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Acerca de miguelsomovilla

Periodista.

El mes de la felicidad

Le gustaba desempolvar sus viejas gramáticas: era, para él, un dulce modo de tener presente su condición de mortal.

Herman Melville, Moby Dick, 1851

El 19 de mayo de 1962, en el Madison Square Garden de Nueva York, Marilyn Monroe cantó el «Cumpleaños feliz» al presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy.

Puede que no haya acto más narcisista que la celebración de un cumpleaños. En los sesenta y cuatro otoños que alcanzo hoy, 21 de noviembre, he procurado pasar esa fecha con discreción y sin grandes alardes conmemorativos. Sin embargo, en este 2020 —extraño y agotador por obra y gracias de un virus— he sucumbido, mea culpa, a la socorrida tentación de comentar qué pasaba en el mundo el día que nací yo. Sucedió en un lugar de Asturias de cuyo nombre sí quiero acordarme: Arriondas, Les Arriondes, capital del ayuntamiento de Parres. Me pregunto hoy, como dice la canción de Imperio Argentina en Morena clara, qué planeta reinaría entonces y me asomo a mi particular y mínima historia con más perplejidad que nostalgia. Antes de iniciar estas líneas pensaba citar al obispo fray Antonio de Guevara, quien tenía una curiosa teoría sobre la superación de la frontera de los sesenta y tres años de vida humana— se la expuso en una de sus epístolas familiares al almirante don Fadrique Enríquez—, pero a última hora me he decantado por Herman Melville. La razón es sentimental: la segunda adaptación cinematográfica de la aventura dramática y obsesiva del capitán Ahab la dirigió John Huston en 1956, el año de mi nacimiento. En 2015, Ron Howard (The heart of the sea) volvió a seguir las huellas de Melville y nos acercó a la tragedia del Essex, una de las diversas fuentes de inspiración de Moby Dick. La ballena blanca, como el escribiente Bartleby, siempre está ahí, a la espera.

Al final, como cantaba Luis Eduardo Aute, ocurre «que todo en la vida es cine / y los sueños / cine son». Dicho sea en recuerdo del propio Aute, fallecido el pasado mes de abril, y de Miguel Ángel Aramburu, paisano mío e impulsor de un festival de cine en la calle y de otras iniciativas culturales organizadas en Arriondas, muerto también en mayo. Ni Aute ni Aramburu fueron víctimas de la pandemia, que yo sepa al menos, pero ambos nos dejaron prematuramente en la fatídica primavera del coronavirus. En su memoria: Más cine, por favor.

Después de este largometraje, Elvis participó en una treintena de películas más.

El 21 de noviembre de 1956, miércoles, quinientas veinticinco copias de la primera película de Elvis Presley, Love me tender, llegaban a otras tantas salas de proyección de Estados Unidos. El estreno fue un éxito de taquilla, a pesar de recibir algunas críticas adversas y de tener que competir con la obra póstuma de James Dean, Giant, largometraje estrenado solo tres días después. América bailaba al ritmo de su gran estrella del rock —en plena época de lanzamiento discográfico— y también se emocionaba ante las pantallas con las imágenes de su último ídolo juvenil, muerto prematuramente en un accidente de coche. Transcurrían los primeros años de la guerra fría y, en medio de conflictos como la crisis del Canal de Suez, la Unión Soviética continuaba con el despliegue de sus tropas en Hungría. El Kremlin quiso demostrar con tanques y soldados —Desde Rusia, con amor— que allí no cabía más revolución que la dirigida y controlada desde Moscú.

En España, el día que nací yo, que fue ese 21 de noviembre de 1956, todo era bastante más sombrío. Las primeras páginas de los periódicos de aquel miércoles anunciaban la visita —el día anterior— del general Francisco Franco al monasterio del Escorial. El dictador, autoproclamado caudillo por la gracia de Dios, había presidido en la basílica el homenaje anual al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, fusilado en una cárcel republicana el 20 de noviembre de 1936. Decían también los diarios que, tras la ceremonia fúnebre, Franco y su séquito, despedidos, «entre incesantes aclamaciones, con vítores y aplausos», se dirigieron a Cuelgamuros «para visitar las obras del Valle de los Caídos», inauguradas el 1 de abril de 1959. Allí serían enterrados después los restos de Primo de Rivera y del propio Franco.

