Aquella Transición, este paisaje

Al vent,
la cara al vent,
el cor al vent,
les mans al vent,
els ulls al vent,
al vent del món.

Raimon, 1963

Galería en Llanes (Asturias).

Galería en Llanes (Asturias).

He disparado —y elegido— dos fotos para ilustrar estas líneas, más largas de lo deseable y redactadas en medio de otros quehaceres y obligaciones. La primera es una galería deshabitada de Llanes, en Asturias. Está tomada el pasado sábado, 10 de junio, y me resulta inquietante: ¿Quién se habrá asomado a ese balcón? ¿De qué año será el calendario abandonado en la pared? ¿Cómo sonará el silencio en su interior?

La otra imagen, colocada más abajo, también es de una ventana, la del despacho que ocupo temporalmente como director de Comunicación en la Real Academia Española, frente a los Jerónimos. En contra de lo que parece, este segundo escenario, en el que me paso bastantes horas al día, es menos sugerente. Puede que sea la costumbre, que adormece la curiosidad.

Veo parcialmente los muros de la iglesia y solo escucho ahora mismo, cuando tecleo, el motor de los autocares estacionados debajo, que aguardan a los apresurados visitantes del Museo del Prado. Dos cristaleras, dos fragmentos de paisaje, dos puntos de vista: mil miradas.

CONTRA LA NOSTALGIA

Según decía Álvaro Cunqueiro, la tristeza es un lujo reservado a los jóvenes. Pienso lo mismo de la nostalgia: no es —o no debería ser— para viejos. Añorar el pasado o irse por las ramas de la saudade queda bien en los libros de Pessoa y en los fados, pero no parece una actitud recomendable en la vida ordinaria. El día a día ya nos ofrece dosis suficientes de dolor y de pena y de rabia —también de alegría— sin necesidad de alimentar más el fuego de la desgracia por voluntad propia.

Me detengo aquí —yo y mi manía de hacer preámbulos— porque este primer párrafo, lejos de mi propósito, me ha salido con cierto tufillo a libro de autoayuda, un subgénero literario que detesto cordialmente. Lo que quería decir, y voy por fin al grano, es que esta España de 2017 me parece mucho mejor, en todos los órdenes, que la de 1977, año de celebración de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura franquista.

Empiezo esta nota el 11 de junio de 2017, domingo. Miro por la ventana del hotel y contemplo la playa del Sablón, en Llanes. Un poco más arriba está el paseo de san Pedro, privilegiado mirador sobre el mar Cantábrico, inmortalizado en días soleados por legiones de turistas a golpe de selfie. La era digital ha puesto fin a los límites. El carrete fotográfico ejercía cierta función selectiva, obligaba a la prudencia. Lo sabían bien los aficionados de entonces, como don Eloy, el protagonista de La hoja roja (1959) de Miguel Delibes, que practicaba en su casa con la cámara vacía, sin rollo, con el fin de no malgastar película, a precios prohibitivos para un jubilado de la posguerra.

Las calles de Llanes, húmedas por el orbayu, están vacías y silenciosas a las nueve de la mañana. Calle Mayor abajo hay una tienda de ropa que hace guiños a los nombres nuevos, tan propicios para los juegos de palabras: Xelfi. Algunos carteles anuncian en los bares un próximo festival rociero con Los Chunguitos y Azúcar Moreno. La diversidad cultural también era esto: Llanes por bulerías. 

RAIMON EN RIBADESELLA

Pienso durante unos minutos, lo hago a menudo, en algunos episodios de aquella Transición política —dichosas efemérides— que viví con veinte primaveras recién cumplidas y me viene a la cabeza el recital ofrecido por Raimon muy cerca de aquí, en Ribadesella, también frente al mar. Fue el 28 de julio de 1976.

Yo trabajaba en prácticas, con mucho entusiasmo y pasión, en La Nueva España. Y lo hacía en unas condiciones laborales de las que no quiero acordarme: si echo cuentas, siento envidia de esos stagiers que tanto critican ahora al cocinero Jordi Cruz. No es una queja retroactiva: volvería a repetir la experiencia, aunque solo fuera por recibir y compartir la generosidad y el afecto que me regalaban a diario los mayores del oficio: Faustino F. Álvarez, José Manuel Vaquero, José Manuel Ponte, Evaristo Arce, Graciano García, Ceferino de Blas, José Vélez… y tantos otros.

