Las nieves del tiempo*

En memoria de los médicos Venancio y Raúl Prado, que contribuyeron con admirable entusiasmo a hacer de Parres un lugar mejor y convirtieron Arriondas en el referente de sus vidas.

Siento el final / la colina nevada / y allí tu sombra.

Emilio Sola Castaño**, 2001


Imagen de la nevada de 2020 en El Escorial (Madrid)

Don Venancio no nos llevó a conocer el hielo. En Arriondas, nuestro Macondo particular, ese negociado estaba entonces —o así lo imagino yo ahora— en el gran frigorífico de la Pescadería Valdés, que fabricaba bloques relucientes, como polos gigantes. Decía que don Venancio no nos llevó a conocer el hielo, pero sí nos habló de la nieve, del manto blanco que cubría en invierno la Ciudad Universitaria de Madrid, donde él cursaba medicina. De esa época elogiaba el talento científico de Juan Negrín, catedrático de Fisiología antes de convertirse en dirigente de la Segunda República española. Al finalizar las clases, el joven Venancio salía a la calle cuando dejaban de caer los copos y manejaba la pala para abrir caminos y practicar deporte, otra de sus pasiones. Los boquiabiertos estudiantes del instituto, inaugurado en la villa en 1968 —durante su mandato como alcalde—, escuchábamos sus historias con asombro. Prado, además de médico y regidor municipal —estuvo al frente del ayuntamiento desde 1967 hasta 1971—, era nuestro profesor de educación física y nos reiteraba la importancia de mover el esqueleto para mantenerse en forma. Él, que contaba a la sazón cincuenta y ocho años, se conservaba muy bien. Tenía distintas ocupaciones laborales, pero nunca lo vi abrumado ni quejoso mientras deambulaba por las aulas o bajaba a las pistas, a veces en patines y enfundado en una chaqueta de chándal rojo, puesta sobre la camisa y la corbata.

Venancio Prado González, doctor titular en Arriondas durante más de cuatro décadas, había nacido en La Habana el 22 de octubre de 1910, hijo de padres asturianos emigrados a Cuba. Curiosamente, su primogénito —Raúl— vino al mundo en Oviedo, en una fecha del calendario coincidente con la suya, el 22 de octubre de 1938.

Todo empezó a orillas del Sena. En el verano de 1936, al estallar la guerra civil, Venancio estaba de viaje de estudios en Alemania y desde allí se trasladó a Burdeos para encontrarse con su novia, María González Saiz, procedente de una España que saltaba por los aires. Se casaron en París en julio de aquel año, según me cuenta Jorge Prado. Que su boda se había celebrado en la capital francesa nos lo había relatado alguna vez a sus alumnos. A mí me parecía un acto romántico y casi cinematográfico —«siempre nos quedará París»—, en medio de un momento histórico tan trágico. El casamiento parisino acentuaba el aire cosmopolita de don Venancio. Además de políglota —una tarde memorable lo entrevistamos en francés Juan Cueto, Juan Luis Peruyero y yo para un trabajo del instituto— era un viajero intrépido por la Europa de los sesenta, que recorrió a bordo de una caravana de fabricación casera, hecha en Arriondas, enganchada al coche.

Venancio y Raúl Prado en 1980, año en que el primero de ellos se jubiló como médico.

Tuve la fortuna de conocer y tratar a ambos, a Venancio y a Raúl, que me honraron con su amistad y me ayudaron a descubrir mundos desconocidos en diferentes momentos de mi trayectoria. Primero en Arriondas, donde la casa de don Venancio, encima del Café España y sede de su consulta médica, siempre estuvo abierta. Yo empecé a ejercer de corresponsal de La Nueva España con apenas dieciséis años y muchas tardes acudía a su domicilio para escucharle, para aprender de su experiencia y de sus consejos. Allí supe de varios de sus proyectos, desde la creación de la Ruta de la Reconquista hasta la promoción del Mirador del Fitu y el diseño del parque de La Llera. Desprendía entusiasmo por Parres y por el oriente de Asturias. Daba igual que hablara de Roberto Frassinelli —el alemán de Corao—, de quien guardaba dibujos originales, que de «Arriondas, capital salmonera», eslogan que mandó poner en unas pegatinas impresas, en su primera versión, en los talleres de la imprenta Quesada de Cangas de Onís. Venancio Prado, pregonero de La Peruyal en dos ocasiones (1962 y 1983), se jubiló en 1980 y falleció el 7 de agosto 1991.

Venancio Prado fue pregonero de La Peruyal en 1962 y 1983.

