bien… y en otros —yo soy un firme defensor del periodismo profesional, crítico con el poder y honesto y veraz a la hora de dar las noticias; de un periodismo de calidad, libre, que separe la opinión de la información y confirme los hechos—. Y en otros casos, decía, esta irrupción de nuevos medios ha servido para que cualquier persona, desde el dirigente con autoridad y mando en plaza hasta el tuitero amparado en el anonimato, difunda bulos, insultos, amenazas o medias verdades interesadas.

En las redes, esa maraña gigantesca en la que estamos inmersos, no siempre se escribe o se habla bien. Ni en español ni en otras lenguas.

El propio Donald Trump ha lanzado alguna vez mensajes enigmáticos o incomprensibles por medio de estas vías digitales, además de sus ya habituales avisos amenazadores a la prensa. Una pregunta que recibe muy a menudo el director de la Academia es si el uso descuidado de la lengua, frecuente en esos canales, puede deteriorar nuestro idioma común sin remedio. A su juicio, no necesariamente ha de ser así, pero admite su influencia.

El español es una lengua en plena expansión, especialmente en Estados Unidos. Durante los mandatos presidenciales de George Bush y Barak Obama,  la web de la Casa Blanca mantuvo secciones y apartados escritos íntegramente en castellano. Esto ha cambiado con la llegada al poder de Donald Trump. Primero se dijo que sería una medida temporal, pero todo parece indicar que puede ser definitiva.

En la era de la posverdad, término que pronto estará en nuestro diccionario y que tanto debe a Trump, las promesas tienden a desvanecerse. Las lenguas, sin embargo, tienen vida propia y el interés que despiertan las consultas lingüísticas y las obras académicas, especialmente sus diccionarios —ya lo vimos al principio de esta intervención—, es tal vez la prueba más fehaciente de la pujanza del español.

Las academias toman nota de esas demandas y trabajan para procurar atenderlas. Actualmente, la RAE y la ASALE tienen entre manos algunos proyectos muy ambiciosos. Uno de ellos es el Corpus del Español del Siglo XXI, el CORPES, dirigido por el académico Guillermo Rojo. Su objetivo final es reunir, en 2018, un conjunto textual constituido por 400 millones de formas y palabras de la lengua común de más de 500 millones de hispanohablantes.

Otro es la elaboración del Nuevo diccionario histórico del español (NDHE), cuyo primer muestrario ya se puede consultar en la red. El NDHE, dirigido por el académico José Antonio Pascual, aspira a recoger todas las palabras del castellano, en uso y en desuso, de las que existan registros y documentación disponibles.

Está, finalmente, pero no en último sino en primer lugar, la próxima edición del Diccionario de la lengua española, la vigesimocuarta, concebida ya como una obra digital desde sus inicios. Darío Villanueva, el director de la RAE, estima que las academias se enfrentan a una auténtica refundación del diccionario, tal como se ha conocido hasta ahora.

No son los únicos proyectos en marcha. A finales de este año se presentará el primer Diccionario panhispánico del español jurídico, dirigido por el secretario de la RAE y catedrático de Derecho Administrativo Santiago Muñoz Machado, responsable también del DEJ, publicado en 2016. Muñoz Machado, según ha adelantado él mismo en alguna declaración periodística, ultima el ensayo Hablamos la misma lengua, dedicado a la introducción y el desarrollo del español en América.

Estos días se ha hablado aquí, en este curso organizado por el Instituto Cervantes y la Universidad Complutense, del valor económico del español y se han ofrecido datos y cifras no por conocidos menos elocuentes.

Hay otro valor menos tangible, más difícil de medir, pero que es el origen de todo lo demás. Me refiero a su dimensión cultural, de la que no siempre tenemos conciencia. El director de la RAE estima, sin embargo, que hay razones para la esperanza.

El tiempo dirá si somos capaces de superar este reto. Vivimos el tránsito de una era a otra, pero «nadie sabe cual es la hora que en la historia divide dos épocas», escribió Azorín en 1924.

Hemos hablado del español y los medios de comunicación. El periodismo, que alcanzó la consideración de género literario hace ya mucho tiempo, ha gozado siempre de predicamento y presencia en la Real Academia Española. La corporación ha contado con singulares miembros de este oficio —en sus más diversas variantes— entre sus filas. Ya en 1845, Joaquín Francisco Pacheco dedicó su discurso de toma de posesión al periodismo, como lo haría, cincuenta años después, en 1895, Eugenio Sellés.

Por tal razón, entre otras, resultaría injustificable terminar estas palabras sin mencionar hoy a uno de los más notables representantes del periodismo literario en el seno de la corporación. Me refiero a José Martínez Ruiz, Azorín, cuyo cincuentenario —murió en 1967— se conmemora en 2017.

«Una hora de España», discurso de ingreso de Azorín en la RAE en 1924. Edición de 1925.

«Una hora de España», discurso de ingreso de Azorín en la RAE en 1924. Edición de 1925.

A la faceta periodística de Azorín, autor de casi cinco mil quinientos artículos a lo largo de su vida —según el cálculo de Inman Fox—, se refirió un académico actual, el premio nobel Mario Vargas Llosa, en su discurso de ingreso en la RAE, leído en 1996: Las discretas ficciones de Azorín.

