La estrella de Cunqueiro

Camino de Belén

Camino de Belén

Se apagan ya las luces navideñas, se desvanecen las cabalgatas con sus polémicas —algunas tan lamentables como la de Luis del Val en la COPE— y empieza el tedioso rosario de los buenos propósitos para el nuevo año. Vuelve —¿por fin?— el «retour à la normale», por decirlo con un viejo eslogan de Mayo del 68, cuyo cincuentenario —que no falten las efemérides— se conmemora en 2018.

El gran Álvaro Cunqueiro no dejaba pasar ningún año —por desgracia solo vivió sesenta y nueve— sin escribir algún artículo sobre la peripecia de los reyes magos. La semana pasada, mientras seguía felizmente su rastro en la hemeroteca, me encontré con uno publicado en Sábado Gráfico, fechado en diciembre de 1964 bajo el título «El viaje de la estrella».

Es bien conocido para los lectores del autor de Merlín e familia que don Álvaro tenía memoria deformante… y presumía de ella. Podía permitirse el lujo de anteponer la imaginación y la fantasía a los supuestos hechos reales, nunca mejor dicho, y por lo general acertaba: también la verdad se inventa, como nos recordaba Antonio Machado.

En este caso, me refiero al artículo aparecido aparecido en la revista dirigida por Eugenio Suárez —figura histórica y casi olvidada del periodismo español—, Cunqueiro hace algunos alardes de citas y erudiciones sobre los dichosos magos que nos dejan casi como estábamos:

«Como ustedes saben —escribe Cunqueiro— se ignora su número exacto. En Etiopía creen los cristianos de allá que los magos son doce, mientras que en Europa estimamos, desde el pseudo Beda, y el románico, que son tres, no más, y uno de ellos —pseudo Beda dijo— «fuscus»; es decir, negro. (…) En algunas leyendas siriacas parece ser que los magos llegaron a ser setecientos setenta y siete; y en Armenia, cuatro solamente».

En resumen: que no salen las cuentas, pero es lo de menos tratándose de asuntos regios. En este artículo de Sábado Gráfico —también los hay sobre el mismo asunto en Faro de Vigo, en Destino…y en casi todos las cabeceras en las que publicó Cunqueiro— Cunqueiro se lamenta de la falta de datos verídicos sobre Melchor, Gaspar y Baltasar —«Tampoco sabemos mucho más del hallazgo de los cuerpos de los tres reyes y su traslado a la catedral de Colonia»—, pero no pierde la esperanza:

«Habrá que estar atento a las celestes soledades. Acaso, cuando menos lo pensemos, vemos pasar la estrella».

Así lo haremos, atentos al cielo, los próximos doce meses.

Carta al rey Cunqueiro

Belén viviente en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Belén viviente, recreado hoy en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Querido don Álvaro:

Esta noche, hace un  par de horas, han llegado los Reyes al humilde puerto de Palmeira, parroquia del ayuntamiento de Riveira, en A Coruña, que tal vez figure mencionada en alguna de sus guías gallegas. Lamento no tener ahora a mano ninguno de esos libros de viaje para comprobarlo, pero sé que usted era muy permisivo, casi machadiano, con este tipo de detalles: también la verdad se inventa.

A falta de camellos y carrozas, sus majestades se han subido a un cuatro por cuatro y, en vista de la persistente lluvia, han puesto rumbo a la Sociedad de Hijos de Palmeira, entidad fundada en Newark (Nueva Jersey) —en el ya lejano 1929— por emigrantes de este pueblo que mira piadosamente a la Ría de Arousa. Una curiosa institución, La Sociedad, en cuyo emblema figuran los símbolos masónicos, presencia que no será, supongo, fruto de la casualidad, pero esa es otra historia. De logias, mandiles, escuadras y compases hablaremos en mejor ocasión.

Usted, don Álvaro, siendo ya escritor consagrado, aprovechaba esta fecha mágica de la noche de Reyes para escribir a propósito de los magos de oriente en el Faro de Vigo. He dedicado algunos ratos estos días a la relectura de esas crónicas regias. Parte de ellas están recogidas en uno de los últimos títulos dedicados a la recopilación de su obra, De santos y milagros*, estupenda antología de sus relatos sobre personajes subidos a los altares; vidas de santos que usted solía mejorar considerablemente, en todos los sentidos. He disfrutado leyendo «La sobrina de Melchor» —en sus dos versiones, una de 1962 y la otra de 1971—, «Los Reyes de Belén» y «El sueño de los Reyes Magos», entre otros deliciosos artículos, enveses del Faro por decirlo con mayor precisión.

La situación ha cambiado bastante desde entonces, desde que usted hacía aquellos ejercicios líricos en torno los dichosos monarcas. En esencia se mantiene viva la tradición, aunque con explicaciones más prosaicas, menos literarias y, sobre todo, menos imaginativas que las suyas.

