Febrero, febrerillo loco

Febrero —«febrerillo loco, con sus días veintiocho», según el refranero español— es el mes que menos páginas ocupa, apenas tres hojas, en este hermoso libro centenario plasmado en la foto. Lo publicó Élisabeth de Clermont-Tonnerre —amiga de Marcel Proust— en 1920, bajo el título Almanach des bonnes choses de France. La obra, una de las favoritas de Álvaro Cunqueiro —quien murió convencido, por error, de que su autor era un conde— describe con precisión poética los productos que llenaban las despensas galas de antaño: las flores, los frutos y las viandas de cada estación, seleccionadas mes a mes. El relato empieza en marzo y remata en febrero.

Tengo este ejemplar desde 2019, pero ayer lo recogí del taller de María Manso, en el barrio madrileño de Lavapiés, a donde lo llevé para que luciera una encuadernación digna de la belleza de su interior. María mima los libros y este ha salido de sus manos con traje nuevo, más luminoso que antes. Conservo otro volumen de esa primera edición, impresa en París por Éditions Georges Crès et Cie, y con encuadernación de época. Comparadas ambas, no sabría con cual quedarme. La restauración de María es una delicada obra de artesanía libresca.

Sobre las razones que llevaron a Cunqueiro a confundir a la legendaria Élisabeth con un conde ya escribí en 2020, en el prólogo de Al pasar de los años, antología de la obra periodística de don Álvaro aparecida en la Biblioteca Castro. Tal vez otro día vuelva a hablar de ella, de la duquesa de Clermont-Tonnerre, tan injustamente olvidada hoy, incluso en el centenario de su amigo Marcel, quien la cita, con algunos equívocos, en los volúmenes III y IV de En busca del tiempo perdido. Élisabeth Gramont —su apellido de soltera— se relacionó con numerosos creadores y artistas, entre ellos Edgar Degas, Gertrude Stein, Isadora Duncan y Paul Valéry. También mantuvo una abierta relación amorosa con la poeta y novelista estadounidense Natalie Clifford Barney (1876–1972). La llamada por algunos duquesa roja, por sus simpatías con la revolución soviética, vivió una existencia apasionante y poco común en su tiempo. Febrero, último capítulo de su Almanach, es un buen mes para recordarla.

De led y de color

Hágase la luz. Algunos dirigentes municipales, pienso ahora en el estelar alcalde de Vigo, parecen empeñados en deslumbrarnos con un sinfín de luminarias para festejar las navidades. El caso de la ciudad gallega es el más llamativo de los últimos años, pero tiene una legión de imitadores en otros lugares. A estas alturas, un ayuntamiento español no pinta nada en el suelo patrio si sus bombillas navideñas no se perciben desde el firmamento, en clara competencia con las estrellas. Nuevos retos (y ritos) de la política local.

Tanta potencia lumínica, al margen de abrir un debate sobre la pertinencia ecológica y económica de esos espectáculos de led y de color, conduce inevitablemente a la nostalgia; a aquellos tiempos, no tan remotos, en que las luces conmemorativas procedían de la efímera calidez de una vela.

Supongo que a los miles de visitantes que acuden estos días a Vigo, atraídos por el torrente de luz como las mariposas por la lámpara, tales disquisiciones y dilemas les dan igual. Asumamos que el reclamo eléctrico vigués funciona como eficaz atracción publicitaria y turística, para regocijo de ediles y comerciantes, y pese a cierto malestar vecinal. Admitamos también que aquella época en que Ánxel Fole escribía cuentos Á lus do candil (1952) pertenece ya a un pasado puramente literario, a un territorio de la memoria tan lejano como algunas galaxias de Star Wars.

Luz y tinieblas. Como ocurre en algunos episodios de la serie de George Lucas, vivimos en permanente paradoja: atrapados en medio de esa eterna lucha entre la claridad del bien y la oscuridad del mal. Cegados por los destellos del láser y tan vulnerables como la débil llama de una vela.

Sequía

Jardines de la Casita del Príncipe

La frágil planta de la foto, apenas un brote, parece pedir a gritos un poco de agua. Está en unos jardines públicos, los de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid), rodeada de congéneres de todos los tamaños y condiciones. La mayoría de árboles y flores del lugar —estas últimas escasas de pétalos ya al final del verano— gozan aquí de buena salud, gracias a los cuidados del personal de Patrimonio Nacional, y resisten con dignidad el sofoco de las altas temperaturas.

Al incipiente ejemplar de la imagen, por alguna razón que desconozco, hoy no le ha llegado el riego. No ha probado el agua en todo el día o, segunda posibilidad, a esta hora de la cálida tarde, ha consumido ya hasta la última gota. No lejos de ella hay otras que intentan salir adelante en medio de una tierra polvorienta y yerma. Suelo árido y caliente, pese a las atenciones que recibe por parte de los jardineros en este enclave de lujo: en la naturaleza, si el ser humano anda por el medio, también hay clases y privilegios.

La incertidumbre del arbusto

Mientras paseo y contemplo su lucha por la vida, escucho en la radio que el parlamento español ha aprobado, por fin, una serie de medidas (tímidas aún) para atajar la dramática crisis climática y energética en la que estamos inmersos. Las propuestas del Gobierno han salido adelante por los pelos, con los votos en contra de la derecha, miope y egoísta, dispuesta a todo, incluso a la sinrazón como hoy mismo, para recuperar un poder que considera suyo por la gracia de Dios. O tal parece. ¿Cómo explicar sino tanta incongruencia, tanto desatino? Ya veremos si esa estrategia de tierra quemada, de populismo rancio, les funciona a esos partidos de charanga y pandereta machadiana en las urnas, siempre soberanas para los demócratas, nos gusten o no los resultados.

Estanque de la Casita del Príncipe

En el pequeño estanque situado en la parte alta de los jardines de la Casita del Príncipe, ranas y renacuajos aprovechan el agua para cumplir con sus ciclos y rituales. Sobreviven y croan en medio de esta charca artificial y de caudal escaso, ajenas a las incomprensibles decisiones humanas, generalmente adversas para ellas y sus semejantes.

Primera edición (1920) de este libro de crónicas y artículos

Adenda con Julio Camba

Las ranas, y ellas lo saben aunque no cobren derechos de autoría, son propicias para las fábulas. Cuando el gran Julio Camba, cínico y brillante, reunió en un libro parte de sus deliciosas crónicas como enviado especial, lo tituló precisamente La rana viajera (1920):

«Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puede verme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Lo que parecen críticas o comentarios no son más que reacciones contra el ambiente extraño y hostil. Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, y a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de batracio».

Inevitablemente, la andadura de todo corresponsal, antes o después, acaba con el regreso a casa. Y así le sucedió a Julio Camba: «Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la misma rana de antes. (…) ¿Cómo encontrará su charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años?». La respuesta de Camba, en el último párrafo:

«… no solo resultará que España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve apenas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable».