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Acerca de miguelsomovilla

Periodista.

Rosa de Navidad

Eléboro negro o rosa de Navidad.

Una flor de invierno para terminar 2023. Hace algo más de un siglo, Élisabeth de Clermont-Tonnerre eligió esta planta, la rosa de Navidad, para concluir el capítulo dedicado al mes de diciembre en su celebrado Almanach des bonnes choses de France (1920). Después de sumergirnos en un festival de carnes y pescados, de dulces y frutas, de vinos y sidras, de mares y bosques, la escritora —amiga de Marcel Proust y amante discreta de Natalie Clifford Barney— nos deja a solas con la sencillez de los pétalos blancos del eléboro, «última gracia del año que termina».

Adiós a diciembre con una flor de invierno.

Las cinco líneas publicadas por Élisabeth para describir la «rose de Noël» están precedidas de un conocido verso de Théodore Agrippa d’Aubigné: «Une rose d’automme est plus qu’une autre exquise» (Una rosa de otoño es más exquisita o deseada que cualquier otra).

En los siglos XVI y XVII —la época barroca de Agrippa— y en los comienzos del XX —el tiempo de Élisabeth, consorte del duque de Clermont-Tonnerre— era más difícil que ahora sortear los solsticios y alterar a capricho las temporadas del calendario. Me refiero, claro está, a lo que pasaba en aquellas partes del mundo en donde se sucedían regularmente esos periodos estacionales in illo tempore. O sea, a lo que ocurría en esos lugares antes de los efectos devastadores del actual cambio climático, que lo ha trastocado todo, incluso primaveras y otoños, lluvias y sequías.

Pasan los años, pero los libros permanecen.

Una flor o un fruto de invierno se apreciaban entonces más que hoy, a causa de su rareza y singularidad. Nadie esperaba cerezas en enero ni higos en abril ni castañas en agosto. Por eso se festejaban y se estimaban productos perdurables con el paso de los meses: «En diciembre todo el mundo puede comer manzanas» en Francia, proclamaba la aristócrata en su Almanach, libro por el que sentía gran devoción Álvaro Cunqueiro. El periodista gallego nunca llegó a descubrir que su autora era una mujer. Tras la E. de su firma, y del título nobiliario recibido de su marido el duque (E. de Clermont-Tonnerre), se escondía (sin pretenderlo) Élisabeth de Gramont y no el legendario «conde» imaginado y pregonado por Cunqueiro cuando aludía con regocijo al Almanach.

A propósito de manzanas: Cunqueiro también citaba muy a menudo el verso de una coetánea de Élisabeth, la poeta Lucie Delarue-Mardrus: «L’odeur de mon pays était dans une pomme» (El aroma de mi país cabe en una manzana).

«Todo el aroma de mi país cabe en una manzana» (Lucie Delarue-Mardrus).

De esos extraños y felices sentimientos trata Nagori (2018, 2023) delicioso ensayo escrito por la japonesa afincada en Francia Ryoko Sekiguchi. Nagori describe «la nostagia por la estación que termina». La autora nos recuerda una obviedad que a veces se olvida: el número de las estaciones anuales varía según las latitudes. En algunos lugares de temperaturas constantes, Bogotá por ejemplo, apenas se aprecian las diferencias entre verano, primavera, otoño e invierno. Quienes tenemos la suerte de disfrutar de las cuatro variantes clásicas, las inmortalizadas por la música de Antonio Vivaldi, gozamos de un privilegio. Y sabemos, como reitera Sekiguchi, que sus comienzos y, sobre todo sus finales, se asemejan a «muertes o desapariciones sucesivas que dan lugar a otras vidas, pero que un buen día regresan».

Ryoko Sekiguchi no menciona a Élisabeth Gramont en su breve ensayo, probablemente porque no haya tenido noticia de la existencia del Almanach, en su día un éxito editorial y hoy una obra totalmente olvidada y difícil de encontrar hasta en librerías anticuarias. En una de esas manías de bibliófilo que experimento, he colocado juntos ayer los libros de ambas autoras. Y ahí están, compartiendo estante y nostalgias, la edición española de Nagori (Periférica, 2023, traducción de Regina López Muñoz) y la francesa del Almanach, publicada por Georges Crès y Cía en el París de los años veinte del pasado siglo. Las estaciones y las personas pasan, pero los lectores y los libros, como algunos aromas y sabores, permanecen en la memoria… y en las obras de Marcel Proust. ¡Feliz 2024!

