Amanecer en el Cuera

Ana María Somovilla López, mi madre, en Lledías (Posada de Llanes, Asturias).

Hoy, martes y trece, la lectura matinal de los periódicos me ha llevado bien temprano desde las laderas de Guadarrama a la Sierra del Cuera, la montaña mágica del oriente de Asturias, con la venia del Naranjo de Bulnes y los Picos de Europa. Primero, la del alba sería, me encontré con las palabras lúcidas y sabias del cineasta Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) en una magnífica entrevista publicada en El País. Según se cuenta, el director de Remando al viento habló con el diario por teléfono desde su casa de Lledías (Lledíes, de acuerdo con la toponimina oficial asturiana), parroquia de Posada de Llanes de apenas trescientos habitantes. Gonzalo, que tiene morada temporal aquí desde los años ochenta y es «hijo insigne» de Lledías, habla con Íñigo López Palacios de «esto, lo otro y lo de más allá» (Julio Camba), pero sobre todo de los efectos de la pandemia. Y nos deja algunas frases certeras:

–Afronto estos tiempos con inquietud y precaución. Me entristece la estulticia de los que no siguen las normas sin pensar en las consecuencias. La falta de inteligencia y la obtusa frivolidad que el virus ha puesto de manifiesto contrasta con el sacrificio de otros y el riesgo asumido para salvar vidas.

PINTURAS FALSAS

Lledías, además de por su belleza y encantos naturales, alcanzó en el pasado bastante notoriedad a causa de unas falsas pinturas rupestres «descubiertas» en los años treinta del siglo XX por Cesáreo Cardín en una cueva ubicada debajo de su casa. La historia de ese arte parietal apócrifo desató encendidas polémicas entre quienes defendían su autenticidad (los menos) y los que indicaban claramente que se trataba de un fraude, como quedó sobradamente demostrado. Sobre Cardín y su cueva corrieron ríos de tinta e incluso Juan Cueto Alas, en su inolvidable Guía secreta de Asturias (1976), alude al caso con bastante detalle. Hasta recuerda cuando Sam Peckinpah, amigo de Gonzalo Suárez, apareció por allí «mientras preparaba en Llanes su película Perros de paja: «…visitó la cueva y de la impresión recibida agarró una de sus más importantes borracheras, hasta el punto de que se extravió por los cercanos montes y hubo que organizar una batida para dar con él». Todo lo relacionado con la cueva y la casa del Cuetu Lledías, adquirida a comienzos de la pasada década por el ayuntamiento de Llanes para un proyecto que no pasó de tal por dificultades presupuestarias, es casi una película de misterio. Al lector interesado en saber más sobre el particular le recomienzo el excelente trabajo de Fructuoso Díaz García y Miguel Polledo González, publicado hace apenas un año en Nailos. Los autores, además de ofrecer un estudio riguroso sobre los hechos, son condescendientes y comprensivos con Cesáreo Cardín, quien había sido eficaz ayudante del Conde de la Vega del Sella, Ricardo Duque de Estrada.

LA RESIDENCIA

En Lledías también está desde 1992 la Residencia Sierra del Cuera, casa y cobijo —en el mejor sentido del término— del centenar de personas que habitan en la actualidad este establecimiento ejemplar, entre ellas mi madre, Ana María Somovilla López (La Piñera, Sevares, 1936). Esta mañana, terminada la lectura de la prensa, estuve escuchando a su director, mi amigo el médico Eloy Ortiz, en un coloquio emitido por la Radio del Principado de Asturias sobre la situación de las residencias en los tiempo del Covid-19. Eloy, destacado profesional en el campo de la geriatría, defiende y pone en práctica cada día un modelo de residencia que concibe estos centros como lugares para vivir y disfrutar la etapa última de la vida. Hoy resumió (y resolvió) muy bien el dilema al término del debate: «Todos queremos vivir en nuestra casa el mayor tiempo que se pueda. Las residencias son un recurso más de los disponibles. Hago mías las palabras de Pilar Rodriguez: «en casa mientras sea posible, en las residencias cuando sea necesario»».

Desde las ventanas de la residencia puede verse la sierra del Cuera.

Sierra del Cuera, que cuenta con medio centenar de profesionales abnegados, ha logrado hasta ahora ser un sitio libre del coronavirus. La vida de sus residentes ya no es la de antes. Tiene muchas más limitaciones, pero todos entienden, también sus familiares, que solo con normas y restricciones estrictas es posible combatir la pandemia y evitar los contagios.