Permítanme, ya como colofón, que vuelva de la mano de Azorín al comienzo de esta presentación. José Martínez Ruiz entró en la Academia, después de algunas propuestas fallidas muy aireadas en la prensa de la época, el 26 de octubre de 1924.

Y lo hizo con un discurso —disponible en la web corporativa como los otros doscientos setenta y cinco pronunciados hasta la fecha— titulado Una hora de España. Entre 1560 y 1590. La RAE lo reeditó recientemente, dentro de la colección conmemorativa del tricentenario de la institución dirigida por Pedro Álvarez de Miranda.

El texto, tras el consabido recuerdo a su predecesor en el correspondiente sillón académico (P), empieza así, con la descripción de un personaje y de un paisaje que les resultará familiar y próximo en este entorno de El Escorial:

«Y lo primero que vemos es un anciano en su aposento. El aposento está en un inmenso edificio de piedra gris…».

Azorín, que en 1924 contaba cincuenta y un años, también fue anciano después. Falleció a los noventa y tres años y, ya en las postrimerías de su existencia, dejó algunas reflexiones sobre el paso del tiempo: «Olvidar es lo supremo. Si no se olvida, no se puede hacer nada, ni en literatura ni en política. Olvidar es lo supremo y lo más delicado que puede hacer un hombre», manifestaba en unas declaraciones recogidas en 1963 y conservadas en el archivo sonoro de RTVE.

Azorín —ácrata en su juventud, conservador durante la República y complaciente con el franquismo en su madurez— tuvo cierta urgencia por traspasar el umbral de la Academia, pero luego no fue luego un asistente asiduo a sus sesiones de los jueves. Solía achacar su ausencia a los horarios: los plenos académicos terminan al filo de las nueve de la noche y Martínez Ruiz, metódico y puntilloso, se recogía muy temprano.

Ahora, como entonces, la Real Academia Española —acompañada de las otras veintidós corporaciones que forman la ASALE— sigue dedicada a la misma tarea. Después de Azorín vinieron otros académicos que, como él, llegaron a nonagenarios, incluso a centenarios. Y hubo, hay entre ellos, escritores de periódicos y articulistas prolíficos y brillantes como el propio Martínez Ruiz, cronista parlamentario primero y diputado después.

Apenas han cambiado los horarios de la casa ni determinadas ceremonias y costumbres, como el ritual de los plenos, aunque las herramientas de trabajo sean ya otras: más rápidas, accesibles desde cualquier lugar, con efectos inmediatos y universales.

Sin embargo, la misión institucional, y la materia prima, es esencialmente la misma: servir, y unir mediante el vínculo de la lengua común —y con respeto, estima y consideración hacia todas las demás—, a los hispanohablantes del mundo, que siempre tienen, como clamaba Blas de Otero y decía Ángel González, el don de la palabra. De la última palabra.

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*Esta es una entrada atípica en mi blog, tanto por el formato como por el contenido. Las notas incluidas aquí —«El español y los medios de comunicación»— se leyeron el 12 de julio de 2017 en el curso de verano organizado por la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Cervantes bajo el título «El español en el mundo: un activo económico sostenible». Las sesiones se celebraron en el Real Centro Universitario María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid),

Aquella Transición, este paisaje

Al vent,
la cara al vent,
el cor al vent,
les mans al vent,
els ulls al vent,
al vent del món.

Raimon, 1963

Galería en Llanes (Asturias).

Galería en Llanes (Asturias).

He disparado —y elegido— dos fotos para ilustrar estas líneas, más largas de lo deseable y redactadas en medio de otros quehaceres y obligaciones. La primera es una galería deshabitada de Llanes, en Asturias. Está tomada el pasado sábado, 10 de junio, y me resulta inquietante: ¿Quién se habrá asomado a ese balcón? ¿De qué año será el calendario abandonado en la pared? ¿Cómo sonará el silencio en su interior?

La otra imagen, colocada más abajo, también es de una ventana, la del despacho que ocupo temporalmente como director de Comunicación en la Real Academia Española, frente a los Jerónimos. En contra de lo que parece, este segundo escenario, en el que me paso bastantes horas al día, es menos sugerente. Puede que sea la costumbre, que adormece la curiosidad.

Veo parcialmente los muros de la iglesia y solo escucho ahora mismo, cuando tecleo, el motor de los autocares estacionados debajo, que aguardan a los apresurados visitantes del Museo del Prado. Dos cristaleras, dos fragmentos de paisaje, dos puntos de vista: mil miradas.

CONTRA LA NOSTALGIA

Según decía Álvaro Cunqueiro, la tristeza es un lujo reservado a los jóvenes. Pienso lo mismo de la nostalgia: no es —o no debería ser— para viejos. Añorar el pasado o irse por las ramas de la saudade queda bien en los libros de Pessoa y en los fados, pero no parece una actitud recomendable en la vida ordinaria. El día a día ya nos ofrece dosis suficientes de dolor y de pena y de rabia —también de alegría— sin necesidad de alimentar más el fuego de la desgracia por voluntad propia.

Me detengo aquí —yo y mi manía de hacer preámbulos— porque este primer párrafo, lejos de mi propósito, me ha salido con cierto tufillo a libro de autoayuda, un subgénero literario que detesto cordialmente. Lo que quería decir, y voy por fin al grano, es que esta España de 2017 me parece mucho mejor, en todos los órdenes, que la de 1977, año de celebración de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura franquista.

