Árboles mutantes

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Árboles desnudos, pura y esquelética rama pelada que clama al cielo sin fe ni esperanza.

Árboles con hojas doradas y otoñales, pendientes del último suspiro, casi sin aliento. Y árboles al margen del tiempo, pinos de hoja perenne que miran por encima a sus congéneres con aire de superioridad y cierta altanería de clase dominante. Siempre verdes.

Tres eran tres. En el jardín más humilde, como este de la Casita del Principe en El Escorial, conviven árboles de toda condición y tamaño, atentos al sol y a la lluvia, a las temperaturas y a las estaciones. Vegetales silenciosos y mutantes, cada uno a su manera.

Cualquier poeta que se precie —no me refiero a mí, claro está, que no hilvano versos y ni siquiera soy escritor de oficio— ha cantado a los árboles y sus derivaciones: hojas, troncos, savia, flores, raíces. Del olmo seco machadiano a la arboleda perdida de Alberti y las verdes ramas de Lorca: la poesía es un bosque animado, en rima permanente.

La poeta chilena Gabriela Mistral fue incluso más lejos y dedicó todo un «Himno al árbol», poema de «Casi escolares» incluido en «Ternura», libro de 1923. Hoy suena algo grandilocuente, pero admitamos que para versificar un árbol —perdón por el chiste fácil— hay que ponerse a su altura y mirarlo de arriba a abajo varias veces:

Árbol hermano, que clavado / por garfios pardos en el suelo, / la clara frente has elevado / en una intensa sed de cielo…

De los árboles caídos y de los que acaban convertidos en leña para el fuego hablaremos otro día, antes de que alguna de estas expresiones sea considerada políticamente incorrecta o cruel con la naturaleza. Antes de que las palabras, las divinas palabras, nos impidan ver el bosque.

La caja verde del «Asturias»

Dedicado a Juan Nicieza y Carlos Lomas, que ejercieron el noble oficio de correctores en el Asturias, antes de entregarse en cuerpo y alma a la enseñanza. Y, sobre todo, a los ausentes, inolvidables compañeros de viaje en aquella aventura periodística.

Primer número del periódico, fechado el 5.12.1978

Primer número del periódico, fechado el 5.12.1978

Del periódico Asturias, nacido el cinco de diciembre de 1978 —hace hoy cuarenta años— he escrito aquí al menos en un par de ocasiones y no creo que pueda ni deba decir mucho más que entonces. En mi entorno me advierten con cariño de cierta tendencia mía a actuar como el abuelo de la familia Cebolleta —aquel pelma de las historietas de Manuel Vázquez, siempre dispuesto a contar sus batallas—, aunque, dicho sea entre nosotros, creo que no tengo el vicio de la nostalgia. Uno, ya se sabe, casi nunca se reconoce.

Lo cierto es que llevo todo el día, en medio de quehaceres diversos —y los que me aguardan—, dándole vueltas a la conveniencia de comentar, o no, el aniversario y me he resistido hasta ahora, al filo ya de las ocho de la tarde. Incluso he buscado en las redes sociales, ese caladero inagotable de chismes y remedios, a ver si alguien se había adelantado con el recordatorio y justificar así mi silencio, pero no he visto nada. Ya sin excusa, hilvano estas líneas, dedicadas sobre todo a quienes formaron parte de aquel proyecto ilusionante y que, por desgracia, ya no habitan entre nosotros. Seguro que me olvido* de alguien, por lo que pido disculpas previas y solicito ayuda para subsanar los probables errores. Entre los ausentes vinculados a la redacción inicial figuran Víctor Arrieta, Ramón González, Julio Puente, Celso Alonso Sanjulián, José Antonio Bron, Nacho G. Orejas… además de los miembros del consejo de administración Pedro Piñera y José Manuel Fernández Felgueroso. In memoriam.

El Asturias, impulsado por el infatigable Graciano García y en cierta medida heredero de la memorable Asturias Semanal también creada por él, salió a la calle en la víspera del referéndum constitucional, fecha no elegida al azar y especialmente simbólica, según se explicaba en el primer número. La andadura fue intensa, pero muy corta: después de muchos reveses y dificultades económicas —tampoco olvido el fuego amigo de algunos otros medios y colegas de la época—, el periódico sacó la última edición el 2 de diciembre de 1979 con la publicación en exclusiva del anteproyecto de Estatuto de Autonomía para Asturias. Conseguir aquel dichoso texto —el fotógrafo Víctor Arrieta fue testigo— me costó no sangre, pero sí sudor y lágrimas.