Eran las estampas habituales de la España oficial y vencedora de la guerra civil. Para vislumbrar en la prensa de entonces leves ecos de la vida real es necesario fijarse, mejor que en las noticias, en la publicidad; en esos anuncios que dejaban traslucir deseos y sueños inalcanzables en medio de la miseria silenciosa. El ABC de Madrid insertaba ese 21 de noviembre de 1956 una página de Anís de La Praviana, empresa afincada en Asturias y patrocinadora de un concurso que prometía dicha y fortuna: el mes de la felicidad. Echen un vistazo a los premios descritos en el reclamo, especialmente al primero y al segundo. Dan ganas de concursar incluso hoy.

El anís asturiano que prometía una vida de lujo durante treinta días.

Es probable que la pareja de agraciados con ese primer premio del sorteo, quienes además de viajar por la península y vivir a cuerpo de rey durante un mes podían asistir a los espectáculos que quisieran, eligiera ir al cine. En la cartelera no faltaban las propuestas piadosas, como Un traje blanco, anunciada por ABC como «la gran película que el mundo esperaba de España: la historia de un niño que arriesgó su vida por tomar la comunión». Con guion de Vicente Escrivá, el largometraje estaba dirigido por Rafael Gil.

El actor Miguelito Gil, en el papel de Polonio, uno de los protagonistas de la película.

Si los ganadores del concurso de La Praviana viajaban a Barcelona podrían disfrutar de ofertas cinematográficas más atrevidas. Ese 21 de noviembre se anunciaba en La Vanguardia el estreno de Cariño, ¿por qué lo hiciste? (Darling, How Could You!), con una Joan Fontaine, «encantadora, ingenua, pícara, seductora y distraída», según la publicidad. También se daba cuenta en un faldón del mismo rotativo de la posibilidad de ver, en el Fantasio, la versión original de Ese tranvía llamado deseo: «Las propias voces de Vivien Leigh y Marlon Brando en los mismos diálogos de la famosa obra de Tennesse Williams».

Anuncio publicado en La Vanguardia el 21 de noviembre de 1956.
Un tranvía llamado Deseo (A Streetcar Named Desire) se había estrenado en 1951.

Mi pueblo, como el blanco Moguer de Juan Ramón Jiménez, estaba muy lejos de Madrid y de Barcelona, incluso de Oviedo, la capital, a donde viajábamos en tren solo en circunstancias excepcionales, en mi caso para visitar la consulta del oculista: tengo historia clínica con los Fernández-Vega desde hace sesenta años. Todo llegaba a nuestra villa con retraso, también las películas, aunque no he logrado averiguar qué títulos se podían ver entonces en el Cine Peñasanta de Arriondas. Obviamente, mis recuerdos de aquella sala son posteriores. Guardo en la memoria la imagen de Antonio Machín, que vino a actuar allí en directo una tarde, imagino que mediados los años sesenta. Sí he podido confirmar, gracias a nuestro cronista oficial Fran Rozada, que fue en 1956 cuando se inauguró la biblioteca municipal de Arriondas, con unos fondos de mil doscientos libros. Acudí muchas veces a sus dependencias, que estaban en el edificio de las escuelas públicas. Mentiría si dijera que allí me hice lector. Creo que no pasé de hojear los ejemplares del gato Pumby y de mirar con asombro unos estantes cuyos ejemplares me resultaban incomprensibles, pero muy aromáticos. Pienso que fue allí en donde aprendí a oler los libros y a acariciar sus lomos, tal vez por influencia del felino.

