Lengua y periodismo*

El español y los medios de comunicación

«Diccionario de americanismos», 2010.

Diccionario de americanismos, 2010.

Curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Cervantes

«El español en el mundo: un valor económico sostenible»

San Lorenzo de El Escorial, 12 de julio de 2017

___

Periódicos estampados de manos que perdieron su nitidez en el aceite desgarran hoy el viento.
Rafael Alberti
La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo, 1929.
___

Miguel González Somovilla

@miguelsomovilla

Director de Comunicación de la Real Academia Española (RAE)

___

Buenos días a todos.

Carta de Felipe II conservada en la Real Academia de la Historia.

Carta de Felipe II conservada en la Real Academia de la Historia.

Iba a empezar con una cita de Felipe II, el rey de los papeles y los manuscritos que habitaba al otro lado de la calle —es tentador pensar cómo se comportaría un consumado grafómano como él en la era digital—,  pero muy probablemente ese comienzo se habrá repetido cientos de veces por estos lares. Y sobre todo en estos cursos, inaugurados hace treinta años con aquellos carteles alegres y luminosos salidos de los rotuladores y pinceles mágicos del gran Rafael Alberti.

Alberti, escritor habitual en los periódicos —inolvidable aquella segunda parte de La arboleda perdida, publicada por entregas en El País ya avanzada la Transición— fue un pintor de versos y de ideas —la palabra y el signo— que luego dio paso a otros ilustradores de estos encuentros. Treinta carteles —impactantes herramientas de comunicación infravaloradas con frecuencia—  cuya galería está disponible en la web de la Universidad Complutense.

Descartada por obvia una mención extensa a Felipe II —al que hemos visto insinuado en el primer dibujo de Alberti bajo la firma Yo, el rey—, y en un triple salto a través del tiempo, he pensado después en recurrir a Manuel Azaña.

¿Cómo resistirse aquí, junto al jardín de los frailes, al encanto de aquel excelente escritor, estudiante en El Escorial y autor, entre otras obras, de unos conmovedores diarios políticos, imprescindibles para intentar comprender los avatares y circunstancias de la Segunda República española? ¿Cómo evitar sin cargo de conciencia el recuerdo de las revistas La Pluma y España, dirigidas por el autor de La velada en Benicarló?

«El jardín de los frailes» (1927), de Manuel Azaña. Detalle de la edición de 1936.

«El jardín de los frailes» (1927), de Manuel Azaña. Detalle de la edición de 1936.

He superado ambas tentaciones, admito que nada originales, y he concluido que en estos tiempos del clic y los impactos, en esta tiranía de las mediciones y las audiencias, estoy obligado —aunque solo sea por deformación y obligación profesionales— a darles a ustedes algo más tangible y menos romántico: al menos un titular antes de meternos en harina.

En contra de lo que proclama el dicho, y de lo que acabo de afirmar yo mismo hace unos segundos en mi elogio de los carteles, creo que casi nunca una imagen vale más que mil palabras, pero esta que les voy a mostrar ahora es posible que sí. Obsérvenla durante unos segundos…

[El sonido del morse es una recreación añadida, un guiño romántico a las tecnologías del pasado]. 

Cifras y letras. Datos y verbos. El SEO y el ser. Acaban de ver en la pantalla una grabación del flujo de visitas a la última edición —la vigesimotercera— del Diccionario de la lengua española, el DLE. Su versión gratuita en línea, tanto a través de la web como de dispositivos móviles, recibió el año pasado —con el patrocinio de Obra Social la Caixa— casi ochocientos millones de consultas, lo que supone una media superior a los setenta millones de accesos al mes. Un dato sin duda espectacular, alentador…  y en crecimiento. En marzo de este mismo año se alcanzó otro récord: hubo ochenta y dos millones de entradas al Diccionario a lo largo del mes.

Es innegable que nos interesan las palabras. Y cada día más. Antes imaginaba cómo trabajaría Felipe II, siempre dispuesto a poner por escrito órdenes y encargos diversos según nos cuenta con precisión y detalle su mejor biógrafo, el hispanista Geoffrey Parker, quien ha contabilizado la existencia de hasta veinte mil cartas hológrafas del monarca, escritas de su puño y letra.

¿Cómo actuaría el monarca que impulsó la construcción del monasterio de El Escorial en esta galaxia digital en la que vivimos inmersos? Muy probablemente Felipe II —menos mal que he prometido no abusar del tópico— no daría crédito a tanta novedad electrónica, pero tampoco saldría de su asombro si tuviera oportunidad de conocer otros cambios históricos acaecidos en España. Soñar con viajes en el tiempo siempre es posible.