«Cuando dejamos de percibir las estaciones, las emociones desaparecen» (Ryoko Sekiguchi).

Del Riego y Cunqueiro: ser o no ser

Medio siglo de amistad* y colaboración literaria. Fragmentos de una entrevista inédita** y selección de citas varias.

Entrevista del autor con Fernández del Riego en la Fundación Penzol (Vigo, 25.11.2009).

Termina 2023 y finaliza también el año Francisco Fernández del Riego. Dejo aquí el inicio de mi mínima contribución periodística (Cadernos Ramón Piñeiro, XLVI) a las conmemoraciones organizadas en su memoria. [Texto íntegro en castellano].

Remata 2023 e vaise pechar tamén o ano Francisco Fernández del Riego. Deixo aquí o limiar desta mínima contribución xornalística (Cadernos Ramón Piñeiro, XLVI) ás conmemoracións organizadas na súa lembranza. [Texto completo en galego].

Francisco Fernández del Riego (Vigo, 25.11.2009). © Miguel Somovilla.

Porque poderías chegar a ver que todas as verbas de Hamlet son verdade, ou que todas as verbas de Hamlet son mentira.

Álvaro Cunqueiro, O incerto señor don Hamlet, 1959

As lembranzas e as fantasías atropélanse na mente de Mauro.

Francisco Fernández del Riego, O cego de Pumardedón, 1992

La amistad y la relación profesional de Francisco Fernández del Riego (1913-2010) con Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981), iniciada en su mocedad lucense y compostelana, se mantuvo incólume hasta el final de sus días. Duró, por tanto, medio siglo. Un tiempo de complicidad y admiración mutua, de profundo respeto, pese a sus divergencias ideológicas y existenciales. Fue la suya una andadura apasionante, que culminó al remate de las horas pasadas en compañía a la vera de las «ondas do mar de Vigo», con muchas ilusiones compartidas y algunas decepciones personales que también les afectaron a los dos. Vigo fue el puerto al que arribaron ambos en momentos muy distintos: Fernández del Riego en 1939, dispuesto a sobrevivir —casi clandestino— tras la guerra civil, y Cunqueiro en 1961, cuando era ya un autor reconocido, dentro y fuera de Galicia, y había superado los peores momentos de su ostracismo mindoniense, iniciado tras su regreso a la ciudad episcopal en 1947.

Los dos soñaron con tesoros nuevos y viejos. Marineros nostálgicos —con la esperanza de Ulises y la morriña de Sinbad—, corretearon de niños por las playas de Foz, en el Cantábrico lucense, descubiertas en los soleados y felices días de la infancia. En la vejez, notablemente más larga en el caso de don Paco —Cunqueiro falleció con solo 69 años—, siguieron con la mirada dirigida hacia las «ondas grandes do mar», las mismas que cantaran Martín Códax y Mendiño, dos de sus trovadores de cabecera. Del Riego y Cunqueiro fueron en cierto sentido complementarios, al modo machadiano: cara y cruz. Se comprende mejor la profunda, persistente y romántica «idea de Galicia» de Fernández del Riego si uno se sumerge en la literatura envolvente —local y universal al mismo tiempo— de Cunqueiro. Una obra deudora, a su vez, de los apoyos y empeños de Fernández del Riego en las horas bajas del escritor de Mondoñedo: «Vencendo a súa teimosía de se mergullar nun mundo de escepticismo e de soedade, animeino, tamén eu cismante, para que escribise prosa en galego. Foi mesmamente polo meu petarreo, que se decidira a facer narrativa na lingua natal. Xurdiron así, de a pouco, os folios cos que compuxo o libro Merlín e familia» (1990: 255).

