La sombra de Poe

Paul Auster en Guadalajara. Foto: Feria Internacional del Libro.

Paul Auster, con Silvia Lemus, en Guadalajara. Foto: ©FIL / Eva Becerra

Paul Auster relató ayer con maestría de narrador, en medio de ese inmenso escaparate editorial y literario que es la FIL de Guadalajara (México), la peripecia sufrida por los restos mortales del gran Edgar Allan Poe, fallecido en 1849. El autor de La carta robada, por una serie de circunstancias casi novelescas —las detalló Auster en su conferencia: Los huesos de Poe—, no tuvo una inscripción sobre su tumba hasta 1875. De esta larga condición de muerto anónimo le sacó «un grupo de maestros de Baltimore» tras recaudar los fondos necesarios para colocar una lápida con su nombre.

La leyenda ha perseguido a Poe más allá de la muerte. Durante años se han ido sucediendo los misterios, como el encarnado por ese personaje, también desconocido, que depositaba sobre su tumba todos los 19 de enero —el día de su nacimiento, en 1809— tres rosas y una botella de coñac. Lo contó muy bien María Ramírez en un reportaje publicado en El Mundoen 2014.

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Fue a un maestro gallego que ejerció en Asturias, Jesús Lagarón, al primero que yo oí hablar, a comienzos de los setenta en Arriondas, de Allan Poe. Acababa de salir una selección de sus cuentos en la inolvidable Biblioteca Básica Salvat y don Jesús, profesor de gratísimo recuerdo, nos recomendó aquella lectura, a condición de que no la hiciéramos de noche.

El prólogo de la edición, que no era la traducida al español por Julio Cortázar, lo firmaba Narciso Ibáñez Serrador. He repasado esta tarde sus deliciosas palabras introductorias, después de leer la conferencia de Paul Auster. Menciona Chicho la trágica muerte de Poe, alcohólico y víctima de abandonos y soledades: «No, América no supo que con la muerte de ese borracho había perdido la figura cumbre de su literatura».

Auster, que ahondó ayer en todas estas circunstancias y en la influencia de Poe en escritores como Baudelaire y Mallarmé, puso de relieve un dato: aquel día de 1875 en que, por fin, su tumba recuperó la identidad, solo un autor reconocido acudió a la tardía ceremonia fúnebre. Otro maldito: Walt Whitman.

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