Empiezo esta nota el 11 de junio de 2017, domingo. Miro por la ventana del hotel y contemplo la playa del Sablón, en Llanes. Un poco más arriba está el paseo de san Pedro, privilegiado mirador sobre el mar Cantábrico, inmortalizado en días soleados por legiones de turistas a golpe de selfie. La era digital ha puesto fin a los límites. El carrete fotográfico ejercía cierta función selectiva, obligaba a la prudencia. Lo sabían bien los aficionados de entonces, como don Eloy, el protagonista de La hoja roja (1959) de Miguel Delibes, que practicaba en su casa con la cámara vacía, sin rollo, con el fin de no malgastar película, a precios prohibitivos para un jubilado de la posguerra.

Las calles de Llanes, húmedas por el orbayu, están vacías y silenciosas a las nueve de la mañana. Calle Mayor abajo hay una tienda de ropa que hace guiños a los nombres nuevos, tan propicios para los juegos de palabras: Xelfi. Algunos carteles anuncian en los bares un próximo festival rociero con Los Chunguitos y Azúcar Moreno. La diversidad cultural también era esto: Llanes por bulerías. 

RAIMON EN RIBADESELLA

Pienso durante unos minutos, lo hago a menudo, en algunos episodios de aquella Transición política —dichosas efemérides— que viví con veinte primaveras recién cumplidas y me viene a la cabeza el recital ofrecido por Raimon muy cerca de aquí, en Ribadesella, también frente al mar. Fue el 28 de julio de 1976.

Yo trabajaba en prácticas, con mucho entusiasmo y pasión, en La Nueva España. Y lo hacía en unas condiciones laborales de las que no quiero acordarme: si echo cuentas, siento envidia de esos stagiers que tanto critican ahora al cocinero Jordi Cruz. No es una queja retroactiva: volvería a repetir la experiencia, aunque solo fuera por recibir y compartir la generosidad y el afecto que me regalaban a diario los mayores del oficio: Faustino F. Álvarez, José Manuel Vaquero, José Manuel Ponte, Evaristo Arce, Graciano García, Ceferino de Blas, José Vélez… y tantos otros.

Aquella tarde logré convencer a Ponte, entonces redactor jefe del periódico, para que me dejara ir a Ribadesella a hacer una crónica del concierto, organizado en medio de una gran expectación. También me ofrecí a tomar las fotos, por si eso facilitaba el permiso: no era fácil publicar algo sobre Raimon en La Nueva España de 1976. Andaban por Ribadesella otros colegas. Recuerdo a Javier Ramos, en representación de Asturias Semanal, y creo que estaban también Lorenzo Cordero y Luis José Ávila por La Voz de Asturias, aunque es un dato —la frágil memoria— que no puedo confirmar ahora.

Fue una actuación emocionante, con mucha guardia civil en los alrededores, pero todo discurrió con cierta normalidad, dadas las circunstancias:

Jo vinc d’un silenci / antic i molt llarg. 

Regresé bastante tarde a Oviedo y logré revelar deprisa el carrete en el cuarto oscuro —el laboratorio: no piensen mal— del periódico, junto a la rotativa y las linotipias. La nota, supongo que en aquel estilo «objetivo» y serio que yo envidiaba de El País incipiente, salió en la última página y para mí supuso todo un premio profesional. Y algo más íntimo: tuve la efímera sensación de contribuir, con aquel ínfimo grano de arena, al avance hacia una España democrática aún muy lejana. Pretenciosa vanidad de un aprendiz de periodista, y de ciudadano, que, como la canción de Joan Manuel Serrat, solo contaba veinte años y era feliz e indocumentado, hasta el punto de que no podía votar porque la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiuno:

Ara que tinc vint anys,
ara que encara tinc força,
que no tinc l’ànima morta,
i em sento bullir la sang.

CUARENTA AÑOS

Asumir que este 15 de junio, hoy jueves, se cumplen cuarenta años de la celebración de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo causa cierto vértigo. Cuarenta años, en números redondos, fue el tiempo que duró la dictadura del general Franco. A mí, que solo la viví a medias, en la infancia y la primera juventud de Arriondas, me parecía un período larguísimo. El calendario de los años democráticos me ha resultado mucho más corto.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Empecé, como decía, estas notas en Llanes y las voy a rematar en Madrid —hoy o nunca: el 15 J de 2017 se acaba— a la hora de una comida que me voy a saltar para ponerles final. Escribo desde un despacho con vistas a la iglesia de los Jerónimos —la de la memorable homilía del cardenal Tarancón en la coronación del rey Juan Carlos, el 27 de noviembre de 1975— en un día de sofocante calor. Estoy muy cerca del palacio de la Carrera de san Jerónimo, escenario ayer de una moción de censura —la tercera desde 1978— contra el actual Gobierno. Sus promotores, con tantas razones de fondo y tan poco tino en las formas y en los modos —algo suavizados esta vez—, suelen defender alegremente la necesidad de acabar con el «régimen del 78», que dicho así resulta bastante despectivo. Un desprecio innecesario y un clásico del adanismo: borrón y cuenta nueva.

Claro que la Transición, que viví con mucha intensidad en Asturias y en Madrid*, no fue perfecta ni idílica. Triunfaron las tesis de la reforma frente a los defensores de la ruptura, pero todo el proceso, hasta la aprobación de la Constitución de 1978, fue fruto de sucesivas consultas electorales, libres y democráticas, salvo algunas excepciones.