Con dos directores al frente, primero el citado Graciano —que resistió la retirada de la publicidad de UCD, molesta por un reportaje sobre Ibias que yo había publicado: siempre lo recordaré agradecido— y después el entrañable Melchor Fernández Díaz; con dos directores al frente, decía, el Asturias fue producto e imagen y semejanza de una época que ha pasado de la idealización exagerada al entredicho sin más: la Transición. Sin caer en el abuelismo Cebolletao eso espero, sí que empiezo a ser de los pocos de aquella hornada periodística que no ven únicamente engaños, traiciones y trampas sin fin en la vida política de unos años difíciles, los inmediatamente posteriores a la muerte de un dictador cruel y nefasto: el general Francisco Franco. Cierto que hubo muchas concesiones, verdad también que se resolvieron mal asuntos de gran trascendencia —y pagamos aún sus consecuencias—, pero pretender arreglar esos desajustes con las herramientas y las ideas del momento presente, sin perspectiva ni memoria de lo ocurrido y de sus porqués, me parece otro error: un recurso fácil y extemporáneo. Sin aquel posibilismo imperfecto, sin aquella clase política de diversas procedencias y tan desigual en su compromiso, es improbable que se hubieran logrado consensos perdurables en las cuestiones esenciales, esas felizmente plasmadas en la Constitución de 1978, la más resistente de nuestra historia, a pesar de sus defectos y de su evidente necesidad de reforma.

¿Se pudo hacer más y mejor? Probablemente sí. No tengo más remedio que mirarme a mí mismo —esto ya es una variante más peligrosa del abuelismo: Narciso ante el espejo— para intentar comprender y no ser demasiado severo. Vistas desde hoy, cinco de diciembre de 2018, hay numerosas y cruciales decisiones sobre mi vida —personal y profesional— tomadas en aquellos años que, de poder viajar en el tiempo, afrontaría de otro modo. Asumo, como cualquiera, todo mi pasado: conozco bastante bien mis fallos y carencias, mis limitaciones actuales y pretéritas, sin que por eso viva sumido en la tribulación, me flagele cada noche o eche la culpa de mis fracasos a los fantasmas de antaño. Una cosa es la autocrítica, y la revisión del pasado, y otra la alegre condena con la que nos gusta enmendar mágicamente la plana a la historia. El futuro, el individual y el colectivo, no se construye solo mirando hacia atrás, como si todo lo precedente constituyera un fraude y fuera el origen y la causa de nuestras desgracias actuales.

En medio de la fiebre conmemorativa de estos días, que no me produce especiales emociones porque soy consciente de la gravedad del tiempo presente, estaba obligado conmigo mismo a dejar humilde y efímera constancia de aquella singladura periodística, en la que tanto aprendimos: la vida siempre discurre entre la utopía y el desengaño. Mantengo grabado el inquietante silencio inicial reinante en la redacción del polígono de Silvota, cerca de Lugones, antes de su inauguración. Empecé a frecuentarla en cuanto hubo luz, agua y teléfono en el local. Aún no había llegado el grueso de la plantilla, donde, además de los ya citados —y otros más: José Luis López del Valle, por ejemplo, muy curtido en el oficio cuando llegó allí— había una tropa juvenil, feliz e indocumentada de la que formé parte a mis 22 años: «Somo y los palacagüinas de El Paisín», dijo alguien con burlesco humor carbayón semanas antes de la botadura del buque. Pura exageración: ni yo me sentí nunca Carlos Mejía Godoy, entonces muy en boga, ni siquiera conocía a gran parte de mis nuevos compañeros. He de añadir entre ellos (mencionaba al inicio a los anónimos correctores de pruebas) a quienes trabajaban en los talleres, en la administración, en el reparto… a todos los que hacían posible la llegada diaria al quiosco.

Último número del «Asturias», publicado el 2.12.1979.

Último número del «Asturias», publicado el 2.12.1979.

Doce meses después del lanzamiento llegó el cierre, tal como se refleja en las páginas que reproduzco aquí. Fue inevitable. Y no, no hubo reaparición ni segunda oportunidad. Volvió entonces el silencio al edificio y Pedro Pablo Alonso y yo, ambos miembros del comité de empresa, tuvimos que volver varias veces más por las instalaciones porque había que resolver un conflicto laboral con muchos flecos administrativos y sindicales. Cuando pasé por allí algunos años después, el inmueble estaba habitado por unos okupas, que me recibieron con poco cariño apenas vieron el coche en lontananza: hube de salir pitando.

Hace un par de días, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España —lugar que frecuento ahora por otras razones—, pedí la caja microfilmada del Asturias, un estuche verde con toda la historia del periódico dentro. Tuve en su día en mi poder la colección completa encuadernada —donada después a una biblioteca pública de Gijón—, pero ahora he necesitado recurrir a archivos ajenos: bendita sea su existencia. Alguien podrá ver en esa cajina, verde que te quiero verde, algo inerte: la urna en la que reposan los restos, el esqueleto polvoriento de un diario. El depósito final de las cenizas —pienso en La Torre de Suso— siempre resulta problemático, así que esta vez, lejos de imaginarme ante un recipiente funerario, sentí entre las manos, en ese rollo de película en blanco y negro, la calidez prometedora de un semillero: el embrión de muchos éxitos y fracasos llegados después. Lo demás, lo venidero, está por escribir. Y espero que sea aún mejor.

