Veletas de enamorar

Veledas de namorar, / quén as vende, quén as merca? / Na feira do seu noivado / o cuco soña de seda.

Álvaro Cunqueiro, Cantiga nova que se chama riveira, 1933

«Gaceta Ilustrada», 12 de enero de 1969. Entrevista de María Dolores Serrano. Fotos de Julio Ubiña.

«Gaceta Ilustrada», 12 de enero de 1969. 

Iba a escribir hoy algo más sobre Cunqueiro y las hemerotecas —aquí dejo dos páginas de Gaceta Ilustrada—, pero acabo de caer en la cuenta de que hilvano esta nota en el edulcorado y mercantil Día de San Valentín, patrono oficial de los enamorados. Admitida la evidencia, he dado marcha atrás (maldita deformación profesional) para colocar unos versos del joven Álvaro en el pórtico de mis apuntes: ¿quién vende o compra veletas de enamorar? ¿Cómo son los amores boscosos del cuco, el pájaro y fetiche cunqueiriano por excelencia?

El amor romántico y pasional estuvo muy presente en la vida y en la obra de Álvaro Cunqueiro, especialmente en sus poemarios. Y no hace mucho, apenas una semana, el periodista Fernando Ramos nos ha descubierto en Faro de Vigo la existencia de unas cartas dirigidas por Cunqueiro, in illo tempore, a una moza argentina: Emma Gómez. Apasionadas misivas de un veinteañero en ciernes que permanecieron hasta ahora en el limbo, dentro de una caja hallada en Buenos Aires. Restos del naufragio de un amor epistolar iniciado en Mondoñedo y que hoy, tras la pertinente donación, se custodian, junto con otros materiales biográficos en la Fundación Penzol de Vigo.

MORIR DE PENA Y NADA

En la obra periodística de Cunqueiro, también en algunas entrevistas, el autor de Merlín e familia recuerda varias veces unos amores probablemente anteriores a los recién localizados en Buenos Aires. El 23 de octubre de 1962, en Faro de Vigo, Cunqueiro rememoraba así aquellas primeras ensoñaciones adolescentes:

«Me viene una memoria melancólica, que los primeros versos que yo hice —doloridos cantos de amor, esos poemas tristes y desesperados que solamente escribe uno cuando mozo y puede permitirse el lujo de aspirar a morir de pena y nada—, que eran para una niña rubia de Palas de Rey. No me he atrevido a preguntar si vivía. No he osado pronunciar su nombre. Cuando subo al coche miro para ventanas, balcones y galerías, buscando los ojos azules que no están. Que hasta está bien que no estén, por el derecho a seguir soñando».

Gran admirador de los trovadores galaicoportugueses, traductor al gallego de poetas de distintas épocas y lugares, poeta él mismo por encima de todos sus demás oficios literarios, Cunqueiro fue dejando aquí y allá rastros de sus sentimientos y de sus deseos. Entre los doscientos artículos que he seleccionado para mi antología periodística Al Pasar de los años, que aparecerá la semana próxima en la Biblioteca Castro, hay numerosas muestras de esa inquietud amorosa. Pienso ahora en un cuento de la revista Vértice, que he recuperado para cerrar el capítulo del libro dedicado al mar: «El Almirante», publicado en 1939. El almirante fue en su día, según el relato, un rapaz llamado Migueliño, de quien estaba secretamente enamorada Rosiña, una vecina suya:

Su vocación era patente: Migueliño sería marinero. Lo decía toda la aldea. Desde una ventanita verde lo soñaba Rosiña, que era pecosa y silenciosa y tenía diez años del color de las manzanas.

«El Almirante», cuento de Álvaro Cunqueiro publicado en «Vértice» en 1939.

«El Almirante», cuento publicado en «Vértice» en 1939.

Decía antes que mi idea era escribir hoy sobre hemerotecas consultadas y, más concretamente, de colecciones reconstruidas. De cómo fui adquiriendo, en los más diversos sitios, tomos encuadernados con primor y recortes amarillentos cubiertos por el polvo del olvido: fragmentos dispersos del periodismo de don Álvaro con los que he ido conformando una cunqueiroteca humilde y acogedora, morna como un fuego que conserva los rescoldos. Ya habrá otra ocasión para hablar de ello. Hoy, mejor que relatar esos viajes por el tiempo, por el ir y venir de anticuarios y librerías de lance en la Red, parece más oportuno refrescar alguna de esas frases solemnes a las que Cunqueiro era tan propenso. El amor, a fin de cuentas, es algo demasiado serio para dejarlo en manos de san Valentín y El Corte Inglés. Porque…

«… el más cansado y gastado de los hombres enciende en algún instante de su vida vencida la memoria y recuerda un amor o un amigo. En toda memoria va implícita una lealtad; la nostalgia lo es siempre de la Edad de Oro. En la medida en que el hombre recuerda y ame ser recordado, es súbdito de la esperanza y no podrá huirse».