Es improbable que entre esos volúmenes estuvieran los dos tomos de una obra publicada el 31 de diciembre de 1956 en Buenos Aires: España, un enigma histórico, de Claudio Sánchez-Albornoz, entonces en el exilio. No es momento ni lugar para extenderse en los apasionantes detalles de su eterna polémica con otro historiador republicano, Américo Castro, autor de España en su historia (1948), disputa intelectual que se mantuvo hasta la muerte de este último, en 1972.

Primera edición de la obra, publicada en 1956 en Buenos Aires.

He querido hoy retratar al sol otoñal que entra por mi ventana de El Escorial esos dos volúmenes, un regalo de cumpleaños con el que me he obsequiado a mí mismo esta semana. Lo he hecho con el ánimo de rescatar unas palabra de don Claudio —padre de Nicolás, preso fugado de las obras del Valle de los Caídos y exdirector del Instituto Cervantes— procedentes del colofón de España un enigma histórico, conclusión que aparece al final del segundo tomo. Y lo hago hoy, 21 de noviembre de 2020, cuando aún resuenan las voces de unas decenas de nostálgicos del franquismo que han salido en los informativos lanzando proclamas a favor del dictador, algo insólito en un país democrático como el nuestro. Un país, para qué obviarlo, que ha tardado más de cuarenta años, los mismos que duró la dictadura, en sacar el cadáver de Franco de un mausoleo, el Valle de los Caídos, propiedad de Patrimonio Nacional. De un monumento en el que se le han rendido honores y homenajes hasta octubre de 2019.

El olvido nunca es saludable. Dice Claudio Sánchez-Albornoz en ese colofón, titulado «Los españoles y la historia»:

Desde hace siglos muchos españoles reniegan de su historia (…); pero España es uno de los viejos pueblos de Occidente, sus servicios a Europa son notorios y su historia puede resistir todas las tempestades del análisis menos simpatizantes sin que se tambalee el edificio de su vida. El enfrentamiento de nuestras ideas sobre su ayer remoto o próximo puede ser fecundo para la formación de la conciencia nacional. (…) Dejemos de arrojarnos al rostro unos a otros tales o cuales trozos del ayer español con ánimo agresivo. Intentemos hacer una historia para todos los hispanos y no al servicio de este o aquel partido o bandería.

Sánchez-Albornoz, que regresó del exilio argentino el 23 de abril de 1976, mantuvo esta misma opinión, la publicada en 1956, en las primeras declaraciones que hizo al pisar tierra española en el aeropuerto de Madrid. Republicano y liberal, y muy alejado de las izquierdas, al llegar a Barajas matizó que él de rojo solo tenía la corbata que lucía aquella mañana. En Asturias, a cuya historia dedicó importantes estudios históricos, recibió distintos reconocimientos tras su regreso. Recuerdo que uno de los ejercicios de la oposición que hice en 1985 para ingresar como redactor en Televisión Española —creada también en 1956— consistió en improvisar una locución sobre las imágenes de la vuelta a España de don Claudio. El vídeo era este, aunque sin la voz añadida del que fuera presidente del Gobierno de la República en el exilio. Entre las caras conocidas de los informadores que estaban a pie de pista veo la de Manolo Avello, legendario y brillante periodista ovetense, a quien tuve el honor de conocer en la redacción de La Nueva España.

Escribía Nicolás Sánchez-Albornoz, parafraseando a Benedetto Croce, que «toda historia es historia contemporánea». Una imagen de hoy nos puede llevar a un recuerdo de ayer. Suelo decir que mi magdalena de Proust es una taza de café con leche con pan desmigado en el interior.

