Buenos días, tristeza

Adieu tristesse / Bonjour Tristesse

Paul Éluard, À peine défigurée, 1932

Paseantes en la playa de San Lorenzo de Gijón. Otoño de 2023.

Decía Álvaro Cunqueiro, y tenía mucha razón, que la tristeza es un lujo que solo se pueden permitir los jóvenes. Hoy, por obra y gracia de una ocurrencia comercial lanzada en 2005, el planeta, o sea el mercado, celebra el blue monday, supuestamente el día más triste del año. Su creador, Cliff Arnall, ideó una especie de fórmula matemática para justificar la elección del tercer lunes de enero como la jornada más deprimente y oscura del calendario. Las causas de ese pretendido bajón emocional no parecían muy originales: fin de las navidades, acumulación de gastos originados por las fiestas, tiempo frío y desapacible, escasez de luz natural, propósitos anuales de cambio incumplidos… y frustraciones cotidianas en general, deudas incluidas.

La promotora de la campaña publicitaria que originó el blue monday era una agencia de viajes, Sky Travel, dispuesta a ofrecer un remedio infalible contra esta melancolía pasajera: adquirir unos biletes y reservar alojamiento para unas cortas y reparadoras vacaciones. No funcionó del todo bien. Sky Travel echó el cierre con el paso del tiempo y el psicólogo que dio la idea a la agencia, Cliff Arnall, se desdijo de sus predicciones y encabezó una campaña contra su propia iniciativa: #StopBlueMonday.

Gotas de lluvia en una corrala de Madrid. El invierno está asociado al blue monday..

Todo en vano. Los negocios tienen sus propias reglas y el dichoso blue monday, lejos de desaparecer, «ha venido para quedarse» —juré por todos los dioses que nunca usaría esta odiosa muletilla—. Este día triste y azul (lo del gato de Roberto Carlos es otro cantar) ha desbordado a sus creadores, por más que abominen del día y de la hora en que lo pusieron en marcha. No hay arreglo: estamos rodeados.

He encabezado estas notas con los muy archicitados versos de Paul Éluard, procedentes de su libro La vie inmédiate. Como ocurre tantas veces, el inicio del poema no se asocia a Éluard, sino a François Sagan, que los utilizó para titular su popular novela —Buenos días, tristeza—, aparecida en 1954. El año pasado, la editorial Cátedra publicó una nueva edición y traducción al español, trabajo realizado con exquisitez por María Luisa Guerrero.

La novela se publicó en 1954.

En 1958, la novela llegó al cine bajo la dirección estelar de Otto Preminger. Y con un reparto de lujo:

Termino con otra alusión a Cunqueiro. A don Álvaro no le gustaba nada esta obra de François Sagan: «No se exagera nada si se afirma que el título [Buenos días, tristeza] era muy hermoso, y en verdad excesivo para tan pobre novela, uno de esos bluffs característicos de la historia francesa de la literatura que París impone cuando quiere como un éxito mundial». La sentencia procede de un envés aparecido en Faro de Vigo el 18 de febrero de 1964. Es obvio que Cunqueiro le tenía más simpatía a Éluard que a Sagan y, en el mencionado artículo, aprovechó para dejarnos una hermosa traducción al gallego del famoso poema.

La tristeza, y sus variantes, más allá de la boutade de Cunqueiro —«un lujo para jóvenes»— son un asunto demasiado serio y grave como para dejarlo en manos de las plataformas comerciales y los grandes almacenes. Enero no es un buen mes para hacer el agosto ni para venirse abajo. Demasiado pronto para tirar la toalla. Vayamos con calma.

Faro de Vigo, 18 de febrero de 1964.

Marcas de agua

Reflejo de un vaso de agua vacío

Esbozo de redacción escolar: Con el agua calmamos la sed, regamos los campos y hacemos refranes: pocos líquidos —salvo el vino, tal vez— dan origen a tantos dichos y juegos de palabras.

Hace tiempo que me obligo a ingerir más agua de la que me apetece cada día. Mi cuerpo y mi mente casi siempre prefieren otras bebidas, todas ellas menos saludables, aunque no sean alcohólicas: café, infusiones, zumo, chocolate. Ayer, tras conseguir tomar el tercer vaso del día, me recreé en contemplar y retratar su reflejo sobre la mesa. No se puede montar un bodegón más ligero: incoloro, inodoro, insípido. Y un poco triste, la verdad.

Aclarado que no soy el santo bebedor, pero tampoco un entusiasta del agua, confieso que aún me asombra (y agradezco) el lujo de levantarme al alba y abrir un grifo o tirar de la cisterna. Pienso en quienes padecen los efectos de la sequía, que pronto seremos todos, y en esas personas que han de recorrer kilómetros para llenar un cántaro. También se me vienen a la cabeza esos exquisitos que alardean en los restaurantes de sus conocimientos sobre marcas de agua: sumilleres de la nada. Por cierto: en la hostelería española, el vaso de agua es gratuito.