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*Como ya suponía, y lamentablemente, la lista de ausentes estaba incompleta. Según me cuenta José Luis López del Valle, a quien agradezco sinceramente la información, también nos dejaron Miguel Rosado, compañero que formó parte de la delegación de Gijón, y tres miembros de la sección de deportes, dirigida con maestría por el propio José Luis antes de ser redactor jefe: José Antonio García (Pepete) y Alfonsín, que se ocupaban si no recuerdo mal del entonces llamado fútbol modesto, y Juan Miguel Fuente (Juanmi), un apasionado del ciclismo.

Sobre Pepete y Alfonsín, un dúo profesional inseparable, escribió Celso Alonso Sanjulián (otro de los ausentes) un emotivo obituario en «La Nueva España» que se puede leer aquí.

Descansen en paz.

La colección completa del «Asturias» puede consultarse en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

La colección completa del «Asturias» está disponible en la Biblioteca Nacional de España.

Deslumbrantes «Luces de bohemia»

Ramón del Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría, hacia 1930. (Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, MECD).

Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría. Instituto del Patrimonio Cultural de España.

El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios.

Don Filiberto, redactor de El Popular.

En horas veinticuatro, por una serie de felices coincidencias, he visto este fin de semana dos versiones distintas de Luces de bohemia, muy diferentes entre sí, pero brillantes y emotivas, conmovedoras, en ambos casos.

La asistencia al teatro, una sala en Madrid y otra en San Lorenzo de El Escorial, estuvo precedida de la relectura de este título inaugural de los esperpentos de Ramón María del Valle-Inclán, publicado inicialmente por entregas en la revista España en 1920 y aparecido después, ya como libro, en 1924. La Biblioteca Castro acaba de culminar, en cinco volúmenes, una estupenda edición de las obras completas de Valle, bajo la dirección de Margarita Santos Zas.

El teatro de don Ramón, como el de tantos otros dramaturgos, no siempre pasó de las musas —ni de la imprenta— a las tablas. Luces de bohemia, nunca representada en vida del autor, tuvo un estreno tardío en nuestro país: fue en 1970, por iniciativa de José Tamayo, con el inolvidable José María Rodero en el papel de Max Estrella. Desde entonces han sido muchos y diversos los montajes de esta lacerante tragicomedia.

UN BORBÓN CAZADOR

La versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero de Madrid, que estará en cartel hasta el 6 de noviembre,  discurre en medio de un sencillo pero efectista juego de espejos sobre el escenario. No hace falta que las lunas sean cóncavas —no lo son— para reflejar las deformaciones y las miserias de aquella España de principios del siglo XX, tan lejana y tan próxima a la nuestra. Sanzol y los excelentes intérpretes que dan nueva vida a Luces de bohemia siguen casi al pie de la letra el crudo y provocador texto valleinclanesco, más allá de un par de leves guiños a la «actualidad»: ese Borbón emérito y cazador de elefantes que pide disculpas por un error que, según promete, no se volverá a repetir.

Puestos a hacer reparos, o más bien interrogantes sobre su necesidad, habría que preguntarse el porqué de alguna licencia más, como ese empeño en caricaturizar a don Dorio de Gadex («jovial como un trasgo, irónico como un ateniense») con rasgos manifiestamente amanerados. La exageración de este punto, inapreciable en el original de Valle, se lleva hasta el equívoco en el final de la séptima escena, cuando el periodista don Filiberto se insinúa con claridad, pero sin éxito, al joven y locuaz modernista. Ninguna de estas situaciones, creo que forzadas, se deduce de la lectura de la obra, así que solo cabe entenderlas como una libre y personal adaptación del director. Sus razones tendrá, aunque no se le alcancen a este humilde y tal vez poco avispado espectador. Conste —vivimos tiempos en que conviene aclarar obviedades— que no hay el menor prejuicio por mi parte hacia esas plumas y exageraciones con las que han decidido adornar a don Dorio, sino extrañeza y cierta perplejidad porque se desvirtúa al personaje.

La música en directo, ejecutada en el piano situado sobre el escenario, y las canciones —también en vivo— intercaladas entre las escenas contribuyen a subrayar la pasión, la rabia, el dolor, la oscuridad… y la esperanza emanadas de una obra que el gran Eduardo Haro Tecglen calificó como la mejor del teatro español de todos los tiempos.

MINISTRA EN ESCENA

Una ventaja de los clásicos es que resisten muy bien el paso del tiempo y se acomodan con naturalidad a los cambios y transgresiones. Las innovaciones de Alfredo Sanzol no son nada frente a las introducidas por Alfonso Zurro en la versión ofrecida por Teatro Clásico de Sevilla, representada el sábado en el el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Aquí la función empieza por el final, por el entierro de Max Estrella, y luego transcurre con alteraciones diversas del orden sin que el resultado se resienta en exceso. Alfonso Zurro trastoca algunos personajes, entre ellos el del ministro de la Gobernación, don Francisco, quien pasa a ser la ministra Paca sin por eso haber dejado de ser pretendiente, in illo tempore, —como en la versión original— de la hermana de Max Estrella, a quien escribió versos de amor.

