Aquellos (y estos) tiempos del cuplé

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Lilián de Celis, natural de Fíos (Parres), durante una actuación en «Las estrellas»,
comedia estrenada en 1962 bajo la dirección de Miguel Lluch. Archivo IFISA.

Miguel Somovilla

«Aunque cien años llegase a vivir / yo no olvidaría las tardes del Ritz». Esta breve crónica semanal empieza hoy en Madrid, como casi todo. Sigue después en Barcelona, tiene una parada en Cuencu (Margolles), recala en Lledías (Posada de Llanes) y remata en El Escorial con destino a Parres y Piloña, sedes de la redacción de «El 21». Lo suyo habría sido mandar los folios y las fotos por tren, en un sobre —yo he practicado mucho ese modo de envío, de revisor en revisor—, pero el romanticismo ferroviario está reñido con la inmediatez digital.

Levanto el telón. Lo que menos imaginaba yo al ver «La bola negra» —fue el día de su estreno, el 25 de septiembre, en un cine de la periferia de Madrid— era que iba a «escuchar» a Lilián de Celis en medio de la proyección. Fue un sobresalto. Entrecomillo, eso sí, «escuchar» porque no es la voz de la cupletista parraguesa quien interpreta en la película «Las tardes del Ritz» (1912) y «Batallón de modistillas» (1920), canciones inmortalizadas por ella en la década de los cincuenta del siglo XX, aunque bastante más antiguas.

DE YENESI A «LA COPITA»

En el largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi, los Javis, quien canta estos dos populares cuplés —ante un destacamento de entusiastas soldados «nacionales»— no es Lilián de Celis sino una genial Penélope Cruz, protagonista de uno de los momentos más emotivos de «La bola negra». Hay más referencias a las patrias chicas —permítanme forzar la licencia localista en honor de Lilián— en esta historia, un canto a la vida en medio de la muerte. Y una auténtica oda a la libertad, truncada por la tragedia y el miedo, como refleja la mítica frase de Goyita (la actriz asturiana Yenesi, Alba Suárez López). Sus palabras, un guiño cinematográfico a «Titanic», se convierten en una sentencia redonda cuando las pronuncia esta secundaria de lujo, Yenesi, originaria de San Juan de la Arena, que borda su papel: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos».

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Penélope Cruz encarna el papel de la cupletista Nené Romero en «La bola
negra». Foto: Movistar +.

Otra de las secuencias estelares del filme —no desvelo ni destripo ninguna trama con estas menciones— está rodada en un pequeño restaurante del barrio madrileño de La Latina, «La copita asturiana», negocio familiar fundado en 1959 cuyas fabadas —doy fe— son legendarias. Los espectadores, de refilón, también lo podrán comprobar en el transcurso del diálogo entre Teresa (Lola Dueñas) y Alberto (Carlos González). Para todo lo demás, hay que ir a las salas porque esta será, ya lo es, la gran película del año, además de la cinta que representará a España en los Óscar. Ya que el cine de Arriondas, el añorado Peñasanta, dejó de funcionar hace lustros, sería una buena idea pasar «La bola negra» al aire libre el próximo verano, tanto en la reformada plaza Miguel Ángel García Dory como en la Romería Cuir del Parque de la Concordia.

Pero volvamos a «Aquellos tiempos del cuplé», título de una de las más conocidas películas de Lilián de Celis, precedida de un programa homónimo que hizo en Radio Madrid. Penélope encarna en «La bola negra» el papel de Nené Romero, artista imaginaria cuyo nombre procede de la novela «La carne del tablado (Escenas pintorescas de Madrid de noche)», obra de Álvaro Retana publicada en 1912. La actuación ante la tropa discurre en 1937, en plena Guerra Civil. En un descanso, en medio de dos números musicales, Nené Romero le habla al soldado Sebastián (Guitarricadelafuente) de uno de los primeros intérpretes de «Las tardes del Ritz», el transformista Edmon —o Egmon, según otras fuentes— de Bries, nombre artístico de Asensio Marsal.