En la Sociedad de Hijos de Palmeira, sobre la que espero tener mejor información en el futuro, los vecinos tomaban hoy chocolate con roscón y los niños miraban con credulidad conmovedora, con esperanza infinita, a los magos de la barba postiza. Galicia siempre sorprende.

Usted, don Álvaro, habita ahora otros reinos que no son de este mundo, pero somos muchos los que le seguimos recordando y leyendo cada día. Sus artículos, en noches como esta, son oraciones laicas —usted, ya lo sé, era creyente, convicto y confeso— que entonamos con devoción algunos escépticos y descreídos. Misterios reales, adoraciones paganas en medio de la efímera y accidentada cabalgata de la vida.

Posdata. Esta mañana, seis de enero, las emisoras de radio han comenzado a desgranar los consabidos tópicos sobre los regalos y las tiendas se han apresurado a anunciar las rebajas oficiales de enero, que cada año empiezan antes. Todo según lo previsto, don Álvaro.

Ahora, para mantener el orden establecido y las buenas costumbres, toca recoger los belenes y guardar las luces de colores y el espumillón. La Navidad, con sus rituales, ha terminado. Y en Galicia, en las riberas de la Ría de Arousa, llueve sin tregua, como en Macondo…

Al temporal le han puesto de nuevo hoy la etiqueta de alerta roja, buena metáfora para el día de Reyes.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

__ *De santos y milagros, Álvaro Cunqueiro, 2012, Fundación Banco Santander. Edición de Xosé Antonio López Silva.

Luto en A Coruña

Silueta de Carlos III en la Torre de Hércules

Cando penso que te fuches
negra sombra que me asombras
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa

Rosalía de Castro

Ocurre a diario, pero siempre entristece admitir que un paisaje idílico contemplado hoy puede convertirse mañana en oscuro escenario de negras sombras. Hice algunas fotos esta semana con el iPhone paseando por A Coruña, esa maravillosa ciudad gallega en la que tuve la suerte y el privilegio de recibir el Premio Pérez Lugín de periodismo por un artículo dedicado al gran Álvaro Cunqueiro. Varias de esas imágenes estaban destinadas a este blog, pero, por respeto y en memoria de los fallecidos y desaparecidos en la tragedia del viernes en la playa de Orzán, he optado por quedarme solo con esta. La ciudad aparece detrás, de espaldas al soldado que mira impasiblemente al mar, ese Cantábrico tan bello como peligroso en determinadas circunstancias.

La foto fue tomada el jueves a mediodía, al pie de las escalinatas de la Torre de Hércules. Era el final de una mañana que amaneció soleada y comenzó a nublarse poco a poco, paseniño, paseniño. La silueta recortada en el cielo corresponde a la escultura que representa a Carlos III, el monarca retratado por Goya bajo cuyo reinado se restauró la Torre, el viejo faro romano que se ha convertido en el símbolo por excelencia de A Coruña. La noche anterior, en el ayuntamiento, el alcalde Carlos Negreira había tenido la gentileza de entregarme una reproducción del monumento hecha en Sargadelos, cerámica de la que ya hablé aquí con motivo de la muerte de Isaac Díaz Pardo.

El viernes por la mañana, al llegar a Madrid, oí con sobresalto, en la radio de taxi, la voz del alcalde. Hablaba por teléfono con el periodista Carlos Herrera y relataba los desgraciados sucesos acaecidos en el Orzán, esa ensenada de apariencia apacible por la que yo había pasado unas hora antes. La mala noticia, por desgracia, sigue ahí, en los telediarios, aún sin cerrar. Sobrecoge pensar en lo ocurrido, en las víctimas, en sus familias, en el dolor de todos. Frente a tal infortunio sobran los lamentos y no vienen muy a cuento los detalles. Solo cabe expresar el dolor, la pena, la rabia, la solidaridad con los gallegos y los coruñeses por lo ocurrido en su hospitalaria ciudad. En esa Coruña cuya luz describió tan bien don Álvaro Cunqueiro; en esa ciudad teñida por el luto y por la sombra, la negra sombra.

Cuando Alvarus Cunqueiro escribía en latín a Emmanueli Fraga

En navidad, Cunqueiro enviaba a Fraga una tarta de Mondoñedo con dedicatoria en latín.

[Comentario publicado ayer y actualizado hoy, 17 de enero]

Iba a escribir estas notas anoche, cuando supe de la muerte de Manuel Fraga, pero otras obligaciones laborales me han impedido ponerme hasta ahora delante del Mac, que no es precisamente la Smith Premier de don Álvaro.

Creo que no perderé nunca la presión de la urgencia, esa vieja obsesión por la inmediatez que me viene de antiguo, deformación agudizada tras mi paso por la edición del Canal 24 Horas de Televisión Española. Justo lo contrario de lo que predicaba Cunqueiro, quien recomendaba dejar enfriar las noticias unas cuantas horas, incluso algunos años, para estar bien seguros de que valía la pena su divulgación.