El primer fotograma de Love me tender —la película de Elvis estrenada el 21 de noviembre de 1956 a la que aludía al inicio de estas notas— es la de una máquina de vapor que circula con sus vagones por la vía, al final de la Guerra de Secesión (1861-1865) en Estados Unidos. La locomotora humeante me trasladó a los trenes de mi infancia, aquellos convoyes de la compañía Ferrocarriles Económicos de Asturias que, desde la estación de Arriondas, nos traían y llevaban a Oviedo o a Gijón, también a las cuencas mineras, previo transbordo en El Berrón. Pueblos y ciudades de una región que Francisco Labadíe Otermín, entonces gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, y Gonzalo Cerezo, analizaban con evidente triunfalismo en La hora de Asturias, obra firmada por ambos en 1956. Su propósito, según anunciaban en el prólogo, era ni más ni menos que «reflejar la vida y el progreso de Asturias entre los años comprendidos por esa fecha [1939] y la que marca la aparición de este libro; lo que constituye, en una palabra, la última y más importante revolución de Asturias».

La realidad era bien distinta, bastante más oscura, pero de eso yo tardaría aún bastante tiempo en darme cuenta. Crecí en la España en la que imperaba el espíritu de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; en la España que cantaba el Cara al Sol y veía el NODO. A día de hoy —y para no salirme de la fecha que me ha servido de pretexto para hilvanar estas líneas— prefiero saber que, sin que yo tuviera noticia de ello hasta muchos lustros después, el 21 de noviembre de 1956 —el día que nací yo— un astro del rock cantaba, a miles de kilómetros de distancia de Arriondas, una luminosa canción de amor.

Coser y cantar*

Siempre me fascinaron los talleres de las modistas y los sastres, nobles ocupaciones laborales que ya conocieron tiempos mejores. El olor de las telas, el sonido de la máquina de coser, la precisión de la cinta métrica. El oficio se ha adaptado a los tiempos y tanto unas como otros sobreviven ahora bajo el camuflaje de esas tiendas que anuncian arreglos de ropa: «Se meten bajos, se bordan iniciales, se hacen zurcidos». El clásico renovarse o morir tiene hoy otras denominaciones más eufemísticas —nos reciclamos, nos reconvertimos, nos reinventamos—, pero mantiene la misma esencia darwiniana. He comparado muchas veces la escritura periodística, que es la única que he practicado y practico (y a mucha honra), con el acto de coser o tricotar. En ambos ejercicios hay que tirar de la madeja y hacer con el ovillo una manga, un reportaje, un puño, una reseña, un cuello, una necrológica y, a veces, un jersey entero o una crónica.

Algo parecido ocurre con los rituales asociados a la corrección de pruebas —un libro de artículos, por ejemplo—, tarea más grata de lo que parece, al menos para mí. Todo tiene su liturgia. La ceremonia requiere humildad: hay que asumir de antemano los fallos y las erratas que se nos pasarán por alto y que luego saltarán a primera vista, como dedo acusador. Imagino que a quienes diseñan, hilvanan y componen un vestido o un traje les pasa lo mismo cuando llega el destinatario de la prenda y hay que probarla de cuerpo presente, expresión con tintes funerarios que no viene a cuento emplear aquí al pie de la letra.

Estas metáforas sobre periodismo y costura me han acompañado todos estos años. No quiero olvidar la más socorrida: coser para fuera. Se decía no solo de la modista que trabajaba por encargo desde su casa para el exterior, para la calle, sino de aquel redactor de plantilla en un periódico que, si se terciaba la ocasión, colaboraba esporádicamente en otra publicación a cambio de un dinero complementario. Confieso haber practicado ese arte con bastante frecuencia in illo tempore y me temo que en el momento presente, con miles de colegas precarios y mal pagados, es un modus vivendi bastante habitual. ¿Acaso el freelance no cose para fuera todo el rato? Cose para afuera y, para añadir más incertidumbre a su vida, cobra a tanto el metro, en otra feliz expresión de mi época para describir el pago por pieza publicada o emitida.

En fin, que estos días pasados, metido en la entretenida tarea de corregir unas pruebas de imprenta, he dispuesto mi escritorio como hago cada día, como si fuera el sastrecillo de los cuentos infantiles: la Singer, la vara de medir, las telas, los dedales, los lápices, los alfileres y las tizas. Solo me ha faltado poner a Lilian de Celis, oriunda de mi pueblo (Parres, Asturias) e intérprete de aquel cuplé** prefeminista que sonaba en los cabarés y las emisoras de radio en tiempos de posguerra: «Batallón de modistillas». Coser y cantar. Redactar y corregir.