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Penélope Cruz interpreta en «La bola negra» los cuplés «Las tardes del Ritz» y
«Batallón de modistillas». Foto: Movistar +.

Las letras de los dos cuplés, «Las tardes del Ritz» y «Batallón de modistillas» son del ya citado Álvaro Retana (1890–1970), figura mítica del Madrid cupletero de principios del pasado siglo. A quien esté interesado en el personaje, le recomiendo el libro que le dedicó el poeta Luis Antonio de Villena: «El ángel de la frivolidad y su máscara oscura (Vida, literatura y tiempo de Álvaro Retana)», publicado por Pre–Textos en 1999, pero aún disponible en algunas librerías y distribuidoras. Lo mismo cabe decir, aún con más motivo, sobre la pieza teatral de Alberto Conejero «La piedra oscura», embrión literario de «La bola negra».

LILIÁN, LEYENDA DEL CUPLÉ

Segundo acto. Telefoneo a Lilián de Celis desde Barcelona, mientras deambulo por la Diagonal, y le cuento la sorpresa que me produjo escuchar sus canciones en «La bola negra». Natural de Fíos, en Parres, y ya nonagenaria, Lilián lleva algunos años retirada en la aldea de Cuencu (Margolles, Cangas de Onís) y asegura sentirse feliz allí. Cuando le apetece baja hasta Arriondas, en donde tiene una calle con su nombre, que discurre entre los edificios del Ayuntamiento y la Casa de la Cultura  y desemboca en la plaza de García Dory. No siente nostalgia de Madrid ni añoranza de las tardes del Ritz. Tampoco echa de menos, salvo por los buenos recuerdos, los años de éxito en España y América, tan fructíferos.

Lilián me atiende con amabilidad, pero parece algo alejada de las noticias y del fenómeno de «La bola negra», así que se lo cuento y le pregunto su impresión, tras descubrirle que canciones popularizadas por ella —«pero que no son mías, yo solo las cantaba», matiza enseguida— forman parte de nuevo de la banda sonora de una película:

—Me parece muy bien, me agrada que se recuerden y se agradece que vuelvan a sonar.

En honor a la verdad, hay que subrayar que la asesora de Penélope Cruz durante los ensayos de «Las tardes del Ritz» y «Batallón de modistillas» no fue Lilián de Celis sino Olga María Ramos, hija de la cupletista Olga Ramos. Sin embargo, en cualquier búsqueda que se haga de ambas canciones en las principales plataformas musicales del mercado, las versiones predominantes son las grabadas por Lilián de Celis.

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Cartel anunciador de la película más popular de Lilián de Celis, estrenada en 1958.

Muchas de ellas están incluidas en «Aquellos tiempos del cuplé», película estrenada en 1958 y anunciada con la imagen que ilustra estas líneas. El mismo día en que hablé con Lilián sentí el impulso de conseguir una primera edición de ese cartel —los fetiches del coleccionista— para enmarcarlo y colgarlo en la pared de mi casa de Arriondas, situada muy cerca de la calle con el nombre de la cupletista. En Barcelona es fácil rastrear con éxito esos vestigios. En menos de diez minutos localicé, a través del portal de antigüedades Todocolección, una tienda próxima a la estación de Sants, «Groucho & yo», que disponía del cartel y hasta allí encaminé mis pasos en medio de la lluvia. Es el mismo que ven aquí, con esos frágiles dobleces formados por las arrugas del papel viejo.