Las ventanas permiten la mirada al exterior cuando no son posibles las salidas. Desde la suya en el Cuera, mi madre atiende estos días a una camada de gatos que acuden puntuales a la cita, en busca de sol y de comida. El vídeo me ha llegado a través de Vanesa Galán Carrandi, su fiel asistente de cabecera.

Camada de gatos en Sierra del Cuera.

Hace tiempo que tenía intención de escribir unas líneas sobre Lledías y Posada de Llanes, que tuvo sala de proyecciones desde 1952, el cine Pontbal, hoy un edificio en ruinas. La primera película que se proyectó, según leo, fue Capitanes intrépidos, de Víctor Fleming.

Edificio del cine Pontbal de Posada de Llanes, inaugurado en 1952.

Años más tarde de aquella sesión inaugural apareció por la zona Gonzalo Suárez para rodar su largometraje Aoom (1970). Desde entonces no dejó de venir. Aquí ha escrito guiones, libros, historias de vida y muerte, de amor y desamor. Hoy, en la entrevista que leo en El País al amanecer, Gonzalo recuerda todo eso y da una sabia recomendación final cuando Íñigo López le pregunta sobre el arte y la pandemia:

–¿Ha pensado hacer algo sobre la pandemia? ¿Qué cree que sería más adecuado, un libro o una película? «Higiene, mascarilla, distancia y pensar más allá de nuestras narices. En el cine y la literatura podemos encontrar la evasión, la reflexión, la cultura o la advertencia. Pero nunca la solución». ¿Y qué consejo daría a los chavales que quieren dedicarse al cine? «Que usen la mascarilla».

Tras esta frase conviene aplicarse el cuento, la fórmula de Ortega («Cuando se escribe, o se hace literatura, o sea hace precisión o se calla uno»), y no estropear la feliz sentencia de Gonzalo Suárez con añadidos innecesarios. Tan solo uno: Fernando Vela, el gran discípulo de Ortega, también conocía y amaba estos parajes —murió repentinamente mientras jugaba al ajedrez en un café de Llanes— y fue quien trajo hasta el Cuera, a Andrín, al fotógrafo Nicolás Muller, tan grato en mi memoria. Pero esa historia bien merece ser contada otro día, en el siguiente viaje a Posada de Llanes.

Estación de tren de Posada de Llanes (Asturias).

Cruzar la línea de sombra

Indicación para escolares señalada en una calle de El Escorial (Madrid).

Uno no pasea nunca por la misma calle, «excepto los muy pobres», como decía Ángel González en aquel verso irónico, parodia de la repetición del baño en el dichoso río de Heráclito: cuando se remojan los desheredados, incluso las aguas y sus corrientes tienden a la inmovilidad.

En la ruta matinal que hago desde hace medio año, seis kilómetros de caminata en los que apenas me cruzo con otros viandantes, descubro cada mañana imágenes y sonidos que no había visto el día anterior. El itinerario transcurre por un paisaje variopinto: un parque dejado de la mano de Dios, una granja avícola abandonada, colonias de chalés venidos a menos (y a más, depende de los casos), un polideportivo cerrado y silencioso… y un par de colegios públicos con aulas sumidas en vacía y triste soledad hasta hoy.

Huellas de ida y vuelta: se hace camino al andar.

Hace una semana, las aceras próximas a estos sitios aparecieron ilustradas con estas siluetas verdes de la foto, que indican los caminos de ida y vuelta, con el propósito de que los escolares y sus acompañantes guarden cierto orden y distancia en sus idas y venidas al centro educativo. Era muy temprano cuando pasé hoy por allí y apenas pude atisbar la entrada de algunos docentes afanados en la apertura de puertas y ventanas: hay que airear. En tiempos de mutación también se adaptan (o se adoptan) las antiguas consignas revolucionarias: ventilémonos todos en la lucha final. (No pretendo frivolizar: soy consciente del dolor y el sufrimiento que, en todos los órdenes y en todas las latitudes, ha causado y causa esta pandemia).

Continué la marcha y más adelante ya vi a algunos progenitores con sus vástagos, todos enmascarados, pero con buen ánimo en sus miradas y en sus andares. No les pregunté nada, pero supongo que habrían respondido como los que hablan alborozados en los canutazos de los informativos: «Soñábamos con volver».

Este regreso al cole, a pesar de todas las polémicas y reticencias que lo rodean —muy entendibles y justificadas casi todas—, constituye el mayor reto de normalidad desde el inicio de la pandemia del coronavirus. Tiene sus riesgos, pero si alguien ha de cruzar sin miedo La línea de sombra —una de las últimas novelas de Joseph Conrad, sobre el paso de la juventud a la madurez, lleva ese título— y asomarse al futuro, con toda la ayuda y protección necesarias, son los más pequeños. De estas niñas y niños de hoy, de su éxito o fracaso —que será el nuestro— dependerá el mundo que viene, tan diferente ya al de hace seis meses.

Al final de mi paseo mañanero he reparado en el cartel de una mercería: «Debido al Covid-19 no se hacen cambios ni devoluciones». Como medida higiénica, la advertencia, casi un aforismo, resulta comprensible, pero como mensaje a secas es una paradoja: el virus nos ha obligado a modificar muchas certezas y a asumir con humildad que vendrán otros derrumbes y otros desafíos. Nos guste más o menos, tendremos que seguir con cambios y devoluciones en todos los ámbitos de la vida, a la espera de que lleguen los remedios y de que aprendamos algunas lecciones de esta crisis. La escuela ya está abierta. Y al otro lado de la flecha, y de la negra sombra rosaliana, habrá voces infantiles y consejos de ancianos: amaneceres luminosos y noches estrelladas.

Cartel colocado en una mercería de El Escorial.

Cuando Diego Velázquez dio la vuelta al Museo del Prado

          A propuesta de la revista Museal, publicación digital de la Rede de Museística Provincial de Lugo, he escrito estas notas sobre un agradable recuerdo periodístico de hace treinta años: la exposición dedicada a Velázquez por el Museo del Prado en 1990. Agradezco a Antonio Reigosa, cronista oficial de Mondoñedo, la invitación y también la traducción al gallego de las líneas que siguen.

Cartel anunciador de la exposición de Velázquez. La Venus del espejo está desde 1906 en National Gallery (Londres).

En recuerdo de Piluca Sánchez-Cantón Lenard, que me acogió tantas veces en su Casa de Marza (Oleiros, Pontevedra), llena de vestigios de su tío Javier, director del Museo del Prado entre 1960 y 1968.

He ido decenas de veces al Museo del Prado y, salvo excepciones, guardo en la memoria sensaciones y detalles de cada una de esas visitas. Desde la primera, en el lejano mes de julio del largo y cálido verano de 1975, hasta la más reciente, hace pocos meses. De todos esos momentos, incluidos los numerosos días en que acudía a comer a la cafetería del Prado para luego deambular por sus salas —iba por su cercanía a la Real Academia Española, en donde trabajé ocho años, de 2010 a 2018—; de todos esos momentos, decía, uno de los recuerdos más gratos se remonta al inicio de 1990. Yo era entonces jefe de Cultura en los informativos de Televisión Española y cubrí con dedicación y entusiasmo para los telediarios el acontecimiento artístico del año: la gran exposición dedicada a Velázquez, precedida de un gran éxito, aunque con un formato más reducido, en el Museo Metropolitano de Nueva York.

FENÓMENO DE MASAS

Nunca antes el Museo del Prado, institución curtida en batallas y sobresaltos tan duros como la evacuación parcial de sus fondos durante la guerra civil española, había despertado tal interés periodístico y social a causa de una iniciativa suya. Cierto que el museo era y es actualidad permanente, la primera referencia cultural de España en el mundo, pero la exposición dedicada a Diego Velázquez entre el 23 de enero y el 1 de abril de 1990 (que reunió setenta y nueve obras del pintor sevillano provenientes del propio Prado y de una veintena de museos) desbordó todas las expectativas. Marcó el inicio, al menos en España, de los grandes espectáculos culturales y se convirtió «en un hecho social formidable, un verdadero fenómeno de masas», a juicio del historiador Juan Pablo Fusi. A lo largo de aquellos dos meses, más de quinientas mil personas hicieron largas colas —hasta con esperas de cinco horas— para contemplar unos cuadros que en gran parte —cincuenta y nueve de ellos— estaban colgados en las paredes del Prado desde que el edificio de Juan Villanueva abrió al público en 1819.

Cubierta del catálogo de la exposición. Detalle de La fragua de Vulcano de Velázquez. Museo del Prado.