No teman. No se trata ahora de introducirnos en El Ministerio del Tiempo, esa gran serie emitida por Televisión Española —ha estado en antena la primera parte de la tercera temporada hasta la semana pasada— a la que corresponde este fragmento.

El fenómeno de las series de televisión, el nuevo cine, según algunos, dada la extraordinaria calidad y originalidad de muchas de ellas, da para todo un curso —de hecho se hizo aquí la semana pasada—, aunque evidentemente, queda fuera de las pretensiones y del objeto de esta humilde comparecencia.

Las series actuales —como en su momento los llamados culebrones, los seriales radiofónicos, las telenovelas y otros formatos audiovisuales, como los videojuegos—, influyen más de lo que parece en los usos y preocupaciones lingüísticas. Ocurre tanto con las producciones propias, las españolas, como con las de otras nacionalidades, especialmente las americanas del norte y del sur. Y sucede con las grabadas directamente en castellano y con algunas de las rodadas en inglés, en las que abundan los hispanos hablando en su propia lengua, sin doblaje. Pienso ahora mismo en distintas escenas de Breaking bad o de Narcos. Esta última, y más concretamente el personaje de Pablo Escobar, dio origen a curiosos debates sobre algunas expresiones y variantes propias del español del otro lado del Atlántico. Vean y escuchen esta secuencia:

Hijueputa, malparido, marico, gonorrea… son palabras con significados específicos en varios países de la América hispanohablante que figuran oportunamente recogidas en el Diccionario de americanismos, publicado en 2010 por la Asociación de Academias de la Lengua Española, la ASALE. El acceso a esta obra, dirigida por Humberto López Morales, es uno de los numerosos recursos disponibles gratuitamente en los portales académicos.

La cuenta en la red social Twitter de la Real Academia Española, @raeinforma, recibió bastantes consultas —incluida la de Netflix, la productora de Narcos— sobre la correcta escritura y pronunciación de uno de estos términos, hijueputa, lo que indica hasta qué punto los asuntos lingüísticos interesan a los ciudadanos.

En este caso, desde el Departamento de «Español al día» de la RAE —que junto con el de Comunicación atiende la citada cuenta institucional de Twitter— se explicaba que el actor que da vida a Pablo Escobar en la serie —el brasileño Wagner Moura— intenta reflejar la pronunciación coloquial colombiana de hijueputa, palabra «documentada en autores de prestigio» entre los que se citaba a Gabriel García Márquez, quien la recoge en su autobiografía Vivir para contarla.

Respuestas en Twitter de la @RAEinforma

Respuestas en Twitter de la @RAEinforma

Asunto distinto son ya otra clase de controversias relacionadas con Narcos, como la desencadenada por el acento del actor, que, a juicio de los puristas, no es paisa —propio de la zona de Antioquia—, lo que podría restarle credibilidad. Otras polémicas ya no son de carácter lingüístico, sino histórico, terreno en el que ha lidiado el propio hijo del narcotraficante Pablo Escobar al poner en entredicho la recreación de los hechos: «Mi padre era mucho más cruel que el Pablo Escobar de Netflix», ha llegado a decir. Ficción, realidad, verdad, mentira… posverdad: un filón, como verán.

Hechas estas digresiones a modo de peculiar primera plana escrita en el aire, vamos al grano y al asunto que nos ha traído hoy aquí.

Si ya el simple enunciado de esta intervención nos adentra en un mundo inabarcable —el uso de la lengua, en este caso la española, en los medios de comunicación—, la dificultad se agrava si tenemos en cuenta los cambios experimentados en el modelo convencional de esos medios en los últimos años. En este terreno, como en otros ámbitos, nos enfrentamos con frecuencia a más preguntas y dudas que a respuestas y certezas.

Aun así, intentaré no escurrir el bulto ni perderme en meandros teóricos, innecesarios para el propósito que aquí nos ocupa.

Al margen de las pinceladas iniciales… ¿Qué entendemos hoy por medio de comunicación de masas? ¿Tiene vigencia en 2017 aquella vieja aspiración que dejaba en sus manos la idílica y romántica misión de informar, formar y entretener?

¿Merecen la consideración de medios solo las plataformas profesionales, basadas en una estructura de empresa periodística o audiovisual clásica, tal como las conocimos en el pasado siglo XX e incluso a finales del  XIX? ¿O ejercen la misma influencia, e incluso más, los canales alternativos —y las distintas redes sociales— que usan millones de personas en el mundo hispanohablante para emitir y recibir toda clase de contenidos a través de la red?

