El poder de la palabra

Ana María Matute

Ana María Matute durante una entrevista en la RAE, en junio de 2011.

«Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda».

Ana María Matute, En el bosque, 1998

Leo con sorpresa, y con sumo agrado, que a Ana María Matute la han despedido en su sepelio barcelonés con canciones de Bruce Springsteen y Cliff Edwars. La fuente informativa —esa mención imprescindible, pero tan frecuentemente olvidada en Internet— es una noticia de la agencia Europa Press reproducida mecánicamente, copia y pega, en numerosos medios, La Vanguardia entre ellos. Ninguno se molesta en matizar el equívoco titular de origen: «Último adiós a Matute en un funeral religioso con música pop». Yo soy lego en asuntos musicales, pero hombre, puestos a etiquetar, sería más correcto situar al Boss en el rock y a Edwars, aquel cantor de baladas con ukelele que puso voz a Pepito Grillo en Pinocho, en cualquier otro género de los años veinte y treinta del siglo XX, anteriores al pop. Hay que asumirlo: son daños colaterales de la pereza —y también de la impericia— periodística, ajena a los formatos y a los soportes.

Cuentan también las crónicas que, entre los escritores presentes en esta despedida a Ana María Matute, celebrada el viernes en Barcelona, estaba Maruja Torres, cuyo último libro, Diez veces siete, he terminado ayer. Confieso que me había acercado a sus páginas electrónicas —aclaración: descargada previo pago en el Kindle— con ciertos prejuicios y prevenciones. No hacia su autora, a quien leo fiel y críticamente desde hace treinta años, sino ante la posibilidad de que fuera exclusivamente un ajuste de cuentas con su antigua empresa, El País, tal como me había llegado desde algún lugar impreciso de la jungla cibernética, tan frondosa en chismes y generosa en interpretaciones.

Condenados irremediablemente como estamos a reducir la compleja realidad a titulares y simplificaciones, es probable que para algunos se quede en eso, en el libro en que Maruja Torres canta las cuarenta a toda PRISA. No lo he percibido así, pero los buscadores de morbo periodístico encontrarán algunas perlas de esa índole, no muy distintas, a mi juicio, de las que saldrían del análisis de otros grupos editoriales, incluido el que publica Diez veces siete.

El episodio del abandono del periódico, contado sin medias tintas, forma parte del libro, es cierto, aunque no me parece lo más relevante. Hay enfado y escepticismo, desencanto, pero también emoción en el recuerdo de los primeros años. Y reconocimiento: «No me cabe duda de que El País es todavía un buen periódico. Sobre todo en la memoria», señala en el primer capítulo. Más sustancial que el suceso desencadenante del libro, del que me gusta más el subtítulo —Una chica de barrio nunca se rinde— que el propio título, son las otras pérdidas y ausencias que recorren, entre el dolor y la aceptación, esta historia autobiográfica: el padre y la madre, la hermana Carmen, el tiet Amadeu, los amigos desaparecidos prematuramente, los amores imposibles, los paraísos perdidos. Muchas decepciones y también esperanzas renovadas después de las caídas sucesivas: «Ni mis defectuosas rodillas ni mi edad justificaban que se me sintiera acomodada, y tampoco que me resignara», se dijo a ella misma tras una conversación con Diego Galán.

No es la primera vez, y ojalá haya más, que Maruja Torres escribe directamente sobre su vida sin tapujos ni paños calientes, sin necesidad de recurrir —otras veces sí lo ha hecho— a los camuflajes de la ficción. Hay crudeza y sinceridad en el relato, desgarros, pero no amargura ni resentimiento. Dice que se reinventa a ella misma cada siete años, lo cual me parece más un juego literario y numérico que un renacimiento real, pero no reniega de sus orígenes ni los disimula, aunque les haya puesto en ocasiones la distancia necesaria. No hay peores remiendos que los de las biografías maquilladas, tentación en la que cayeron personajes tan singulares de la Transición como Enrique Tierno Galván y Francisco Umbral, sin necesidad alguna y con pésimos resultados.