La verdad es que, esta vez, casi me alegro del retraso porque, en estas últimas horas, hemos recibido un torrente de opiniones en torno al político gallego fallecido ayer. No hay mucho término medio. Para encontrar análisis ecuánimes y sosegados, como este de Darío Villanueva en Cuarto Poder, hay que buscar mucho. Predominan, por el contrario, las hagiografías; comentarios como el de ese antiguo dirigente del partido de Fraga que ha dicho hoy que “sin don Manuel no se puede entender la transición democrática en España”. Le faltó añadir que tampoco es posible comprender la dictadura de Franco, en la que Fraga participó activamente y sin descargos de conciencia posteriores como los de Pedro Laín, Joaquín Ruiz Jiménez, Gonzalo Torrente Ballester o Dionisio Ridruejo, entre ellos.

En el otro lado, como si no fuéramos capaces de abandonar de una vez por todas la caricatura grotesca de las dos Españas, la Red se ha llenado de insultos y descalificaciones hacia el ex presidente de la Xunta de Galicia. Lo peor es que muchas de estas diatribas se amparan en el anonimato, uno de los males que más daño hacen a este medio maravilloso llamado Internet.

En realidad, yo solo quería dejar aquí dos pinceladas, pero, como me suele pasar con frecuencia, acabo pintando la pared entera. La primera de ellas tiene que ver con la tarjeta que ilustra este comentario: una de las felicitaciones en latín que acompañaban las tartas que Álvaro Cunqueiro le enviaba a Fraga desde Mondoñedo todas las navidades. Don Álvaro, que había aspirado los latines que salían del seminario de su ciudad, no dominaba la lengua de Cicerón, pero echaba mano de los canónigos de la catedral para redactar correctamente los textos. El resultado, aquí está. La muestra la he sacado de un libro firmado por Fraga en 1991, obra dedicada a Cunqueiro que contiene dos discursos: “Álvaro Cunqueiro, enxeñoso hidalgo galego” y “Un home chamado Álvaro Cunqueiro”. Justo es decir también que en la etapa de Fraga como presidente de la Xunta se hizo una excelente edición facsímil de “Galiza”, la revista nacionalista que dirigió Cunqueiro en Mondoñedo en los años treinta del siglo XX.

Mi segunda y última consideración, mi segunda pincelada, tiene que ver con el paso de Cunqueiro por el franquismo, justo después de aquel entusiasmo nacionalista recogido en las páginas de “Galiza”. Con motivo de un trabajo sobre el autor de “Merlín e familia”, le planteé a Fraga varias cuestiones que me respondió por escrito el 3 de febrero de 2010. Las respuestas son escuetas, más breves que las preguntas, pero, dada la ocasión, prefiero reproducir tal cual estas dos:

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P. Durante su etapa como presidente de la Xunta de Galicia (además de dedicar el Día das Letras Galegas de 1991 a Álvaro Cunqueiro, ÁC) se hizo una edición facsímil del periódico “Galiza”, dirigido por ÁC en los años 30 del siglo pasado en Mondoñedo. Usted prologó aquel libro, que refleja la etapa nacionalista protagonizada por ÁC en su primera juventud. ¿Por qué cree que ÁC abandonó aquellas ideas nacionalistas y se pasó a la Falange al comienzo de la Guerra Civil?

Manuel Fraga.- Las opiniones políticas evolucionan en función de los acontecimientos y a Cunqueiro le pasaba lo mismo.

P. Pese a ser un destacado y brillante defensor del franquismo durante la Guerra (“El Pueblo Gallego”, “La Voz de España”, “Vértice”, “ABC”…), ÁC fue expulsado de Falange y del Registro Oficial de Periodistas en los años cuarenta, por una serie de episodios más relacionados con la picaresca que con las desavenencias ideológicas. Sin embargo, visto con perspectiva actual, da la impresión de que en aquellas sanciones, hechas con alarde publicitario, hubo cierto ensañamiento o, cuando menos, exceso. ¿Cómo valora usted aquellos hechos? ¿Hablaron ustedes alguna vez de ellos?

Manuel Fraga.- Coincido totalmente con su juicio. Eran tiempo revueltos, pero nunca afectaron al prestigio de Álvaro Cunqueiro.

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En medio de todo lo escrito y divulgado desde ayer [recomiendo este perfil de Xosé Hermida], doy por descontado que estas notas se perderán en el mar de las grandes palabras y las sentencias solemnes. Soy consciente de la dificultad de analizar y comprender los comportamientos humanos, muy especialmente en épocas convulsas como las vividas por Fraga y Cunqueiro.

Pretender colocar a Fraga fuera del franquismo, y de algunas de sus peores consecuencias, constituye un disparate intelectual, una falta de memoria injustificable. Pero reducir su trayectoria solo a aquella etapa histórica y negar otras actuaciones democráticas posteriores, no admitir las diversas caras y circunstancias de Fraga, es también una falacia. Plus minusve.