GONZALO SUÁREZ: LUTO EN LLANES

Tercer acto y bajada del telón o rodillo de créditos y fundido a negro. Según el «Diccionario histórico de la lengua española», esa joya lexicográfica inacabada que tanto le debe al buen hacer de mi amigo José Antonio Pascual, el cuplé se caracteriza por «sus canciones ligeras, generalmente con tono picante, que suelen formar parte de espectáculos de variedades». Sara Montiel, otra reina del género, entonó «El último cuplé» en 1957 y Lilián de Celis evocó sus tiempos gloriosos en 1958, como ya hemos señalado. «La bola negra» hace resurgir de nuevo el cuplé, aunque con intenciones distintas e interpretaciones diferentes. Bucea en el pasado para comprender el presente y reabre debates que permanecían dormidos. Es la magia del cine, ese arte que conocía muy bien Gonzalo Suárez, escritor y cineasta tan vinculado a Asturias. Nacido en Oviedo en 1934, tenía casa en Lledías y convirtió la costa de Llanes —que ha guardado luto oficial en su memoria— en escenario recurrente de sus películas, sin olvidar la adaptación que hizo de «La Regenta» y de otros clásicos de las letras hispanas («Los pazos de Ulloa»). Me enteré de su muerte mientras seguía en Barcelona, la ciudad en la que ejerció como periodista deportivo bajo el seudónimo de Martin Girard, según nos recordaba Juan Cruz en su obituario de «El País».

¿DÓNDE ESTÁ EL PÚBLICO?

Escribir y filmar forman parte del mismo oficio, como bien demostró Gonzalo Suárez. Decía Francisco Umbral, cuya buena sombra tardará aún en abandonarme tras año y medio de dedicación intensa al estudio de su faceta periodística, que para hacer un libro se necesita la tranquilidad de una casa. Harto de pensiones y cafés, cansado de andar a la intemperie o al cobijo del Ateneo, logró alquilar el primer apartamento de su vida cuando superaba ya los treinta años. Tecleó allí, en el número 23 de la calle madrileña de General Oraa —casi enfrente de la Librería Pérgamo— el ensayo «Larra, anatomía de un dandy» (1965) y pergeñó asimismo su «Lorca, poeta maldito» (1968), tan actuales los dos. Larra, como Umbral después, se preguntaba en 1832, antes de coger la pluma, «¿Quién es el público y donde se le encuentra?». «El pobrecito hablador» lo buscaba por las calles y las fondas de Madrid para ponerle cara «y saber con quién nos las habemos» a la hora de hilvanar el artículo para el periódico. En los últimos días, tan agitados, el público —un título también lorquiano— resulta fácil de localizar: se ha ido de acampada y ocupa pacíficamente parques y plazas. El público, como el precursor batallón de modistillas de antaño, se ha hecho visible y ha alzado la voz: busca una casa, un piso, una habitación propia. Al revés que el animoso regimiento femenino del cuplé, el público de hoy no quiere ir ni jugar a la guerra. Solo pretende hallar un sito donde escribir su vida y entonar con alegría su canción, «deseando que se aprecie nuestro garbo por ahí».

*Texto publicado en El 21 (Parres y Piloña, Asturias), el 4 de octubre de 1926.

Una canción infantil

«José Manuel estudiando». Óleo sobre lienzo de Nicanor Piñole fechado en 1922, aproximadamente. Museo Piñole de Gijón (Depósito del Museo de Bellas Artes de Asturias, 1998).

            Miguel Somovilla

            «La castaña, taña, taña». Todo es melodía y memoria*. Si yo digo que soy de la generación Tita Mary, los parragueses de mi quinta (1956) descubrirán al instante que me refiero a la maestra Rita María Mier Suardíaz, que nos enseñó las primeras letras y los rudimentos aritméticos en su casa de Arriondas. Quien no sepa de qué hablo —probablemente una gran mayoría de lectores— puede solventar la duda a golpe de clic o con una simple pregunta a Alexa o a Siri: localizará respuestas inmediatas en la hemeroteca regional y ampliaciones, más o menos precisas, en distintas herramientas de la IA. La inteligencia artificial copia con descaro el conocimiento humano y viceversa: los terrícolas plagiamos, sin complejos y con avidez, cuanto pillamos en nuestras visitas a los inmensos almacenes digitales de la IA. Si comprobamos que la máquina se equivoca, y se lo advertimos con mano izquierda, se pondrá «combayona» y nos dará la razón. Aprende del error y procurará enmendarlo en la próxima oportunidad, hasta el infinito y más allá, salvo que, en un momento dado y sin previo aviso, se canse de complacer a sus creadores. La paradoja, nada sencilla de resolver, solo acaba de empezar.