También sería yo incoherente, que lo soy en todos los órdenes, si no terminara estas líneas justificando, aunque sea por los pelos, el título que lleva este blog. El caso es que yo iba a hablar de las fotos que le saqué a Ana María Matute hace tres años, iPhone en mano, en una soleada mañana en que visitó la Real Academia Española para grabar un reportaje producido por Julia Otero para la serie de TVE Los imprescindibles. Por deformación o frustración profesional —de todo habrá—, me gusta tomar imágenes de las fotos y rodajes que hacen otros y dejar constancia de ellas de vez en cuando. Aquel mediodía del 13 de junio de 2011 —yo no tengo memoria fotográfica: es la cámara la que incorpora el calendario—, Ana María Matute llegó vestida de blanco inmaculado, acompañada de su hijo Juan Pablo y fue recibida por José Manuel Blecua, el director, de cuya familia fue amiga la autora de Olvidado rey Gudú. Hubo muchas preguntas, distintos lugares de grabación, y Ana María se iba a acomodando con calma y paciencia a todos los requerimientos.

Unos años antes, cuando leyó su discurso de ingreso en la RAE, en este mismo escenario de las fotos, ya había hablado de la magia y del poder de las palabras:

«Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva».

Hecha esta cita, sería yo muy necio si pretendiera añadir una línea más, pero sí me permito otra licencia: publicar esta foto que le hice entonces.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2013.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2011.

 

 

 

Faustino, con quien tanto quería

Faustino F. Álvarez

Faustino F. Álvarez con la vieja Olivetti de «La Nueva España» (1972).

Querido Faustino:

No me gustan los obituarios. He tenido que cultivar este género por necesidad profesional durante algunos años y, digas lo que digas, las necrológicas siempre suenan a alabanza a deshora, a loa innecesaria y trufada de tópicos, a descargo de mala conciencia. Lo que no se ha dicho en vida de alguien, mejor callárselo.

Hoy, sin embargo, no me puedo permitir la cobardía o la comodidad del silencio. Hacía ya algunos años, cinco por lo menos, que no hablaba contigo —la última vez fue a propósito de una entrevista a Luis Fernández, entonces presidente de RTVE— y no tuve ocasión —o el coraje— de hacerlo durante el proceso de tu enfermedad. Mea culpa.

Esta tarde, hace un par de horas, he recibido la noticia triste de tu muerte y se me han agolpado los recuerdos. Te conocí en 1973, cuando yo estudiaba el bachillerato y era corresponsal en Arriondas del diario La Nueva España, en donde trabajabas. La relación continuó durante muchos años con una generosidad por tu parte que nunca agradeceré lo suficiente. Sin tu apoyo inicial, sin tus consejos, sin tu reconocimiento y afecto, es probable que yo nunca hubiera sido periodista.

Eras un lírico, un romántico al estilo de Mieres, un gran lector, y resulta muy tentador perderse a estas horas por las ramas literarias del estilo. Podría citar tu admiración por Ernest Hemingway, tus cantos a la vieja Olivetti de La Nueva España, tu pasión por Valencia de don Juan. Contigo, Faustino, aprendí a vivir y a beber, a escribir y a leer, a reír y a llorar. No era fácil seguirte el ritmo en aquel Oviedo de la Transición, tan lejano ya.

En estas líneas de urgencia, escritas en este blog que no huele a tinta ni a plomo, solo quiero dejar constancia, probablemente a destiempo, de que tú, Faustino F. Álvarez, contribuiste de una manera decisiva a que yo amara este viejo oficio de informar. Y a que desconfiara de los pedantes y de los colegas que solo bebían refrescos de limón en la barra del bar.

Me contaste un día, o puede que una noche, que alguien quiso rebajarte de categoría profesional diciendo que no eras realmente un periodista, sino un «noticiero», atributo que recibiste como el mejor de los reconocimientos. Tú, más proclive a la opinión que a la información a secas, sabías muy bien que la esencia de este negocio son ellas, las noticias, y que nada hay más noble que un gacetillero honesto.

En aquella época solías leerme textos en alto en el despacho de tu casa de la calle Juan Escalante de Mendoza, en Oviedo: crónicas de tus reverenciados Tico Medina, Luis María Anson, Pedro Mario Herrero y Pedro Rodríguez; poemas de Ángel González y de Pablo Neruda: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…».

Querido Faustino: casi nunca llegamos a tiempo de expresar lo que debemos. Sé que es tarde para repetirte ahora lo que algunas veces sí te dije, lo que siempre he sentido: gracias por todo el tiempo compartido, por todas las lecciones recibidas. Estarás siempre en mi memoria, como esta dedicatoria exagerada e inmerecida que conservo de tu primer libro, «Asturianos de hoy», que me ha acompañado en las sucesivas mudanzas de mi vida y que hoy desempolvo con nostalgia.
Con mis más sinceras condolencias a Luisa y a tus hijos, descansa en paz, compañero del alma, compañero.