En mi opinión —ya habrá tiempo de debatirlo después—, la respuesta no puede ser excluyente ni taxativa. Creo que ambos sistemas comparten hoy esta categoría, con todos los matices necesarios. Los grandes y pequeños medios, herederos del sistema histórico o tradicional, y los más recientes, a menudo en manos de ciudadanos particulares —a veces con audiencias multimillonarias— contribuyen e influyen decisivamente en la difusión y en el buen (y mal) uso de la lengua que compartimos más de quinientos millones de personas en el planeta.

Como ocurre casi siempre, los dos modelos —es una simplificación: tal vez sean más de dos— coexisten en relativa buena armonía y tienen más parecidos y relaciones que diferencias, aunque sus objetivos y pretensiones sean muy distintos. 

Distintos académicos escriben sobre dudas y curiosidades del español.

Distintos académicos escriben sobre dudas y curiosidades del español.

Sentada esta premisa, y admitido de antemano que el fenómeno es bastante más complejo, vamos a intentar analizar someramente la situación y ofrecer algunas impresiones que nos sitúen en este camino aún no del todo explorado, en pleno desarrollo,  y por tanto más machadiano de lo que parece: hoy, como en tiempos de don Antonio, se hace camino al andar.

No hay una ruta fija y el horizonte cambia de color y de perspectiva casi de un mes para otro. En los vaticinios sobre el futuro de las llamadas nuevas tecnologías —no tan nuevas a estas alturas— los especialistas suelen errar bastante y, como botón de muestra, ahí siguen los libros impresos en papel, resistentes y lozanos frente a los formatos electrónicos, no tan exitosos como se pensaba cuando salieron al mercado. O los vinilos, que han resurgido y coexisten con las plataformas musicales en línea —Spotify, iTunes…— mientras los cedés empiezan ya a buscar acomodo en los trasteros y las tiendas de compraventa.

Antes de continuar, sí debo hacer una breve advertencia: mi punto de vista resulta inseparable de las funciones profesionales que desempeño desde hace casi una década como director de Comunicación de la Real Academia Española, la RAE. En distintos momentos de esta intervención procuraré compartir con ustedes esta experiencia —tuve otras previas, especialmente en Radio Televisión Española— por si resulta de su interés. También les quiero adelantar que iré intercalando mi relato con declaraciones del director de la RAE, Darío Villanueva, recogidas expresamente para este curso e inéditas, por tanto. Como entenderán, las opiniones institucionales solo le corresponden a él como máximo responsable de la corporación y presidente nato de la ASALE. Mis puntos de vista, cuando los exprese, serán puramente personales.

Una institución, la RAE, que —se lo aclaro a aquellos de ustedes que no estén muy al tanto de la historia de la Academia— aspira desde hace tres siglos a preservar, mediante sus actividades, obras y publicaciones, el buen uso y la unidad de una lengua en permanente evolución y expansión.

La introducción de nuestro vídeo corporativo les permitirá adentrarse en sus dependencias y recibir una información básica sobre esta casa tricentenaria. La voz en off es del actor y académico José Luis Gómez, quien, por cierto, se puso hace unos años en la piel de Manuel Azaña, una pasión española:

¿Se escribe y se habla hoy mejor o peor español que antes en los medios de comunicación? ¿Se maltrata la lengua, como se afirma muchas veces? 

Esta es una pregunta que todos nos hacemos y que yo escucho casi a diario en las entrevistas realizadas a nuestro director en la sede institucional. A esta cuestión suele seguir otra, asimismo inevitable, relacionada con los lugares —países o ciudades— en que el castellano goza presumiblemente de mayor calidad o pureza. Esta última, que forma parte de esas preguntas con respuesta inducida que tanto abundan en mi oficio últimamente, encierra gran peligro. Supongan que el interrogante fuera, pongo por caso, este:

«¿Cree usted que el español de Colombia —o el de Valladolid, tanto da— es el mejor del mundo?».

Si esta fuera, imaginemos, la pregunta —y con variantes la he oído muchas veces—, responder lo correcto —es decir: en ningún sitio se habla un español mejor que en otro porque todas sus variantes y modalidades son igual de válidas y de buenas— conlleva el riesgo de que el titular se convierta en algo así:

«El director de la RAE asegura que el castellano de Valladolid —o el de Bogotá— ya no es el mejor de España —o de Colombia—».