 ¿Se pudo ir más allá? Es fácil afirmarlo ahora y reescribir la historia, sobre todo si obviamos la realidad de la época y negamos el poder del Ejército —reflejo del franquismo, salvo honrosas excepciones—, de la Iglesia, de la banca… y la sangría terrible del terrorismo. Todo se pudo hacer mejor o con más valentía, con menos desmemoria, pero eso no justifica afirmar que la Transición resultó un engaño, como se suele escuchar con demasiada insistencia. Los sucesivos, lamentables y bochornosos casos de corrupción política posteriores, una lacra vergonzosa que —lejos de desaparecer— aflora casi a diario, son responsabilidad de los diferentes encausados y de quienes les han apoyado sin rubor desde sus respectivos partidos o instituciones. Parece desmesurado, sin embargo, afirmar que esos comportamientos escandalosos derivan directamente del modelo político emanado de la Transición, como si el proceso iniciado en 1977 hubiera nacido ya con ese pecado original. Creo que no.

Otro asunto no menor son las cuentas pendientes, dicho sea sin el menor ánimo revanchista, sin rencor. Perdón no significa falsa equidistancia: es evidente que muchos muertos de la guerra civil no han logrado la reparación mínima merecida. Esas tumbas en las cunetas son inadmisibles, indignas, y evidencian lo que escribí hace ya tiempo: la Transición ha sido también víctima de su propio remedio: el olvido. 

PAISAJES DE LA TRANSICIÓN

Queda camino por andar, sin duda. Esta mañana, cuando iba a comprar El País al quiosco casi con devoción —ha publicado un excelente especial conmemorativo— han desfilado por mi mente muchos episodios de la Transición. De camino al trabajo he pasado por la calle General Oraa, la misma en que vivía el asturiano Torcuato Fernández Miranda, hoy casi olvidado pero artífice principal de aquel malabarismo jurídico que fue la disolución de las Cortes franquistas: de la ley a ley. Recuerdo hacer guardia en su portal, sin éxito periodístico pese a las promesas de entrevista para La Nueva España que me hacía su secretario, en aquellos días inciertos.

Después he girado por Claudio Coello, en donde una placa recuerda el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, en 1973, sobre el que han circulado las interpretaciones más peregrinas y algunos chistes fuera de lugar. Y he llegado hasta aquí, al pie del Museo del Prado y de los Jerónimos, fin de trayecto.

Termina el aniversario. Nos queda la memoria, a cada cual la suya. El paisaje ha cambiado: muestra las cicatrices y las costuras del tiempo. Todo ha ido muy deprisa, al menos desde mi percepción. Los efectos de la revolución digital, sin ir más lejos, eran impensables hace una década. Como en otras épocas, la tecnología desencadena más cambios sociales que la ideología, cada vez más dúctil y desdibujada, transversal, por usar un término de moda: el eclecticismo de toda la vida, para entendernos.

Ocurra lo que ocurra en los próximos meses, pase lo que pase en Cataluña, ojalá que la herencia de aquella Transición, hoy en entredicho y cuestionada sistemáticamente por algunos, siga permitiendo a los ciudadanos españoles votar y elegir sin cortapisas a los representantes que consideren mejores y más adecuados para sus respectivos parlamentos. Y ojalá también que lo puedan hacer, que lo hagamos, tan libremente como en estos últimos cuarenta años de imperfecta, desgastada, resistente y bendita democracia.

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*El libro Asturias, veinte años de autonomía (1982-2002), obra de varios autores aparecida en 2002 en Madú Ediciones, incluye mi artículo Crónica de la Transición política. Del franquismo a la preautonomía (1973-1977).

En 1977 publiqué una Guía electoral asturiana en La Nueva España de Oviedo.

Tras un paso fugaz por Cambio 16, en Madrid, el referéndum de la Constitución de 1978, las elecciones de 1979 y la elaboración del Estatuto de Autonomía del Principado los viví en el Asturias, diario desaparecido en 1979 sobre el que escribí algo aquí hace algún tiempo. A partir de los primeros años ochenta, en la época del primer desencanto, la información política dejó de interesarme por causas y decepciones diversas. Mi actividad profesional discurrió en otras direcciones. Y así ha continuado hasta hoy, buscant la llum…

Tiempo de cerezas

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

J’aimerai toujours le temps des cerises
Et le souvenir que je garde au cœur !

Me acabo de poner un cuenco de cerezas. Antes de lavarlas he mirado su etiqueta, que salvo el precio —dos euros por medio kilo—, no aclara mucho más: ni siquiera el lugar de procedencia. Tal vez lo diga en el código de barras, nada poético… e ilegible para mí. No importa demasiado: saben bien.

¿Cerezas o cerezos? Por estos lares electrónicos, los cerezos en flor tienen tan buena prensa —o mala, según se mire— como los gatos  o las puestas de sol. Lo cierto es que, cada primavera, las redes sociales se llenan de imágenes y comentarios de bienvenida a esos blancos y deslumbrantes paisajes, que surgen y se van en pocos días, según cuentan las crónicas. Y los instagramers. 

Los reclamos turísticos llegan de todas partes: desde el cercano Valle del Jerte, en Extremadura, hasta el lejano y misterioso Japón, que ha convertido este fenómeno en todo un espectáculo: «nubes de flores», leo en un anuncio.