P. S.

Después de hilvanar anoche estas líneas, he leído hoy, 15 de marzo, la emotiva información publicada por Pilar Rubiera en La Nueva España, un relato conmovedor sobre las últimas horas de Faustino cuya lectura recomiendo. Este mismo periódico recoge también unos versos de Graciano García, Chano, fundador y director de una revista tan vinculada a la vida profesional de Faustino, Asturias semanal, en la que aparecieron las entrevistas incluidas en «Asturianos de hoy».

Hay asimismo una entrevista de Xuan Bello con Faustino, emitida hace algo más de un año en la TPA, que merece la pena ver y escuchar.

Dedicatoria

Dedicatoria del libro «Asturianos de hoy», publicado en 1972.

Monotonía de lluvia…

Pinos de la Casita del Principe (El Escorial, Madrid).

Pinos de la Casita del Principe (El Escorial, Madrid).

La monotonía machadiana de la lluvia tras los cristales marca el paso del tiempo: parece siempre igual, nunca es la misma. Esta foto, similar a muchas otras que ya he hecho desde la misma ventana, está tomada hoy por la tarde. Si usara una de archivo no sería igual: tendría la sensación de cometer un fraude. Los instantes y las sensaciones son irrebatibles. Se canta lo que se pierde.

La pasada medianoche, cuando conocí la noticia de la muerte de Ana María Moix por la llamada intempestiva de una periodista despistada, me acordé inmediatamente del poeta Ángel González. El autor de «Palabra sobre palabra», tan crítico en su momento con aquellos novísimos entre los que figuraba Ana María, hablaba de ella con ternura en una conversación* que mantuvimos en 1987: «Es otra gran tímida», recuerdo que me dijo al mentarla. Yo le había mencionado a Ángel su nombre, el de Ana María, porque él era uno de los elegidos que aparecía en un librito que me acompañó muchos años, «24×24», recopilación de las entrevistas periodísticas que hizo la Nena a los escritores y artistas que vivieron o pasaron por Barcelona en las décadas de los sesenta y los setenta del siglo XX. De esa faceta periodística, y de otras caras de la vida y la obra de Ana María, ha escrito una certera semblanza Juan Cruz en «El País».

Recuperemos el hilo. Yo le preguntaba entonces a Ángel, aquella mañana de primavera de 1987 en el hotel Principado de Oviedo en la que él iba buceando en su pasado, por la relación de su grupo literario, la generación del cincuenta, con el alcohol. Su respuesta fue tan simple como coherente: «Yo he sido y sigo siendo tímido, aunque mucha gente pensará que miento. Pero yo empecé a beber justamente para quitarme inhibiciones, para atreverme a sacar a bailar a una chica, para quitarme la timidez». La contestación es más larga, pero recupero este fragmento ahora porque fue entonces, al comentarle a Ángel la entrevista de Ana María con él que yo había leído en «24×24», cuando me quiso hacer aquella precisión biográfica: «Otra gran tímida».

De Ana María Moix se han ocupado hoy quienes la conocieron muy bien y también los que hablan de lo que sea menester en cuanto les acercan un micrófono para participar en el obituario de urgencia. Suele ocurrir en estos casos —ha pasado esta misma semana con Paco de Lucía, hace quince días con el aniversario de Antonio Machado— que surgen especialistas y amigos íntimos por todas partes. Conviene distinguir las voces de los ecos. De todo lo escrito, al menos de lo que he podido leer, me quedo con el comentario sencillo y sentido de Maruja Torres, que termina con la mejor recomendación: «Leedla».

Es un buen consejo. En aquella entrevista lejana a Ángel González, el poeta me explicó cómo se produjo su acercamiento tardío a la poesía de don Antonio, ya en su etapa de profesor en Nuevo México: «Yo siempre había leído mal a Machado y era consciente de eso. Lo había leído mal porque en el fondo me interesaba poco (…) y me propuse leerlo bien y completo, seriamente. Así fue como yo descubrí al Machado de verdad (…) hasta el punto de que ahora es el poeta español que más me interesa».

Años después, en 1997, Ángel González le rindió el mejor homenaje a Machado, al dedicarle su discurso de ingreso en la Real Academia Española: «Las otras soledades de Antonio Machado».

