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Acerca de miguelsomovilla

Periodista.

Decíamos ayer…

Cátedra de fray Luis de León en Salamanca.

Cátedra de fray Luis de León en Salamanca.

Las citas las carga el diablo. Que se lo digan a Gabriel Rufián, que no volverá a usar el nombre de Galileo en vano. ¿O sí?

Nadie parece haber documentado con fiabilidad el trillado «decíamos ayer…» de fray Luis de León, pero, llegados hasta aquí, no dejemos que la realidad nos estropee una ocurrencia verosímil convertida en frase para turistas.

Puede que fray Luis nunca la pronunciara así, pero pensemos en todos los que la han usado desde entonces con parecidas intenciones. Y en los que han estado tentados a lanzarla al auditorio: le pasó a Madariaga cuando ingresó en la RAE (1976) tras su largo exilio.

Universidad de Salamanca

Universidad de Salamanca

Hasta la Universidad de Salamanca la ha incorporado como lema de sus ochocientos años de historia, que se cumplen en 2018: «Decíamos ayer, diremos mañana».

Cuestión de fe: sirve para que los incrédulos nos acerquemos con reverencia a la cátedra salmantina de fray Luis y oigamos sin rechistar el supuesto inicio de su lección tras el paso por la cárcel, obra y gracia de la Inquisición: «Como decíamos ayer…».

Lo demás es literatura. O falta de imaginación.

Nosotros, que somos los de entonces…

Suplemento cultural del diario «Asturias»

Suplemento cultural del diario «Asturias»

Tengo el cansancio anticipado de cuanto no encontraré / y la nostalgia que siento no es del pasado ni del futuro.

Fernando Pessoa

«Nosotros somos hombres del mañana», decían Tip y Coll a finales de los años setenta en una de sus geniales intervenciones en Televisión Española. La frase, junto con algún otro gag, ha sido recuperada ahora en una nueva emisión, la correspondiente a 1979, de ¿Dónde estabas entonces?, un excelente espacio presentado por Ana Pastor en La Sexta.

Contrasta este deseo de futuro de los dos humoristas con otros testimonios ofrecidos en el programa, espejo de una España que estrenaba libertad pero vivía aún muy alejada de las prácticas democráticas. Estremece recordar, por ejemplo, la marginación social y política —aquella izquierda dogmática… tan culpable como la derecha— de los homosexuales, a la que está dedicada la primera parte de la emisión. Hay declaraciones desgarradoras.

Entonces, en 1979, yo tenía 22 años y me encargaba de la información política en un periódico surgido al calor de la Transición, el Asturias, del que ya escribí en este blog en otras ocasiones. Casi todos los episodios rescatados ayer por Ana Pastor —desde la revolución de Jomeini hasta la renuncia del PSOE al marxismo o el atentado de los GRAPO— tuvieron eco en las páginas de aquel diario progresista, dirigido primero por Graciano García y después por Melchor Fernández Díaz, dos maestros del oficio.

La experiencia fue efímera, apenas un año. Antes del cierre y del silencio de la rotativa, los redactores nos lanzamos a pedir firmas de solidaridad para retrasar un final inevitable. Guardo en mi memoria un apoyo muy especial, inesperado para mí si tenemos en cuenta la época y la orientación editorial del diario. Era el 8 de septiembre de 1979, en Covadonga, cuando le pedí ayuda al entonces arzobispo de Oviedo, Gabino Díaz Merchán. El prelado no lo dudó ni un momento y no solo estampó su nombre en el escrito sino que me trasladó elogios verbales sobre la calidad y los contenidos del periódico. Nunca lo he olvidado.

La vida y la historia son una sucesión de coincidencias. Esta misma semana, don Gabino, que en la actualidad tiene 91 años y es arzobispo emérito de Asturias, ha presentado un libro que, según leo en La Nueva España, refleja distintos episodios de su larga vida eclesiástica. No son sus memorias, pero sí parte de sus recuerdos, a los que añado mi humilde testimonio de gratitud por un gesto simbólico que en aquellos momentos tenía gran valor.

Nosotros, que somos los de entonces de Loquillo —Memoria de jóvenes airados—, formábamos parte de aquella España de luces y esperanzas retratada anoche por La Sexta. Y aquí seguimos, «cautivos, en reinos conquistados / donde habitan los silencios».

La sombra de Poe

Paul Auster en Guadalajara. Foto: Feria Internacional del Libro.

Paul Auster, con Silvia Lemus, en Guadalajara. Foto: ©FIL / Eva Becerra

Paul Auster relató ayer con maestría de narrador, en medio de ese inmenso escaparate editorial y literario que es la FIL de Guadalajara (México), la peripecia sufrida por los restos mortales del gran Edgar Allan Poe, fallecido en 1849. El autor de La carta robada, por una serie de circunstancias casi novelescas —las detalló Auster en su conferencia: Los huesos de Poe—, no tuvo una inscripción sobre su tumba hasta 1875. De esta larga condición de muerto anónimo le sacó «un grupo de maestros de Baltimore» tras recaudar los fondos necesarios para colocar una lápida con su nombre.

La leyenda ha perseguido a Poe más allá de la muerte. Durante años se han ido sucediendo los misterios, como el encarnado por ese personaje, también desconocido, que depositaba sobre su tumba todos los 19 de enero —el día de su nacimiento, en 1809— tres rosas y una botella de coñac. Lo contó muy bien María Ramírez en un reportaje publicado en El Mundoen 2014.

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Fue a un maestro gallego que ejerció en Asturias, Jesús Lagarón, al primero que yo oí hablar, a comienzos de los setenta en Arriondas, de Allan Poe. Acababa de salir una selección de sus cuentos en la inolvidable Biblioteca Básica Salvat y don Jesús, profesor de gratísimo recuerdo, nos recomendó aquella lectura, a condición de que no la hiciéramos de noche.

El prólogo de la edición, que no era la traducida al español por Julio Cortázar, lo firmaba Narciso Ibáñez Serrador. He repasado esta tarde sus deliciosas palabras introductorias, después de leer la conferencia de Paul Auster. Menciona Chicho la trágica muerte de Poe, alcohólico y víctima de abandonos y soledades: «No, América no supo que con la muerte de ese borracho había perdido la figura cumbre de su literatura».

Auster, que ahondó ayer en todas estas circunstancias y en la influencia de Poe en escritores como Baudelaire y Mallarmé, puso de relieve un dato: aquel día de 1875 en que, por fin, su tumba recuperó la identidad, solo un autor reconocido acudió a la tardía ceremonia fúnebre. Otro maldito: Walt Whitman.