Lo dijo en La Voz de Galicia del 24 de marzo de 1957. Y sigue siendo igual de cierto, igual de inquietante que entonces.

 

 

 

La gaveta de Cunqueiro

Gaveta de la BNE

Fichas mecanografiadas de las obras de Cunqueiro en la Biblioteca Nacional de España.

Hace una semana tecleaba yo por estos lares electrónicos, con ínfulas de periodista transmedia, sobre las relaciones de Álvaro Cunqueiro con la máquina de escribir Smith Premier número 10. En un torpe e ingenuo intento de lanzar una suerte de teaser publicitario —el anticipo, adelanto o señuelo de toda la vida—, quise anunciar, Smith Premier mediante, la próxima aparición de mi antología de don Álvaro en castellano, dentro de la Biblioteca Castro: Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981).

Continúo ahora con el mismo propósito.

Desde hoy y hasta entonces, a falta de once días para ese alumbramiento literario (20 de febrero), quiero ir compartiendo aquí ciertos detalles del proceso de búsqueda y selección emprendido hace dos años. Serán solo anacos, trozos y fragmentos del trayecto recorrido para llegar al destino feliz de cualquier obra: el escaparate o el estante de la librería. También se puede aplicar el cuento a la sección de ventas de una web, que los actuales caminos librescos son diversos y llenos de bifurcaciones y cestas o carritos virtuales. Cunqueiro, asombrado ya en su tiempo por el vértigo de los avances tecnológicos, no daría crédito ante el frenesí de ofertas y canales que nos rodean, pero ese es otro cantar.

DOS AÑOS DE ANDADURA

Dejo las digresiones antes de que sea tarde, pido perdón por los meandros y recupero el hilo. Aunque mi interés por el autor de Merlín e familia es antiguo, mi acercamiento al periodismo cunqueiriano adquirió nuevas dimensiones y perspectivas hace algo más de una década, cuando inicié una tesis doctoral fallida a causa de distintos compromisos profesionales. En 2018, liberado ya de esas ataduras laborales, recuperé el impulso y pude dedicarme casi en cuerpo y alma a la apasionante tarea de reconstruir —solo en parte, claro está— la andadura del Cunqueiro articulista, que se remonta a 1930 y culmina con su muerte en 1981. El resultado, como indicaba anteriormente, estará pronto en las librerías: Alvaro Cunqueiro. Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981), obra editada por la Biblioteca Castro que reúne doscientos artículos, sesenta y ocho de ellos inéditos, distribuidos en diez capítulos temáticos.

Gavetas de un archivador de la Biblioteca Nacional de España.

Archivador de la Biblioteca Nacional de España.

Gaveta dedicada a Álvaro Cunqueiro. Detalle.

Gaveta dedicada a Álvaro Cunqueiro. Detalle.

De Cunqueiro se ha publicado hasta ahora una veintena larga de antologías periodísticas, tanto en gallego como en castellano. Empezó la tarea el propio autor, con una selección de su columna «El envés», en la editorial barcelonesa Táber, allá por 1969, y la continuaron después, en las dos lenguas usadas habitualmente por don Álvaro, cunqueirólogos tan ilustres como César Antonio Molina, Xesús González Gómez, Montse Mera, Luis Alonso Girgado, María García Liñeira, Iago Castro Buerger… y unos cuantos y cuantas más, que la cofradía tiene una nómina numerosa y distinguida. La lista es tan considerable que, aún a riesgo de injustos olvidos, he dedicado en mi escolma nada menos que siete páginas a la bibliografía esencial sobre el particular.

Todas esas antologías precedentes me han servido de ayuda inestimable en mi peregrinaje, pero mi propósito —creo que cumplido— era, por un lado, rescatar algunos textos inéditos hasta ahora en libro y, por otro, acudir siempre a las fuentes primarias, a los originales publicados en su día en los respectivos medios. De todos ellos he hecho transcripciones y ediciones nuevas y, en algunos casos —matizo que esta no es una edición crítica— distintas anotaciones complementarias o aclaratorias.

Lector del microfilmes de la Biblioteca Nacional de España.

Lector de microfilmes de la Biblioteca Nacional de España.