La venta del catálogo se disparó y, según los datos facilitados por el comisario de la muestra (Alfonso Pérez Sánchez, a la sazón director del Prado), tras una tirada inicial de quince mil ejemplares, hubo que imprimir trescientos mil libros más, todo un récord. El cartel anunciador era una imagen de la Venus del espejo, cedida para la ocasión por la National Gallery de Londres, propietaria del lienzo desde 1906. Aquel enigmático desnudo pintado por Velázquez —no se sabe si en Italia o en Madrid—no era la primera vez que viajaba a España —ya había venido en 1960 para la exposición conmemorativa del tricentenario del artista—, pero en 1990 desató auténticas pasiones.

CON HONORES DE ESTRELLA

El 19 de enero de 1990, a las siete y media en punto de la mañana, yo era uno de los periodistas que esperaba ante las puertas del Prado la llegada del camión que, procedente del aeropuerto de Barajas, transportaba la Venus del espejo. La recibimos con honores de estrella, iluminados por la luna. Un helicóptero de la policía sobrevolaba el Paseo del Prado y los reporteros parecíamos paparazzis a carreras por las galerías somnolientas del museo. Total, para nada: hubo que esperar veinticuatro horas para ver a la señora salir del embalaje, así que no tuvimos foto. La dama, por razones de seguridad, debía de aclimatarse al clima madrileño, según nos explicó el conservador de la National Gallery que la acompañaba, Michael Helston. Aquella locura informativa —de la que fue testigo la paciente jefa de prensa del Museo, la inolvidable Pura Ramos— fue solo el preludio de lo que siguió. La tarde del cierre de la exposición, el 1 de abril, pese a la prolongación de horarios, hubo un conato de motín porque el público quería entrar al museo a toda costa. La Venus volvería al Prado en 2007, pero ya nada fue igual. Es verdad que se organizaron exposiciones, como la del Bosco en 2013, que superaron en visitantes (585.000) a la muestra de Velázquez, pero hay que tener en cuenta que en 1990 el museo cerraba un día a la semana y los horarios eran más reducidos.

MIRADAS PERPLEJAS

El futuro ya será muy distinto. No hace mucho, el actual presidente del Patronato del Museo, Javier Solana hablaba de la influencia de la crisis del coronavirus en la organización de estos grandes eventos artísticos, totalmente descartados a medio plazo, según advertía. Nada será igual que entonces. Al día siguiente de la clausura de la exposición de Velázquez, El País publicaba un editorial concluyente, titulado «Velázquez, arrasador»: «Si inicialmente sorprendió el enorme afán por contemplar una exposición de la que la mayor parte de los cuadros se exhibe permanentemente en el propio museo, la insistencia de todos los medios de comunicación en alabar la muestra parece haber actuado de espoleta en el interés de los ciudadanos. El sentirse partícipe de un hecho históricamente irrepetible, el peculiar y lento ritual de acceso a las salas y, naturalmente, la profunda belleza de lo expuesto, podrían explicar y justificar la superación de todas las dificultades de la masificación. Es también un dato esencial para que la Administración insista en acontecimientos similares y, con la colaboración del Parlamento, agilice la aprobación de la llamada ley del mecenazgo». Una ley, dicho sea de paso, que sigue sin llegar. Curiosamente, la exposición de Velázquez contó con el patrocinio de una entidad financiera ya desaparecida, salvo en la canción de Joaquín Sabina: el Banco Hispano Americano.

El geógrafo o Demoócrito, Museo de Bellas Artes de Ruán (Francia).

Treinta años después, en medio de una pandemia que ha obligado al cierre temporal del Prado, miramos el mundo con más perplejidad y extrañeza que nunca. Y lo señalamos con el dedo, como El geógrafo de Velázquez que apunta, entre sonriente y burlón, al globo terráqueo. Hay distintas interpretaciones sobre el origen del modelo, aparecido en otras pinturas y esbozos de Velázquez con una copa de vino en la mano. El cuadro, procedente del Museo de Bellas Artes de Rouen (Francia), también conocido por el título de Demócrito, formó parte de aquella exposición velazqueña de 1990 en Madrid. Fue la última obra recibida en el Museo del Prado: llegó a la sala casi de milagro, apenas cuatro horas antes de la inauguración de la muestra, cuando estaban a punto de encenderse los focos y formarse las colas. El resto ya lo conocen: estadísticas, asombros, emociones, dudas y miedos, noches y días, en un planeta que gira sin descanso, ajeno en apariencia a nuestras vidas e indiferente a nuestras nostalgias.