Como si resultara imprescindible a estas alturas otorgar la condición de afeminado a algún miembro del elenco, en esta versión del Teatro Clásico de Sevilla ese papel le toca a don Filiberto, el periodista de El Popular, «eterno redactor del perfil triste (…), el hombre lógico y mítico de todas las redacciones»Al igual que en el caso anterior, no se deducen del texto original de Valle signos que apunten hacia un ser como al que vemos en escena, de voz y gesticulación muy afectadas y redichas. Paradójicamente, o no —los rastros de la corrección política son inescrutables— , en los diálogos de esta adaptación sevillana desaparece la palabra marica, empleada por Valle en cuatro o cinco momentos de la obra, unas veces para expresar menosprecio hacia los militantes de Acción Ciudadana y, en otra ocasión, en boca de la madre del niño muerto, a cuyos asesinos llama canallas y maricas con un desgarro que desasosiega por completo a Max Estrella.

Si estas modificaciones semánticas resultan posibles, como si las palabras ofendieran por sí mismas y no importaran las épocas ni los contextos, por qué no atreverse con más: desde las insinuaciones independentistas sobre el preso catalán hasta esa inesperada aparición en escena del propio Valle, que sustituye a Rubén Darío en el Café Colón y se hace selfies con sus admiradores.

Hay, no sé si por simple casualidad, un elemento común en ambas versiones, un efecto destinado a resaltar el ímpetu revolucionario de las calles: el canto de Bella ciao, el himno partisano.

Dicho lo anterior, no quisiera que estas anecdóticas pequeñeces empañaran el buen juicio de conjunto merecido por el montaje del Teatro Clásico de Sevilla. Frente a los espejos del María Guerrero, aquí, en El Escorial, unas sobrias cajas de madera cumplen casi todas las funciones imaginables: desde ataúd y calabozo hasta mesa de taberna o de redacción de periódico. La desnudez de la escena se sustituye con la lectura, muy oportuna, de las acotaciones del texto, que permiten imaginar lugares y rincones: «La taberna de Picalagartos. Lobreguez con un temblor de acetileno».

LECTURA Y REPRESENTACIÓN

Suele asumirse casi como principio inamovible que el teatro solo cobra sentido si se escenifica. Algunas veces, cierto que pocas, no hace falta. El crítico Eduardo Gómez de Baquero (Andrenio), tras leer Luces de bohemia, llegó a esta conclusión y la dio a conocer el 12 de agosto de 1924 en El Sol: «…el diálogo condensa la acción y define los personajes de suerte que llena el libro cumplidamente las exigencias de la lectura y no se echa de menos el complemento corpóreo de la representación, como en las obras propiamente teatrales». Algo muy parecido señalaba, hace pocos días, el periodista Manuel Hidalgo en El Cultural.

De una u otra forma, un siglo después, el último viaje por Madrid de Max Estrella y su fiel escudero don Latino de Hispalis —ambos en compañía de aquella hueste de vivales, cínicos y desheredados— sigue dando mucho que pensar. Nos deslumbra su intensa lucidez porque tal vez hoy, como entonces, «la miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte».

Lo dijo Max a Estrella, «primer poeta de España, una gloria nacional». Murió destemplado en medio de la noche y «con el honor de no ser académico», en aquella patria convertida en «deformación grotesca de la vida europea».

Libros para un cincuentenario

«La niebla abandonaba lentamente la plaza. Se podía ver ya la alta torre de la ciudadela sobre los tejados, y las golondrinas salían de sus nidos, dejándose caer con las alas abiertas para el primer vuelo matinal».

Un hombre que se parecía a Orestes, de Álvaro Cunqueiro. Premio Nadal, 1968.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Libros de la colección RTVE, publicados entre 1969 y 1971.

Aquella mañana del 16 de octubre de 1968, hace hoy medio siglo, todo olía a nuevo y parecía frágil en el recién inaugurado instituto de Arriondas (Parres, Asturias), tan esperado en la villa, rica en salmones, nieblas y piraguas. Era miércoles y la puesta en escena salió como se esperaba, imagino: aulas impecables, caras asustadas, encerados vírgenes, palabras desconocidas. Había asombro en los rostros y esperanza en las miradas. Y en los silencios.

Es improbable que alguno de los pipiolos y pipiolas —prometo no hacer más desdoblamientos— que aparecen en las fotos del momento hubiera hojeado los periódicos del día. Al menos yo no los había leído e ignoraba casi por completo lo que pasaba en el exterior, que no era poco.

Basta con asomarse a la hemeroteca: México, tras la terrible matanza estudiantil de Tlatelolco, celebraba los Juegos Olímpicos; el doctor Christian Barnard hacía su tercer transplante de corazón en Ciudad del Cabo, Manuel Ferrand ganaba el Premio Planeta… y los tripulantes del Apolo VII, en órbita alrededor de la Tierra, estaban resfriados y se quejaban del mal sabor del agua clorada que bebían a bordo, según cuentan las crónicas. Dicho más claramente: los astronautas estadounidenses ya acariciaban el viaje a la Luna, que se produjo unos meses después —en julio de 1969— y nosotros,  hablo solo por mí, ya estábamos permanentemente en ella. O en Babia, limbo leonés menos romántico pero más próximo.