Bromas aparte, y me apresuro a aclarar que lo dicho es solo un ejemplo, nada real, estamos ante una evidencia: nunca, en ningún momento de la historia de la humanidad, se ha escrito y hablado tanto —en español y en las demás lenguas del mundo— con la posibilidad de llegar instantáneamente a millones de individuos residentes en cualquier lugar. Las trilladas teorías de la comunicación de masas, tan en boga en los años sesenta y setenta del siglo XX, han saltado por los aires, aunque sigamos igual de confusos: más que de nuevos medios, que ya han dejado de serlo para los nativos digitales, habría que hablar de viejos miedos.

La reciente revolución de las comunicaciones presenta varias características. La primera es la inmediatez (todo se puede contar y recibir en directo, en tiempo real); la segunda, la universalidad (es posible llegar a todas partes) y la tercera, pero tal vez la más importante y diferenciadora: los ciudadanos, con muchas facilidades de acceso a estas tecnologías en gran parte del mundo, ya no son solo sujetos pasivos que reciben información: ellos mismos, cualquiera de nosotros, pueden generar y ser los protagonistas de un hecho y compartirlo con miles de personas. Este cambio radical, histórico si el adjetivo no estuviera tan devaluado, constituye la esencia del debate y del cambio que estamos experimentando.

Si nos situamos en el campo de los medios convencionales, cada vez más contaminados por los alternativos, nacidos al calor de la red, es de justicia reconocer el esfuerzo continuo realizado por muchos de ellos —nuevos y antiguos— en favor del cuidado y el buen uso de la lengua española. Ahí están algunos magníficos libros de estilo, con sucesivas ediciones, o las columnas dedicadas a comentar y fomentar ese buen uso.

Desde el legendario Dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter, un clásico que se sigue reeditando, hasta los que han venido después. Raro es el mes en que no llega alguna novedad editorial relacionada con las curiosidades de la lengua. Obras que parecen salvavidas, una suerte de libros de autoayuda para no perderse en la jungla de las palabras.

Pero, volviendo a una de las preguntas iniciales, ¿se habla y se escribe mejor o peor que antes en los medios de comunicación?

Esta es la respuesta del director de la Academia, Darío Villanueva:

Obviamente, comparto esta opinión: hay de todo, al menos si nos referimos a los medios profesionales. Incluso son numerosos los periódicos, las agencias y las televisiones que no solo disponen de excelentes libros o guías de estilo y procuran seguir sus preceptos, como decía antes,  sino que mantienen secciones fijas dedicadas a plantear recomendaciones, resolver dudas y hacer observaciones sobre el uso correcto del español.

Es sobradamente conocida la gran labor realizada por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA), cuyo patronato preside el director de la RAE. También esta institución (me refiero a la Academia) atiende esa demanda a través del Departamento de «Español al día», creado en 1998. Desde 2011 este departamento usa también para sus fines la red social Twitter, con más de un millón de seguidores del canal @raeinforma.

Los espacios sobre lengua española impulsados por Pepa Fernández en Radio Nacional de España, los libros y artículos de Álex Grijelmo en El País, la «Unidad de Vigilancia» de Isaías Lafuente en la SER, los comentarios de Elena Álvarez Mellado en diario.es o los de Francisco Ríos en La Voz de Galicia y Magí Camps en La Vanguardia, las entrevistas de Yolanda Gándara en Jot Down… son solo algunos de los numerosos ejemplos que reflejan esa preocupación por el cuidado de nuestra lengua. Hay muchos más —ahí está Piedad Villavicencio, en su Esquina del idioma de El Universo de Guayaquil, Ecuador—, sin olvidar iniciativas más beligerantes, dedicadas a sacar los colores a quienes se equivocan o cometen algún desliz. La red, tan propicia para el debate acalorado y efímero, está llena de esos comandos lingüísticos. 

Tampoco constituye una novedad absoluta. Ya mencionamos los dardos de Lázaro Carreter. Antes que él, en los años sesenta del pasado siglo, el entonces secretario de la RAE, Julio Casares —autor del conocido Diccionario ideológico—, escribía una sección en el diario ABC titulada «La Academia Española trabaja». Publicó un total de treinta y dos artículos, en los que daba noticia de algunos acuerdos académicos relacionados con el diccionario y sus novedades. A juzgar por el último, aparecido el 22 de enero de 1964, Casares decidió tirar la toalla, un tanto decepcionado y con signos evidentes de desencanto.

ABC, 22 de enero de 1964. Artículo de Julio Casares.

ABC, 22 de enero de 1964. Artículo de Julio Casares.