La tarea me ha obligado a pasar bastantes horas en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España (BNE), en donde, a día de hoy, coexisten colecciones de periódicos en formatos aún muy dispares: en papel, microfilmados y digitalizados. He lidiado con todos ellos y conservaré para siempre en mi memoria el sonido trepidante del rollo del microfilm, las vueltas de esas bobinas misteriosas entregadas en unas pulcras cajitas verdes, etiquetadas con primor. Para un torpe de las manualidades como yo, y pese a la diligencia y ayuda del personal que atiende la sala, manejar las dichosas microfichas supone todo un reto. Cada vez que conseguía enhebrar bien el celuloide, y ver en la pantalla esos negativos en donde te dejas las pestañas, respiraba con cierto alivio por la proeza. Si, además de la parte mecánica, había suerte en la búsqueda y las máquinas fotocopiadoras respondían adecuadamente, mel sobre filloas, como suele decir mi amigo Armando Requeixo. Eso sí, siempre iba provisto de una lupa, no como atrezzo o fetiche cunqueiriano —don Álvaro las usaba mucho para leer la letra pequeña al final de su vida—, sino porque la mala vista es una de mis limitaciones congénitas.

LAS GAVETAS

Antes de llegar a la planta de la hemeroteca, dos pisos más abajo, el investigador se topa con unos antiguos archivadores de madera en cuyo interior dormitan referencias librescas anotadas con mimo, a mano y a máquina, por anónimos bibliotecarios. Las diferentes gavetas, esos cajones deslizantes tan largos que parecen una galería minera, están rotuladas con la palabra o el nombre que les ha correspondido por el azar del orden alfabético. Para mi regocijo y deleite —puestos a confesar pasiones, hagámoslo con finura— fue un placer descubrir —años ha, pero ahí sigue— el cajón denominado «Cunqueiro», con un interior repleto de notas sobre las obras de don Álvaro. Me he parado muchas veces delante de él y lo he abierto con curiosidad y nostalgia.

Otro día escribiré aquí de las consultas de los tomos en papel, colecciones de cabeceras que no han tenido el privilegio de ser copiadas en algún soporte físico o electrónico y que duermen en el olvido hasta que algún consultante las despierta del letargo.

HEMEROTECAS

El paciente personal de la hemeroteca de la BNE, que atiende con la mejor disposición a los bichos raros que acudimos allí, figura entre los muchos agradecimientos incluidos en la introducción de mi antología.

No ha sido la BNE mi única fuente hemerográfica, pero sí recordaré siempre con agrado los días pasados allí, iPad en mano, incluidos mis desplazamientos a la cantina y a las máquinas de café. En las bibliotecas, para no perderse entre el oleaje del papel, conviene moverse siempre con prudencia y con los ojos atentos del vigía: «No mar hai que estar sempre como en visita», escribió Cunqueiro al final de Si Sinbad volvese ás illas, la obra que ilustra el inicio y el remate de estas líneas.

Seguimos navegando.

Primeras ediciones, en gallego (1961) y castellano (1962) del Sinbad de Cunqueiro.

Primeras ediciones, en gallego (1961) y castellano (1962) del Sinbad de Cunqueiro.

Smith Premier número 10

Smith Premier número 10

Detalle del doble teclado de la Smith Premier número 10.

Con una máquina de escribir como esta, la Smith Premier 10 de doble teclado, hilvanó Álvaro Cunqueiro (1911-1981) gran parte de su obra literaria, en la soledad del Mondoñedo natal. De aquí salieron, en la segunda mitad del siglo XX, obras tan singulares como Merlín e familia, As crónicas do sochantre, O incerto señor don Hamlet… y cientos de artículos periodísticos.

El padre de Álvaro, el boticario Joaquín Cunqueiro, había comprado la vieja Smith el 1 de agosto de 1916. La máquina, de fabricación estadounidense, resistió sin tregua hasta comienzos de los años sesenta. Hoy se puede ver (el modelo de la foto es uno similar, no la pieza auténtica) en la casa museo Álvaro Cunqueiro de Mondoñedo (Lugo).

La imagen de la Smith, cuyo sonido casi era tan familiar en aquel tiempo como las legendarias campanas de la catedral mindoniense, es el pórtico de una serie de comentarios que publicaremos durante las próximas semanas. Un anticipo a la edición de mi antología Al pasar de los años, que aparecerá a finales de febrero en la Biblioteca Castro.

Escobilla limpiadora de la máquina Smith Premier.

Escobilla limpiadora de la máquina Smith Premier.

