Un vuelo en tiovivo

Pradera del parque de La Manguilla, en El Escorial

El avistamiento de un tiovivo en el parque escurialense de La Manguilla, lúdica nave espacial posada dulcemente al final de la pradera, es como el efecto mariposa: puede llevar a cualquier parte.

A esa hora de la tarde, a unos metros de los caballitos, sonaban ayer, en directo, canciones españolas de los ochenta y noventa. Algunas fueron en su día letras premonitorias de una realidad que hoy, tanto tiempo después, se muestra más cercana y dramática aún: Espaldas mojadas, de «Tam tam go», y Africanos en Madrid, de «Amistades peligrosas». Con menos gravedad, pero con gran acierto y más transgresión de la aparente, «Un pingüino en tu ascensor» proponía viajes más divertidos: una aventura aérea en Ryanair o un trayecto en tren a Pitis, estación fantasma —hoy no tanto como entonces— camino de la sierra de Guadarrama.

El caso es moverse. Bromas aparte, tal vez la vida sea esto: dar muchas vueltas al ruedo para terminar siempre en el punto de partida. El viaje en tiovivo empieza lento, a lomos de un caballo mecánico que sube y baja mientras desfilan ante nosotros paisajes imprecisos.

El despegue produce cierto vértigo, ligeros mareos, pero la velocidad da confianza y enseguida parece que volamos rumbo a lo desconocido. No es así. Cuando le hemos cogido el gusto al artilugio, una sirena implacable —y menos seductora que las de Ulises en su navegación— anuncia el ocaso de la cabalgada: hay que bajarse sin remedio y dejar paso a nuevos viajeros.

En el tiovivo, posiblemente la más elemental de las atracciones de feria, no hay más trucos que el efecto giratorio y su añadido ecuestre, con subibaja incluido: extraña sensación de desplazamiento continuo que nos traslada a un imaginario destino. Lo peor… o lo mejor, según se mire, es que esta ruleta infantil nos devuelve enseguida a tierra. Hemos volado sin cambiar de sitio.

Cuenta la leyenda que el escritor Álvaro Cunqueiro, maestro de fantasías, consiguió, en la negrura de la primera posguerra, enviar un tiovivo a las fiestas de su Mondoñedo natal. No sería asunto legendario si se supiera a ciencia cierta cómo logró el autor de Merlín e familia que los caballitos fueran de Madrid a Lugo. También se desconoce si abonó cantidad alguna por aquella adquisición. Solo se tiene noticia de que el tiovivo llegó a su destino y cumplió su misión: poner alas a muchos sueños infantiles.

El resto es literatura. Y mejor no darle muchas vueltas porque cuando se acaba la colina y uno se acerca al tiovivo, el cacharro empieza a perder su magia. «Partir es no querer llegar», decía el poeta asturiano Emilio Sola en uno de sus versos*, ahora felizmente reeditados.

__

P. S. Estos conciertos, y también las atracciones de feria, formaban parte del espectáculo «Memory Park», dedicado a la música española de los años ochenta y noventa y celebrado los días 29 y 30 de junio en el parque La Manguilla de El Escorial.

**La soledad, los viajes, el mar, la amnistía, un aniversario y varios muertos, 1976.

Los caballitos no faltan en ninguna feria.

El viaje circular y eterno de los caballitos

El Escorial

Estación de El Escorial, inaugurada en 1861.

El viajero, un Buendía cualquiera, recuerda la noche en que su padre le llevó a conocer el tren: aquella locomotora negra y humeante, lenta máquina de vía estrecha.

Hoy, sesenta años después, va de Atocha a El Escorial, destino de reyes y turistas, meca de novios y poetas. Tras la ventanilla, palabras mayores: Chamartín, Ramón y Cajal, Paco de Lucía… San Yago.

En la estación de El Escorial, final de trayecto, ya no huele a chocolate como en tiempos del gallego Matías López, pero llegan aromas de pan hasta el andén. Arriba, en el monasterio, repican las campanas.

______

P. S. Esta nota, escrita en el tren (faltaría más), tenía otro destino (nunca mejor dicho) y estaba limitada por un número máximo de caracteres. Antes de mandarla a la papelera, o de ampliarla con pinceladas de color y cursiladas por el estilo, he decidido hacer la foto, tomada hoy a mediodía, y colocarla aquí tal cual. Y no añado más explicaciones porque la aclaración ya casi ocupa más que el original.