Vale la pena recordar alguna de sus observaciones, sobre todo para constatar que se podrían aplicar hoy mismo. Escribía don Julio:

«¿Cómo se explica que los periodistas, pongo por caso, no hayan aprovechado las muchas posibilidades que se les han ofrecido para sustituir vocablos extranjeros por dicciones castizas y para usar formas autorizadamente castellanizadas en lugar de echar mano de barbarismos crudos que, además de afear el lenguaje, plantean problemas de difícil solución?».

En este mismo artículo de despedida ponía, entre otros, dos ejemplos para ilustrar su disgusto por el poco eco que recibían las sugerencias académicas en su época. Dos ejemplos que vale la pena rescatar porque han corrido distinta suerte con el paso de los años, como sucede con centenares de palabras.

Uno se refería a los efectos del doping en los deportistas, término frente al que la RAE y Casares —un políglota, por cierto: dominaba dieciocho idiomas, informa la web oficial creada por sus descendientes— recomendaban el uso de drogado.

El otro caso —hay más— hacía alusión a la palabra yoghourt, de origen turco y luego adaptada al francés, según la explicación etimológica recogida en el último diccionario académico. La RAE proponía como alternativa la forma castellanizada yogur, sin demasiado éxito al principio tal como lamentaba Casares en ABC, pero hoy se trata de una forma completamente normalizada y utilizada en la escritura. Entró yogur en la decimonovena edición, de 1970, y ahí sigue, sin fecha de caducidad por ahora.

En cuanto a doping, no tuvo suerte la propuesta inicial de la Academia —la que defendía Casares: drogado—. La RAE incluyó, como avanzadilla, el término castellanizado dopado en el Diccionario Manual de 1984 y confirmó su aceptación al recogerlo también, ocho años después, en su diccionario usual—en la edición 21.ª— junto con los términos de su familia dopar y dopaje, usados los tres hoy con naturalidad, aunque en coexistencia —en el uso de muchos hablantes— con el anglicismo crudo: doping.

Es una prueba más de que la lengua anda a su aire: la RAE y la ASALE, que no son una policía lingüística, proponen lo que estiman más adecuado y conveniente en cada momento… y los hablantes deciden de acuerdo con su propio criterio y con toda libertad. «El error de hoy puede ser [la] norma de mañana», dijo hace algún tiempo el académico Pedro Álvarez de Miranda en una entrevista publicada en El País.

Para cerrar el círculo del dopaje y de lo que acabo de manifestar, comparto con ustedes esta reciente muestra de una cuenta de Twitter, la del futbolista Sergio Ramos, con más de diez millones de seguidores. El tuit es de hace poco más de un mes y, en este caso, el jugador del Real Madrid sí usa el anglicismo doping incluso en un contexto que podría resultar equívoco: «Gracias por venir al doping a saludarme, Majestad», le dice al Rey Juan Carlos. Si lo escribe así —ni en este ni en ninguno de mis ejemplos hay ánimo censor— será porque en ese ambiente es el término más empleado.

No hay que tocar a rebato. En los asuntos lingüísticos, como en tantos otros de la vida, conviene no ser maximalista ni extremadamente purista. El citado Pedro Álvarez de Miranda —autor del libro Más que palabras— escribía recientemente en la web Zenda Libros un artículo titulado «No hay puristas», de muy recomendable lectura como todos los suyos. Tras remontarse a los consejos de fray Benito Feijoo y citar una serie de ejemplos, concluye: «No hay idioma alguno que no necesite del subsidio de otros, porque ninguno tiene voces para todo».

Y a veces sí las tiene, pero no triunfan. Pasa, sin ir más lejos, con tableta. En la última edición del diccionario académico (2014) se añadió a esta entrada una nueva acepción, la cuarta, con esta definición: «Dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones». Parece impecable, fácil de pronunciar… y, sin embargo, no prospera —lo lamentaba hace unos días el director de la RAE— frente al tablet inglés, que es el vocablo preferido, al menos en la publicidad. En muchos anuncios se emplea indistintamente como masculino o femenino: el tablet  y la tablet.

El debate, además de apasionante, es inagotable. No hace mucho, la RAE y la Academia de la Publicidad organizaron unas jornadas sobre la presencia, innecesaria en numerosos casos, de los anglicismos en los anuncios. Una invasión que tal vez tiene más que ver con un supuesto prestigio social —simple apariencia— que con la necesidad lingüística. El contenido completo de estas discusiones está disponible —como tantos otros materiales— en la web de la RAE y en el canal que esta institución tiene en YouTube. Se lo recomiendo.