 

Juan Cueto, profeta en su tierra

Una visión heterodoxa de Asturias

Una visión heterodoxa de Asturias

Veo que los primeros titulares y necrológicas sobre Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942 – Madrid, 2019) destacan que era un gran «comunicador» y «comunicólogo». No digo que no lo fuera, pero estas etiquetas profesionales, hacia las que yo —mea culpa— tengo ciertas prevenciones y prejuicios, no le hacen justicia. Ante todo, fue un excelente escritor de periódicos, un gran columnista. Y un visionario, un analista de la realidad capaz de anticipar tendencias y cambios, sobre todo en el movedizo campo audiovisual y tecnológico. Se ocupó de más asuntos —efímero profesor de filosofía en la facultad de Gustavo Bueno, cinéfilo convicto y confeso— y supo poner en práctica sus teorías, algo inusual en el gremio de los pensadores, al frente de Canal + y otras empresas del ramo. Un profeta laico y brillante que ejerció su papel dentro y fuera de su patria querida, desmitificada desde la heterodoxia que siempre practicó.

DEVOTO DE CUNQUEIRO

Hace ya casi una década que hablé por última vez con Juan Cueto, fallecido hoy en Madrid según cuenta en El País, con detalle y cariño, su amigo y colega Juan Cruz. Fue aquella —finales de 2009— una breve conversación telefónica para una cita posterior  relacionada con Álvaro Cunqueiro, escritor gallego por el que yo empecé a interesarme tardíamente y del que Cueto —como José Doval, otro desaparecido prematuro— era un admirador entusiasta.

Homenaje a Cunqueiro en «Los Cuadernos del Norte»

Homenaje a Cunqueiro en «Los Cuadernos del Norte»

No solo le dedicó páginas en Los Cuadernos del Norte, la gran revista cultural fundada por él en 1980 y auspiciada por la Caja de Ahorros de Asturias en la etapa de Evaristo Arce —otro gran periodista— ; no solo, decía, fue generoso con Cunqueiro en los últimos años de vida del autor de Merlín e familia, sino que, ya fallecido don Álvaro, le hizo destinatario de un excelente artículo, «Mondoñedo no existe», aparecido el 27 de febrero de 1982 en El País, texto distinguido después con el Premio César González Ruano de periodismo.

CON ENZENSBERGER

Lamentablemente, aquella cita con Cueto, que iba a ser en su casa de Gijón, no se llegó a producir. Juan empezaba a andar mal de salud y no pudimos vernos. En esa época ya no vivía en Villa Ketty, aquel chalet muy próximo al río Piles al que yo había llevado años atrás, en la primavera de 1985, al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, que recorría entonces la península para una serie de artículos publicados ese mismo otoño en El País; unas crónicas premonitorias reunidas después en libro bajo el título Cristales rotos de España.

Yo era entonces corresponsal de El País en Oviedo y recibí el encargo de mostrar Asturias a Enzensberger, tarea que incluía elegir personas con las que pudiera hablar de la situación del Principado. El recorrido fue variopinto: visitamos —en compañía de Pedro Alberto Marcos— un economato de HUNOSA en El Entrego y el bar de la División Azul en Oviedo; comimos cebollas rellenas y bebimos sidra. Enzensberger habló con Pedro de Silva, entonces presidente de Asturias, y también con Juan Cueto. La conversación entre ambos fue tan larga y apasionada —Cueto narraba y contaba muy bien— que casi se hizo de noche y estábamos medio a oscuras en aquel caserón un tanto desangelado, pese a su encanto.

—No nos ha encendido la luz ni nos ha ofrecido un café, pero sus análisis y su visión de España son muy brillantes, deslumbrantes, me dijo a la salida Enzensberger, que hablaba muy bien español.

Parte de esa charla en Villa Ketty salió en una de las entregas de El País y yo recordaré el encuentro como un privilegio en el que participé de oyente y de guía.

Una guía, precisamente, la Guía secreta de Asturias aparecida en 1975, fue mi primer acercamiento a Juan Cueto, a quien conocí en la revista Asturias Semanal, la misma en la que había leído antes sus agudas y novedosas críticas televisivas. Pese al tiempo transcurrido sigue siendo un excelente manual para perderse por casa, según reza en la entrañable dedicatoria que me hizo entonces y que reproduzco al inicio de estas notas.

APOYO A RTVE

Más recientemente, aunque sea ya también tiempo lejano, agradecí su apoyo público a la difícil e ilusionante etapa renovadora iniciada en Radio Televisión Española en 2004, en la época de Carmen Caffarel como directora general, previa a la gran transformación acometida después por Luis Fernández. Cueto, un crítico lúcido y poco complaciente, escribió algún artículo muy elogioso con los nuevos informativos, dirigidos por Fran Llorente. También nos recibió en Oviedo muy calurosamente —yo era en aquel tiempo director de Comunicación de RTVE—, con motivo de unas jornadas sobre la jungla audiovisual, territorio que conocía (y exploraba) muy bien.

