Tiempo de cerezas

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

J’aimerai toujours le temps des cerises
Et le souvenir que je garde au cœur !

Me acabo de poner un cuenco de cerezas. Antes de lavarlas he mirado su etiqueta, que salvo el precio —dos euros por medio kilo—, no aclara mucho más: ni siquiera el lugar de procedencia. Tal vez lo diga en el código de barras, nada poético… e ilegible para mí. No importa demasiado: saben bien.

¿Cerezas o cerezos? Por estos lares electrónicos, los cerezos en flor tienen tan buena prensa —o mala, según se mire— como los gatos  o las puestas de sol. Lo cierto es que, cada primavera, las redes sociales se llenan de imágenes y comentarios de bienvenida a esos blancos y deslumbrantes paisajes, que surgen y se van en pocos días, según cuentan las crónicas. Y los instagramers. 

Los reclamos turísticos llegan de todas partes: desde el cercano Valle del Jerte, en Extremadura, hasta el lejano y misterioso Japón, que ha convertido este fenómeno en todo un espectáculo: «nubes de flores», leo en un anuncio.

El feliz resultado de las floraciones, las cerezas, tampoco se queda atrás en las citas: la música y la literatura están llenas de referencias a esta fruta roja, dulce y brillante. Puede que el texto más mencionado sea el poema Le temps des cerises (1866), de Jean-Baptiste Clément, un canto nostálgico y épico —asociado después por su autor a la Comuna de París— interpretado posteriormente, entre otros, por Yves Montand.

Me resulta más cercano, por razones sentimentales, el Tiempo de cerezas (1978) de Montserrat Roig (1946-1991), novela publicada primero en catalán, El temps de les cireres (1976). Evocaciones, silencios y voces, del final del franquismo y del inicio de una Transición cargada de esperanza; de unos años convulsos pero ilusionantes, menospreciados hoy por adanistas y resentidos a partes iguales. 

Esta pasada semana, en un viaje a Barcelona, he recordado a aquella mujer tan vital, Montserrat Roig: joven comprometida y brillante escritora, muerta prematuramente a los cuarenta y cinco años. Nos quedan el eco y la memoria de su obra, el tiempo de cerezas, que es efímero.

Sonidos y adioses del silencio

 

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Músicos en Tlahuitoltepec (1956). Foto de Juan Rulfo. Museo Amparo, Puebla, México.

Cando penso que te fuches, / negra sombra que me asombras, / ó pe dos meus cabezales/ tornas facéndome mofa.

Rosalía de Castro, Negra sombra

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Hoy, en este Día das Letras Galegas tan propicio para los marmurios fluviales de Rosalía, aún resuenan en medio mundo —especialmente en México— los ecos de la conmemoración del centenario de Juan Rulfo (1917-1986), natural de Apulco (Jalisco).

Cientos de exégetas han escudriñado en los últimos meses los textos del autor de Pedro Páramo, que fue, a la vez que escritor, un excelente fotógrafo. Esta novela, publicada en 1955, y los diecisiete cuentos reunidos en El Llano en llamas, han dado mucho que hablar: millones de páginas e infinitas voces interpretan sin descanso lo que quiso o no quiso decir Rulfo a través de sus personajes:

…si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

En Comala «se ventila la vida como si fuera un murmullo».

He releído un par de veces esta semana Pedro Páramo y, además de disfrutar de nuevo con un relato inquietante, concluyo que me faltan algunos intentos más para entender mejor la historia de sus muertos vivientes. Seré cauto: puede que no consiga nunca entrar del todo en el sutil inframundo de Comala, ese lugar imaginario, sobrenatural, al que los vendedores de souvenirs literarios le pretenden marcar rutas y mapas imposibles.