El feliz resultado de las floraciones, las cerezas, tampoco se queda atrás en las citas: la música y la literatura están llenas de referencias a esta fruta roja, dulce y brillante. Puede que el texto más mencionado sea el poema Le temps des cerises (1866), de Jean-Baptiste Clément, un canto nostálgico y épico —asociado después por su autor a la Comuna de París— interpretado posteriormente, entre otros, por Yves Montand.

Me resulta más cercano, por razones sentimentales, el Tiempo de cerezas (1978) de Montserrat Roig (1946-1991), novela publicada primero en catalán, El temps de les cireres (1976). Evocaciones, silencios y voces, del final del franquismo y del inicio de una Transición cargada de esperanza; de unos años convulsos pero ilusionantes, menospreciados hoy por adanistas y resentidos a partes iguales. 

Esta pasada semana, en un viaje a Barcelona, he recordado a aquella mujer tan vital, Montserrat Roig: joven comprometida y brillante escritora, muerta prematuramente a los cuarenta y cinco años. Nos quedan el eco y la memoria de su obra, el tiempo de cerezas, que es efímero.

Sonidos y adioses del silencio

 

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Músicos en Tlahuitoltepec (1956). Foto de Juan Rulfo. Museo Amparo, Puebla, México.

Cando penso que te fuches, / negra sombra que me asombras, / ó pe dos meus cabezales/ tornas facéndome mofa.

Rosalía de Castro, Negra sombra

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Hoy, en este Día das Letras Galegas tan propicio para los marmurios fluviales de Rosalía, aún resuenan en medio mundo —especialmente en México— los ecos de la conmemoración del centenario de Juan Rulfo (1917-1986), natural de Apulco (Jalisco).

Cientos de exégetas han escudriñado en los últimos meses los textos del autor de Pedro Páramo, que fue, a la vez que escritor, un excelente fotógrafoEsta novela, publicada en 1955, y los diecisiete cuentos reunidos en El Llano en llamas, han dado mucho que hablar: millones de páginas, infinitas voces interpretan sin descanso lo que quiso o no quiso decir Rulfo a través de sus personajes:

…si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

En Comala «se ventila la vida como si fuera un murmullo». He releído un par de veces esta semana Pedro Páramo y, además de disfrutar de nuevo con un relato inquietante, concluyo que me faltan algunos intentos más para entender mejor la historia de sus muertos vivientes. Seré cauto: puede que no consiga nunca entrar del todo en el sutil inframundo de Comala, ese lugar imaginario, sobrenatural, al que los vendedores de souvenirs literarios le pretenden marcar rutas y mapas imposibles.

Recomendaría a esos mercaderes bienintencionados que escucharan y vieran, como ejercicio muy útil, la difícil y meritoria entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española («A fondo»), allá por 1977. Rulfo se esforzaba entonces en resultar amable y cortés, pero no abandonaba el laconismo y la parquedad ni un instante. Fue una entrevista, como tantas otras suyas, llena de silencios; un encuentro fallido en el que el escritor, en medio de monosílabos y frases desganadas, encendía un cigarrillo y lanzaba un mensaje claro a los buscadores de mitos, tan pertinaces: «No existen los paisajes que describo, tampoco los personajes, que no tienen rostro».

¿Hay Jalisco o ¡Ay Jalisco! en la descarnada, compleja y poética prosa de Juan Rulfo?

De todo un poco. Con el debido respeto hacia los que saben, lo mejor es que cada uno se aplique el cuento como le convenga. Toda obra tiene tantos análisis y acercamientos (o alejamientos) posibles como lectores. Incluso existen libros como Pedro Páramo —o como el Quijote y La Regenta— beneficiosos también para quienes no se han acercado a ellos más que de oídas: ya forman parte del imaginario universal.

En un celebrado soneto de Joaquín SabinaQue no llevan a Roma, se mezclan ciudades reales e inventadas y, verso a verso, ya no se distinguen bien unas de otras: Macondo, Esparta, Nínive, Comala…

En Comala y alrededores, tras la huella mexicana de Juan y Dolores Preciado, andan ahora Joaquín y sus cuates —Pancho Varona y compañía— haciendo Ruido y guardando silencio a su manera. Y dando la nota (el do de pecho) en el viaje interminable de la vida.

«…Comala se llenó de “adioses” y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban.»

Los adioses de Rosalía de Castro, por terminar con la obligada mención inicial en día tan señalado como hoy, eran más desgarrados y nostálgicos, menos fantasiosos que los de Rulfo, pero ese ya es otro cantar.

Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás…
tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar!

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*Después de publicar estas líneas he leído las estupendas páginas dedicadas a Rulfo en Letras Libres (mayo de 2017)Son muy estimables y desmitificadores los artículos de Héctor Abad Faciolince, «El sufragio de las almas», y el diálogo entre Rodrígo Márquez Tiziano y Elvira Navarro, titulados «La renovada vitalidad de Rulfo»

Y he podido adquirir el catálogo de la exposición organizada por el Museo Amparo de Puebla, de la que se ocupa también en Letras Libres Fernanda Melchor.

Definitivamente, Rulfo parece inagotable.

Lectores: extraños en un tren

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo».

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo», de Juan Cruz.