Desde Asturias —primero en Oviedo, luego en Gijón—, este lejano pariente de Clarín supo contemplar el mundo, lo señalaba al principio, con la curiosidad escéptica y prudente de los profetas y los visionarios: su bola de cristal era una tele de tubo. El verbo divino y provocador de Juan Cueto nos había abandonado hace ya algún tiempo, pero, aún así, entristece profundamente certificar que hoy se ha producido el adiós irremediable. El sepelio tendrá lugar este martes, 15 de enero, en el Tanatorio El Salvador de Oviedo, a las 18:30 h. Descanse en paz.

 

Árboles mutantes

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Árboles desnudos, pura y esquelética rama pelada que clama al cielo sin fe ni esperanza.

Árboles con hojas doradas y otoñales, pendientes del último suspiro, casi sin aliento. Y árboles al margen del tiempo, pinos de hoja perenne que miran por encima a sus congéneres con aire de superioridad y cierta altanería de clase dominante. Siempre verdes.

Tres eran tres. En el jardín más humilde, como este de la Casita del Principe en El Escorial, conviven árboles de toda condición y tamaño, atentos al sol y a la lluvia, a las temperaturas y a las estaciones. Vegetales silenciosos y mutantes, cada uno a su manera.

Cualquier poeta que se precie —no me refiero a mí, claro está, que no hilvano versos y ni siquiera soy escritor de oficio— ha cantado a los árboles y sus derivaciones: hojas, troncos, savia, flores, raíces. Del olmo seco machadiano a la arboleda perdida de Alberti y las verdes ramas de Lorca: la poesía es un bosque animado, en rima permanente.

La poeta chilena Gabriela Mistral fue incluso más lejos y dedicó todo un «Himno al árbol», poema de «Casi escolares» incluido en «Ternura», libro de 1923. Hoy suena algo grandilocuente, pero admitamos que para versificar un árbol —perdón por el chiste fácil— hay que ponerse a su altura y mirarlo de arriba a abajo varias veces:

Árbol hermano, que clavado / por garfios pardos en el suelo, / la clara frente has elevado / en una intensa sed de cielo…

De los árboles caídos y de los que acaban convertidos en leña para el fuego hablaremos otro día, antes de que alguna de estas expresiones sea considerada políticamente incorrecta o cruel con la naturaleza. Antes de que las palabras, las divinas palabras, nos impidan ver el bosque.

La caja verde del «Asturias»

Dedicado a Juan Nicieza y Carlos Lomas, que ejercieron el noble oficio de correctores en el Asturias, antes de entregarse en cuerpo y alma a la enseñanza. Y, sobre todo, a los ausentes, inolvidables compañeros de viaje en aquella aventura periodística.

Primer número del periódico, fechado el 5.12.1978

Primer número del periódico, fechado el 5.12.1978

Del periódico Asturias, nacido el cinco de diciembre de 1978 —hace hoy cuarenta años— he escrito aquí al menos en un par de ocasiones y no creo que pueda ni deba decir mucho más que entonces. En mi entorno me advierten con cariño de cierta tendencia mía a actuar como el abuelo de la familia Cebolleta —aquel pelma de las historietas de Manuel Vázquez, siempre dispuesto a contar sus batallas—, aunque, dicho sea entre nosotros, creo que no tengo el vicio de la nostalgia. Uno, ya se sabe, casi nunca se reconoce.

Lo cierto es que llevo todo el día, en medio de quehaceres diversos —y los que me aguardan—, dándole vueltas a la conveniencia de comentar, o no, el aniversario y me he resistido hasta ahora, al filo ya de las ocho de la tarde. Incluso he buscado en las redes sociales, ese caladero inagotable de chismes y remedios, a ver si alguien se había adelantado con el recordatorio y justificar así mi silencio, pero no he visto nada. Ya sin excusa, hilvano estas líneas, dedicadas sobre todo a quienes formaron parte de aquel proyecto ilusionante y que, por desgracia, ya no habitan entre nosotros. Seguro que me olvido* de alguien, por lo que pido disculpas previas y solicito ayuda para subsanar los probables errores. Entre los ausentes vinculados a la redacción inicial figuran Víctor Arrieta, Ramón González, Julio Puente, Celso Alonso Sanjulián, José Antonio Bron, Nacho G. Orejas… además de los miembros del consejo de administración Pedro Piñera y José Manuel Fernández Felgueroso. In memoriam.

El Asturias, impulsado por el infatigable Graciano García y en cierta medida heredero de la memorable Asturias Semanal también creada por él, salió a la calle en la víspera del referéndum constitucional, fecha no elegida al azar y especialmente simbólica, según se explicaba en el primer número. La andadura fue intensa, pero muy corta: después de muchos reveses y dificultades económicas —tampoco olvido el fuego amigo de algunos otros medios y colegas de la época—, el periódico sacó la última edición el 2 de diciembre de 1979 con la publicación en exclusiva del anteproyecto de Estatuto de Autonomía para Asturias. Conseguir aquel dichoso texto —el fotógrafo Víctor Arrieta fue testigo— me costó no sangre, pero sí sudor y lágrimas.

Con dos directores al frente, primero el citado Graciano —que resistió la retirada de la publicidad de UCD, molesta por un reportaje sobre Ibias que yo había publicado: siempre lo recordaré agradecido— y después el entrañable Melchor Fernández Díaz; con dos directores al frente, decía, el Asturias fue producto e imagen y semejanza de una época que ha pasado de la idealización exagerada al entredicho sin más: la Transición. Sin caer en el abuelismo Cebolletao eso espero, sí que empiezo a ser de los pocos de aquella hornada periodística que no ven únicamente engaños, traiciones y trampas sin fin en la vida política de unos años difíciles, los inmediatamente posteriores a la muerte de un dictador cruel y nefasto: el general Francisco Franco. Cierto que hubo muchas concesiones, verdad también que se resolvieron mal asuntos de gran trascendencia —y pagamos aún sus consecuencias—, pero pretender arreglar esos desajustes con las herramientas y las ideas del momento presente, sin perspectiva ni memoria de lo ocurrido y de sus porqués, me parece otro error: un recurso fácil y extemporáneo. Sin aquel posibilismo imperfecto, sin aquella clase política de diversas procedencias y tan desigual en su compromiso, es improbable que se hubieran logrado consensos perdurables en las cuestiones esenciales, esas felizmente plasmadas en la Constitución de 1978, la más resistente de nuestra historia, a pesar de sus defectos y de su evidente necesidad de reforma.

¿Se pudo hacer más y mejor? Probablemente sí. No tengo más remedio que mirarme a mí mismo —esto ya es una variante más peligrosa del abuelismo: Narciso ante el espejo— para intentar comprender y no ser demasiado severo. Vistas desde hoy, cinco de diciembre de 2018, hay numerosas y cruciales decisiones sobre mi vida —personal y profesional— tomadas en aquellos años que, de poder viajar en el tiempo, afrontaría de otro modo. Asumo, como cualquiera, todo mi pasado: conozco bastante bien mis fallos y carencias, mis limitaciones actuales y pretéritas, sin que por eso viva sumido en la tribulación, me flagele cada noche o eche la culpa de mis fracasos a los fantasmas de antaño. Una cosa es la autocrítica, y la revisión del pasado, y otra la alegre condena con la que nos gusta enmendar mágicamente la plana a la historia. El futuro, el individual y el colectivo, no se construye solo mirando hacia atrás, como si todo lo precedente constituyera un fraude y fuera el origen y la causa de nuestras desgracias actuales.

En medio de la fiebre conmemorativa de estos días, que no me produce especiales emociones porque soy consciente de la gravedad del tiempo presente, estaba obligado conmigo mismo a dejar humilde y efímera constancia de aquella singladura periodística, en la que tanto aprendimos: la vida siempre discurre entre la utopía y el desengaño. Mantengo grabado el inquietante silencio inicial reinante en la redacción del polígono de Silvota, cerca de Lugones, antes de su inauguración. Empecé a frecuentarla en cuanto hubo luz, agua y teléfono en el local. Aún no había llegado el grueso de la plantilla, donde, además de los ya citados —y otros más: José Luis López del Valle, por ejemplo, muy curtido en el oficio cuando llegó allí— había una tropa juvenil, feliz e indocumentada de la que formé parte a mis 22 años: «Somo y los palacagüinas de El Paisín», dijo alguien con burlesco humor carbayón semanas antes de la botadura del buque. Pura exageración: ni yo me sentí nunca Carlos Mejía Godoy, entonces muy en boga, ni siquiera conocía a gran parte de mis nuevos compañeros. He de añadir entre ellos (mencionaba al inicio a los anónimos correctores de pruebas) a quienes trabajaban en los talleres, en la administración, en el reparto… a todos los que hacían posible la llegada diaria al quiosco.

Último número del «Asturias», publicado el 2.12.1979.

Último número del «Asturias», publicado el 2.12.1979.

Doce meses después del lanzamiento llegó el cierre, tal como se refleja en las páginas que reproduzco aquí. Fue inevitable. Y no, no hubo reaparición ni segunda oportunidad. Volvió entonces el silencio al edificio y Pedro Pablo Alonso y yo, ambos miembros del comité de empresa, tuvimos que volver varias veces más por las instalaciones porque había que resolver un conflicto laboral con muchos flecos administrativos y sindicales. Cuando pasé por allí algunos años después, el inmueble estaba habitado por unos okupas, que me recibieron con poco cariño apenas vieron el coche en lontananza: hube de salir pitando.

