Acerca de miguelsomovilla

Periodista.

Amanecer en el Cuera

Ana María Somovilla López, mi madre, en Lledías (Posada de Llanes, Asturias).

Hoy, martes y trece, la lectura matinal de los periódicos me ha llevado bien temprano desde las laderas de Guadarrama a la Sierra del Cuera, la montaña mágica del oriente de Asturias, con la venia del Naranjo de Bulnes y los Picos de Europa. Primero, la del alba sería, me encontré con las palabras lúcidas y sabias del cineasta Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) en una magnífica entrevista publicada en El País. Según se cuenta, el director de Remando al viento habló con el diario por teléfono desde su casa de Lledías (Lledíes, de acuerdo con la toponimina oficial asturiana), parroquia de Posada de Llanes de apenas trescientos habitantes. Gonzalo, que tiene morada temporal aquí desde los años ochenta y es «hijo insigne» de Lledías, habla con Íñigo López Palacios de «esto, lo otro y lo de más allá» (Julio Camba), pero sobre todo de los efectos de la pandemia. Y nos deja algunas frases certeras:

–Afronto estos tiempos con inquietud y precaución. Me entristece la estulticia de los que no siguen las normas sin pensar en las consecuencias. La falta de inteligencia y la obtusa frivolidad que el virus ha puesto de manifiesto contrasta con el sacrificio de otros y el riesgo asumido para salvar vidas.

PINTURAS FALSAS

Lledías, además de por su belleza y encantos naturales, alcanzó en el pasado bastante notoriedad a causa de unas falsas pinturas rupestres «descubiertas» en los años treinta del siglo XX por Cesáreo Cardín en una cueva ubicada debajo de su casa. La historia de ese arte parietal apócrifo desató encendidas polémicas entre quienes defendían su autenticidad (los menos) y los que indicaban claramente que se trataba de un fraude, como quedó sobradamente demostrado. Sobre Cardín y su cueva corrieron ríos de tinta e incluso Juan Cueto Alas, en su inolvidable Guía secreta de Asturias (1976), alude al caso con bastante detalle. Hasta recuerda cuando Sam Peckinpah, amigo de Gonzalo Suárez, apareció por allí «mientras preparaba en Llanes su película Perros de paja: «…visitó la cueva y de la impresión recibida agarró una de sus más importantes borracheras, hasta el punto de que se extravió por los cercanos montes y hubo que organizar una batida para dar con él». Todo lo relacionado con la cueva y la casa del Cuetu Lledías, adquirida a comienzos de la pasada década por el ayuntamiento de Llanes para un proyecto que no pasó de tal por dificultades presupuestarias, es casi una película de misterio. Al lector interesado en saber más sobre el particular le recomienzo el excelente trabajo de Fructuoso Díaz García y Miguel Polledo González, publicado hace apenas un año en Nailos. Los autores, además de ofrecer un estudio riguroso sobre los hechos, son condescendientes y comprensivos con Cesáreo Cardín, quien había sido eficaz ayudante del Conde de la Vega del Sella, Ricardo Duque de Estrada.

LA RESIDENCIA

En Lledías también está desde 1992 la Residencia Sierra del Cuera, casa y cobijo —en el mejor sentido del término— del centenar de personas que habitan en la actualidad este establecimiento ejemplar, entre ellas mi madre, Ana María Somovilla López (La Piñera, Sevares, 1936). Esta mañana, terminada la lectura de la prensa, estuve escuchando a su director, mi amigo el médico Eloy Ortiz, en un coloquio emitido por la Radio del Principado de Asturias sobre la situación de las residencias en los tiempo del Covid-19. Eloy, destacado profesional en el campo de la geriatría, defiende y pone en práctica cada día un modelo de residencia que concibe estos centros como lugares para vivir y disfrutar la etapa última de la vida. Hoy resumió (y resolvió) muy bien el dilema al término del debate: «Todos queremos vivir en nuestra casa el mayor tiempo que se pueda. Las residencias son un recurso más de los disponibles. Hago mías las palabras de Pilar Rodriguez: “en casa mientras sea posible, en las residencias cuando sea necesario”».

Desde las ventanas de la residencia puede verse la sierra del Cuera.

Sierra del Cuera, que cuenta con medio centenar de profesionales abnegados, ha logrado hasta ahora ser un sitio libre del coronavirus. La vida de sus residentes ya no es la de antes. Tiene muchas más limitaciones, pero todos entienden, también sus familiares, que solo con normas y restricciones estrictas es posible combatir la pandemia y evitar los contagios.

Las ventanas permiten la mirada al exterior cuando no son posibles las salidas. Desde la suya en el Cuera, mi madre atiende estos días a una camada de gatos que acuden puntuales a la cita, en busca de sol y de comida. El vídeo me ha llegado a través de Vanesa Galán Carrandi, su fiel asistente de cabecera.

Camada de gatos en Sierra del Cuera.

Hace tiempo que tenía intención de escribir unas líneas sobre Lledías y Posada de Llanes, que tuvo sala de proyecciones desde 1952, el cine Pontbal, hoy un edificio en ruinas. La primera película que se proyectó, según leo, fue Capitanes intrépidos, de Víctor Fleming.

Edificio del cine Pontbal de Posada de Llanes, inaugurado en 1952.

Años más tarde de aquella sesión inaugural apareció por la zona Gonzalo Suárez para rodar su largometraje Aoom (1970). Desde entonces no dejó de venir. Aquí ha escrito guiones, libros, historias de vida y muerte, de amor y desamor. Hoy, en la entrevista que leo en El País al amanecer, Gonzalo recuerda todo eso y da una sabia recomendación final cuando Íñigo López le pregunta sobre el arte y la pandemia:

–¿Ha pensado hacer algo sobre la pandemia? ¿Qué cree que sería más adecuado, un libro o una película? «Higiene, mascarilla, distancia y pensar más allá de nuestras narices. En el cine y la literatura podemos encontrar la evasión, la reflexión, la cultura o la advertencia. Pero nunca la solución». ¿Y qué consejo daría a los chavales que quieren dedicarse al cine? «Que usen la mascarilla».

Tras esta frase conviene aplicarse el cuento, la fórmula de Ortega («Cuando se escribe, o se hace literatura, o sea hace precisión o se calla uno»), y no estropear la feliz sentencia de Gonzalo Suárez con añadidos innecesarios. Tan solo uno: Fernando Vela, el gran discípulo de Ortega, también conocía y amaba estos parajes —murió repentinamente mientras jugaba al ajedrez en un café de Llanes— y fue quien trajo hasta el Cuera, a Andrín, al fotógrafo Nicolás Muller, tan grato en mi memoria. Pero esa historia bien merece ser contada otro día, en el siguiente viaje a Posada de Llanes.

Estación de tren de Posada de Llanes (Asturias).