Pasados los discursos y las bendiciones, quienes tuvimos la suerte de ocupar las clases del instituto por vez primera vez acabamos distribuidos en los pupitres por orden alfabético. En mi grupo, creo que era el 1.º A, Quique Argüello Otero —in memoriam— encabezaba la lista, seguido de Laureano Blanco Nava. Y luego, el resto, hasta la cuarentena de alumnos: perplejos y expectantes tras la subida del telón y la salida a escena. Chicas y chicos estábamos separados, por lo menos inicialmente. Luego ya no. El espíritu imperante de Isabel y Fernando, recordado en una de las canciones que nos enseñaba el hiperactivo y popular Eugenio Campandegui —cura y profesor de religión fallecido en 2008—, se fue relajando con el tiempo. Menos mal.

Hace veinticinco años, cuando se cumplió el vigésimo quinto aniversario del centro y lo celebramos comme il faut, escribí notas varias destinadas a la conmemoración. Quedaron recogidas en una revista impresa, artesanal, que coordinó mi amigo Juan Cueto Solares, pero no las tengo a mano. Entonces, en 1993, yo era más beligerante y jacobino, más apasionado ideológicamente que ahora, y eso se notará seguramente en los comentarios. Cada cosa en su momento: no me arrepiento del pasado, aunque cambiaría algunas decisiones y errores, pero tampoco me entretengo en la añoranza. Hoy ya solo siento nostalgia de futuro, expresión atribuida a distintos autores y especialmente a Fernando Pessoa, siempre en lúcido desasosiego.

Ahora, en el primer cincuentenario del centro —en rigor, sección delegada del instituto de Llanes—, sigo creyendo que para mi generación la apertura del colegio —vamos a llamarlo así por una vez, para darnos algo de pisto— resultó decisiva: una gran oportunidad. Algunos no habríamos podido acceder al bachillerato ni a los estudios posteriores sin la apertura de aquella casa gris y fría situada a la vera del río Sella.

Veo en las fotos de esa mañana, junto a otros docentes, a Venancio Prado, médico, alcalde… y profesor de educación física, su otra faceta. Guardo de él un recuerdo muy afectuoso porque me distinguió con su amistad y con su apoyo, pese a ser probablemente el peor alumno que tuvo nunca. El más torpe en la pista y en el gimnasio. Un desastre.

He dicho alguna vez que Arriondas ha sido injusta y desmemoriada con don Venancio. Estuvo al frente del ayuntamiento durante la dictadura, es verdad, pero no era franquista en la acepción más común y cuestionable del término, al menos a mi juicio. Decir esto hoy puede sonar inoportuno, políticamente incorrecto, pero a determinada edad uno puede permitirse algunas licencias y decir lo que piensa sin más miramientos. Confieso haber sido, in illo tempore, compañero de viaje del viejo Partido Comunista de España (PCE) y no por eso dejo de reconocer la valía de personas que, por circunstancias diversas, han acabado reducidas a los prejuicios de las etiquetas y los clichés. La memoria, como la vida, no se traza con una línea recta y monocolor: está llena de meandros y de matices.

Cincuenta son muchos años. De aquel instituto, cuya andadura se truncó durante lustros por causas diversas y no del todo explicadas, conservo imágenes imborrables y muy gratas, como la del ejemplar del misterioso Casares que había en un estante de la biblioteca, enigmático diccionario en cuyos secretos nadie me adentró*. Tampoco me he olvidado de la catedrática Pilar Costales, quien me descubrió a Antonio Machado y a Juan Ramón Jiménez. Y que nos enseñó a todos cómo hacer fichas de libros: autor, título, editorial, tema. También pienso a menudo en mis coetáneos, varios ya desaparecidos por desgracia, de cuyas existencias no he vuelto a saber en muchos casos.

De aquella etapa mantengo otro recuerdo especial, ajeno al instituto pero para mí inseparable de esa etapa: la compra de la colección RTVE en la librería de Antonín Otero, pequeña y cálida, entrañable, muy ordenada siempre. Son los tomos —aviso para milennials— que ilustran estas notas. Podría afirmar que los conservo desde entonces, pero mentiría: los tengo, pero adquiridos después. Las ediciones son malas, se despegan los lomos, las cubiertas son feas, la letra es endiabladamente pequeña a veces… pero las selección, exceptuada media docena de títulos de compromiso, resulta muy aceptable. Algunas de las obras, además, van precedidas de prólogos excelentes, como los que hicieron Francisco Umbral para La hoja roja de Delibes o Juan Benet para el Alfanhuí de Ferlosio.