Hace un par de días, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España —lugar que frecuento ahora por otras razones—, pedí la caja microfilmada del Asturias, un estuche verde con toda la historia del periódico dentro. Tuve en su día en mi poder la colección completa encuadernada —donada después a una biblioteca pública de Gijón—, pero ahora he necesitado recurrir a archivos ajenos: bendita sea su existencia. Alguien podrá ver en esa cajina, verde que te quiero verde, algo inerte: la urna en la que reposan los restos, el esqueleto polvoriento de un diario. El depósito final de las cenizas —pienso en La Torre de Suso— siempre resulta problemático, así que esta vez, lejos de imaginarme ante un recipiente funerario, sentí entre las manos, en ese rollo de película en blanco y negro, la calidez prometedora de un semillero: el embrión de muchos éxitos y fracasos llegados después. Lo demás, lo venidero, está por escribir. Y espero que sea aún mejor.

—-

*Como ya suponía, y lamentablemente, la lista de ausentes estaba incompleta. Según me cuenta José Luis López del Valle, a quien agradezco sinceramente la información, también nos dejaron Miguel Rosado, compañero que formó parte de la delegación de Gijón, y tres miembros de la sección de deportes, dirigida con maestría por el propio José Luis antes de ser redactor jefe: José Antonio García (Pepete) y Alfonsín, que se ocupaban si no recuerdo mal del entonces llamado fútbol modesto, y Juan Miguel Fuente (Juanmi), un apasionado del ciclismo.

Sobre Pepete y Alfonsín, un dúo profesional inseparable, escribió Celso Alonso Sanjulián (otro de los ausentes) un emotivo obituario en «La Nueva España» que se puede leer aquí.

Descansen en paz.

La colección completa del «Asturias» puede consultarse en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

La colección completa del «Asturias» está disponible en la Biblioteca Nacional de España.

Deslumbrantes «Luces de bohemia»

Ramón del Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría, hacia 1930. (Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, MECD).

Valle-Inclán en el estudio del pintor Echevarría. Instituto del Patrimonio Cultural de España.

El periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios.

Don Filiberto, redactor de El Popular.

En horas veinticuatro, por una serie de felices coincidencias, he visto este fin de semana dos versiones distintas de Luces de bohemia, muy diferentes entre sí, pero brillantes y emotivas, conmovedoras, en ambos casos.

La asistencia al teatro, una sala en Madrid y otra en San Lorenzo de El Escorial, estuvo precedida de la relectura de este título inaugural de los esperpentos de Ramón María del Valle-Inclán, publicado inicialmente por entregas en la revista España en 1920 y aparecido después, ya como libro, en 1924. La Biblioteca Castro acaba de culminar, en cinco volúmenes, una estupenda edición de las obras completas de Valle, bajo la dirección de Margarita Santos Zas.

El teatro de don Ramón, como el de tantos otros dramaturgos, no siempre pasó de las musas —ni de la imprenta— a las tablas. Luces de bohemia, nunca representada en vida del autor, tuvo un estreno tardío en nuestro país: fue en 1970, por iniciativa de José Tamayo, con el inolvidable José María Rodero en el papel de Max Estrella. Desde entonces han sido muchos y diversos los montajes de esta lacerante tragicomedia.

UN BORBÓN CAZADOR

La versión dirigida por Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero de Madrid, que estará en cartel hasta el 6 de noviembre,  discurre en medio de un sencillo pero efectista juego de espejos sobre el escenario. No hace falta que las lunas sean cóncavas —no lo son— para reflejar las deformaciones y las miserias de aquella España de principios del siglo XX, tan lejana y tan próxima a la nuestra. Sanzol y los excelentes intérpretes que dan nueva vida a Luces de bohemia siguen casi al pie de la letra el crudo y provocador texto valleinclanesco, más allá de un par de leves guiños a la «actualidad»: ese Borbón emérito y cazador de elefantes que pide disculpas por un error que, según promete, no se volverá a repetir.

Puestos a hacer reparos, o más bien interrogantes sobre su necesidad, habría que preguntarse el porqué de alguna licencia más, como ese empeño en caricaturizar a don Dorio de Gadex («jovial como un trasgo, irónico como un ateniense») con rasgos manifiestamente amanerados. La exageración de este punto, inapreciable en el original de Valle, se lleva hasta el equívoco en el final de la séptima escena, cuando el periodista don Filiberto se insinúa con claridad, pero sin éxito, al joven y locuaz modernista. Ninguna de estas situaciones, creo que forzadas, se deduce de la lectura de la obra, así que solo cabe entenderlas como una libre y personal adaptación del director. Sus razones tendrá, aunque no se le alcancen a este humilde y tal vez poco avispado espectador. Conste —vivimos tiempos en que conviene aclarar obviedades— que no hay el menor prejuicio por mi parte hacia esas plumas y exageraciones con las que han decidido adornar a don Dorio, sino extrañeza y cierta perplejidad porque se desvirtúa al personaje.