Por el río Sella también sentía devoción su hijo Raúl, con quien me encontré en Madrid en 1975, cuando me fui allí para estudiar periodismo. Raúl Prado, médico como su padre, empeñó años de su vida en elaborar la historia de la Fiesta de las Piraguas, que plasmó en distintas y exhaustivas ediciones. Contribuyó asimismo a la creación del Club los Rápidos de Arriondas, del que llegó a ser presidente. En este porfolio del Bollu hay decenas de artículos suyos sobre el Descenso del Sella y sobre otra de sus aficiones: la arqueología. A mediados de los setenta ideó —doy fe— un Centro de Estudios e Iniciativas Parraguesas, que finalmente no prosperó. Incluso llegó a escribir aquí un Diccionario de parragueses en varias entregas, al igual que una biografía de su padre, cuyo primer capítulo vio la luz en julio de 1999.

A través de Raúl, que era miembro de la Asociación de Médicos Escritores, conocí en Madrid a Emilio Sola y a Juan Manuel Feliz. Y al catedrático de Medicina Legal José Delfín Villalaín, que había sido compañero suyo en la carrera, un sabio en su especialidad. Raúl me llevó una mañana a la biblioteca del Ateneo de Madrid. No hace mucho he vuelto por allí, casi medio siglo después, y reviví aquella primera visita con añoranza. Con inevitables interrupciones seguimos tratándonos hasta el final de sus días, truncados por una muerte prematura el 3 de junio de 2011. La última conversación fue en una cafetería de la zona de Delicias, en donde vivía. Justo Manzano publicó una emotiva necrológica en El Comercio a la mañana siguiente de su fallecimiento y Falo Cueto nos dejó en esta revista una conmovedora despedida.

He querido pergeñar la breve e incompleta semblanza de los doctores Venancio y Raúl Prado, hecha a vuelapluma, porque su huella entre las nuevas generaciones de parragueses es probable que se haya perdido o desdibujado. Que yo sepa, en Arriondas no hay ningún signo externo —calle, placa, busto— que preserve sus nombres, los de dos ilustres vecinos que trabajaron con ilusión persistente por hacer de nuestro pueblo un lugar mejor y más reconocido, hasta el punto de convertir esa dedicación en un referente de sus vidas.

«Las nieves del tiempo platearon mi sien», dice el tango. He desempolvado al inicio la nostalgia y el silencio de la nieve para recordar hoy —«es un soplo la vida»— las figuras de Venancio Prado y su hijo Raúl. Y los traigo aquí, a unas páginas tan familiares para ellos, con el ánimo y la humilde intención de sacarlos de un inmerecido olvido que sería de justicia reparar, como ya sugirieron otros antes que yo: Luis el del Cuetu y Rubén Norniella, por ejemplo. Hay muchas formas de enmendar nuestra dejadez. Ojalá que los socios y la nueva directiva de La Peruyal, su amada fiesta, seamos capaces de poner remedio cuanto antes a este descuido ciudadano, a esta deuda moral de Arriondas con la memoria de los doctores Venancio y Raúl Prado.


* Texto publicado en la revista La Peruyal de Arriondas (Parres, Asturias) en julio de 2022. Agradezco a Jorge Prado —hijo de Venancio, hermano de Raúl y médico como ellos— los datos y la foto de ambos que me ha facilitado. Raúl Prado estuvo casado con María del Carmen Vera Orfila, también fallecida, y el matrimonio tuvo dos hijas: María del Carmen Prado Vera y Claudia-Paloma Prado Vera.

Extiendo mi gratitud a Tamara Llamedo y Sergio Suárez, que me han proporcionado el acceso a la colección digitalizada de la revista La Peruyal, fuente hemerográfica imprescindible para conocer la historia de Parres desde 1953.

** Poeta e historiador, nacido en Arriondas en 1945. Su Obra Poética completa se publicó (Huerga & Fierro) en 2018.

   

Cela y Wenceslao

Edición conmemorativa publicada en 1985

«Wenceslao, con su pinta de señorito, de pollo pera se decía en sus años mozos, llevaba dentro un sentimental vergonzante, un sentimental que jamás hubiera querido reconocerlo ni menos aún declararlo». CJC.

Hoy, en el vigésimo aniversario de la muerte de Camilo José Cela (1916-2002), efeméride que ha pasado con más pena que gloria, he recordado que en 1985 el autor de «La colmena» escribió unas notas (a las que pertenecen las lineas iniciales) para conmemorar el centenario del nacimiento de su colega Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964). Esas consideraciones de CJC, manuscritas con su peculiar y minuciosa caligrafía en papel timbrado de la Real Academia Española, tenían por destino una edición especial de El bosque animado (la obra cumbre de WFF), publicada por la Librería Arenas de A Coruña. En realidad, es la misma versión de la novela que aparece en la Colección Austral desde 1965.