Aún hoy, cuando ejerzo de bibliófilo de poca monta, saco estos humildes libros de sus estantes y los hojeo y los huelo y les echo pegamento… y les doy ánimo si lo necesitan. Entre ellos figura, en la antología de Machado —introducida por Julián Marías— ese poema de 1913 dirigido a José María Palacio, «buen amigo», que Pilar Costales nos leyó una tarde en clase. Aquel día descubrí la emoción del verso, que me acompaña.

La colección de RTVE y Salvat, muy propia de los teleclubs aquellos de Fraga, formó parte de las salitas de la época, equipadas con su tresillo, su mueble bar y su tele. Así las retrató el Equipo Crónica en 1970: observen los volúmenes de RTVE arriba, en el estante del medio, sobre la cabeza de Velázquez:

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

«Las meninas» o «La salita». Equipo Crónica, 1970. Fundación March.

Como en cualquier centro educativo, en nuestro instituto de Arriondas hubo de todo: profesores y estudiantes buenos, malos y regulares. Medio siglo después, pesan más en mí las buenas que las malas experiencias y prevalecen la gratitud y el reconocimiento hacia los docentes y los compañeros. Llegamos allí, lo indicaba al inicio, bastante ajenos al mundo que nos rodeaba. Seguíamos con el paso cambiado, entonando el «Cara al sol», mea culpa, cuando ya había estallado el mayo francés en París. Y sabíamos algo de la guerra de Vietnam porque un periodista asturiano, que había vivido en Arriondas, José Manuel Diego Carcedo, era uno de los enviados especiales al conflicto y La Nueva España publicaba sus crónicas para la agencia Pyresa. Poco más.

No fue esa la causa de mi interés por el periodismo —no me atraen especialmente las aventuras ni los viajes exóticos—, pero pronto supe que quería dedicarme a ese noble oficio de informar y he tenido la suerte de ejercerlo en distintos frentes (no bélicos) durante algo más de cuarenta años. Ahora, ya casi en la reserva, he querido pararme a pensar en aquel miércoles, 16 de octubre de 1968, cuando los diarios que yo aún no leía informaban de «asambleas no autorizadas» en la Universidad Complutense de Madrid, a la que yo llegaría felizmente algún tiempo después, en 1975. La misma en que mi hijo Pelayo ultima este curso sus estudios de Derecho. Misión, por tanto, (casi) cumplida.

De todo aquello, de todo esto, al final es probable que solo queden el tacto y el aroma que desprenden las páginas de algunos libros viejos.

*Hace dos años, en mi etapa de director de Comunicación de la Real Academia Española, tuve el honor de organizar una visita especial a la institución de los familiares de Julio Casares, el autor de ese entonces enigmático Diccionario ideológico expuesto en la biblioteca del instituto. Hablamos de muchas cosas, pero se me olvidó comentarles este detalle.

P. S.

Hoy, a las nueve de la mañana, la misma hora en que hace cincuenta años entraba en aquellas aulas, iba andando camino del dentista. Mientras hacía tiempo para subir a la consulta, situada en el barrio madrileño de Salamanca, me fijé en el escaparate de una tienda de sombreros que anunciaba las legendarias boinas Elósegui. A unos metros, un señor de mediana edad proclamaba en la calle su condición de chatarrero a grito pelado. Y solicitaba posible mercancía como antaño, de viva voz.

Parecía un escenario salido de Galdós o Baroja. O de Emilia Pardo Bazán. Estamos en 2018, pero no hemos cambiado tanto como creemos. Salvo en un detalle: los quioscos de periódicos están vacíos, en serio peligro de extinción.

«Despertar» era un sueño

En lembranza de Marieta Piqueras (1942-2018), que me fixo un galano —a guía de Foz de Suso do Bahía— cando eu empezara a ir pola Mariña luguesa, hai xa unha ducia de anos.

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín, en Foz (Lugo).

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín, en Foz (Lugo).

He visto casas así, puro esqueleto desvencijado, en el Viejo San Juan y en Ciudad de Panamá. En Madrid y en Barcelona. En Asturias y en las Castillas. También en Galicia, un país tan rico en patrimonio arquitectónico y artístico como descuidado en su conservación, salvadas las llamadas honrosas —y obligadas— excepciones. Según leo hoy mismo en La Voz de Galicia, la Xunta intenta poner remedio administrativo a este derrumbe de la memoria mediante una ley protectora: un programa contra la ruina y el abandono denominado Rexurbe cuya entrada en vigor está prevista para 2019. Ojalá llegue a tiempo de parar la destrucción y la desidia, de detener el olvido.

Detrás de los cristales rotos y de la desnudez de las vigas siempre hay una historia, muchos años de esperanzas desvanecidas, viajes interrumpidos. En el número 19 de la calle Paco Maañón de Foz, en el centro de esta villa lucense campeona en desmanes urbanísticos, se mantiene milagrosamente en pie un edificio en el que, hasta finales del siglo XX, había una tienda de golosinas, Casa Kiko. Sobre la maltrecha fachada aún quedan algunos vestigios de aquella actividad expendedora de chicles, pipas y piruletas. En un extremo, casi mimetizada con los huecos de las paredes, puede verse una placa conmemorativa colocada en 2005 por iniciativa ciudadana.