La música en directo, ejecutada en el piano situado sobre el escenario, y las canciones —también en vivo— intercaladas entre las escenas contribuyen a subrayar la pasión, la rabia, el dolor, la oscuridad… y la esperanza emanadas de una obra que el gran Eduardo Haro Tecglen calificó como la mejor del teatro español de todos los tiempos.

MINISTRA EN ESCENA

Una ventaja de los clásicos es que resisten muy bien el paso del tiempo y se acomodan con naturalidad a los cambios y transgresiones. Las innovaciones de Alfredo Sanzol no son nada frente a las introducidas por Alfonso Zurro en la versión ofrecida por Teatro Clásico de Sevilla, representada el sábado en el el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. Aquí la función empieza por el final, por el entierro de Max Estrella, y luego transcurre con alteraciones diversas del orden sin que el resultado se resienta en exceso. Alfonso Zurro trastoca algunos personajes, entre ellos el del ministro de la Gobernación, don Francisco, quien pasa a ser la ministra Paca sin por eso haber dejado de ser pretendiente, in illo tempore, —como en la versión original— de la hermana de Max Estrella, a quien escribió versos de amor.

Como si resultara imprescindible a estas alturas otorgar la condición de afeminado a algún miembro del elenco, en esta versión del Teatro Clásico de Sevilla ese papel le toca a don Filiberto, el periodista de El Popular, «eterno redactor del perfil triste (…), el hombre lógico y mítico de todas las redacciones»Al igual que en el caso anterior, no se deducen del texto original de Valle signos que apunten hacia un ser como al que vemos en escena, de voz y gesticulación muy afectadas y redichas. Paradójicamente, o no —los rastros de la corrección política son inescrutables— , en los diálogos de esta adaptación sevillana desaparece la palabra marica, empleada por Valle en cuatro o cinco momentos de la obra, unas veces para expresar menosprecio hacia los militantes de Acción Ciudadana y, en otra ocasión, en boca de la madre del niño muerto, a cuyos asesinos llama canallas y maricas con un desgarro que desasosiega por completo a Max Estrella.

Si estas modificaciones semánticas resultan posibles, como si las palabras ofendieran por sí mismas y no importaran las épocas ni los contextos, por qué no atreverse con más: desde las insinuaciones independentistas sobre el preso catalán hasta esa inesperada aparición en escena del propio Valle, que sustituye a Rubén Darío en el Café Colón y se hace selfies con sus admiradores.

Hay, no sé si por simple casualidad, un elemento común en ambas versiones, un efecto destinado a resaltar el ímpetu revolucionario de las calles: el canto de Bella ciao, el himno partisano.

Dicho lo anterior, no quisiera que estas anecdóticas pequeñeces empañaran el buen juicio de conjunto merecido por el montaje del Teatro Clásico de Sevilla. Frente a los espejos del María Guerrero, aquí, en El Escorial, unas sobrias cajas de madera cumplen casi todas las funciones imaginables: desde ataúd y calabozo hasta mesa de taberna o de redacción de periódico. La desnudez de la escena se sustituye con la lectura, muy oportuna, de las acotaciones del texto, que permiten imaginar lugares y rincones: «La taberna de Picalagartos. Lobreguez con un temblor de acetileno».

LECTURA Y REPRESENTACIÓN

Suele asumirse casi como principio inamovible que el teatro solo cobra sentido si se escenifica. Algunas veces, cierto que pocas, no hace falta. El crítico Eduardo Gómez de Baquero (Andrenio), tras leer Luces de bohemia, llegó a esta conclusión y la dio a conocer el 12 de agosto de 1924 en El Sol: «…el diálogo condensa la acción y define los personajes de suerte que llena el libro cumplidamente las exigencias de la lectura y no se echa de menos el complemento corpóreo de la representación, como en las obras propiamente teatrales». Algo muy parecido señalaba, hace pocos días, el periodista Manuel Hidalgo en El Cultural.

De una u otra forma, un siglo después, el último viaje por Madrid de Max Estrella y su fiel escudero don Latino de Hispalis —ambos en compañía de aquella hueste de vivales, cínicos y desheredados— sigue dando mucho que pensar. Nos deslumbra su intensa lucidez porque tal vez hoy, como entonces, «la miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte».

Lo dijo Max a Estrella, «primer poeta de España, una gloria nacional». Murió destemplado en medio de la noche y «con el honor de no ser académico», en aquella patria convertida en «deformación grotesca de la vida europea».