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*La primera versión de esta nota, escrita sobre la marcha con el teclado del teléfono, la publiqué hace unos días en Facebook. La rescato aquí ahora con leves retoques y una foto nueva. Afirmaba Camilo José Cela —salvando las distancias, como se suele decir—que cuando algo se reescribe —en este caso, ni eso: copia y pega, autoplagio— se le notan las costuras. De ser así, valga en mi descargo que de eso se trata, de tirar del hilo.

**La canción se estrenó en 1912 en el Teatro Romea de Barcelona, interpretada por Marietina, según consta en el catálogo de la Biblioteca Nacional de España, en donde figura como pasodoble. Lilian de Celis (Fíos, Parres, Asturias) la grabó a finales de los años cincuenta en el sello Columbia y a ella se debe la versión más popular.

Amanecer en el Cuera

Ana María Somovilla López, mi madre, en Lledías (Posada de Llanes, Asturias).

Hoy, martes y trece, la lectura matinal de los periódicos me ha llevado bien temprano desde las laderas de Guadarrama a la Sierra del Cuera, la montaña mágica del oriente de Asturias, con la venia del Naranjo de Bulnes y los Picos de Europa. Primero, la del alba sería, me encontré con las palabras lúcidas y sabias del cineasta Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) en una magnífica entrevista publicada en El País. Según se cuenta, el director de Remando al viento habló con el diario por teléfono desde su casa de Lledías (Lledíes, de acuerdo con la toponimina oficial asturiana), parroquia de Posada de Llanes de apenas trescientos habitantes. Gonzalo, que tiene morada temporal aquí desde los años ochenta y es «hijo insigne» de Lledías, habla con Íñigo López Palacios de «esto, lo otro y lo de más allá» (Julio Camba), pero sobre todo de los efectos de la pandemia. Y nos deja algunas frases certeras:

–Afronto estos tiempos con inquietud y precaución. Me entristece la estulticia de los que no siguen las normas sin pensar en las consecuencias. La falta de inteligencia y la obtusa frivolidad que el virus ha puesto de manifiesto contrasta con el sacrificio de otros y el riesgo asumido para salvar vidas.

PINTURAS FALSAS

Lledías, además de por su belleza y encantos naturales, alcanzó en el pasado bastante notoriedad a causa de unas falsas pinturas rupestres «descubiertas» en los años treinta del siglo XX por Cesáreo Cardín en una cueva ubicada debajo de su casa. La historia de ese arte parietal apócrifo desató encendidas polémicas entre quienes defendían su autenticidad (los menos) y los que indicaban claramente que se trataba de un fraude, como quedó sobradamente demostrado. Sobre Cardín y su cueva corrieron ríos de tinta e incluso Juan Cueto Alas, en su inolvidable Guía secreta de Asturias (1976), alude al caso con bastante detalle. Hasta recuerda cuando Sam Peckinpah, amigo de Gonzalo Suárez, apareció por allí «mientras preparaba en Llanes su película Perros de paja: «…visitó la cueva y de la impresión recibida agarró una de sus más importantes borracheras, hasta el punto de que se extravió por los cercanos montes y hubo que organizar una batida para dar con él». Todo lo relacionado con la cueva y la casa del Cuetu Lledías, adquirida a comienzos de la pasada década por el ayuntamiento de Llanes para un proyecto que no pasó de tal por dificultades presupuestarias, es casi una película de misterio. Al lector interesado en saber más sobre el particular le recomienzo el excelente trabajo de Fructuoso Díaz García y Miguel Polledo González, publicado hace apenas un año en Nailos. Los autores, además de ofrecer un estudio riguroso sobre los hechos, son condescendientes y comprensivos con Cesáreo Cardín, quien había sido eficaz ayudante del Conde de la Vega del Sella, Ricardo Duque de Estrada.