Casa natal de Francisco Calvo Jarrín en Foz (Lugo).

La placa conmemorativa, a la derecha, fue colocada en 2005.

La revista «Despertar» de Foz se imprimía en Ribadeo y solo se publicó desde abril hasta julio de 1936.

Las ruinas siempre dejan huellas, memoria de lo que fueron.

La placa recuerda que aquí nació el maestro Francisco Calvo Jarrín (1911-1966), de quien no he podido averiguar demasiado, más allá de que fue discípulo de otro docente innovador y progresista, muy vinculado a la historia de Foz, Ramón Salgado Toimil, según recoge El Pueblo Gallego en su edición del 6 de de octubre de 1928. El periódico anuncia en un breve la graduación del joven maestro, hijo de Elvira, comerciante focense.

Tampoco he logrado hojear ninguno de los ejemplares de Despertar, impreso en los talleres Etelvino Méndez de Ribadeo y dirigido por Francisco Calvo Jarrín. Deduzco, a juzgar por su periodicidad, que apenas superó una quincena de números a lo largo de su efímera existencia. Ni en Galiciana ni en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España he visto rastro de esta publicación. En su libro A prensa en Lugo, dous séculos de historia (1997), Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo sí dan cuenta del semanario, «portavoz de un grupo de jóvenes  constituidos en comité llamado de salud pública, que teniendo ansias de renovación de la vida política de nuestro pueblo, acometen la quijotesca obra de redimirlo de caciques y de la apatía que aquel pone en el ejercicio de sus derechos y de deberes cívicos».

Entre los colaboradores de Despertar, además del propio director y del citado Salgado Toimil, estaban —según las autoras de A prensa en Lugo…Antonio Noriega Varela, Cándido Fanego y Francisco Maañón. Este ultimo, que fue alcalde Foz entre 1945 y 1952, da nombre en la actualidad a la calle en que están ubicados los restos de la casa natal de Calvo Jarrín.

El estallido de la guerra civil acabó definitivamente con los desafíos y aspiraciones de Despertar: «Dada a época en que se publicóu, son constantes as referencias a un dos temas centrais na política galega daqueles días: o Estatuto. Despertar expresa a súa postura a prol da autonomía para Galicia», señalan Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo.

La placa conmemorativa se puso el 18 de junio de 2005, coincidiendo con la entrega de los Premios Manuel María, cuando era alcalde de Foz José María García Rivera y concejal de cultura Xaime Cancio, ambos miembros entonces del PSdG-PSOE y después enfrentados políticamente.

Despertar no fue ni el primero ni el último periódico publicado en Foz. Antes que el semanario dirigido por Francisco Calvo Jarrín habían aparecido El automóvil (1903) y ¡Guau… Guau! (1906). Este semanario satírico, que logró notable popularidad, estaba promovido por Antonio Noriega Varela, Antón Vilar Ponte y Camilo Cela, padre del novelista y Premio Nobel de Literatura. Ya en 1962 salió A Rapadoira («Al servicio de un Foz mejor»), bajo la dirección de Suso Fernández, impulsor también, en 1986, de Rompeolas, órgano del Club Naútico. A Suso Fernández, fundador de la Librería Bahía y autor de la guía sobre Foz publicada por Everest en 1991 a la que aludo al inicio de estas líneas, se debe asimismo la efímera recuperación de la cabecera Despertar en 1996, en esta ocasión como revista de la Asociación de Comerciantes, Industriais e Autónomos de Foz.

En su estudio de la prensa lucense, las mencionadas Mari Paz Teijeira Fanego y María de la Torre Rioyo citan otras dos publicaciones periódicas en Foz: una en la década de los setenta, Amencer, y otra en los años noventa, O Cadaleito, ambas de carácter crítico y reivindicativo.

Kiko interior 2

Interior de las ruinas de la casa natal de Francisco Calvo Jarrín.

No hay peor enemigo de la memoria que la nostalgia, estado de ánimo que en Galicia tiene una variante propia y compleja, muy bien analizada por Ramón Piñeiro: a saudade. En casos así, en vez de dejarse enredar por la melancolía y la derrota, siempre conviene sugerir y desear algo de acción, actitud menos romántica, pero más práctica. Por ejemplo: sería conveniente, y muy poco costoso, que las colecciones de estos humildes periódicos estuvieran digitalizadas y disponibles en alguna web, pública o privada, relacionada con la historia de Foz y de la comarca de A Mariña. Solo de ¡Guau… Guau! existe edición facsimilar en papel, auspiciada en 2006 por la Xunta de Galicia, pero difícil de encontrar.

Por fortuna, la letra impresa —tan necesaria en tiempos de adanismo y desorientación general— resulta más sencilla de recuperar y de mantener que la estructura de los edificios. Las páginas resisten mejor que los pilares. Adentrarse en ellas, pasear la mirada entre sueltos y anuncios varios, supone devolver la palabra, que es la vida, a quienes languidecen entre las fechas inertes y frías de una lápida casi invisible. Mientras no sepa algo más —todo llegará— de Francisco Calvo Jarrín, aquel joven maestro republicano de Foz, prefiero imaginar que tuvo un sueño: Despertar.