Aquella guerra, este rector

Siempre nos quedan las palabras.

Memoria, ecos y lecciones de una tragedia.

A Asturias, algunas veces para bien, casi todo llega con cierto retraso: también la guerra civil se declaró un día después que en otras zonas de España. En la tarde del 19 de julio de 1936, el periodista Juan Antonio Cabezas (Margolles, Cangas de Onís, 1900 – Madrid, 1993) deambulaba por Oviedo a la espera de noticias sobre la sublevación militar contra el gobierno de la República. Iba por el paseo de los Álamos, después de acudir a la extrañamente desangelada tertulia del café Cervantes, y se preguntaba, como otros muchos, si el coronel Aranda se sumaría al golpe lanzado horas antes por el general Franco. Cabezas hablaba con unos y con otros, pero todo eran incertidumbre y malos presagios:

«Hacia la mitad del paseo encontré a otro amigo: el rector de la Universidad, Leopoldo Alas. Menudo, ágil de movimientos, nervioso y de rápidas reacciones, me recordaba siempre la imagen que me había formado de su padre, Clarín, cuya biografía había escrito el año 1935. (…) Me alegré de encontrar una persona ecuánime con la que poder comentar la embarazosa situación que vivía la capital del Principado. (…) Le acompañé hasta su casa, en la calle Altamirano, número 8, próxima a la Universidad. Nos despedimos hasta el día siguiente y nos deseamos buena suerte. No volveríamos a vernos. Aquella noche fue detenido, y seis meses después sería ejecutado».

MEMORIAS DE UNA GUERRA

Cabezas recuerda este episodio al inicio de uno de los relatos más entrañables, sinceros y conmovedores de cuantos se han publicado sobre la contienda en nuestra región. Una obra casi olvidada  —fue Premio Larra en 1974— en la que recupera con precisión, incluso con algún atisbo de humor y resignación, aquella tragedia a la que sobrevivió —estuvo condenado a pena de muerte— de puro milagro: Asturias, catorce meses de guerra civil.

Cabezas, un asturiano del Sella

Cabezas, un asturiano del Sella

Estos días, tras algunas lecturas sobre el estreno en Oviedo de El rector, obra teatral escrita por el expresidente de Asturias Pedro de Silva y dirigida por Etelvino Vázquez, he vuelto a hojear el libro de Juan Antonio Cabezas. Conservo el ejemplar, algo maltratado por el tiempo y las mudanzas, que él mismo me dedicó una tarde otoñal de 1975 en el Café Gijón. Yo acababa de llegar a estudiar periodismo a Madrid y le conocí primero en la redacción de ABC —en donde escribía una columna municipal— y después en un despacho que ocupaba en la oficina de prensa del Ministerio de Obras Públicas. Ya tenía Juan Antonio muchas horas de vuelo entonces, pero el pluriempleo era aún muy frecuente y necesario en aquella España que encaraba con inquietud el final del franquismo. El dictador agonizaba en un hospital de Madrid y el país entero vivía pendiente de las noticias y los partes médicos.

El capítulo quinto de Asturias, catorce meses de guerra civil comienza con el fusilamiento del rector ovetense, catedrático de Derecho Civil. Está encabezado con una frase mencionada con frecuencia para justificar la ejecución del rector, como si aquella bravuconada diera carta blanca a Aranda para actuar y le librara de cualquier responsabilidad: «Si matan a Leopoldo Alas, quemamos Oviedo».

AMENAZAS Y JUSTIFICACIONES

Juan Antonio Cabezas lo cuenta así: «El Consejo de Asturias y León, que ya planeaba una segunda ofensiva contra Oviedo, tomó la decisión, totalmente negativa, de amenazar. Los días 19 y 20 de febrero de 1937 alguien tuvo la desgraciada iniciativa de montar en los parapetos del cerco de Oviedo una instalación de altavoces, que desde las trincheras empezaron a repetir día y noche : “¡Fascistas!” “¡Si fusiláis a Leopoldo Alas, quemaremos Oviedo!”».

Ni las proclamas conminatorias ni las presiones de todo tipo, llegadas desde la Iglesia hasta de la Universidad, lograron el indulto. El rector cayó bajo las balas de un piquete a las cuatro de la tarde del 20 de febrero de 1937. Cabezas añade en su crónica las probables últimas palabras de Leopoldo Alas, dirigidas a las presas que cumplían condena en la cárcel contigua: «”¡Mujeres que me escucháis al otro lado de esta tapia. Que esta sangre sea la última vertida. Que sirva para aplacar los odios y las venganzas! ¡Viva la libertad!».

