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Acerca de miguelsomovilla

Periodista.

Sin acidez

Según Paco Ignacio Taibo, la lata es «el féretro» de la fabada.

«Disfruta de Asturias sin acidez», sugiere el último y polémico reclamo comercial de los fabricantes de Almax. En Asturias, cuna del buen humor, somos muy propensos a indignarnos si alguien bromea con las esencias patrias. Por un aforismo desafortunado sobre la Virgen de Covadonga, publicado en Los Cuadernos del Norte (número 15, 1982), Camilo José Cela (que parafraseaba un comentario sobre el tamaño de La Santina recogido de oídas) fue declarado persona non grata por el ayuntamiento de Cangas de Onís. La condena sigue vigente, según creo.

Leo desde ayer que dirigentes de asociaciones y entidades varias, incluido el presidente Adrián Barbón, piden que se retire, por peyorativo y perjudicial, este cartel publicitario de Almax. A ver: creo que tampocu ye pa ponese así. Con la única autoridad que me confiere haber cocinado y comido unas cuantas fabadas en esta vida, y aunque ahora mi estómago me impida seguir con la práctica, creo que resulta excesivo pedir la eliminación del anuncio. Si algo propicia la liturgia de la fabada es el ambiente de tolerancia y el disfrute general que la rodea.

La primera edición del Breviario de Taibo es de 1981.

Recomiendo vivamente la lectura del Breviario que el gran Paco Ignacio Taibo I escribió en su día (José Esteban, Editor, 1981), una pequeña joya literaria y gastronómica. Y también animo a comer fabada y arroz con leche a quien tenga la suerte (y la salud) de permitirse ese gran manjar. Que luego se tome bicarbonato, sal de frutas o Almax ya es asunto de cada cual. Yo soy, o era, contrario a esos paliativos para la posible pesadez. A lo hecho, pecho: «… desapruebo totalmente a quienes después de la fabada y el arroz con leche se toman un té de Ceilán o una infusión de manzanilla», señalaba Paco Ignacio Taibo en su delicioso tratado. En resumen, y sin acidez: más fabada y menos censura.

P. S. Pues al final han triunfado las presiones censoras: Almax ha retirado la campaña sobre la fabada y la acidez estomacal. Las marcas «serias» son conservadoras y huyen de las polémicas.
Termina así esta efímera, inofensiva y eficaz iniciativa publicitaria que, tal vez sin pretenderlo, les ha salido redonda a los laboratorios farmacéuticos. El guiño comercial ha «pinchado» en los escaparates, pero ahora Almax se hinchará (con perdón) a vender mejor sus antiácidos en las boticas. Buena parte del éxito (efecto Barbra Streisand) se lo deben a las quejas de esos puntillosos hosteleros y cofrades, escrupulosos guardianes de la ortodoxia astur.

Un cadáver en la biblioteca

Plaza de Cervantes, frente al Hospital del Oriente de Asturias, en Arriondas.

Esta caseta, con aspecto de cabina telefónica inglesa reconvertida en armario para aperos de jardinería, es en realidad una biblioteca al aire libre, un habitáculo destinado al intercambio de libros. En algún momento del día o de la noche, manos anónimas depositan y retiran las obras de su interior, de forma que sus baldas se renuevan constantemente. La puerta no tiene cerradura, tan solo un pasador que el usuario abre y cierra a su antojo. Cuando la descubrí, lo primero que hice fue echar un vistazo a lo que había dentro. Y me encontré con esto: cuatro estantes rebosantes.

Admito que la mayoría de los títulos disponibles no me interesaban demasiado, más que por los autores —que algunos, tampoco— por las ediciones, bastante vulgares y descuidadas. Los bibliófilos, gremio en el que milito solo como meritorio, somos bastantes quisquillosos —repunantes como se dice en Asturias y Galicia— con las cubiertas, las encuadernaciones, el papel, la tipografía y la conservación de los libros. Nadie es perfecto. A pesar de esos reparos, solo imputables a mis prejuicios y manías, enseguida vi dos volúmenes de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y tres tomos de novelas cortas, publicadas por Reader’s Digest, con títulos muy interesantes. O sea que, en caso de necesidad literaria, había en donde elegir. Sin embargo, la vista se me fue de inmediato a un librito medio desvencijado y sin tapas. De su anterior propietaria solo sabemos que fue una desconocida Elena, a juzgar por la firma estampada en una de las hojas. Para esa deducción tampoco hace falta ser Hércules Poirot. El título era sugerente y turbador. Por unos segundos dudé si no se trataba de un juego de rol. Aquí dejo las imágenes:

Confieso que no he leído ese relato de Agatha Christie, Un cadáver en la biblioteca, pero me pareció inquietante que estuviera allí tan a la vista, como si fuera un mensaje en clave o un guiño macabro. No le di más importancia, pero volví al día siguiente y, para mi sorpresa, ya no lo encontré. El cadáver del armario, o sea el libro, había desaparecido. ¿Quién se interesó por aquel ejemplar viejo y desmadejado? Había volado el muerto, pero, por contra, sí aprecié, apilado con otros, un título en el que no había reparado en las visitas anteriores: una edición del Quijote de Avellaneda. En una plaza de nombre Cervantes y con una escultura que parece inspirada en el caballero andante casi en frente, me pareció una afrenta que alguien pusiera allí el Quijote apócrifo que tantos disgustos le dio a don Miguel.

Debajo de los libros apilados, el Quijote de Avellaneda.

Como las apariencias engañan, también he podido comprobar que las siete esculturas ubicadas en los jardines del hospital no son guiños al Quijote como yo supuse erróneamente, sino un tributo de Fernando Bellver a la generación de pintores y escritores que animaron la vida artística del París de hace un siglo, desde Pablo Picasso a Gertrude Stein: «Homenaje Café Stein». «Una rosa es una rosa», decía Gertrude y cantaba Mecano, pero una cabeza con yelmo no tiene por qué ser por fuerza la de Alonso Quijano.

Misterios y bromas al margen, la verdad es que reconforta descubrir que en la villa de Arriondas, que dispone de biblioteca municipal desde 1956, haya personas capaces de poner en marcha la feliz iniciativa de sacar los libros a la calle. Y por partida doble. Una caseta igual que la del hospital también hace las mismas funciones en el parque de La Llera, aunque, a decir verdad, estaba algo más desangelada —con menos libros— que la otra.

Todo este peregrinaje libresco, fruto de una fugaz estancia en la villa en que nací en el lejano 1956 y de la que falto hace casi medio siglo, enlaza con la visita que hice a la biblioteca municipal, cuya creación coincidió, como apuntaba antes, con el año de mi natalicio. Pero esa es otra historia, otro cuento, cuyo desenlace reservo para los lectores de la revista La Peruyal, que se edita el próximo mes de julio y en la que ha sido un honor colaborar.

Febrero, febrerillo loco

Febrero —«febrerillo loco, con sus días veintiocho», según el refranero español— es el mes que menos páginas ocupa, apenas tres hojas, en este hermoso libro centenario plasmado en la foto. Lo publicó Élisabeth de Clermont-Tonnerre —amiga de Marcel Proust— en 1920, bajo el título Almanach des bonnes choses de France. La obra, una de las favoritas de Álvaro Cunqueiro —quien murió convencido, por error, de que su autor era un conde— describe con precisión poética los productos que llenaban las despensas galas de antaño: las flores, los frutos y las viandas de cada estación, seleccionadas mes a mes. El relato empieza en marzo y remata en febrero.

Tengo este ejemplar desde 2019, pero ayer lo recogí del taller de María Manso, en el barrio madrileño de Lavapiés, a donde lo llevé para que luciera una encuadernación digna de la belleza de su interior. María mima los libros y este ha salido de sus manos con traje nuevo, más luminoso que antes. Conservo otro volumen de esa primera edición, impresa en París por Éditions Georges Crès et Cie, y con encuadernación de época. Comparadas ambas, no sabría con cual quedarme. La restauración de María es una delicada obra de artesanía libresca.

Sobre las razones que llevaron a Cunqueiro a confundir a la legendaria Élisabeth con un conde ya escribí en 2020, en el prólogo de Al pasar de los años, antología de la obra periodística de don Álvaro aparecida en la Biblioteca Castro. Tal vez otro día vuelva a hablar de ella, de la duquesa de Clermont-Tonnerre, tan injustamente olvidada hoy, incluso en el centenario de su amigo Marcel, quien la cita, con algunos equívocos, en los volúmenes III y IV de En busca del tiempo perdido. Élisabeth Gramont —su apellido de soltera— se relacionó con numerosos creadores y artistas, entre ellos Edgar Degas, Gertrude Stein, Isadora Duncan y Paul Valéry. También mantuvo una abierta relación amorosa con la poeta y novelista estadounidense Natalie Clifford Barney (1876–1972). La llamada por algunos duquesa roja, por sus simpatías con la revolución soviética, vivió una existencia apasionante y poco común en su tiempo. Febrero, último capítulo de su Almanach, es un buen mes para recordarla.