¿Pantalla o papel? Hay razones para defender o preferir cualquiera de los dos formatos y casi todas me parecen aceptables, con ventajas e inconvenientes. A veces he leído una misma obra alternando los dos soportes –hice la prueba con un título propicio y un tanto apocalíptico: Elogio del papel– sin notar diferencias apreciables más allá de las relacionadas con mi limitada capacidad visual, que me condiciona: yo soy yo y mis múltiples gafas. Por eso prefiero leer en la tableta y no en el Kindle: admiro el invento de la tinta electrónica, pero mis ojos no la consiguen leer bien.

Aclaro de antemano que me gustan mucho las bibliotecas, las librerías y los libros: el tacto de las hojas, el olor de las páginas, el diseño de las cubiertas, la solidez de una buena encuadernación, la elegancia de un lomo antiguo. Yo poseo una biblioteca muy modesta, casi mínima, aunque la reparto entre dos casas, una de ellas tan pequeña que solo da para guardar títulos escogidos. La he reconstruido –tuve otras–  tras algunos naufragios domésticos y la cuido y ordeno con mimo. Incluso he convertido algunos estantes, puro fetichismo, en hornacinas que albergan figuras de escritores al lado de sus obras: la de Pessoa, la de Valle. También he montado una sección especial, independiente, la cunqueiroteca, con casi toda la obra de don Álvaro en diferentes ediciones.

EL TIEMPO PERDIDO

A la vez que escribo esto, he de admitir mi admiración por el milagro que supone desear en cualquier momento un determinado título (por los motivos más diversos) y conseguirlo con un sencillo clic, no importa en qué lugar estés ni la hora que sea. Acabo de leer en la pantalla del iPad –con la aplicación de Kindle para Apple– El niño descalzo, de Juan Cruz. Desde una perspectiva sentimental es un libro que pide ser leído en papel, pero el día en que quise comprarlo no disponía de tiempo para ir a la tienda y lo adquirí en Amazon en apenas dos minutos. Lo he leído, de pe a pa y en diferentes lugares, en la tableta. Y he sentido, creo, la misma emoción que si lo hubiera hecho en papel. Lo he podido anotar y subrayar y he ido viendo cómo avanzaba en el paso de las páginas. No sentía las hojas, pero sí el latido profundo de esas sucesivas cartas de Juan Cruz a su nieto Oliver: una larga epístola poética, escrita entre 2013 y 2015, que es la crónica de tres infancias (y de otras vidas y circunstancias) entrecruzadas en el frágil territorio de la memoria. Y de la incertidumbre. Y de la soledad. Tempus fugit.

El niño descalzo, un texto lleno de referencias y devociones literarias (Kipling, Fitzgerald, Machado, Lorca, García Márquez…), es un relato valiente, un lírico descargo de conciencia, precedido de otros que también lo eran: La foto de los suecos y Ojalá octubre. El ejercicio del periodismo, omnipresente, sale a relucir en muchos pasajes y hay un capítulo dedicado expresamente a esta vieja y maltrecha profesión, El oficio, que bien podría ser el embrión de reflexiones más profundas y extensas.

Suele decirse –lo afirma Roberto Casati en Elogio del papel– que la lectura en las tabletas distrae la atención porque estos artilugios, si están conectados a la Red, constituyen una tentación permanente: noticias entrantes, correos salientes, mensajes perturbadores, posibilidad de consultar y desviarse por los meandros. Depende. También uno se puede desconectar del libro convencional si, a la vez que lee, pone la radio o está contestando en la cuenta de whatsapp.

Nada de esto me ha ocurrido durante la lectura de El Niño descalzo.

EXTRAÑOS EN UN TREN

Al llegar al final, he hecho una foto de la portada electrónica del libro (sacada del iPadsobre mi humilde librería, con Pessoa al fondo. Y al disparar, además de retratar mis contradicciones, me he preguntado si Oliver, el principal destinatario del relato, preferirá cuando crezca y sea un lector adulto el papel o lo rosa, que es como se refiere hoy, a sus cuatros años, al dispositivo electrónico de su madre, Eva, por el color de la funda que lo protege.

Sé que los editores manejan datos según los cuales en España las ventas de libros en formato electrónico son irrelevantes frente al papel, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, por ejemplo. Al margen de las estadísticas, veo muchas mañanas, en el tren y en el metro, la coexistencia pacífica de lectores cargados de tochos interminables y pesados –esos best seller que arrasan, ¡ay!, en los grandes almacenes– con esos otros viajeros que van ensimismados con su libro electrónico. Extraños en un tren.

Al pequeño Oliver, según cuenta su abuelo Juan Cruz, le apasionan los coches y los trenes de juguete. Todavía no ha podido descubrir el misterio de quienes van a bordo, pero para eso tiene toda la vida por delante. Y los libros.

P. S.

En El niño descalzo se habla bastante de Inglaterra. Juan Cruz fue corresponsal de El País en Londres. Vivió allí un tiempo, incluso antes de tener esta ocupación profesional, y ha regresado recientemente con Oliver y su familia, con Pilar y con Eva, según cuenta en varios capítulos. Al terminar estas líneas recordé un título que trata sobre libros en la capital británica, una historia breve y emocionante: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. He ido a la estantería y estaba aquí. Pero, si no lo hubiera encontrado y hubiera sentido la urgencia de disfrutarlo de nuevo, he visto que también se puede localizar y descargar en un clic. Tiempos modernos.

María Antonia, entonces

Detalle de la portada del libro de María Antonia Iglesias.

Detalle de la portada del libro de María Antonia Iglesias.

«En este oficio eres lo último que haces», solía decir el maestro Jesús Hermida en su etapa de presentador del Telediario de TVE, a donde lo llevó María Antonia Iglesias (1945-2014) en los años noventa del pasado siglo.
Lo último, por desgracia, no siempre es lo mejor y María Antonia Iglesias ha sido elevada hoy a los altares de las tendencias tuiteras por su faceta final: la de aguerrida y polémica tertuliana televisiva. Su mejor época no fue esa, a mi juicio, porque la redujo a caricatura, a personaje histriónico de plató, y oscureció sus libros —imprescindibles los dedicados al País Vasco y a los maestros republicanos— y su etapa periodística anterior en Informaciones, en Interviú y en Televisión Española, controvertida, pero con momentos muy brillantes.
Escribo ahora de memoria, a bordo de un tren que me lleva del Escorial a Madrid, en recuerdo y homenaje a María Antonia Iglesias, fallecida ayer en Vigo a los 69 años.
En mayo de 1990, semanas después de hacerse cargo de la dirección de los informativos de TVE, María Antonia Iglesias creó una sección de cultura en los Telediarios —hasta la fecha unida a la de sociedad, salvo una corta etapa previa dirigida por Enrique Peris— y me eligió para organizarla y ponerla en marcha: «Somo, quiero que hagáis piezas bonitas y que haya libros, música y arte en los telediarios».
Siempre le agradeceré la oportunidad que me brindó porque, a lo largo de seis años, hasta 1996, estuve al frente de aquel reducto con dos adjuntos de lujo, entonces aún muy jóvenes y elegidos libremente por mí, creo que con buen ojo periodístico: Anna Bosch y Fran Llorente. Luego se sumaron, entre otros, Luisa Aleñar, Marga Gallego, Cristina Ortiz, Gema Jiménez, Chema Anes y la llorada Marisa Díez Galilea. También estaban Antonio Parra, Álvaro Feito… y Manolo Román, que ahora dirige el timón de la piragua: nunca fuimos un trasatlántico, más bien una humilde canoa, pero siempre nos mantuvimos a flote y avanzamos río abajo con cierta dignidad, creo.
No fue una etapa fácil en TVE, zarandeada por los escándalos de corrupción de algunos dirigentes del PSOE, pero, en medio de aquellas convulsiones políticas, en los informativos seguíamos hablando de Alberti, de Camarón, de María Zambrano, de las celebraciones del 92, de Mozart, de Lola Flores, de Cela, de Concha Piquer, del Museo del Prado, de Marlon Brando, de Elías Canetti, de Marlene Dietrich, de Pedro Almodóvar, de los Premios Príncipe de Asturias…
Con María Antonia, entusiasta de la fabada —doy fe de que le cociné unas cuantas en mis distintas casas—, viajé a Oviedo muchas veces con motivo de la entrega de los citados galardones. En una de esas ocasiones se empeñó en ir a misa a Covadonga y allí nos plantamos Alejandro Martínez —jefe del área de laboral en los informativos— y yo con ella. La esperamos fuera, mientras duró la ceremonia, y, a la salida de la cueva de La Santina, nos advirtió: «Esto no lo contéis porque me hundís el currículum». Jamás lo hicimos. Si lo menciono ahora es porque tiempo después ella proclamó urbi et orbi su fe en numerosas ocasiones.

Era así, contradictoria, amiga de Manuel Fraga y de Felipe González, republicana y defensora de la corona, amiga y enemiga con igual intensidad: «fea, católica y sentimental», y también como Valle, muy arraigada a Galicia, en donde acaba de morir: «Somo, yo de mayor quiero poner una mercería en Lugo».

Estoy llegando a Atocha, querida María Antonia. Cuando me baje, iré andando hacia la sede de la Real Academia Española, bordeando el Jardín Botánico por el Paseo del Prado. En cuanto resuelva algunos asuntos, y antes de salir hacia la primera reunión del día, haré una foto de tu libro Maestros de la República para ilustrar estas notas apresuradas, en las que dejo muchos asuntos en el tintero: la admiración por tu padre, el músico Antonio Iglesias; la pasión por tu hija Ana, que te ha acompañado hasta el final; tu amor por Galicia y tu particular y afilado sentido del humor…

He sabido de ti últimamente a través de testimonios indirectos. Eran noticias poco esperanzadoras que me daba Begoña Pérez —te fuimos a visitar juntos la última vez— procedentes de tus amigas de siempre, especialmente de Amalia Sánchez Sampedro. Intenté verte en Semana Santa, pero no fue posible. En los próximos días, cuando contemple as ondas do mar de Vigo en las Rías Baixas, volveré a evocar todo ese tiempo que se ha ido.
Tú tenías buena memoria, así que termino recordando aquel Informe Semanal, de la época en que dirigías los informativos de TVE, cuando pediste que llevaran a Montserrat Caballé* a las ruinas del Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994, para que interpretara allí, en medio de tanta desolación, el Cant dels ocells.

Descansa en paz.

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*Vale la pena ver el reportaje completo, narrado por la propia Caballé. El Cant está al final, hacia el minuto 10:30, aproximadamente.

Dedicatoria de María Antonio Iglesias.

Dedicatoria de María Antonio Iglesias.