P. S.

Tras publicar estas notas, Tamara Miranda Blanco (sobrina nieta de Francisco Calvo Jarrín e hija de Francisco Ubaldo Miranda Calvo, Kiko) se ha puesto en contacto conmigo para ofrecerme más documentación sobre sus antepasados. Agradezco mucho su gesto y generosidad.

Cuando disponga de esa información, la compartiré aquí.

Un vuelo en tiovivo

Pradera del parque de La Manguilla, en El Escorial

El avistamiento de un tiovivo en el parque escurialense de La Manguilla, lúdica nave espacial posada dulcemente al final de la pradera, es como el efecto mariposa: puede llevar a cualquier parte.

A esa hora de la tarde, a unos metros de los caballitos, sonaban ayer, en directo, canciones españolas de los ochenta y noventa. Algunas fueron en su día letras premonitorias de una realidad que hoy, tanto tiempo después, se muestra más cercana y dramática aún: Espaldas mojadas, de «Tam tam go», y Africanos en Madrid, de «Amistades peligrosas». Con menos gravedad, pero con gran acierto y más transgresión de la aparente, «Un pingüino en tu ascensor» proponía viajes más divertidos: una aventura aérea en Ryanair o un trayecto en tren a Pitis, estación fantasma —hoy no tanto como entonces— camino de la sierra de Guadarrama.

El caso es moverse. Bromas aparte, tal vez la vida sea esto: dar muchas vueltas al ruedo para terminar siempre en el punto de partida. El viaje en tiovivo empieza lento, a lomos de un caballo mecánico que sube y baja mientras desfilan ante nosotros paisajes imprecisos.

El despegue produce cierto vértigo, ligeros mareos, pero la velocidad da confianza y enseguida parece que volamos rumbo a lo desconocido. No es así. Cuando le hemos cogido el gusto al artilugio, una sirena implacable —y menos seductora que las de Ulises en su navegación— anuncia el ocaso de la cabalgada: hay que bajarse sin remedio y dejar paso a nuevos viajeros.

En el tiovivo, posiblemente la más elemental de las atracciones de feria, no hay más trucos que el efecto giratorio y su añadido ecuestre, con subibaja incluido: extraña sensación de desplazamiento continuo que nos traslada a un imaginario destino. Lo peor… o lo mejor, según se mire, es que esta ruleta infantil nos devuelve enseguida a tierra. Hemos volado sin cambiar de sitio.

Cuenta la leyenda que el escritor Álvaro Cunqueiro, maestro de fantasías, consiguió, en la negrura de la primera posguerra, enviar un tiovivo a las fiestas de su Mondoñedo natal. No sería asunto legendario si se supiera a ciencia cierta cómo logró el autor de Merlín e familia que los caballitos fueran de Madrid a Lugo. También se desconoce si abonó cantidad alguna por aquella adquisición. Solo se tiene noticia de que el tiovivo llegó a su destino y cumplió su misión: poner alas a muchos sueños infantiles.

El resto es literatura. Y mejor no darle muchas vueltas porque cuando se acaba la colina y uno se acerca al tiovivo, el cacharro empieza a perder su magia. «Partir es no querer llegar», decía el poeta asturiano Emilio Sola en uno de sus versos*, ahora felizmente reeditados.

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P. S. Estos conciertos, y también las atracciones de feria, formaban parte del espectáculo «Memory Park», dedicado a la música española de los años ochenta y noventa y celebrado los días 29 y 30 de junio en el parque La Manguilla de El Escorial.

**La soledad, los viajes, el mar, la amnistía, un aniversario y varios muertos, 1976.

Los caballitos no faltan en ninguna feria.

El viaje circular y eterno de los caballitos

El Escorial

Estación de El Escorial, inaugurada en 1861.

El viajero, un Buendía cualquiera, recuerda la noche en que su padre le llevó a conocer el tren: aquella locomotora negra y humeante, lenta máquina de vía estrecha.

Hoy, sesenta años después, va de Atocha a El Escorial, destino de reyes y turistas, meca de novios y poetas. Tras la ventanilla, palabras mayores: Chamartín, Ramón y Cajal, Paco de Lucía… San Yago.

En la estación de El Escorial, final de trayecto, ya no huele a chocolate como en tiempos del gallego Matías López, pero llegan aromas de pan hasta el andén. Arriba, en el monasterio, repican las campanas.

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P. S. Esta nota, escrita en el tren (faltaría más), tenía otro destino (nunca mejor dicho) y estaba limitada por un número máximo de caracteres. Antes de mandarla a la papelera, o de ampliarla con pinceladas de color y cursiladas por el estilo, he decidido hacer la foto, tomada hoy a mediodía, y colocarla aquí tal cual. Y no añado más explicaciones porque la aclaración ya casi ocupa más que el original.