Hoy, impulsado por esa recuperación de la memoria del rector ovetense realizada en el Teatro Campoamor, no me he resistido a colocar juntos el libro de Juan Antonio Cabezas y la reciente Obra periodística de Leopoldo Alas Argüelles (1883-1937). Coordinado por Joaquín Ocampo Suárez-Valdés —en colaboración con Sergio Sánchez Collantes y Francisco Galera Carrillo—, este volumen permite reconstruir el pensamiento de Alas a través de sus textos en distintos diarios españoles. Un trabajo encomiable y necesario para iluminar la figura de quien no solo era el hijo de Clarín: brillaba con luz propia.

PRÓLOGO DE JUAN VELARDE

Personalmente, pero es solo mi opinión como lector, le pongo un único reparo a esta cuidada edición: me resulta chocante —¿incoherente?— que la presentación esté firmada por Juan Velarde Fuertes (Salas, 1927), economista y profesor de conocida vinculación falangista durante el franquismo. Ya me sorprendió en su día, cuando la leí por primera vez. La he vuelto a repasar hoy y, por distintos motivos, me parece inapropiada y fuera de lugar, sin quitarle méritos académicos y políticos a su autor, que tiene muchos y muy reconocidos. Velarde, que obviamente condena el fatal destino de Alas —recuerda asimismo el lamentable asesinato de Ramiro de Maeztu a manos de los republicanos— ofrece en su prólogo algunos datos novedosos sobre las gestiones hechas por su padre ante el coronel Aranda para evitar la muerte de Leopoldo Alas. A la hora de las explicaciones sale de nuevo la posible causa del desgraciado fusilamiento, aquel desafío vociferante de los republicanos dispuestos a quemar Oviedo si los nacionales acababan con la vida del rector. Escribe Velarde: «Y Aranda, dirigiéndose a mi padre, añadió: “¡Si no hubieran dicho nada!…” Pero así, con esta amenaza, no tengo más remedio que dar paso a la ejecución”».

Admito mis prejuicios sobre Velarde, vinculado al Partido Popular desde los tiempos de Fraga, pero, dicho sea con todos los respetos en estos tiempos de biografías revisadas, tampoco los quiero silenciar. Aclaro al lector que Juan Velarde es presidente de la Fundación Valdés-Salas, una de las instituciones patrocinadoras de la obra, tal como se recoge en el libro. Entiendo, por tanto, que los editores hayan considerado conveniente su colaboración literaria como presentador del volumen, tanto por esta como por otras razones.

Cubierta de «El rector», de Pedro de Silva.

Cubierta de «El rector», de Pedro de Silva.

El rector, según dijo Pedro De Silva en la presentación de su puesta en escena, puede contribuir a evitar que Leopoldo Alas, «además de ser fusilado siga enterrado por la historia». Aquella guerra fatídica, con tantas heridas abiertas aún por falta de coraje político, dejó lecciones como la tragedia de Leopoldo Alas. De la guerra, al margen de las obligadas reparaciones pendientes —el actual partido gobernante jamás ha hecho un gesto en este sentido—, mejor distanciarse con prudencia, sin perder el espíritu crítico ni caer en la amnesia. Los valores y los principios encarnados por el malogrado rector Leopoldo Alas, por el contrario, son tan necesarios y saludables hoy como entonces.

NIETOS DE LA REGENTA

Juan Antonio Cabezas, que en 1937 trabajaba en la redacción del periódico socialista Avance, escribió la necrológica de aquella muerte, convencido de que «los nietos de La Regenta» aún no se habían reconciliado con Clarín y no podían «perdonar a su hijo, partícipe de su espiritual liberalismo. Por eso se perpetró el crimen del 20 de febrero de 1937».

Velarde, no en respuesta a Cabezas sino al profesor José Girón Garrote (defensor de la misma tesis), rechaza en el prólogo la existencia de tal venganza y mantiene la interpretación ya citada: Alas fue abatido por la desafortunada provocación de los republicanos incendiarios.