Recomendaría a esos mercaderes bienintencionados que escucharan y vieran, como ejercicio muy útil, la difícil y meritoria entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española («A fondo»), allá por 1977. Rulfo se esforzaba entonces en resultar amable y cortés, pero no abandonaba el laconismo y la parquedad ni un instante. Fue una entrevista, como tantas otras suyas, llena de silencios; un encuentro fallido en el que el escritor, en medio de monosílabos y frases desganadas, encendía un cigarrillo y lanzaba un mensaje claro a los buscadores de mitos, tan pertinaces: «No existen los paisajes que describo, tampoco los personajes, que no tienen rostro».

¿Hay Jalisco o ¡Ay Jalisco! en la descarnada, compleja y poética prosa de Juan Rulfo?

De todo un poco. Con el debido respeto hacia los que saben, lo mejor es que cada uno se aplique el cuento como le convenga. Toda obra tiene tantos análisis y acercamientos (o alejamientos) posibles como lectores. Incluso existen libros como Pedro Páramo —o como el Quijote y La Regenta— beneficiosos también para quienes no se han acercado a ellos más que de oídas: ya forman parte del imaginario universal.

En un celebrado soneto de Joaquín Sabina, Que no llevan a Roma, se mezclan ciudades reales e inventadas y, verso a verso, ya no se distinguen bien unas de otras: Macondo, Esparta, Nínive, Comala…

En Comala y alrededores, tras la huella mexicana de Juan y Dolores Preciado, andan ahora Joaquín y sus cuates —Pancho Varona y compañía— haciendo Ruido y guardando silencio a su manera. Y dando la nota (el do de pecho) en el viaje interminable de la vida.

«…Comala se llenó de «adioses» y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban.»

Los adioses de Rosalía de Castro, por terminar con la obligada mención inicial en día tan señalado como hoy, eran más desgarrados y nostálgicos, menos fantasiosos que los de Rulfo, pero ese ya es otro cantar.

Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás…
tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar!

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*Después de publicar estas líneas he leído las estupendas páginas dedicadas a Rulfo en Letras Libres (mayo de 2017). Son muy estimables y desmitificadores los artículos de Héctor Abad Faciolince, «El sufragio de las almas», y el diálogo entre Rodrígo Márquez Tiziano y Elvira Navarro, titulados «La renovada vitalidad de Rulfo».

Y he podido adquirir el catálogo de la exposición organizada por el Museo Amparo de Puebla, de la que se ocupa también en Letras Libres Fernanda Melchor.

Definitivamente, Rulfo parece inagotable.

Lectores: extraños en un tren

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo».

Fragmento de la cubierta de «El niño descalzo», de Juan Cruz.

¿Pantalla o papel? Hay razones para defender o preferir cualquiera de los dos formatos y casi todas me parecen aceptables, con ventajas e inconvenientes. A veces he leído una misma obra alternando los dos soportes –hice la prueba con un título propicio y un tanto apocalíptico: Elogio del papel– sin notar diferencias apreciables más allá de las relacionadas con mi limitada capacidad visual, que me condiciona: yo soy yo y mis múltiples gafas. Por eso prefiero leer en la tableta y no en el Kindle: admiro el invento de la tinta electrónica, pero mis ojos no la consiguen leer bien.

Aclaro de antemano que me gustan mucho las bibliotecas, las librerías y los libros: el tacto de las hojas, el olor de las páginas, el diseño de las cubiertas, la solidez de una buena encuadernación, la elegancia de un lomo antiguo. Yo poseo una biblioteca muy modesta, casi mínima, aunque la reparto entre dos casas, una de ellas tan pequeña que solo da para guardar títulos escogidos. La he reconstruido –tuve otras–  tras algunos naufragios domésticos y la cuido y ordeno con mimo. Incluso he convertido algunos estantes, puro fetichismo, en hornacinas que albergan figuras de escritores al lado de sus obras: la de Pessoa, la de Valle. También he montado una sección especial, independiente, la cunqueiroteca, con casi toda la obra de don Álvaro en diferentes ediciones.