LA RESIDENCIA

En Lledías también está desde 1992 la Residencia Sierra del Cuera, casa y cobijo —en el mejor sentido del término— del centenar de personas que habitan en la actualidad este establecimiento ejemplar, entre ellas mi madre, Ana María Somovilla López (La Piñera, Sevares, 1936). Esta mañana, terminada la lectura de la prensa, estuve escuchando a su director, mi amigo el médico Eloy Ortiz, en un coloquio emitido por la Radio del Principado de Asturias sobre la situación de las residencias en los tiempo del Covid-19. Eloy, destacado profesional en el campo de la geriatría, defiende y pone en práctica cada día un modelo de residencia que concibe estos centros como lugares para vivir y disfrutar la etapa última de la vida. Hoy resumió (y resolvió) muy bien el dilema al término del debate: «Todos queremos vivir en nuestra casa el mayor tiempo que se pueda. Las residencias son un recurso más de los disponibles. Hago mías las palabras de Pilar Rodriguez: «en casa mientras sea posible, en las residencias cuando sea necesario»».

Desde las ventanas de la residencia puede verse la sierra del Cuera.

Sierra del Cuera, que cuenta con medio centenar de profesionales abnegados, ha logrado hasta ahora ser un sitio libre del coronavirus. La vida de sus residentes ya no es la de antes. Tiene muchas más limitaciones, pero todos entienden, también sus familiares, que solo con normas y restricciones estrictas es posible combatir la pandemia y evitar los contagios.

Las ventanas permiten la mirada al exterior cuando no son posibles las salidas. Desde la suya en el Cuera, mi madre atiende estos días a una camada de gatos que acuden puntuales a la cita, en busca de sol y de comida. El vídeo me ha llegado a través de Vanesa Galán Carrandi, su fiel asistente de cabecera.

Camada de gatos en Sierra del Cuera.

Hace tiempo que tenía intención de escribir unas líneas sobre Lledías y Posada de Llanes, que tuvo sala de proyecciones desde 1952, el cine Pontbal, hoy un edificio en ruinas. La primera película que se proyectó, según leo, fue Capitanes intrépidos, de Víctor Fleming.

Edificio del cine Pontbal de Posada de Llanes, inaugurado en 1952.

Años más tarde de aquella sesión inaugural apareció por la zona Gonzalo Suárez para rodar su largometraje Aoom (1970). Desde entonces no dejó de venir. Aquí ha escrito guiones, libros, historias de vida y muerte, de amor y desamor. Hoy, en la entrevista que leo en El País al amanecer, Gonzalo recuerda todo eso y da una sabia recomendación final cuando Íñigo López le pregunta sobre el arte y la pandemia:

–¿Ha pensado hacer algo sobre la pandemia? ¿Qué cree que sería más adecuado, un libro o una película? «Higiene, mascarilla, distancia y pensar más allá de nuestras narices. En el cine y la literatura podemos encontrar la evasión, la reflexión, la cultura o la advertencia. Pero nunca la solución». ¿Y qué consejo daría a los chavales que quieren dedicarse al cine? «Que usen la mascarilla».

Tras esta frase conviene aplicarse el cuento, la fórmula de Ortega («Cuando se escribe, o se hace literatura, o sea hace precisión o se calla uno»), y no estropear la feliz sentencia de Gonzalo Suárez con añadidos innecesarios. Tan solo uno: Fernando Vela, el gran discípulo de Ortega, también conocía y amaba estos parajes —murió repentinamente mientras jugaba al ajedrez en un café de Llanes— y fue quien trajo hasta el Cuera, a Andrín, al fotógrafo Nicolás Muller, tan grato en mi memoria. Pero esa historia bien merece ser contada otro día, en el siguiente viaje a Posada de Llanes.

Estación de tren de Posada de Llanes (Asturias).