Se hace camino al andar. Hay días en que unas emociones se encadenan con otras. Esta misma tarde, el programa «Documentos» de Radio Nacional de España ha ofrecido un excelente trabajo de Mamen del Cerro sobre Manuel Vázquez Montalbán, fallecido hace una década. Él, que también formó parte de la nónima de los novísimos, conoció de cerca a Ana María Moix, a la que cita en el reportaje. Unas horas después, hojeando un libro, veo —en una foto fechada en 1969— a Vázquez Montalbán con Ángel González y otros escritores. Golpe a golpe, verso a verso, la vida y la muerte se suceden.

Al otro lado de la ventana hacia la que dirijo la cámara, en la arboleda de la Casita del Príncipe, sopla el viento y llueve. La monotonía del agua es engañosa: el tiempo vuela, incluso corre más deprisa cuando parece detenido tras la melancolía de los cristales.

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* «Ángel González, verso a verso». Varios autores, Oviedo, 1987.

Carta al rey Cunqueiro

Belén viviente en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Belén viviente, recreado hoy en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Querido don Álvaro:

Esta noche, hace un  par de horas, han llegado los Reyes al humilde puerto de Palmeira, parroquia del ayuntamiento de Riveira, en A Coruña, que tal vez figure mencionada en alguna de sus guías gallegas. Lamento no tener ahora a mano ninguno de esos libros de viaje para comprobarlo, pero sé que usted era muy permisivo, casi machadiano, con este tipo de detalles: también la verdad se inventa.

A falta de camellos y carrozas, sus majestades se han subido a un cuatro por cuatro y, en vista de la persistente lluvia, han puesto rumbo a la Sociedad de Hijos de Palmeira, entidad fundada en Newark (Nueva Jersey) —en el ya lejano 1929— por emigrantes de este pueblo que mira piadosamente a la Ría de Arousa. Una curiosa institución, La Sociedad, en cuyo emblema figuran los símbolos masónicos, presencia que no será, supongo, fruto de la casualidad, pero esa es otra historia. De logias, mandiles, escuadras y compases hablaremos en mejor ocasión.

Usted, don Álvaro, siendo ya escritor consagrado, aprovechaba esta fecha mágica de la noche de Reyes para escribir a propósito de los magos de oriente en el Faro de Vigo. He dedicado algunos ratos estos días a la relectura de esas crónicas regias. Parte de ellas están recogidas en uno de los últimos títulos dedicados a la recopilación de su obra, De santos y milagros*, estupenda antología de sus relatos sobre personajes subidos a los altares; vidas de santos que usted solía mejorar considerablemente, en todos los sentidos. He disfrutado leyendo «La sobrina de Melchor» —en sus dos versiones, una de 1962 y la otra de 1971—, «Los Reyes de Belén» y «El sueño de los Reyes Magos», entre otros deliciosos artículos, enveses del Faro por decirlo con mayor precisión.

La situación ha cambiado bastante desde entonces, desde que usted hacía aquellos ejercicios líricos en torno los dichosos monarcas. En esencia se mantiene viva la tradición, aunque con explicaciones más prosaicas, menos literarias y, sobre todo, menos imaginativas que las suyas.

En la Sociedad de Hijos de Palmeira, sobre la que espero tener mejor información en el futuro, los vecinos tomaban hoy chocolate con roscón y los niños miraban con credulidad conmovedora, con esperanza infinita, a los magos de la barba postiza. Galicia siempre sorprende.

Usted, don Álvaro, habita ahora otros reinos que no son de este mundo, pero somos muchos los que le seguimos recordando y leyendo cada día. Sus artículos, en noches como esta, son oraciones laicas —usted, ya lo sé, era creyente, convicto y confeso— que entonamos con devoción algunos escépticos y descreídos. Misterios reales, adoraciones paganas en medio de la efímera y accidentada cabalgata de la vida.

Posdata. Esta mañana, seis de enero, las emisoras de radio han comenzado a desgranar los consabidos tópicos sobre los regalos y las tiendas se han apresurado a anunciar las rebajas oficiales de enero, que cada año empiezan antes. Todo según lo previsto, don  Álvaro.

Ahora, para mantener el orden establecido y las buenas costumbres, toca recoger los belenes y guardar las luces de colores y el espumillón. La Navidad, con sus rituales, ha terminado. Y en Galicia, en las riberas de la Ría de Arousa, llueve sin tregua, como en Macondo…

Al temporal le han puesto de nuevo hoy la etiqueta de alerta roja, buena metáfora para el día de Reyes.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

__ *De santos y milagros, Álvaro Cunqueiro, 2012, Fundación Banco Santander. Edición de Xosé Antonio López Silva.

«Asturias», aquel periódico

Asturias, diario regional

Asturias. Diario regional (1978-1979)


Esta semana, ayer concretamente, se han cumplido 35 años de la llegada a los quioscos de un periódico asturiano que nacía simbólicamente con la Constitución de 1978, el 6 de dicienbre: Asturias. Diario regionalYo lucía entonces 22 otoños recién cumplidos y tuve la suerte y el honor de formar parte de su equipo fundacional, como encargado de la sección de información política en la naciente Transición.