Aquella tarde logré convencer a Ponte, entonces redactor jefe del periódico, para que me dejara ir a Ribadesella a hacer una crónica del concierto, organizado en medio de una gran expectación. También me ofrecí a tomar las fotos, por si eso facilitaba el permiso: no era fácil publicar algo sobre Raimon en La Nueva España de 1976. Andaban por Ribadesella otros colegas. Recuerdo a Javier Ramos, en representación de Asturias Semanal, y creo que estaban también Lorenzo Cordero y Luis José Ávila por La Voz de Asturias, aunque es un dato —la frágil memoria— que no puedo confirmar ahora.

Fue una actuación emocionante, con mucha guardia civil en los alrededores, pero todo discurrió con cierta normalidad, dadas las circunstancias:

Jo vinc d’un silenci / antic i molt llarg. 

Regresé bastante tarde a Oviedo y logré revelar deprisa el carrete en el cuarto oscuro —el laboratorio: no piensen mal— del periódico, junto a la rotativa y las linotipias. La nota, supongo que en aquel estilo «objetivo» y serio que yo envidiaba de El País incipiente, salió en la última página y para mí supuso todo un premio profesional. Y algo más íntimo: tuve la efímera sensación de contribuir, con aquel ínfimo grano de arena, al avance hacia una España democrática aún muy lejana. Pretenciosa vanidad de un aprendiz de periodista, y de ciudadano, que, como la canción de Joan Manuel Serrat, solo contaba veinte años y era feliz e indocumentado, hasta el punto de que no podía votar porque la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiuno:

Ara que tinc vint anys,
ara que encara tinc força,
que no tinc l’ànima morta,
i em sento bullir la sang.

CUARENTA AÑOS

Asumir que este 15 de junio, hoy jueves, se cumplen cuarenta años de la celebración de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo causa cierto vértigo. Cuarenta años, en números redondos, fue el tiempo que duró la dictadura del general Franco. A mí, que solo la viví a medias, en la infancia y la primera juventud de Arriondas, me parecía un período larguísimo. El calendario de los años democráticos me ha resultado mucho más corto.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Iglesia de los Jerónimos vista desde la RAE.

Empecé, como decía, estas notas en Llanes y las voy a rematar en Madrid —hoy o nunca: el 15 J de 2017 se acaba— a la hora de una comida que me voy a saltar para ponerles final. Escribo desde un despacho con vistas a la iglesia de los Jerónimos —la de la memorable homilía del cardenal Tarancón en la coronación del rey Juan Carlos, el 27 de noviembre de 1975— en un día de sofocante calor. Estoy muy cerca del palacio de la Carrera de san Jerónimo, escenario ayer de una moción de censura —la tercera desde 1978— contra el actual Gobierno. Sus promotores, con tantas razones de fondo y tan poco tino en las formas y en los modos —algo suavizados esta vez—, suelen defender alegremente la necesidad de acabar con el «régimen del 78», que dicho así resulta bastante despectivo. Un desprecio innecesario y un clásico del adanismo: borrón y cuenta nueva.

Claro que la Transición, que viví con mucha intensidad en Asturias y en Madrid*, no fue perfecta ni idílica. Triunfaron las tesis de la reforma frente a los defensores de la ruptura, pero todo el proceso, hasta la aprobación de la Constitución de 1978, fue fruto de sucesivas consultas electorales, libres y democráticas, salvo algunas excepciones.

 ¿Se pudo ir más allá? Es fácil afirmarlo ahora y reescribir la historia, sobre todo si obviamos la realidad de la época y negamos el poder del Ejército —reflejo del franquismo, salvo honrosas excepciones—, de la Iglesia, de la banca… y la sangría terrible del terrorismo. Todo se pudo hacer mejor o con más valentía, con menos desmemoria, pero eso no justifica afirmar que la Transición resultó un engaño, como se suele escuchar con demasiada insistencia. Los sucesivos, lamentables y bochornosos casos de corrupción política posteriores, una lacra vergonzosa que —lejos de desaparecer— aflora casi a diario, son responsabilidad de los diferentes encausados y de quienes les han apoyado sin rubor desde sus respectivos partidos o instituciones. Parece desmesurado, sin embargo, afirmar que esos comportamientos escandalosos derivan directamente del modelo político emanado de la Transición, como si el proceso iniciado en 1977 hubiera nacido ya con ese pecado original. Creo que no.

Otro asunto no menor son las cuentas pendientes, dicho sea sin el menor ánimo revanchista, sin rencor. Perdón no significa falsa equidistancia: es evidente que muchos muertos de la guerra civil no han logrado la reparación mínima merecida. Esas tumbas en las cunetas son inadmisibles, indignas, y evidencian lo que escribí hace ya tiempo: la Transición ha sido también víctima de su propio remedio: el olvido. 