El poder de la palabra

Ana María Matute

Ana María Matute durante una entrevista en la RAE, en junio de 2011.

«Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda».

Ana María Matute, En el bosque, 1998

Leo con sorpresa, y con sumo agrado, que a Ana María Matute la han despedido en su sepelio barcelonés con canciones de Bruce Springsteen y Cliff Edwars. La fuente informativa —esa mención imprescindible, pero tan frecuentemente olvidada en Internet— es una noticia de la agencia Europa Press reproducida mecánicamente, copia y pega, en numerosos medios, La Vanguardia entre ellos. Ninguno se molesta en matizar el equívoco titular de origen: «Último adiós a Matute en un funeral religioso con música pop». Yo soy lego en asuntos musicales, pero hombre, puestos a etiquetar, sería más correcto situar al Boss en el rock y a Edwars, aquel cantor de baladas con ukelele que puso voz a Pepito Grillo en Pinocho, en cualquier otro género de los años veinte y treinta del siglo XX, anteriores al pop. Hay que asumirlo: son daños colaterales de la pereza —y también de la impericia— periodística, ajena a los formatos y a los soportes.

Cuentan también las crónicas que, entre los escritores presentes en esta despedida a Ana María Matute, celebrada el viernes en Barcelona, estaba Maruja Torres, cuyo último libro, Diez veces siete, he terminado ayer. Confieso que me había acercado a sus páginas electrónicas —aclaración: descargada previo pago en el Kindle— con ciertos prejuicios y prevenciones. No hacia su autora, a quien leo fiel y críticamente desde hace treinta años, sino ante la posibilidad de que fuera exclusivamente un ajuste de cuentas con su antigua empresa, El País, tal como me había llegado desde algún lugar impreciso de la jungla cibernética, tan frondosa en chismes y generosa en interpretaciones.

Condenados irremediablemente como estamos a reducir la compleja realidad a titulares y simplificaciones, es probable que para algunos se quede en eso, en el libro en que Maruja Torres canta las cuarenta a toda PRISA. No lo he percibido así, pero los buscadores de morbo periodístico encontrarán algunas perlas de esa índole, no muy distintas, a mi juicio, de las que saldrían del análisis de otros grupos editoriales, incluido el que publica Diez veces siete.

El episodio del abandono del periódico, contado sin medias tintas, forma parte del libro, es cierto, aunque no me parece lo más relevante. Hay enfado y escepticismo, desencanto, pero también emoción en el recuerdo de los primeros años. Y reconocimiento: «No me cabe duda de que El País es todavía un buen periódico. Sobre todo en la memoria», señala en el primer capítulo. Más sustancial que el suceso desencadenante del libro, del que me gusta más el subtítulo —Una chica de barrio nunca se rinde— que el propio título, son las otras pérdidas y ausencias que recorren, entre el dolor y la aceptación, esta historia autobiográfica: el padre y la madre, la hermana Carmen, el tiet Amadeu, los amigos desaparecidos prematuramente, los amores imposibles, los paraísos perdidos. Muchas decepciones y también esperanzas renovadas después de las caídas sucesivas: «Ni mis defectuosas rodillas ni mi edad justificaban que se me sintiera acomodada, y tampoco que me resignara», se dijo a ella misma tras una conversación con Diego Galán.

No es la primera vez, y ojalá haya más, que Maruja Torres escribe directamente sobre su vida sin tapujos ni paños calientes, sin necesidad de recurrir —otras veces sí lo ha hecho— a los camuflajes de la ficción. Hay crudeza y sinceridad en el relato, desgarros, pero no amargura ni resentimiento. Dice que se reinventa a ella misma cada siete años, lo cual me parece más un juego literario y numérico que un renacimiento real, pero no reniega de sus orígenes ni los disimula, aunque les haya puesto en ocasiones la distancia necesaria. No hay peores remiendos que los de las biografías maquilladas, tentación en la que cayeron personajes tan singulares de la Transición como Enrique Tierno Galván y Francisco Umbral, sin necesidad alguna y con pésimos resultados.

También sería yo incoherente, que lo soy en todos los órdenes, si no terminara estas líneas justificando, aunque sea por los pelos, el título que lleva este blog. El caso es que yo iba a hablar de las fotos que le saqué a Ana María Matute hace tres años, iPhone en mano, en una soleada mañana en que visitó la Real Academia Española para grabar un reportaje producido por Julia Otero para la serie de TVE Los imprescindibles. Por deformación o frustración profesional —de todo habrá—, me gusta tomar imágenes de las fotos y rodajes que hacen otros y dejar constancia de ellas de vez en cuando. Aquel mediodía del 13 de junio de 2011 —yo no tengo memoria fotográfica: es la cámara la que incorpora el calendario—, Ana María Matute llegó vestida de blanco inmaculado, acompañada de su hijo Juan Pablo y fue recibida por José Manuel Blecua, el director, de cuya familia fue amiga la autora de Olvidado rey Gudú. Hubo muchas preguntas, distintos lugares de grabación, y Ana María se iba a acomodando con calma y paciencia a todos los requerimientos.

Unos años antes, cuando leyó su discurso de ingreso en la RAE, en este mismo escenario de las fotos, ya había hablado de la magia y del poder de las palabras:

«Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva».

Hecha esta cita, sería yo muy necio si pretendiera añadir una línea más, pero sí me permito otra licencia: publicar esta foto que le hice entonces.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2013.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2011.