Ya había trabajado en La Nueva España y en Cambio 16, aunque, visto con perspectiva autocrítica, destilaba más entusiasmo que oficio, más debe que haber. La ilusión y las expectativas de aquel Paisín —el diario parecía casi un calco de El País en muchos aspectos, menos en la solvencia económica— eran enormes, pero el sueño duró apenas doce meses. En la fase final me encontré en la tesitura de añadir a mi cometido periodístico la presidencia del comité de empresa, en circunstancias realmente adversas. Recuerdo, como si fuera hoy, tanto la algarabía de la noche en que salió el primer número de la rotativa (estaba en Silvota, cerca de Lugones) como la tristeza de la tirada del último, con un editorial que mecanografié de madrugada: Por la continuidad, se titulaba. Nunca he tenido dotes proféticas.

Durante años me acompañaron, de traslado en traslado, doce tomos de tapas verdes —uno por cada mes de vida del Asturias— encuadernados primorosamente en el convento ovetense de Les Pelayes. En una de aquellas mudanzas, y ante la imposibilidad de poder custodiarla como se merecía, llamé a Paco Abril —que hacía el suplemento infantil del diario— y doné la colección completa a una biblioteca pública de Gijón, en donde espero que haya servido de lectura a alguien.

Siempre he conservado, sin embargo, un volumen adicional: el del suplemento cultural, que, dirigido por Juan Cueto Alas, apareció bajo el nombre de Revista de Asturias. Este cuaderno tuvo una vida más efímera que el propio periódico, solo 19 números, porque el Asturias. Diario regional vivió en una crisis permanente desde su nacimiento hasta su lamentable final.

Esta tarde sentí una necesidad imperiosa de tocar ese tomo, de oler sus páginas ásperas y amarillentas, pero me di cuenta de que no lo tenía a la vista. Empecé a dudar incluso de que lo hubiera conservado alguna vez y a temer su naufragio en el último cambio de casa. Subí al desván, con la esperanza vaga de encontrarlo allí, y sí estaba. Ahora lo he bajado al calor del hogar, le he hecho unas fotos con el iPhone —esa sombra reflejada sobre el fondo verde: mi mano y el teléfono—y he visto, con el asombro de la primera vez, algunas de las firmas que publicaron allí sus artículos: Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Ángel González, Julio Cortázar, Miguel Delibes, Jorge Luis Borges, Eugenio Trías, Alberto Cardín, Francisco Ayala…

Tengo el tomo aquí delante, mientras escribo, y siento el vértigo de haber pasado casi sin darme cuenta de la galaxia Gutenberg a la era digital, con algunas incursiones en los reinos de McLuhan. En aquel periódico habitado por la juventud y la esperanza —con dos directores excepcionales, muy distintos: Graciano García y Melchor Fernández Díaz— había ordenadores y teclados, pero no en la redacción, solo en los talleres. No existía el fax y la tecnología más avanzada que recuerdo —intentamos usarla el día de la lotería de navidad con poco éxito— era un cacharro denominado Desk, que no suplió finalmente al método tradicional de recogida del gordo y sus millones: un taxi que traía la lista impresa de los números premiados desde Madrid.

Treinta y cinco años después conservo los mejores recuerdos de entonces. Y guardo este libro, este tomo de tapas verdes que ha ido de oca en oca, de era en era, de casa en casa, para dejar constancia de lo que fuimos, de lo que somos. 

 

La maleta de Muller

Maleta de Nicolás Muller

Foto tomada con iPhone 5S en la sala de exposiciones

Nicolás Muller, nostálgico sin excesos, divo sin estridencias, era un asturiano de Hungría que preparaba muy bien el café. Recuerdo ese aroma en el gran salón de su casa de Andrín, en Llanes, con aquel gran ventanal abierto al Cuera, en donde recibía con generosidad a quien llamara a su puerta. Allí tuve el privilegio de conocer, al comienzo de los ochenta, sus inquietantes fotos de los campesinos magiares, de los niños de Tánger, de los hombres y las mujeres de la España gris y fría de la posguerra. Parte de esas imágenes se han reunido ahora en Madrid, en la mejor exposición sobre su excelente obra organizada hasta la fecha, revisada con mimo por su hija Ana, heredera del oficio, brillante fotógrafa.

