Luto en A Coruña

Silueta de Carlos III en la Torre de Hércules

Cando penso que te fuches
negra sombra que me asombras
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa

Rosalía de Castro

Ocurre a diario, pero siempre entristece admitir que un paisaje idílico contemplado hoy puede convertirse mañana en oscuro escenario de negras sombras. Hice algunas fotos esta semana con el iPhone paseando por A Coruña, esa maravillosa ciudad gallega en la que tuve la suerte y el privilegio de recibir el Premio Pérez Lugín de periodismo por un artículo dedicado al gran Álvaro Cunqueiro. Varias de esas imágenes estaban destinadas a este blog, pero, por respeto y en memoria de los fallecidos y desaparecidos en la tragedia del viernes en la playa de Orzán, he optado por quedarme solo con esta. La ciudad aparece detrás, de espaldas al soldado que mira impasiblemente al mar, ese Cantábrico tan bello como peligroso en determinadas circunstancias.

La foto fue tomada el jueves a mediodía, al pie de las escalinatas de la Torre de Hércules. Era el final de una mañana que amaneció soleada y comenzó a nublarse poco a poco, paseniño, paseniño. La silueta recortada en el cielo corresponde a la escultura que representa a Carlos III, el monarca retratado por Goya bajo cuyo reinado se restauró la Torre, el viejo faro romano que se ha convertido en el símbolo por excelencia de A Coruña. La noche anterior, en el ayuntamiento, el alcalde Carlos Negreira había tenido la gentileza de entregarme una reproducción del monumento hecha en Sargadelos, cerámica de la que ya hablé aquí con motivo de la muerte de Isaac Díaz Pardo.

El viernes por la mañana, al llegar a Madrid, oí con sobresalto, en la radio de taxi, la voz del alcalde. Hablaba por teléfono con el periodista Carlos Herrera y relataba los desgraciados sucesos acaecidos en el Orzán, esa ensenada de apariencia apacible por la que yo había pasado unas hora antes. La mala noticia, por desgracia, sigue ahí, en los telediarios, aún sin cerrar. Sobrecoge pensar en lo ocurrido, en las víctimas, en sus familias, en el dolor de todos. Frente a tal infortunio sobran los lamentos y no vienen muy a cuento los detalles. Solo cabe expresar el dolor, la pena, la rabia, la solidaridad con los gallegos y los coruñeses por lo ocurrido en su hospitalaria ciudad. En esa Coruña cuya luz describió tan bien don Álvaro Cunqueiro; en esa ciudad teñida por el luto y por la sombra, la negra sombra.

Jugar a los chinos

La economía china crece y se expande por los lugares más insospechados. En esta calle del barrio madrileño de Salamanca coexisten, pared con pared, dos tiendas en apariencia muy distintas: el bazar de los antes llamados «todo a cien», un chino, con esta exclusiva tienda de productos Apple. A primera vista, esa impresión generalmente engañosa, puede parecer un contraste, un choque visual entre dos modelos de mercado. Nada de eso. Si observamos la escena, incluso sin lupa, encontraremos más afinidades y conexiones entre estos dos escaparates que en una película de James Bond.

Los gatos de la suerte, esos incansables artilugios del brazo arriba y abajo, resultan más asequibles que un iPad, cierto, pero lo más probable es que la tableta y el felino mecánico tengan el mismo origen y compartan manufactura. China es la gran fábrica de los productos Mac, con esos inmensos talleres de los que nos llegan con frecuencia noticias siniestras y alertas de posible explotación laboral. Las paradojas nunca vienen solas. Los chinos, a su vez, han sucumbido a los encantos de la cacharrería firmada con el logo de la manzana. Está bien reciente el espectáculo consumista de las colas formadas allí para adquirir el nuevo iPhone, ansia que terminó en histeria colectiva.

Con un poco de imaginación, no mucha, cabría fantasear con pasadizos secretos entre estas dos tiendas de la calle Castelló de Madrid, túneles por los que circulan y se saludan con naturalidad un MacBook Pro de dos mil euros con un paquete de pinzas de la ropa que, con suerte, no pasa de uno. Sin necesidad de elucubrar, ahí están, como señalaba antes, los escaparates. El de Apple es minimalista, casi diáfano, y juega con aquel falso eslogan según el cual menos es más. Depende para quien. En el chino, por el contrario, la clave reside en vender más por menos. Por eso los carretes de hilos, los santos de escayola y las flores de plástico se disputan hueco en las estanterías, en esos pasillos interminables y abarrotados, ajenos a la taxonomía y teñidos de tenue luz azulada.

Lo más inquietante de la foto, captada por este escribidor y viandante el pasado jueves, tal vez sea ese carrito de la limpieza municipal estacionado en medio de los dos establecimientos, como si no quisiera comprometerse con ninguno ¿Qué espera recoger aquí? ¿Acaso alguien está rodando la segunda parte de Comprar, tirar, comprar?