Vamos a conocer de nuevo la opinión del director de la RAE, Darío Villanueva, sobre el particular:

Esta realidad que, como señalaba antes, dio origen a unas jornadas de reflexión celebradas hace un par de años en la RAE, indica que el impacto en los usos lingüísticos no viene solo de lo que hemos entendido hasta ahora como medios de comunicación sino a través de múltiples vías, entre ellas la publicidad.

Antes de continuar, hay otra pregunta que le hemos planteado al director de la Academia: «¿Hasta qué punto influyen los medios en la corrección lingüística? ¿Magnificamos su poder o es verdaderamente determinante su papel?».

Obviamente, el director de la RAE se refiere aquí a los que podríamos llamar medios convencionales, elaborados por profesionales, al margen de los canales o formatos que utilicen para difundir sus contenidos.

Pero hay otros mundos, otros ámbitos, y no precisamente marginales ni minoritarios. Todo lo contrario. Hemos mencionado ya las series de televisión, los anuncios publicitarios, los periódicos y la radio, pero resultaría imperdonable olvidarse de la música. El mercado latino es cada vez más poderoso y sería revelador poder evaluar la influencia que ejercen determinados cantantes —ahora y antes, que en esto tampoco conviene ser adanista— en la extensión y popularización del español en otros países, especialmente Estados Unidos.

No sé si resultará chocante aquí, entre estos muros tan solemnes, pero no me digan que no han oído en las últimas semanas o meses alguna de estas melodías…

Despacito y Bailando.

Han escuchado fragmentos de dos temas que suenan a todas horas y en todas partes. Artistas como el puertorriqueño Luis Fonsi o el español Enrique Iglesias tienen colgadas sendas piezas musicales en YouTube que se acercan ya a los dos mil quinientos millones de reproducciones cada una, cifra astronómica que nos da idea del alcance y la importancia de este hecho.

El caso del puertorriqueño Luis Fonsi es especialmente significativo. El vídeo de su canción, subido a YouTube en enero de este año 2017, ha logrado en apenas siete meses más de dos mil millones de reproducciones. Según datos de esta plataforma, Despacito ha sido el vídeo con un ascenso más rápido en YouTube en menos tiempo. Hay una reveladora entrevista en El País:

La expresión, ¡ay bendito!, cuyo significado nos acaba de explicar el propio Luis Fonsi en esta entrevista de Luz Sánchez-Mellado, aparece como tantas otras —antes vimos algunas muy repetidas en la serie Narcos— en el Diccionario de americanismos de la ASALE.

Resulta obligada también una mención a los denominados youtubers —usuarios de la red social YouTube que suben vídeos de diverso contenido, aunque abundan los relacionados con los videojuegos—, cuya actividad traspasa fronteras.

Sin entrar en la calidad o interés de sus creaciones —muy distintas, dirigidas a un público juvenil y respaldadas por un público entusiasta— hay un hecho irrefutable: tienen una gran influencia y una legión de adeptos… y de adictos. El término influencer, por cierto, con el que algunos famosos definen su ascendiente sobre fieles y discípulos en las redes —antes se les llamaba creadores de opinión— es otro anglicismo que ha adquirido carta de naturaleza. La Fundéu recomendaba hace poco sustituirlo por influidor o por influenciador, pero me temo que con poco éxito. Y la RAE ha sugerido, a través de sus respuestas en Twitter, usar «líder de opinión» o «persona con influencia/persona influyente».

Volviendo a los youtubers: entre los jóvenes españoles, uno de los más populares, el Rubius, consigue que algunos de sus vídeos superen los veinte millones de visitas. Lo mismo sucede con el salvadoreño Fernanfloo. A día de hoy, 12 de julio de 2017, tienen veinticinco y veintidós millones de seguidores, respectivamente.

Aquí, en estos vídeos, aparecen ambos —Fernanfloo y El Rubius— en una reciente visita a México. Miren su espectacular recibimiento y los centenares de fans —o fanes, como prefieran— que secundan sus apariciones, un fenómeno de masas que hasta hace poco parecía exclusivo de cantantes o deportistas. Es obvio que su forma de hablar y de escribir en sus vlogs —vídeo blogs— ha creado una jerga propia a la que conviene, cuando menos, prestar atención. Estas realidades, probablemente efímeras e incluso anecdóticas, también forman parte del nuevo mapa del español. Y de la tiranía de los datos, a la que aludía al inicio de estas notas.

Hablamos, en definitiva, de dos youtubers  (hay miles) que, con todo tipo de licencias y guiños, con muchas transgresiones lingüísticas, comparten el mismo idioma: se comunican a diario con millones de personas… en castellano.