Primera hoja del manuscrito de CJC publicado en 1985
Segunda hoja del manuscrito de CJC publicado en 1985
Tercera hoja del manuscrito de CJC publicado en 1985

Las tres cuartillas de Cela, que recuperamos aquí, aparecen reproducidas al inicio del libro, en cuya cubierta se resalta la colaboración especial del que, cuatro años después, sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Señalaba entonces Cela algo que probablemente le hubiera gustado sentir a él mismo en días como hoy: «Para mí tengo que a Wenceslao, desde el otro mundo, le gustaría saberse recordado por sus paisanos».

A CJC, según leo y veo en algunas fotos, hoy le han rendido homenaje algunos representantes políticos e institucionales, en un acto protocolario y un tanto desangelado. Al menos esa mi impresión desde la lejanía. Es un lugar común constatar que a muchos grandes escritores, y Cela lo fue sin duda, les eclipsa con frecuencia el personaje que crearon a lo largo de su vida. CJC, especialmente en sus últimos años, tejió en torno a él una figura deliberadamente antipática y provocativa, extraliteraria. No sé si es la única razón del olvido en que permanece su obra, pero parece indudable que ha contribuido a favorecer esa amnesia.

Tuve la ocasión de tratarle de cerca, por distintos motivos profesionales, y creo que ese sentimental escondido y vergonzante, que él creyó descubrir en Wenceslao, tenía bastante del propio Cela. Doy fe. Al menos de aquel Cela, que como Wenceslao, comenzó como joven poeta, «Pisando la dudosa luz del día», esa incierta y crepuscular hora gongorina.

P. S. Estas líneas las publiqué ayer, 17 de enero de 2022, en Facebook. Hoy, al transcribirlas aquí, me he encontrado con distintos artículos sobre el aniversario de CJC. En la revista Vanitatis he leído una «Carta abierta de Marina Castaño [su segunda y última esposa] a Camilo José Cela en el aniversario de su muerte: veinte años no es nada». Sin hacer juicios de valor sobre sus comentarios, que para eso ya están las redes sociales, creo que de esta reseña de la viuda de Cela (hoy casada de nuevo) se desprenden explicaciones que ayudan a entender mejor lo que apuntaba más arriba. Otra vez, el personaje le hace la puñeta al escritor.

Dos formas de escribir

Se supone que la solemnidad del comienzo de año exige escribir fino y elegante, que es una forma de simular la trascendencia: pensamientos profundos, sentencias elevadas. Iba a teclear, en consonancia, unas líneas conmemorativas sobre la dichosa magdalena de Proust, ejemplo inquietante de cómo esa compleja y monumental obra literaria, En busca del tiempo perdido, puede quedar reducida para el común de las gentes —del que formo parte— a una feliz ensoñación mil veces repetida. El centenario contribuirá a agrandar la leyenda y a aumentar la venta de mantecadas.

«Proust se ha convertido en una moda y sus libros se venden más que se leen y se comprenden», afirmaba en 1948 su biógrafa y amiga Élisabeth de Gramont, autora del delicioso Almanach des bonnes choses de France, que fue libro de cabecera de Cunqueiro.

Andaba yo en esas elucubraciones, fruto —supongo— de un covid recién superado, cuando me ha llegado desde la cocina un intenso aroma a humilde compota de manzana. Esa fragancia —una suerte de pomarada deconstruida, un lagar minimalista— supera con creces en mi memoria pueblerina al olor del bizcocho mojado en té —o en tila—, convertido por Marcel en sublime hallazgo literario: «…nada subsiste de un pasado antiguo, solo el olor y el sabor (…) perduran durante mucho tiempo aún…», dice el autor cuando intenta recuperar la memoria «de aquellos días de Combray».

Esta tarde, por razones varias, todos los caminos me llevan a Francia, cuna de la marca Bic. Hace años, un antiguo anuncio televisivo explicaba, en apenas veinte segundos, las diferencias entre la escritura fina del Bic naranja y la normal del Bic cristal, que es el modelo al que pertenecen los cuatro bolígrafos que aparecen en la foto, metidos en un tarro de conservas. ¿Por qué el trazo más grueso es el ortodoxo, el convencional, y el más delgado se identifica con la elección más exquisita y distinguida? Gordo y flaco, Quijote y Sancho, blanco y negro.

Los dilemas sobre la normalidad son tan eternos como las preguntas sobre la vida de un escritor o de un artista o de un deportista de élite. He empezado a hojear hace unas horas el último libro de la filósofa Gisèle Sapiro: ¿Se puede separar la obra del autor?, se pregunta ella y nos pregunta a nosotros. Siempre he pensado que no, que no es posible ni deseable esa escisión, pero probablemente hay tantos argumentos a favor como en contra. Basta con escuchar a los seguidores de Djokovic, que, no contentos con sus apabullantes y merecidos éxitos en las pistas de tenis, están empeñados en convertirlo, por añadidura, en el paladín de la libertad mundial. Bic naranja o Bic cristal, «dos escrituras a elegir». Esa es la cuestión.