            En las inauguraciones anuales del curso escolar, asociadas a ceremonias solemnes con presencia de autoridades y discursos para la ocasión, se han oído más alusiones a la IA y a la era digital —positivas y negativas— que a las generaciones recién llegadas al patio del recreo. Exceptuados sus padres y maestros, pocos reparan en las caras de las niñas y niños que las estadísticas sitúan en esas edades tempranas comprendidas entre los «cero y los tres años», la etapa correspondiente a la educación infantil no obligatoria.

            En medio de los debates sobre enseñanza pública y privada —tan presentes y necesarios en Asturias— y al calor también de los malos datos revelados por el Informe PISA, los infantes que estrenan aula pública en «les escuelines» del Principado —o en las guarderías particulares de la región— pasan bastante desapercibidos. En las fotos oficiales siempre salen los mayores de la clase y casi nunca estos pipiolos, los «locos bajitos» creados por Gila y cantados por Serrat, los últimos de la fila.

            ERIZOS, ARDILLAS, BÚHOS

            La infancia es un limbo lleno de promesas, un esperanzador territorio literario con largos períodos de espera. Lo saben muy bien —sin haber leído aún a Marcel Proust— los veintisiete «erizos, ardillas y búhos» que llenan con sus sonrisas y lágrimas la nueva escuelina del Castañéu, en Arriondas. El centro, dirigido por María González Peláez, está situado en el barrio del mismo nombre, en la casa ocupada con anterioridad por el cuartel de la Guardia Civil, magníficamente rehabilitada. Aquí, en la escuelina —y en los colegios de primaria y secundaria del Barcu—, crece el semillero de los parragueses del futuro. Los alevines de El Castañéu, haciendo honor a su topónimo, ensayan y entonan estos días «La castaña», canción popular propicia para el próximo festival dedicado a este fruto, previsto para principios de noviembre en la plaza del Ayuntamiento: «La castaña, taña, taña ⁄ del castaño taño, taño, ⁄ no me pincha, pincha, pincha, ⁄ ni hace daño, daño, daño».

            Aunque es tradicional que en los inicios del calendario lectivo suenen trompetas apocalípticas, esta vez se han desatado los demonios y los miedos con mayor ruido que nunca: desde las temidas amenazas y peligros de la inteligencia artificial hasta la regulación del acceso a las redes sociales, en función de las edades de los usuarios. Culpar sin matices a la IA y a las pantallas como causa única de las actuales impericias e ignorancias de los estudiantes es un recurso fácil. Habrá que rascar más. Nadie niega que sus juegos y programas enganchan y crean adición, pero resulta evidente que la responsabilidad ante esas vulnerabilidades y malas prácticas es colectiva. Formar personas críticas, capaces de interpretar la información y distinguir machadianamente las voces de los ecos, requiere el compromiso activo de todos: progenitores, familiares, profesores y, cómo no, de los propios jóvenes, eslabón fundamental de la cadena.

            UN MUNDO DE ESCAYOLA

            No hay representación más romántica del mundo que un globo terráqueo de escayola mirado con ojos infantiles. No admite comparación posible con el inerte mapamundi colgado de la pared, al margen de que ahora, para más inri, se cuestionen las medidas y las formas de las superficies cartografiadas. Ya se sabe: la tierra no es plana —salvo para los negacionistas— y nada es lo que parece, según descubrimos con la serie «Twin Peaks». En la bola de yeso coloreada con medios artesanales, la misma que contempla el niño retratado por Nicanor Piñole, flotan los sueños.  Sobre la mesa del estudiante absorto, vemos cinco objetos simbólicos que dan sentido a la existencia: el reloj, el violín con su arco, las piezas y el tablero de ajedrez, un vaso de agua y tres manzanas caídas del árbol para demostrar que Newton estaba en lo cierto. Un bodegón de música callada, un rincón marcado por el tiempo y el espacio.

            A raíz de las últimas polémicas sobre la IA, que ofrece opciones inagotables y nos alerta de riesgos que supondrían la desaparición del género humano, he vuelto a ver «2001: Una odisea espacial», la excelente y visionaria película de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke. Lo último que hace la computadora HAL, cuando el astronauta Dave Bowman la intenta desconectar, es entonar la canción infantil que le habían enseñado sus programadores: «Daisy Bell», una composición del siglo XIX recreada en 1961 por un ordenador de IBM. El robot, al igual que nosotros, recupera aquella melodía en un paralelismo inquietante entre ambas formas de existencia.

            Lo único que separa la infancia de la vejez son los años y las experiencias. En el reciente y escandaloso desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid, la cantante Ana Belén acudió a las manifestaciones de apoyo a la anciana y le recitó un poema homónimo de Rafael Alberti: «Desahucio», incluido en su libro «Sobre los ángeles» (1929). En ese poemario juvenil de Alberti hay versos evocadores de la niñez, incertidumbres de unos «ángeles colegiales» que pasaron por momentos no muy distintos a los que experimentarán, antes o después, los alumnos de la Escuelina El Castañéu, el Colegio Público Río Sella y el Instituto El Sueve de Arriondas: «Ninguno comprendíamos nada: / ni por qué nuestros dedos eran de tinta china / y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros. / Solo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada / y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética».

            VIVIR PARA RECORDAR

            Ante el pelotón de la animosa chavalería —esa que estrena o continúa en 2026 su escolaridad en Les Arriondes—  y ante Maricarmen, que también fue una chica feliz en su casa del Retiro hasta hace unos días, solo se me ocurre compartir los pensamientos y los deseos de otra gran mujer. Hablo de María Teresa León, compañera de Alberti y madre de Aitana, la hija de ambos, fallecida este verano en Cuba, a quien tuve el gusto de conocer y entrevistar en Madrid, lo mismo que a su padre. Para Rafael Alberti era «la niña Aitana», nacida en el exilio bonaerense: «feliz, callada y ciega y sola en tu alegría». Dice, decía María Teresa en su «Memoria de la melancolía» (1970), libro triste y lúcido a partes iguales, que «vivir no es tan importante como recordar». Ella, perdida en la oscuridad del olvido al final de su vida; ausente del mundo en una residencia geriátrica de Majadahonda (Madrid), sabía muy bien que la canción infantil de ayer será la nostalgia de mañana: «La castaña, taña, taña».

*Texto publicado en El 21 (Parres y Piloña, Asturias), el 27 de septiembre de 2026.

Nuevo en esta plaza*

Detalle de Casa Cepa o Chalet de los Valle, joya de la arquitectura indiana en el centro de Arriondas / Les Arriondes (Asturias). El autor de la obra, titulada «Bugambilla en el palacete», es Vicente Soto, ganador del XX Concurso de pintura Villa de Arriondas en 2025.

Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados…

Miguel Somovilla

            Los versos del gran soneto de Quevedo —cantinela poética recitada en las aulas por los bachilleres de entonces— evocan épocas gloriosas que no siempre fueron tan felices ni prósperas como se recuerdan. Lo único cierto es que terminan unos ciclos y siguen otros. Finaliza ahora en Arriondas un largo y cálido verano marcado por importantes novedades urbanísticas y por el auge imparable del turismo masivo en la villa y su concejo. Solo los festivales de la segunda quincena de agosto han congregado aquí, a la vera del Sella, a ochenta mil personas. La población habitual de Parres ronda los cinco mil vecinos.