PAISAJES DE LA TRANSICIÓN

Queda camino por andar, sin duda. Esta mañana, cuando iba a comprar El País al quiosco casi con devoción —ha publicado un excelente especial conmemorativo— han desfilado por mi mente muchos episodios de la Transición. De camino al trabajo he pasado por la calle General Oraa, la misma en que vivía el asturiano Torcuato Fernández Miranda, hoy casi olvidado pero artífice principal de aquel malabarismo jurídico que fue la disolución de las Cortes franquistas: de la ley a ley. Recuerdo hacer guardia en su portal, sin éxito periodístico pese a las promesas de entrevista para La Nueva España que me hacía su secretario, en aquellos días inciertos.

Después he girado por Claudio Coello, en donde una placa recuerda el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, en 1973, sobre el que han circulado las interpretaciones más peregrinas y algunos chistes fuera de lugar. Y he llegado hasta aquí, al pie del Museo del Prado y de los Jerónimos, fin de trayecto.

Termina el aniversario. Nos queda la memoria, a cada cual la suya. El paisaje ha cambiado: muestra las cicatrices y las costuras del tiempo. Todo ha ido muy deprisa, al menos desde mi percepción. Los efectos de la revolución digital, sin ir más lejos, eran impensables hace una década. Como en otras épocas, la tecnología desencadena más cambios sociales que la ideología, cada vez más dúctil y desdibujada, transversal, por usar un término de moda: el eclecticismo de toda la vida, para entendernos.

Ocurra lo que ocurra en los próximos meses, pase lo que pase en Cataluña, ojalá que la herencia de aquella Transición, hoy en entredicho y cuestionada sistemáticamente por algunos, siga permitiendo a los ciudadanos españoles votar y elegir sin cortapisas a los representantes que consideren mejores y más adecuados para sus respectivos parlamentos. Y ojalá también que lo puedan hacer, que lo hagamos, tan libremente como en estos últimos cuarenta años de imperfecta, desgastada, resistente y bendita democracia.

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*El libro Asturias, veinte años de autonomía (1982-2002), obra de varios autores aparecida en 2002 en Madú Ediciones, incluye mi artículo Crónica de la Transición política. Del franquismo a la preautonomía (1973-1977).

En 1977 publiqué una Guía electoral asturiana en La Nueva España de Oviedo.

Tras un paso fugaz por Cambio 16, en Madrid, el referéndum de la Constitución de 1978, las elecciones de 1979 y la elaboración del Estatuto de Autonomía del Principado los viví en el Asturias, diario desaparecido en 1979 sobre el que escribí algo aquí hace algún tiempo. A partir de los primeros años ochenta, en la época del primer desencanto, la información política dejó de interesarme por causas y decepciones diversas. Mi actividad profesional discurrió en otras direcciones. Y así ha continuado hasta hoy, buscant la llum…

Tiempo de cerezas

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

Cerezas en un cuenco de Sargadelos

J’aimerai toujours le temps des cerises
Et le souvenir que je garde au cœur !

Me acabo de poner un cuenco de cerezas. Antes de lavarlas he mirado su etiqueta, que salvo el precio —dos euros por medio kilo—, no aclara mucho más: ni siquiera el lugar de procedencia. Tal vez lo diga en el código de barras, nada poético… e ilegible para mí. No importa demasiado: saben bien.

¿Cerezas o cerezos? Por estos lares electrónicos, los cerezos en flor tienen tan buena prensa —o mala, según se mire— como los gatos  o las puestas de sol. Lo cierto es que, cada primavera, las redes sociales se llenan de imágenes y comentarios de bienvenida a esos blancos y deslumbrantes paisajes, que surgen y se van en pocos días, según cuentan las crónicas. Y los instagramers. 

Los reclamos turísticos llegan de todas partes: desde el cercano Valle del Jerte, en Extremadura, hasta el lejano y misterioso Japón, que ha convertido este fenómeno en todo un espectáculo: «nubes de flores», leo en un anuncio.

El feliz resultado de las floraciones, las cerezas, tampoco se queda atrás en las citas: la música y la literatura están llenas de referencias a esta fruta roja, dulce y brillante. Puede que el texto más mencionado sea el poema Le temps des cerises (1866), de Jean-Baptiste Clément, un canto nostálgico y épico —asociado después por su autor a la Comuna de París— interpretado posteriormente, entre otros, por Yves Montand.