Son solo un par de muestras, fogonazos ilustrativos del alcance de los nuevos canales, que coexisten con los tradicionales y se miran de reojo. Que el presidente del país más poderoso del planeta, Donald Trump, anuncie muchas de sus decisiones y ocurrencias a través de las redes sociales —no es el único— indica hasta qué punto han cambiado muchos modelos considerados inamovibles, casi sagrados, hasta ayer.

En unos casos, creo que en la mayoría de ellos, esa transformación ha sido para bien… y en otros —yo soy un firme defensor del periodismo profesional, crítico con el poder y honesto y veraz a la hora de dar las noticias; de un periodismo de calidad, libre, que separe la opinión de la información y confirme los hechos—. Y en otros casos, decía, esta irrupción de nuevos medios ha servido para que cualquier persona, desde el dirigente con autoridad y mando en plaza hasta el tuitero amparado en el anonimato, difunda bulos, insultos, amenazas o medias verdades interesadas.

En las redes, esa maraña gigantesca en la que estamos inmersos, no siempre se escribe o se habla bien. Ni en español ni en otras lenguas.

El propio Donald Trump ha lanzado alguna vez mensajes enigmáticos o incomprensibles por medio de estas vías digitales, además de sus ya habituales avisos amenazadores a la prensa. Una pregunta que recibe muy a menudo el director de la Academia es si el uso descuidado de la lengua, frecuente en esos canales, puede deteriorar nuestro idioma común sin remedio. A su juicio, no necesariamente ha de ser así, pero admite su influencia.

El español es una lengua en plena expansión, especialmente en Estados Unidos. Durante los mandatos presidenciales de George Bush y Barak Obama,  la web de la Casa Blanca mantuvo secciones y apartados escritos íntegramente en castellano. Esto ha cambiado con la llegada al poder de Donald Trump. Primero se dijo que sería una medida temporal, pero todo parece indicar que puede ser definitiva.

En la era de la posverdad, término que pronto estará en nuestro diccionario y que tanto debe a Trump, las promesas tienden a desvanecerse. Las lenguas, sin embargo, tienen vida propia y el interés que despiertan las consultas lingüísticas y las obras académicas, especialmente sus diccionarios —ya lo vimos al principio de esta intervención—, es tal vez la prueba más fehaciente de la pujanza del español.

Las academias toman nota de esas demandas y trabajan para procurar atenderlas. Actualmente, la RAE y la ASALE tienen entre manos algunos proyectos muy ambiciosos. Uno de ellos es el Corpus del Español del Siglo XXI, el CORPES, dirigido por el académico Guillermo Rojo. Su objetivo final es reunir, en 2018, un conjunto textual constituido por 400 millones de formas y palabras de la lengua común de más de 500 millones de hispanohablantes.

Otro es la elaboración del Nuevo diccionario histórico del español (NDHE), cuyo primer muestrario ya se puede consultar en la red. El NDHE, dirigido por el académico José Antonio Pascual, aspira a recoger todas las palabras del castellano, en uso y en desuso, de las que existan registros y documentación disponibles.

Está, finalmente, pero no en último sino en primer lugar, la próxima edición del Diccionario de la lengua española, la vigesimocuarta, concebida ya como una obra digital desde sus inicios. Darío Villanueva, el director de la RAE, estima que las academias se enfrentan a una auténtica refundación del diccionario, tal como se ha conocido hasta ahora.

No son los únicos proyectos en marcha. A finales de este año se presentará el primer Diccionario panhispánico del español jurídico, dirigido por el secretario de la RAE y catedrático de Derecho Administrativo Santiago Muñoz Machado, responsable también del DEJ, publicado en 2016. Muñoz Machado, según ha adelantado él mismo en alguna declaración periodística, ultima el ensayo Hablamos la misma lengua, dedicado a la introducción y el desarrollo del español en América.

Estos días se ha hablado aquí, en este curso organizado por el Instituto Cervantes y la Universidad Complutense, del valor económico del español y se han ofrecido datos y cifras no por conocidos menos elocuentes.

Hay otro valor menos tangible, más difícil de medir, pero que es el origen de todo lo demás. Me refiero a su dimensión cultural, de la que no siempre tenemos conciencia. El director de la RAE estima, sin embargo, que hay razones para la esperanza.

El tiempo dirá si somos capaces de superar este reto. Vivimos el tránsito de una era a otra, pero «nadie sabe cual es la hora que en la historia divide dos épocas», escribió Azorín en 1924.