Todas las monografías y semblanzas biográficas aparecidas hasta la fecha destacan la trascendencia de esta relación y la analizan desde distintas perspectivas. Las decenas de cartas intercambiadas, los libros de memorias escritos por Fernández del Riego —O río do tempo (1990), A xeración Galaxia (1996) y Camiño andado (2003)— y su ensayo sobre el autor mindoniense —Álvaro Cunqueiro e o seu mundo (1991)— reflejan parte de esas vivencias. También las recientes biografías publicadas por Ramón Nicolás, Héctor Cajaraville y Malores Villanueva corroboran, entre otros trabajos y reseñas, la importancia de esta amistad. Un afecto y un reconocimiento de los que Cunqueiro dejó asimismo constancia en dedicatorias, prólogos, artículos y epistolarios, como el recopilado por Dolores Vilavedra en Cartas ao meu amigo (2003). Por no hacer la lista demasiado prolija, dejo tan solo un último botón de muestra: «As frases de maior gavanza e gratitude que lle oín a Cunqueiro cara a unha persoa tiñan por destinatarios a Francisco Fernández del Riego e a Alberto Casal», cuenta José Francisco Armesto Faginas (1987: 178) en su imprescindible biografía de Cunqueiro.

Artículo completo en castellano

Artigo completo en galego

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Número de Cadernos Ramón Piñleiro dedicado a Fernández del Riego

*Estas líneas proceden del inicio de un texto aparecido en mayo de 2023 en Cadernos Ramón Piñeiro (XLVI, páginas 231-253). Su traducción al gallego estuvo a cargo de los editores de la revista, a quienes agradezco su trabajo y la invitación a colaborar en este número monográfico, titulado Francisco Fernández del Riego no río do tempo. La publicación, enmarcada en el Día das Letras Galegas dedicado a Del Riego, se presentó oficialmente el 28 de diciembre de 2023 en Lourenzá (Lugo), villa natal del escritor homenajeado.

**Los fragmentos recuperados aquí proceden de la entrevista inédita —salvo algunas menciones breves adelantadas en publicaciones anteriores— grabada por el autor de este texto, el 25 de noviembre de 2009, con Francisco Fernández del Riego. La conversación, que duró media hora, tuvo lugar en la Fundación Penzol de Vigo y su destino inicial era una tesis doctoral que, lamentablemente, no llegué a culminar. El resto de los testimonios, recogidos de aquí y de allá y debidamente documentados, complementan esas declaraciones de Fernández del Riego y nos aproximan a los momentos más significativos «dunha amistade vella e longa. (…) Dil [de Cunqueiro] escoitéi as primeiras palabras vivas que fixeron conscente o meu instintivo sentimento de galeguidade» (Fernández del Riego, 1964: 99-101).


Señales de humo

En pocas crónicas se reseña hoy que un poemario de 1972, publicado en León bajo el título Señales de humo, fue el primer libro de Luis Mateo Díez, premiado muy justamente ayer con el Cervantes. Esta distinción literaria pudo ser la noticia día en España, al menos por un rato, pero no ocurrió del todo así. A la misma hora en que Luis Mateo agradecía feliz el galardón ante los periodistas, otros (malos) humos ensombrecían la noche madrileña. Ruido y furia que crecen al amparo de una derecha antigua y antidemocrática, empeñada en despreciar las instituciones y el orden constitucional, aunque (paradojas) sus airadas huestes griten y proclamen su nombre en vano. Nada nuevo.

«Me angustia vivir en un mundo demasiado invadido por la actualidad», decía Luis Mateo en una entrevista aparecida en 2019. Esa sensación, el agobio por el exceso de «noticias», aumenta cada día, pero no es el acabose. Hubo tiempos bastantes peores.

En Señales de humo, el ahora premio Cervantes balbucea su credo literario, el que vislumbraba con solo 29 años. El autor, ya en sus inicios, buscaba la «identificación de mundo real y mundo poético a través de una tonalidad irónica». Y ahí sigue, con el mismo empeño, entre sus vecinos del reino de Celama, entre sus lectores, entre los «héroes del fracaso».

No siempre el humo advierte mal presagio ni aviso de fuego destructor. A veces cumple misiones menos trágicas y nada dañinas: acompaña en silencio la luz esperanzadora de una vela, el calor de un tronco en la chimenea. Las Señales de humo de Luis Mateo Díez únicamente fueron el anticipo de una brillante carrera literaria, de una escritura lenta, pero constante y prolífica, que nos cuenta cómo fuimos para entender mejor cómo somos. El primer peldaño de una obra extensa y, por suerte, aún inacabada.