A los nuevos ricos, sobre todo si su fortuna es de procedencia dudosa, se les pega el dinero, pero no la decencia ni, menos aún, la elegancia. Desde los gayumbos floreados de los roldanes que en el mundo han sido hasta las marisquerías finas y los coches de lujo, el catálogo caprichoso de estos aprovechados deja mucho que desear. El buen gusto, como el cariño verdadero, no se compra ni se vende. Más allá del bochorno político de estos días, y a la espera de que todos estos presuntos escándalos de Koldosy Maseratis se aclaren y se juzguen en su caso, me temo que la nada graciosa ocurrencia del gusto por peras y manzanas —pongamos que hablo de Madrid— se va a tornar agridulce, como el sabor del maracuyá. Frutas de la pasión.
Lo peor, claro está, no es que esos conseguidores sean unos horteras deslumbrados por el brillo de la plata y los billetes. Lo más triste —y lo inmoral— es que hayan podido hacer esa clase de negocios turbios, el tiempo lo dirá, con las arcas públicas. Y aprovechándose de aquella dramática pandemia.
Paseantes en la playa de San Lorenzo de Gijón. Otoño de 2023.
Decía Álvaro Cunqueiro, y tenía mucha razón, que la tristeza es un lujo que solo se pueden permitir los jóvenes. Hoy, por obra y gracia de una ocurrencia comercial lanzada en 2005, el planeta, o sea el mercado, celebra el blue monday, supuestamente el día más triste del año. Su creador, Cliff Arnall, ideó una especie de fórmula matemática para justificar la elección del tercer lunes de enero como la jornada más deprimente y oscura del calendario. Las causas de ese pretendido bajón emocional no parecían muy originales: fin de las navidades, acumulación de gastos originados por las fiestas, tiempo frío y desapacible, escasez de luz natural, propósitos anuales de cambio incumplidos… y frustraciones cotidianas en general, deudas incluidas.
La promotora de la campaña publicitaria que originó el blue monday era una agencia de viajes, Sky Travel, dispuesta a ofrecer un remedio infalible contra esta melancolía pasajera: adquirir unos biletes y reservar alojamiento para unas cortas y reparadoras vacaciones. No funcionó del todo bien. Sky Travel echó el cierre con el paso del tiempo y el psicólogo que dio la idea a la agencia, Cliff Arnall, se desdijo de sus predicciones y encabezó una campaña contra su propia iniciativa: #StopBlueMonday.
Gotas de lluvia en una corrala de Madrid. El invierno está asociado al blue monday..
Todo en vano. Los negocios tienen sus propias reglas y el dichoso blue monday, lejos de desaparecer, «ha venido para quedarse» —juré por todos los dioses que nunca usaría esta odiosa muletilla—. Este día triste y azul (lo del gato de Roberto Carlos es otro cantar) ha desbordado a sus creadores, por más que abominen del día y de la hora en que lo pusieron en marcha. No hay arreglo: estamos rodeados.
He encabezado estas notas con los muy archicitados versos de Paul Éluard, procedentes de su libro La vie inmédiate. Como ocurre tantas veces, el inicio del poema no se asocia a Éluard, sino a François Sagan, que los utilizó para titular su popular novela —Buenos días, tristeza—, aparecida en 1954. El año pasado, la editorial Cátedra publicó una nueva edición y traducción al español, trabajo realizado con exquisitez por María Luisa Guerrero.
La novela se publicó en 1954.
En 1958, la novela llegó al cine bajo la dirección estelar de Otto Preminger. Y con un reparto de lujo:
Termino con otra alusión a Cunqueiro. A don Álvaro no le gustaba nada esta obra de François Sagan: «No se exagera nada si se afirma que el título [Buenos días, tristeza] era muy hermoso, y en verdad excesivo para tan pobre novela, uno de esos bluffs característicos de la historia francesa de la literatura que París impone cuando quiere como un éxito mundial». La sentencia procede de un envés aparecido en Faro de Vigo el 18 de febrero de 1964. Es obvio que Cunqueiro le tenía más simpatía a Éluard que a Sagan y, en el mencionado artículo, aprovechó para dejarnos una hermosa traducción al gallego del famoso poema.
La tristeza, y sus variantes, más allá de la boutade de Cunqueiro —«un lujo para jóvenes»— son un asunto demasiado serio y grave como para dejarlo en manos de las plataformas comerciales y los grandes almacenes. Enero no es un buen mes para hacer el agosto ni para venirse abajo. Demasiado pronto para tirar la toalla. Vayamos con calma.
Esbozo de redacción escolar: Con el agua calmamos la sed, regamos los campos y hacemos refranes: pocos líquidos —salvo el vino, tal vez— dan origen a tantos dichos y juegos de palabras.
Hace tiempo que me obligo a ingerir más agua de la que me apetece cada día. Mi cuerpo y mi mente casi siempre prefieren otras bebidas, todas ellas menos saludables, aunque no sean alcohólicas: café, infusiones, zumo, chocolate. Ayer, tras conseguir tomar el tercer vaso del día, me recreé en contemplar y retratar su reflejo sobre la mesa. No se puede montar un bodegón más ligero: incoloro, inodoro, insípido. Y un poco triste, la verdad.
Aclarado que no soy el santo bebedor, pero tampoco un entusiasta del agua, confieso que aún me asombra (y agradezco) el lujo de levantarme al alba y abrir un grifo o tirar de la cisterna. Pienso en quienes padecen los efectos de la sequía, que pronto seremos todos, y en esas personas que han de recorrer kilómetros para llenar un cántaro. También se me vienen a la cabeza esos exquisitos que alardean en los restaurantes de sus conocimientos sobre marcas de agua: sumilleres de la nada. Por cierto: en la hostelería española, el vaso de agua es gratuito.
Nunca consumo agua embotellada. Hoy por hoy, el que sale por mis canillas madrileñas, tanto en la capital como en El Escorial, se puede tomar sin problemas, al menos para un paladar y un olfato no muy exigentes, como es mi caso. Recuerdo que, hace ya muchos años, el maître del viejo Hotel Principado, me quitó la tontería del agua envasada:
—¿Una botella de agua sin gas? Mejor una jarra de agua de Oviedo, que está muy buena.
El humilde vaso de agua —al contrario del que discurre por las fuentes, los ríos y los mares— no suele despertar entusiasmos épicos ni poéticos. En los bares de antaño se servía junto al café con leche y el combinado adquiría así tintes literarios y hasta berlanguianos: leo en un diario argentino que la costumbre se remonta al Imperio austrohúngaro. Con este guion de andar por casa, y sin más preámbulos, doy los primeros tragos y los primeros pasos de la mañana. Y ya saben: agua de no has de beber…