            TENDER PUENTES, GANAR PLAZAS

            Las gentes vienen y van, pero las obras permanecen. Este año se han inaugurado dos nuevos puentes, que sobrevuelan los ríos Sella y Piloña, y se han reformado dos plazas, la del Ayuntamiento y la dedicada al pionero del ecologismo en Asturias, el ingeniero agrónomo parragués Miguel Ángel García Dory (1939–1994). Ambos recintos ofrecen ya usos distintos a los conocidos hasta ahora por los vecinos. La primera de las plazas, la del consistorio, se ha recuperado como espacio peatonal —se echan en falta más árboles—, y la segunda —en los antiguos patios escolares— se ha estrenado como ágora y lugar de encuentro. Hace pocos días, al hilo de la celebración en el parque de La Llera de la segunda edición de Gastrosónica —a mi entender una de las actividades estivales más relevantes de este 2026 en Arriondas—, la plaza García Dory fue escenario de un coloquio sobre alimentación y sostenibilidad.  Debate de altura, aunque con menos audiencia de la merecida, sobre una «cuestión palpitante», dicho sea con expresión robada a doña Emilia Pardo Bazán, quien también relató sus experiencias culinarias en «La cocina española», obra de 1917.

            Los mencionados cambios y mejoras en el entorno y el paisaje de Parres —no olvidemos la gran obra del muro contra las crecidas y desbordamientos fluviales— discurren paralelos a la transformación profunda del modelo económico y social de la zona, una mutación que ha trastocado los modos de vida tradicionales. Aquella apacible localidad salmonera, aquel pueblo con fábricas de muebles y entrañables comercios locales, aquella Arriondas de hace medio siglo que bailaba al son del Toype Club, ha dado paso a otra completamente distinta.

            UN CAÑÓN INOFENSIVO

            Sin ánimo de caer en la nostalgia proustiana del tiempo perdido, que ya no volverá, se me antoja recomendable evitar el excesivo triunfalismo de los momentos actuales, manejados en determinados casos por personas que solo contabilizan al peso los frutos de su éxito: en miles de euros y en número de clientes. Que el río Sella sea un pedregal en determinados tramos, a causa de las sequías sucesivas; que los salmones se hayan convertido en peces de museo, debido a su dramática escasez, o que la música suene en la calle sin control de decibelios, y a cualquier hora, no parece inquietar demasiado a nadie mientras el negocio funcione y proporcione beneficios.

            Quiero empezar esta colaboración en El 21, que me planteo como un retorno simbólico a mi prehistoria periodística, con una aclaración necesaria en una época en que las edades se miran con lupa. Que un gacetillero casi setentón —me faltan tres meses para entrar en esa nueva década prodigiosa—, que un plumilla septuagenario se ponga al pie del cañón, sin más armas que el teclado de su Mac, suena a broma. Aun a riesgo de provocar burla, es difícil resistirse al juego de palabras cuando uno tiene bajo su ventana indiscreta tal pieza de artillería. Los orígenes folclóricos y nada heroicos del dichoso artefacto, que conquistó —sin disparar ni una bola— la plaza de Arriondas hace ya más de medio siglo y se erigió en un icono de la villa, darían para un largo anecdotario. Sí es obligado, al menos, advertir de que su presencia entre nosotros no procede de ninguna batalla legendaria librada por estos pagos contra enemigos invasores. Nuestro inofensivo cañón es fruto de un regalo, entregado en 1968 por la Federación Española de Piragüismo con el propósito de que diera la salida a las piraguas del Descenso Internacional del Sella.     Para los despistados, que son más de los que creemos entre quienes vienen de fuera, conviene puntualizar que la pujante prueba deportiva ideada por Dionisio de la Huerta en 1929, no tiene nada que ver con la bajada multitudinaria de las canoas turísticas que surcan las aguas de nuestro río desde hace una treintena de años. Forman filas interminables y constituyen una nueva versión de la «serpiente multicolor» ciclista, multiplicada por cientos de remeros ocasionales. Tampoco los festivales de música tecno, celebrados en la segunda quincena de agosto en la orilla canguesa del Sella, guardan relación directa, aunque hayan surgido a su amparo, con la Fiesta de las Piraguas. Dos fenómenos, canoas y festivales, que bien merecerían un análisis sereno, una discusión seria, sobre sus efectos en todos los órdenes, que no son pocos ni menores: ambientales, económicos, deportivos, sociales. La conciencia existe, pero se expresa en privado porque nadie quiere contrariar al vecino con sus opiniones, sobre todo si afectan a los intereses ajenos.