Mientras salgo de dudas, una confesión: estas líneas están escritas con un MacBook Air de la primera generación, un viejo trasto de hace cuatro años ensamblado en China, según acabo de comprobar en la tapa. La bayeta con la que limpio la pantalla, sin embargo, viene de más cerca (fabricación española), pero con ramificaciones orientales: ha sido adquirida en este chino de la foto. Llegados a este punto, ya no sé si esto que comento es economía sumergida, lección aplicada del haber y el debe para dummies como el que suscribe, o simplemente patología, malestar general con fiebre: la nueva fiebre amarilla.

Diez años sin Cela

He leído esta mañana en los periódicos que la semana próxima, el martes, se cumplen diez años de la muerte de Camilo José Cela. Compruebo, ya en los titulares, que las viejas disputas entre su único hijo, también Camilo de nombre, y la viuda del novelista, Marina Castaño, siguen sin resolver. La Fundación dedicada al escritor, que alberga todos los manuscritos de su obra, ha sido una de las víctimas indirectas de esos desacuerdos, tan frecuentes entre los herederos de los autores y de los artistas en general. Una pena siempre, y más en este caso porque la riqueza literaria de sus fondos es excepcional.

No cometeré la osadía de esbozar en estas líneas, ni por asomo, el perfil biográfico de Cela porque, además de innecesario, nunca olvidaré lo que el propio don Camilo le dijo en cierta ocasión a una azafata de Iberia que le solicitaba la identificación en el aeropuerto. La respuesta fue, más o menos, así:

¿Cómo que quién soy yo, señorita? Yo soy alguien al que hay que conocer, aunque solo sea por cultura general.

Traté bastante a Cela en mi etapa de redactor y jefe de cultura de los informativos de Televisión Española. Tuve la suerte de acompañarle, como otros tantos periodistas [Juan Cruz, Pablo Larrañeta, Raúl del Pozo, Fernando Sánchez Dragó, Nieves Herrero…] en el viaje a Estocolmo, cuando recibió el Premio Nobel en diciembre 1989. Recuerdo aún las imágenes que dimos en el Telediario de Rosa María Mateo, con la siesta de Cela en pleno vuelo, al lado ya de Marina Castaño. Su hijo aún mantenía entonces relaciones aparentemente cordiales con él, pese a que la separación de sus padres acababa de hacerse pública, y estaba en la capital sueca con toda aquella corte que seguía al autor de «La colmena» de un lado a otro.

Podría evocar decenas de situaciones, retazos de aquellas agotadoras jornadas previas a la entrega, pero prefiero quedarme con el día en que conocimos, y contamos, la concesión del premio, el 19 de octubre de 1989. A la una en punto de la tarde yo estaba en la sala de teletipos de Torrespaña esperando a que saliera el fallo del Nobel, siempre tan puntual. No había pantallas aún y las noticias llegaban en papel. Sonaron las campanillas anunciadoras de un «urgente» y allí, en un escueto despacho de France Press, apareció el nombre de Cela como ganador. Salí corriendo para decírselo a Luis Mariñas [descansa en paz, maestro], editor del Telediario de las tres. Muy cerca de él estaba Jorge Cela, hermano de Camilo, compañero en TVE y hombre discreto que, solo por esta vez, no pudo disimular la emoción.

Luego vino la locura. Los viajes al Clavín, la urbanización de La Alcarria en la que vivía con Marina; los planos del manuscrito de «Madera de boj» sobre la mesa, tantas veces emitidos; la llegada tumultuosa a Torrespaña para entrar en directo en el Telediario y luego en el programa de las tardes de Jesús Hermida. Era jueves, día de sesión en la Real Academia Española [pertenecía a la corporación desde 1957, pero apenas iba ya] y, cuando alguien le preguntó que haría después para celebrar el galardón, al salir de TVE, no lo dudó un instante:

-Nada especial, a las seis de la tarde, a la Academia, como todos los jueves. Usted, dirá.

Todo cambiaría para él a partir de entonces. Vendrían otros premios «menores» que se le habían resistido [el Planeta, el Cervantes] y el personaje, que ya tenía dimensiones estelares antes del Nobel, fue ganando terreno al escritor hasta eclipsarlo por completo en algunos momentos. Lo señala hoy, y lo lamenta, su hijo en los diarios, en declaraciones a la periodista Ana Mendoza, de la agencia EFE: «El verdadero Cela no es el marqués. Es el vagabundo que escribió ‘Viaje a la Alcarria’ y dos o tres de las novelas más importantes del siglo XX».

Esta mañana he desempolvado una vieja edición de «La familia de Pascual Duarte» y me he encontrado, al abrirla, con la credencial de prensa de los Nobel y una dedicatoria manuscrita horas antes de salir hacia Estocolmo. Solo por esta novela sobrecogedora, Cela ya habría formado parte de la gran historia de la literatura española. Y ahí sigue, diez años después, aunque las leyendas y las miserias empañen a veces su impresionante legado, su obra excepcional.