Más allá de la épica, de las emociones y credos de cada uno; al margen de justificaciones más o menos creíbles, El rector ha servido para traspasar las puertas del tiempo y recuperar el sentido de aquellas palabras escritas por Cabezas en Avance, apenas conocida la noticia de la ejecución, y plenamente vigentes hoy:

«El rector de la Universidad ovetense, Leopoldo Alas, era continuador de una tradición asturiana de cultivadores de la cultura liberal y humanística, que desde el Renacimiento produjo en nuestro suelo magníficas individualidades, especialmente en la llamada Ilustración Asturiana del siglo XVIII, desde Jovellanos, Campomanes y Flores Estrada».

Las balas y el silencio levantaron después el muro del olvido, derribado ahora en un teatro ovetense con la subida del telón de la memoria y del reconocimiento.

Breve peregrinaje a Mondoñedo

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

El bloguero ocasional que fui hace un par de días en Burela —nunca el hábito hizo al monje— se ha convertido hoy en viajero sin más aspiraciones: peregrino fugaz con destino a Mondoñedo. Tengo ya muy trillada esta ruta hacia la cuna de Cunqueiro, pero la mirada cambia y, a poco que uno se fije y se detenga, aparecen luces, colores, piedras… que no había visto antes. Me gusta moverme con la inocencia y la credulidad del neófito, como si fuera la primera vez.

Esta mañana, un luminoso sábado de invierno, no se puede dejar el coche frente al cementerio vello en el que reposa don Álvaro. La calle está cortada porque Mondoñedo festeja el antroido y las rúas se preparan para recibir el paso de comparsas y desfiles. No me resisto a visitar una vez más el viejo camposanto. La entrada, contemplada desde la carretera, tiene cierto aire oriental y se asemeja vagamente a una pagoda en construcción, inacabada.

Cementerio de Mondoñedo

Cementerio vello de Mondoñedo

Cunqueiro, se ha contado ya muchas veces, ocupa un nicho en cuya lápida figura el epitafio que él mismo sugirió: «Eiquí xaz alguén que coa sua obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis». Un enterramiento sobrio en medio de este enclave arbolado que mira a los valles de su infancia y en el que soplan los legendarios vientos mindonienses.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha, en la parte inferior, muestra su epitafio.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha muestra su epitafio.

Al subir por la rúa del obispo Guevara [Mondoñedo no ha sido (y es) sede episcopal en vano] sale al encuentro del paseante el aroma a pan recién hecho en la tahona de Rubal. Cunqueiro presumía del olor de los panes de su tierra y aspiraba a que su escritura tuviera la calidez de un bollo que acaba de ser sacado del horno. Calle arriba, casi enfrente de un despacho de loterías que también vende cerámica de Sargadelos, está el museo del llamado rei das tartas, célebre pastelero ya fallecido cuyo producto estrella, en manos de sus descendientes, sigue siendo una referencia en la ciudad.

Uno de los motivos de la visita a Mondoñedo es la adquisición de la guía literaria Álvaro Cunqueiro e Mondoñedo, de Armando Requeixo, publicada a finales de 2017 y que aún no figuraba en mi bastante completa biblioteca cunqueiriana. Está disponible en Amazon, como casi todo, pero prefiero disfrutar de la liturgia del mostrador, que por eso he venido. La compro en A librería de María José, quien con una honestidad que la honra, me advierte que ella la vende al precio recomendado por la editorial, quince euros, «aínda que na oficiña de turismo pode atopala vostede máis barata». Y así es: allí cuesta solo diez euros, lo cual no deja de ser competencia desleal. En la oficina nos informan de algo que ya había leído en la prensa local: pronto estará disponible una audioguía para seguir la ruta cunqueiriana por Mondoñedo, imagino que según los mismos criterios del libro, que apenas he podido hojear. Quiero leerlo con calma antes de dar ninguna opinión, pero el planteamiento, un itinerario con treinta paradas, me parece muy acertado.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Dispuesto a seguir camino con los dos ejemplares a cuestas, descubro en la casa de turismo una pieza de la catedral de Mondoñedo hecha por Sargadelos que nunca había visto ni siquiera en la galería de Cervo, a la que acudo con frecuencia. Me confirman por teléfono desde la fábrica que la obra está descatalogada, así que la réplica de la catedral se une también a la colección. Para mi sorpresa tampoco la veo entre los recuerdos que ofrecen a la entrada del templo, cuya visita —siempre obligada y sobrecogedora— también es de pago.