EL TIEMPO PERDIDO

A la vez que escribo esto, he de admitir mi admiración por el milagro que supone desear en cualquier momento un determinado título (por los motivos más diversos) y conseguirlo con un sencillo clic, no importa en qué lugar estés ni la hora que sea. Acabo de leer en la pantalla del iPad –con la aplicación de Kindle para Apple– El niño descalzo, de Juan Cruz. Desde una perspectiva sentimental es un libro que pide ser leído en papel, pero el día en que quise comprarlo no disponía de tiempo para ir a la tienda y lo adquirí en Amazon en apenas dos minutos. Lo he leído, de pe a pa y en diferentes lugares, en la tableta. Y he sentido, creo, la misma emoción que si lo hubiera hecho en papel. Lo he podido anotar y subrayar y he ido viendo cómo avanzaba en el paso de las páginas. No sentía las hojas, pero sí el latido profundo de esas sucesivas cartas de Juan Cruz a su nieto Oliver: una larga epístola poética, escrita entre 2013 y 2015, que es la crónica de tres infancias (y de otras vidas y circunstancias) entrecruzadas en el frágil territorio de la memoria. Y de la incertidumbre. Y de la soledad. Tempus fugit.

El niño descalzo, un texto lleno de referencias y devociones literarias (Kipling, Fitzgerald, Machado, Lorca, García Márquez…), es un relato valiente, un lírico descargo de conciencia, precedido de otros que también lo eran: La foto de los suecos y Ojalá octubre. El ejercicio del periodismo, omnipresente, sale a relucir en muchos pasajes y hay un capítulo dedicado expresamente a esta vieja y maltrecha profesión, El oficio, que bien podría ser el embrión de reflexiones más profundas y extensas.

Suele decirse –lo afirma Roberto Casati en Elogio del papel– que la lectura en las tabletas distrae la atención porque estos artilugios, si están conectados a la Red, constituyen una tentación permanente: noticias entrantes, correos salientes, mensajes perturbadores, posibilidad de consultar y desviarse por los meandros. Depende. También uno se puede desconectar del libro convencional si, a la vez que lee, pone la radio o está contestando en la cuenta de whatsapp.

Nada de esto me ha ocurrido durante la lectura de El Niño descalzo.

EXTRAÑOS EN UN TREN

Al llegar al final, he hecho una foto de la portada electrónica del libro (sacada del iPad) sobre mi humilde librería, con Pessoa al fondo. Y al disparar, además de retratar mis contradicciones, me he preguntado si Oliver, el principal destinatario del relato, preferirá cuando crezca y sea un lector adulto el papel o lo rosa, que es como se refiere hoy, a sus cuatros años, al dispositivo electrónico de su madre, Eva, por el color de la funda que lo protege.

Sé que los editores manejan datos según los cuales en España las ventas de libros en formato electrónico son irrelevantes frente al papel, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, por ejemplo. Al margen de las estadísticas, veo muchas mañanas, en el tren y en el metro, la coexistencia pacífica de lectores cargados de tochos interminables y pesados –esos best seller que arrasan, ¡ay!, en los grandes almacenes– con esos otros viajeros que van ensimismados con su libro electrónico. Extraños en un tren.

Al pequeño Oliver, según cuenta su abuelo Juan Cruz, le apasionan los coches y los trenes de juguete. Todavía no ha podido descubrir el misterio de quienes van a bordo, pero para eso tiene toda la vida por delante. Y los libros.

P. S.

En El niño descalzo se habla bastante de Inglaterra. Juan Cruz fue corresponsal de El País en Londres. Vivió allí un tiempo, incluso antes de tener esta ocupación profesional, y ha regresado recientemente con Oliver y su familia, con Pilar y con Eva, según cuenta en varios capítulos. Al terminar estas líneas recordé un título que trata sobre libros en la capital británica, una historia breve y emocionante: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. He ido a la estantería y estaba aquí. Pero, si no lo hubiera encontrado y hubiera sentido la urgencia de disfrutarlo de nuevo, he visto que también se puede localizar y descargar en un clic. Tiempos modernos.