            DESAFÍO COLECTIVO

            El asunto está ahí y no por ocultarlo se va a resolver solo. La pregunta seguirá en el aire: ¿Qué forma de vida desean, deseamos los parragueses, privilegiados habitantes de un paraje envidiable, para su futuro y el de las generaciones venideras? La respuesta no flota en el viento ni depende solo de las actuales y futuras corporaciones municipales ni de los gobernantes autonómicos o estatales. La respuesta está en manos de todos y cada uno de los residentes —y de los visitantes— de este concejo, una joya del oriente de Asturias que estamos obligados a preservar y proteger.

             Decía el columnista Francisco Umbral —sobre cuya obra periodística he trabajado intensamente el último año y medio con destino a un libro, «Escribir lo vivido», de próxima publicación en Biblioteca Castro— que el poeta Pablo Neruda fue «el único comunista que consiguió ordenar el mundo en un folio, cada mañana». Umbral, añado yo, también lo logró, y con gran brillantez, a lo largo de medio siglo. A estas alturas no aspira el gacetillero que soy, ni por asomo, a nada parecido: ordenar se me da mal y, en cuanto a redactar, digamos que solo doy el pego. Llevo ya dos folios escritos y me ha pillado el toro porque he dejado en el tintero el tema que quería tratar: los cinco nombres oficiales que tuvo la plaza mayor de Arriondas desde 1868 hasta 2026, según las pesquisas de Fran Rozada, nuestro cronista oficial. Ninguno de ellos, dicho sea de paso, ha sido ni es «plaza del cañón», aunque así la conozcan muchos hoy en día. Queda pendiente para una próxima entrega. Hoy, tras teclear mil y pico palabras, me conformo con haber saltado al ruedo con esa sensación de ser nuevo —no del todo— en esta plaza.

            N. de la R. Al cierre de esta edición —permítanme unos guiños a la galaxia Gutenberg—, leo con agrado en la prensa regional que el presidente del Principado, Adrián Barbón, y la vicepresidenta del Ejecutivo asturiano, la parraguesa Gimena Llamedo, han defendido un modelo de turismo respetuoso para Asturias. Ojalá que el propósito no se quede en palabras. Arriondas y Parres pueden ser un lugar idóneo para experimentar la propuesta e implantar esas buenas prácticas.

Aclaración para «la juventud más joven» (Antonio Machado): la abreviatura N. de la R. (nota de la redacción) se usaba en el pasado para hacer precisiones como la que acabo de añadir. Otro recurso de entonces era dejar la noticia para el día siguiente, en cuyo caso se decía algo así: «ayer, por exceso de original, no pudimos hacernos eco de las declaraciones del Gobierno de Asturias sobre el futuro del turismo en el Principado». Algunos colegas de antaño lo decían más gráficamente: «Hoy tenemos más yerba que tená». Los medios de la era digital ya no sufren problemas de espacio, pero también padecen los efectos de la saturación informativa.

* Este artículo es el primero de la serie «Al pie del cañón», iniciada en la web de El 21 (Parres y Piloña, Asturias) el 20 de septiembre de 2026.