Mientras deambulo por las naves, me asomo al museo —curiosa la colección de zapatillas pertenecientes a los distintitos prelados— y salgo al claustro, hoy en obras, pienso en que entre los oficios fallidos de Cunqueiro estaba el de alfarero: más de una vez confesó que le hubiera gustado trabajar como oleiro, artesano en un taller de cerámica.

Ya fuera, en la plaza de la catedral, compruebo que la casa en la que vivió Cunqueiro, situada frente a la iglesia, sigue en obras. La antigua vivienda, vendida en su día por los herederos del escritor, es de propiedad privada aunque el consistorio ha llegado a un acuerdo de cesión temporal con los actuales dueños para rehabilitarla e instalar allí un museo dedicado a don Álvaro. El proyecto, que cuenta con el apoyo de la Diputación de Lugo, ha sido objeto de algunas controversias municipales, pero sigue adelante con cierto retraso. Ojalá que se convierta en el lugar de referencia literaria que se merece el autor de Merlín e familia y no en tienda de souvenirs o en simple refugio de anecdotarios como ha ocurrido con otros creadores en todo el mundo. Pienso, por ejemplo, en cómo se banaliza la figura de Mozart en Viena, la de Van Gogh en Amsterdam, la de Poe en Baltimore o la de Cervantes en La Mancha. La frontera entre el legítimo reclamo turístico y la trivialización constituye una línea muy delgada y fácil de traspasar.

Cunqueiro fue ante todo un escritor excepcional, en gallego y en castellano, y ha pasado a la historia por su obra literaria, no por acudir a la fiesta del albariño en Cambados, en la que también oficiaba.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

El viajero piensa en estos riesgos mientras bordea la catedral y llega hasta el seminario, en donde hay un grupo de actores metidos de lleno en el rodaje de una secuencia cinematográfica.

Llega el momento de poner fin al recorrido, hecho sin otro orden que el de dejarse llevar. Habrá más ocasiones de volver a Mondoñedo y a Cunqueiro, en cuya obra seguiré inmerso en los próximos meses. En el momento de la partida pasan ya las primeras comparsas del carnaval y desde la librería Alvite, al lado de la estatua de don Álvaro, salen por megafonía las notas de un pasadoble. Muy cerca, delante del escaparate de un comercio próximo, se exponen al aire libre fabas de cuatro categorías: desde la más humilde, destinada ó caldo, hasta la extra, se supone que llamada a más altas misiones culinarias.

Con Cunqueiro siempre se corre el agradable riesgo de terminar el camino en un mercado o en la mesa de una taberna. Pero esa es otra historia.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral. 

___

El viajero, que ha escrito sobre Cunqueiro en el pasado y que trabaja ahora intensamente en nuevos proyectos académicos sobre su obra periodística, remata esta nota en El Escorial, en donde acaba de acomodar el nuevo libro y la recreación de la catedral de Mondoñedo. El viajero colecciona figuritas de Sargadelos relacionadas con escritores (Rosalía, Valle, Pessoa, Castelao, Pardo Bazán…) y recuerda ahora que Cunqueiro atesoraba bolas de cristal con pueblos o edificios nevados en su interior. Estas enigmáticas bolas de nieve aparecen en pasajes de algunas de sus obras.

La semana ha sido larga: empezó el lunes con un viaje a Barcelona para hablar de Cunqueiro con Xesús González Gómez, y terminó hoy en Galicia.

Ahora toca volver de nuevo rastrear a don Álvaro en la hemeroteca, feliz y ardua tarea a la que regresaré mañana o pasado en Madrid. Y toca también pedir disculpas al lector porque, de nuevo, en vez de un breve pie de foto, ese género que bordaba Cunqueiro en Faro de Vigo, me ha salido una nota más larga que el Códice Calixtino.

Burela bonita

Mar Cantábrico. Burela (Lugo).

Mar Cantábrico. Burela (Lugo).

El bloguero —palabra fea y hueca con todas las de la ley— ha amanecido esta mañana en Burela, al norte de Lugo, por una serie de imprevistos familiares. Hay que estar siempre preparado para cambiar de planes y ponerle buena cara al mal tiempo, que aquí es hoy lluvioso y con brumas en el horizonte.

Los viernes, como marca la tradición, Burela celebra mercado semanal y el agua, tan necesaria como frecuente por estos lares, no desanima a los vendedores de frutas y hortalizas. Hay puestos mínimos, como el de dos señoras que ofrecen manojos de grelos sobre una mesita de camping, protegidas bajo el paraguas.