Coqueto, seductor, artista en el mejor sentido de la palabra, Nicolás había visto mucho mundo antes de recalar en aquella aldea asturiana, a la que llegó de la mano de otro olvidado: Fernando Vela. En Andrín, con la mirada perdida en los verdes y los azules del paisaje, en las nieblas de los valles, contaba y reiventaba historias deliciosas y sobrecogedoras: su salida de Hungría, la llegada a Francia, el viaje a Portugal, la vida en Marruecos. Por su estudio de la calle Serrano había pasado en el franquismo la «crema de la intelectualidad»: Ortega y Azorín, Baroja y Menéndez Pidal, Cela y Marañón, Laín y Ridruejo.

Ya conocía muchas de las fotos expuestas ahora —otras son inéditas— en copias de calidad extraordinaria. Ya había visto esa Hasselblad con la que captó instantes maravillosos, fugaces, irrepetibles. Ya había ojeado sus libros de viajes por España y había contemplado el busto que le hizo Pablo Serrano. Pero no tenía noticia de la existencia de esta maleta que parece sacada de un relato de Julio Verne, de un trayecto en el Orient Express.

En esa maleta, que se se exhibe junto a otros objetos personales, viajaron los sueños de un fotógrafo de mirada personal y profunda. De un Nicolás Muller escéptico en sus últimos años, decepcionado a veces, pero consciente de haber recogido la realidad de su tiempo y sus circunstancias con cada disparo fotográfico.

Sobre Muller, y con Muller, escribieron Manuel Vicent y Francisco Umbral, Pío Baroja y Azorín. Pienso hoy, lejos de allí, en aquellos atardeceres sobre el Cuera, junto a la chimenea, mientras sonaba Mozart desde algún artilugio japonés de la época, cuando hacían furor los primeros Discman.

Andaban por la casa Pico, un gato siamés, y Zygan, un puli húngaro, que le acompañaron en los últimos años. Entonces Nicolás sacaba sus fotos de una caja de papel Ilford, recordaba fechas, comentaba situaciones, disculpaba vanidades, ofrecía orujos de melocotón, buscaba momentos perdidos. Y olía a café.

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La exposición Nicolás Muller. Obras maestras puede visitarse hasta el 23 de febrero de 2014 en la Sala Canal, Santa Engracia, 125. Madrid.

El sastre de Panamá

Casco viejo de Panamá.

Huella de una antigua sastrería en Ciudad de Panamá.

Un paseo por el Viejo Panamá, tan distinto al de los rascacielos y los bancos del centro financiero de la capital, es un pasaporte asegurado a la nostalgia. Edificios derruidos, casas abandonadas, vestigios del tiempo: preguntas en el aire.

En esta callejuela próxima al monumento a Simón Bolívar, casi solitaria a media tarde, se sostiene un edificio en ruinas, atravesado por resistentes vigas carcomidas. Si el viajero detiene la vista, aunque sea un instante, verá entre sus muros, ilustrados por los grafitis, la huella de una antigua sastrería: apenas una sombra.

El rótulo, desvaído sobre la pared desconchada, casi parece un reclamo turístico, una evocación de aquel bestseller de John le Carré llevado al cine con el mismo título.  ¿Cuántos trajes se habrán confeccionado tras esta fachada?  ¿Cuántos días de estreno y de ilusión, de pruebas y medidas, se esconden en el interior, hoy tomado por la vegetación?

Unos metros más abajo, ya en la plaza, el grupo de niños que jugaba a la pelota delante de la estatua del libertador, trepa por la ventana de otro caserón deshabitado. La aventura, incluso en este pequeño país bañado por dos mares y atravesado por un canal, suele estar en la otra orilla, en la prohibida: cuando se salta la verja y se atraviesa la ventana de la casa verde.

Nota.

La foto que da título a este blog, al que el autor no presta la atención que debiera, está tomada hace dos años en el Canal de Panamá. Estas dos imágenes, sin embargo, son de ahora, del 24 de octubre pasado. El fotógrafo accidental que suscribe las anteriores líneas, yo mismo, ha preferido mirar esta vez tierra adentro, aunque también ha visto y retratado el mar, el caleidoscopio inacabado de Frank Gehry. Las postales y los espías, Núñez de Balboa y Anayansi, quedan para mejor ocasión.

Ciudad de Panamá

Ciudad de Panamá: el otro lado de la verja.