Hemos hablado del español y los medios de comunicación. El periodismo, que alcanzó la consideración de género literario hace ya mucho tiempo, ha gozado siempre de predicamento y presencia en la Real Academia Española. La corporación ha contado con singulares miembros de este oficio —en sus más diversas variantes— entre sus filas. Ya en 1845, Joaquín Francisco Pacheco dedicó su discurso de toma de posesión al periodismo, como lo haría, cincuenta años después, en 1895, Eugenio Sellés.

Por tal razón, entre otras, resultaría injustificable terminar estas palabras sin mencionar hoy a uno de los más notables representantes del periodismo literario en el seno de la corporación. Me refiero a José Martínez Ruiz, Azorín, cuyo cincuentenario —murió en 1967— se conmemora en 2017.

«Una hora de España», discurso de ingreso de Azorín en la RAE en 1924. Edición de 1925.

«Una hora de España», discurso de ingreso de Azorín en la RAE en 1924. Edición de 1925.

A la faceta periodística de Azorín, autor de casi cinco mil quinientos artículos a lo largo de su vida —según el cálculo de Inman Fox—, se refirió un académico actual, el premio nobel Mario Vargas Llosa, en su discurso de ingreso en la RAE, leído en 1996: Las discretas ficciones de Azorín.

Permítanme, ya como colofón, que vuelva de la mano de Azorín al comienzo de esta presentación. José Martínez Ruiz entró en la Academia, después de algunas propuestas fallidas muy aireadas en la prensa de la época, el 26 de octubre de 1924.

Y lo hizo con un discurso —disponible en la web corporativa como los otros doscientos setenta y cinco pronunciados hasta la fecha— titulado Una hora de España. Entre 1560 y 1590. La RAE lo reeditó recientemente, dentro de la colección conmemorativa del tricentenario de la institución dirigida por Pedro Álvarez de Miranda.

El texto, tras el consabido recuerdo a su predecesor en el correspondiente sillón académico (P), empieza así, con la descripción de un personaje y de un paisaje que les resultará familiar y próximo en este entorno de El Escorial:

«Y lo primero que vemos es un anciano en su aposento. El aposento está en un inmenso edificio de piedra gris…».

Azorín, que en 1924 contaba cincuenta y un años, también fue anciano después. Falleció a los noventa y tres años y, ya en las postrimerías de su existencia, dejó algunas reflexiones sobre el paso del tiempo: «Olvidar es lo supremo. Si no se olvida, no se puede hacer nada, ni en literatura ni en política. Olvidar es lo supremo y lo más delicado que puede hacer un hombre», manifestaba en unas declaraciones recogidas en 1963 y conservadas en el archivo sonoro de RTVE.

Azorín —ácrata en su juventud, conservador durante la República y complaciente con el franquismo en su madurez— tuvo cierta urgencia por traspasar el umbral de la Academia, pero luego no fue luego un asistente asiduo a sus sesiones de los jueves. Solía achacar su ausencia a los horarios: los plenos académicos terminan al filo de las nueve de la noche y Martínez Ruiz, metódico y puntilloso, se recogía muy temprano.

Ahora, como entonces, la Real Academia Española —acompañada de las otras veintidós corporaciones que forman la ASALE— sigue dedicada a la misma tarea. Después de Azorín vinieron otros académicos que, como él, llegaron a nonagenarios, incluso a centenarios. Y hubo, hay entre ellos, escritores de periódicos y articulistas prolíficos y brillantes como el propio Martínez Ruiz, cronista parlamentario primero y diputado después.

Apenas han cambiado los horarios de la casa ni determinadas ceremonias y costumbres, como el ritual de los plenos, aunque las herramientas de trabajo sean ya otras: más rápidas, accesibles desde cualquier lugar, con efectos inmediatos y universales.

Sin embargo, la misión institucional, y la materia prima, es esencialmente la misma: servir, y unir mediante el vínculo de la lengua común —y con respeto, estima y consideración hacia todas las demás—, a los hispanohablantes del mundo, que siempre tienen, como clamaba Blas de Otero y decía Ángel González, el don de la palabra. De la última palabra.

___

*Esta es una entrada atípica en mi blog, tanto por el formato como por el contenido. Las notas incluidas aquí —«El español y los medios de comunicación»— se leyeron el 12 de julio de 2017 en el curso de verano organizado por la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Cervantes bajo el título «El español en el mundo: un activo económico sostenible». Las sesiones se celebraron en el Real Centro Universitario María Cristina, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid),

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s