Me resulta más cercano, por razones sentimentales, el Tiempo de cerezas (1978) de Montserrat Roig (1946-1991), novela publicada primero en catalán, El temps de les cireres (1976). Evocaciones, silencios y voces, del final del franquismo y del inicio de una Transición cargada de esperanza; de unos años convulsos pero ilusionantes, menospreciados hoy por adanistas y resentidos a partes iguales. 

Esta pasada semana, en un viaje a Barcelona, he recordado a aquella mujer tan vital, Montserrat Roig: joven comprometida y brillante escritora, muerta prematuramente a los cuarenta y cinco años. Nos quedan el eco y la memoria de su obra, el tiempo de cerezas, que es efímero.

Sonidos y adioses del silencio

 

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Músicos en Tlahuitoltepec (1956). Foto de Juan Rulfo. Museo Amparo, Puebla, México.

Cando penso que te fuches, / negra sombra que me asombras, / ó pe dos meus cabezales/ tornas facéndome mofa.

Rosalía de Castro, Negra sombra

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Hoy, en este Día das Letras Galegas tan propicio para los marmurios fluviales de Rosalía, aún resuenan en medio mundo —especialmente en México— los ecos de la conmemoración del centenario de Juan Rulfo (1917-1986), natural de Apulco (Jalisco).

Cientos de exégetas han escudriñado en los últimos meses los textos del autor de Pedro Páramo, que fue, a la vez que escritor, un excelente fotógrafo. Esta novela, publicada en 1955, y los diecisiete cuentos reunidos en El Llano en llamas, han dado mucho que hablar: millones de páginas e infinitas voces interpretan sin descanso lo que quiso o no quiso decir Rulfo a través de sus personajes:

…si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

En Comala «se ventila la vida como si fuera un murmullo».

He releído un par de veces esta semana Pedro Páramo y, además de disfrutar de nuevo con un relato inquietante, concluyo que me faltan algunos intentos más para entender mejor la historia de sus muertos vivientes. Seré cauto: puede que no consiga nunca entrar del todo en el sutil inframundo de Comala, ese lugar imaginario, sobrenatural, al que los vendedores de souvenirs literarios le pretenden marcar rutas y mapas imposibles.

Recomendaría a esos mercaderes bienintencionados que escucharan y vieran, como ejercicio muy útil, la difícil y meritoria entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en Televisión Española («A fondo»), allá por 1977. Rulfo se esforzaba entonces en resultar amable y cortés, pero no abandonaba el laconismo y la parquedad ni un instante. Fue una entrevista, como tantas otras suyas, llena de silencios; un encuentro fallido en el que el escritor, en medio de monosílabos y frases desganadas, encendía un cigarrillo y lanzaba un mensaje claro a los buscadores de mitos, tan pertinaces: «No existen los paisajes que describo, tampoco los personajes, que no tienen rostro».

¿Hay Jalisco o ¡Ay Jalisco! en la descarnada, compleja y poética prosa de Juan Rulfo?

De todo un poco. Con el debido respeto hacia los que saben, lo mejor es que cada uno se aplique el cuento como le convenga. Toda obra tiene tantos análisis y acercamientos (o alejamientos) posibles como lectores. Incluso existen libros como Pedro Páramo —o como el Quijote y La Regenta— beneficiosos también para quienes no se han acercado a ellos más que de oídas: ya forman parte del imaginario universal.

En un celebrado soneto de Joaquín Sabina, Que no llevan a Roma, se mezclan ciudades reales e inventadas y, verso a verso, ya no se distinguen bien unas de otras: Macondo, Esparta, Nínive, Comala…

En Comala y alrededores, tras la huella mexicana de Juan y Dolores Preciado, andan ahora Joaquín y sus cuates —Pancho Varona y compañía— haciendo Ruido y guardando silencio a su manera. Y dando la nota (el do de pecho) en el viaje interminable de la vida.

«…Comala se llenó de «adioses» y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban.»

Los adioses de Rosalía de Castro, por terminar con la obligada mención inicial en día tan señalado como hoy, eran más desgarrados y nostálgicos, menos fantasiosos que los de Rulfo, pero ese ya es otro cantar.

Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás…
tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar!

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*Después de publicar estas líneas he leído las estupendas páginas dedicadas a Rulfo en Letras Libres (mayo de 2017). Son muy estimables y desmitificadores los artículos de Héctor Abad Faciolince, «El sufragio de las almas», y el diálogo entre Rodrígo Márquez Tiziano y Elvira Navarro, titulados «La renovada vitalidad de Rulfo».

Y he podido adquirir el catálogo de la exposición organizada por el Museo Amparo de Puebla, de la que se ocupa también en Letras Libres Fernanda Melchor.

Definitivamente, Rulfo parece inagotable.