Deambula el bloguero por las calles de Burela, en medio de esas casas de pescadores que aún conservan alguna placa franquista relacionada con su época de construcción (1957), y entra en la farmacia para comprar vitaminas. Los fabricantes de píldoras saben que los blogueros de cierta edad caen fácilmente en la trampa, en ese reclamo comercial que ofrece remedios para los mayores que han superado ya la barrera de la cincuentena.

Después iba a cortarse el pelo, pero la peluquería no abre hasta las diez y sigue su camino. Descubre la biblioteca pública y pregunta si es posible entrar aunque sea ave de paso y no tenga carnet alguno que le acredite como lector. Franqueado amablemente el acceso, sube el bloguero hasta la sala de consulta y descubre un lugar tranquilo, cálido, bien iluminado. No hay muchos libros, pero están bien ordenados y el fondo de obras gallegas es muy aceptable.

Biblioteca municipal de Burela.

Biblioteca municipal de Burela.

Por deformación, mira el intruso qué obras tienen de Cunqueiro y se sorprende gratamente: encuentra biografías, novelas, poemarios de don Álvaro en varios estantes. También por deformación, consulta el bloguero en su tableta algunos datos sobre Burela, municipio creado en 1994 tras escindirse la parroquia del mismo nombre del concejo de Cervo. Hoy es un ayuntamiento de 9500 vecinos, famoso por su flota pesquera, especialmente la dedicada a la costera del bonito. De ahí viene el eslogan que el concello luce en la página principal de su web y en muchos rincones de la Villa: Burela bonita.

La zona conserva vestigios de la cultura castreña y hace solo unos días se conoció la adquisición, por parte del Museo Provincial de Lugo, de una de esas joyas de la época: el torques de Burela, cedido en depósito hasta la fecha y ahora ya de propiedad pública.

El mar ha marcado y condicionado la historia de Burela, según ha ido sabiendo el bloguero en sus sucesivos viajes aquí. Con el recuerdo y la leyenda de un ya lejano pasado de barcos balleneros, Burela es hoy «un núcleo multicultural», según ha escrito el pulcro redactor de Wikipedia en su correspondiente entrada. Y explica por qué: debido a la presencia de decenas de caboverdianos que vinieron en los años setenta a enrolarse en sus flotas. Muchos de ellos acabaron echando raíces aquí, en esta tierra famosa también por la calidad de sus patatas, y hoy es habitual ver a sus descendientes incorporados a todo tipo de actividades y perfectamente integrados en Burela. Los más jóvenes hablan fluidamente el gallego de A Mariña, el mismo al que dio brillo y esplendor Cunqueiro desde el cercano Mondoñedo.

En fin, que al bloguero de marras —nunca máis usaré el dichoso distintivo— se le ha ido el santo al cielo y conviene ya que salga a la calle a ver si hace alguna foto que ilustre estas notas. Y a tomarse las vitaminas, que solo con comprarlas no hacen efecto. O puede que sí…

De las divinas palabras de los menciñeiros, más curativas que la B12ya hablaremos otro día.

Ángel González, verso a verso

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

¿Cómo seré yo / cuando no sea yo? / Cuando el tiempo / haya modificado mi estructura, / y mi cuerpo sea otro, / otra mi sangre, / otros mis ojos y otros mis cabellos.

Ángel González, Cumpleaños de amor.

Algunas biografías, por más que se acoten y se canten, no se cierran nunca. Mañana, en el décimo aniversario de su muerte, un grupo de amigos del poeta Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2001) le rendirá homenaje en la Sala Galileo Galilei de Madrid.

Tuve la suerte de conocer y de tratar al autor de Palabra sobre palabra, mediados los ochenta del siglo XX, en Oviedo, a donde volvía cada año de la mano de sus amigos de siempre —Emilio Alarcos, Lola Lucio y Juan Benito Argüelles…— desde aquel Albuquerque (Nuevo México) que le daba acogida y sosiego.

En 1985, tras algunos intentos fallidos, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y pude contarlo en El País, diario del que era entonces corresponsal en Asturias. De aquellos encuentros salieron algunas entrevistas, la más larga publicada en un libro homenaje editado por la Caja de Ahorros de Asturias en 1987: Ángel González, verso a verso.

Ya en los primeros noventa, en Madrid, grabé con él algunas noticias para el Telediario, pero luego mis ocupaciones profesionales en TVE cambiaron y le perdí la pista, justo en los años en que más salió al ruedo, no sé si a su pesar. El día en que falleció, 12 de enero de 2008, pedí con éxito a los responsables de la corporación —yo era director de comunicación de RTVE— que reemitieran en su recuerdo Esta es mi tierra, excelente documental de la gran serie dirigida por Juan Manuel Martín de Blas. Otros tiempos.

Años más tarde, cuando Ángel ya no estaba en las filas académicas —ingresó en 1997 con un discurso dedicado a Antonio Machado—, tuve el honor de trabajar en la RAE —desde 2010 hasta 2017— y me acordé muchas veces de él, discreto y devoto ocupante de la silla de la corporación hasta 2008.

Tras su muerte se intentó crear —por parte de algunos de los amigos que ahora le rinden tributo en Madrid— una fundación en su memoria, ubicada en Oviedo. Las desavenencias de algunos promotores con su viuda, Susana Rivero, truncaron el proyecto. Como suele ocurrir en estos casos, las explicaciones del fracaso son divergentes, pero al menos sí se ha logrado poner en marcha una cátedra Ángel González en la Universidad de Oviedo.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Nos quedan los recuerdos, las palabras, los libros. Conservo como oro en paño la primera edición de Sin esperanza, con convencimiento, cuya cubierta ilustra estas notas. La conseguí hace unos meses en una librería de viejo, casi intacta. Un ramillete de poemas en hojas amarillentas que ofrecen más dudas que certezas ante la amenaza del futuro:

¿Cómo seré yo / cuando ya no sea yo?

La estrella de Cunqueiro

Camino de Belén

Camino de Belén

Se apagan ya las luces navideñas, se desvanecen las cabalgatas con sus polémicas —algunas tan lamentables como la de Luis del Val en la COPE— y empieza el tedioso rosario de los buenos propósitos para el nuevo año. Vuelve —¿por fin?— el «retour à la normale», por decirlo con un viejo eslogan de Mayo del 68, cuyo cincuentenario —que no falten las efemérides— se conmemora en 2018.

El gran Álvaro Cunqueiro no dejaba pasar ningún año —por desgracia solo vivió sesenta y nueve— sin escribir algún artículo sobre la peripecia de los reyes magos. La semana pasada, mientras seguía felizmente su rastro en la hemeroteca, me encontré con uno publicado en Sábado Gráfico, fechado en diciembre de 1964 bajo el título «El viaje de la estrella».

Es bien conocido para los lectores del autor de Merlín e familia que don Álvaro tenía memoria deformante… y presumía de ella. Podía permitirse el lujo de anteponer la imaginación y la fantasía a los supuestos hechos reales, nunca mejor dicho, y por lo general acertaba: también la verdad se inventa, como nos recordaba Antonio Machado.

En este caso, me refiero al artículo aparecido aparecido en la revista dirigida por Eugenio Suárez —figura histórica y casi olvidada del periodismo español—, Cunqueiro hace algunos alardes de citas y erudiciones sobre los dichosos magos que nos dejan casi como estábamos:

«Como ustedes saben —escribe Cunqueiro— se ignora su número exacto. En Etiopía creen los cristianos de allá que los magos son doce, mientras que en Europa estimamos, desde el pseudo Beda, y el románico, que son tres, no más, y uno de ellos —pseudo Beda dijo— «fuscus»; es decir, negro. (…) En algunas leyendas siriacas parece ser que los magos llegaron a ser setecientos setenta y siete; y en Armenia, cuatro solamente».

En resumen: que no salen las cuentas, pero es lo de menos tratándose de asuntos regios. En este artículo de Sábado Gráfico —también los hay sobre el mismo asunto en Faro de Vigo, en Destino…y en casi todos las cabeceras en las que publicó Cunqueiro— Cunqueiro se lamenta de la falta de datos verídicos sobre Melchor, Gaspar y Baltasar —«Tampoco sabemos mucho más del hallazgo de los cuerpos de los tres reyes y su traslado a la catedral de Colonia»—, pero no pierde la esperanza:

«Habrá que estar atento a las celestes soledades. Acaso, cuando menos lo pensemos, vemos pasar la estrella».

Así lo haremos, atentos al cielo, los próximos doce meses.