Nunca consumo agua embotellada. Hoy por hoy, el que sale por mis canillas madrileñas, tanto en la capital como en El Escorial, se puede tomar sin problemas, al menos para un paladar y un olfato no muy exigentes, como es mi caso. Recuerdo que, hace ya muchos años, el maître del viejo Hotel Principado, me quitó la tontería del agua envasada:

—¿Una botella de agua sin gas? Mejor una jarra de agua de Oviedo, que está muy buena.

El humilde vaso de agua —al contrario del que discurre por las fuentes, los ríos y los mares— no suele despertar entusiasmos épicos ni poéticos. En los bares de antaño se servía junto al café con leche y el combinado adquiría así tintes literarios y hasta berlanguianos: leo en un diario argentino que la costumbre se remonta al Imperio austrohúngaro. Con este guion de andar por casa, y sin más preámbulos, doy los primeros tragos y los primeros pasos de la mañana. Y ya saben: agua de no has de beber…

Rosa de Navidad

Eléboro negro o rosa de Navidad.

Una flor de invierno para terminar 2023. Hace algo más de un siglo, Élisabeth de Clermont-Tonnerre eligió esta planta, la rosa de Navidad, para concluir el capítulo dedicado al mes de diciembre en su celebrado Almanach des bonnes choses de France (1920). Después de sumergirnos en un festival de carnes y pescados, de dulces y frutas, de vinos y sidras, de mares y bosques, la escritora —amiga de Marcel Proust y amante discreta de Natalie Clifford Barney— nos deja a solas con la sencillez de los pétalos blancos del eléboro, «última gracia del año que termina».

Adiós a diciembre con una flor de invierno.

Las cinco líneas publicadas por Élisabeth para describir la «rose de Noël» están precedidas de un conocido verso de Théodore Agrippa d’Aubigné: «Une rose d’automme est plus qu’une autre exquise» (Una rosa de otoño es más exquisita o deseada que cualquier otra).

En los siglos XVI y XVII —la época barroca de Agrippa— y en los comienzos del XX —el tiempo de Élisabeth, consorte del duque de Clermont-Tonnerre— era más difícil que ahora sortear los solsticios y alterar a capricho las temporadas del calendario. Me refiero, claro está, a lo que pasaba en aquellas partes del mundo en donde se sucedían regularmente esos periodos estacionales in illo tempore. O sea, a lo que ocurría en esos lugares antes de los efectos devastadores del actual cambio climático, que lo ha trastocado todo, incluso primaveras y otoños, lluvias y sequías.

Pasan los años, pero los libros permanecen.

Una flor o un fruto de invierno se apreciaban entonces más que hoy, a causa de su rareza y singularidad. Nadie esperaba cerezas en enero ni higos en abril ni castañas en agosto. Por eso se festejaban y se estimaban productos perdurables con el paso de los meses: «En diciembre todo el mundo puede comer manzanas» en Francia, proclamaba la aristócrata en su Almanach, libro por el que sentía gran devoción Álvaro Cunqueiro. El periodista gallego nunca llegó a descubrir que su autora era una mujer. Tras la E. de su firma, y del título nobiliario recibido de su marido el duque (E. de Clermont-Tonnerre), se escondía (sin pretenderlo) Élisabeth de Gramont y no el legendario «conde» imaginado y pregonado por Cunqueiro cuando aludía con regocijo al Almanach.

A propósito de manzanas: Cunqueiro también citaba muy a menudo el verso de una coetánea de Élisabeth, la poeta Lucie Delarue-Mardrus: «L’odeur de mon pays était dans une pomme» (El aroma de mi país cabe en una manzana).

«Todo el aroma de mi país cabe en una manzana» (Lucie Delarue-Mardrus).

De esos extraños y felices sentimientos trata Nagori (2018, 2023) delicioso ensayo escrito por la japonesa afincada en Francia Ryoko Sekiguchi. Nagori describe «la nostagia por la estación que termina». La autora nos recuerda una obviedad que a veces se olvida: el número de las estaciones anuales varía según las latitudes. En algunos lugares de temperaturas constantes, Bogotá por ejemplo, apenas se aprecian las diferencias entre verano, primavera, otoño e invierno. Quienes tenemos la suerte de disfrutar de las cuatro variantes clásicas, las inmortalizadas por la música de Antonio Vivaldi, gozamos de un privilegio. Y sabemos, como reitera Sekiguchi, que sus comienzos y, sobre todo sus finales, se asemejan a «muertes o desapariciones sucesivas que dan lugar a otras vidas, pero que un buen día regresan».

Ryoko Sekiguchi no menciona a Élisabeth Gramont en su breve ensayo, probablemente porque no haya tenido noticia de la existencia del Almanach, en su día un éxito editorial y hoy una obra totalmente olvidada y difícil de encontrar hasta en librerías anticuarias. En una de esas manías de bibliófilo que experimento, he colocado juntos ayer los libros de ambas autoras. Y ahí están, compartiendo estante y nostalgias, la edición española de Nagori (Periférica, 2023, traducción de Regina López Muñoz) y la francesa del Almanach, publicada por Georges Crès y Cía en el París de los años veinte del pasado siglo. Las estaciones y las personas pasan, pero los lectores y los libros, como algunos aromas y sabores, permanecen en la memoria… y en las obras de Marcel Proust. ¡Feliz 2024!

«Cuando dejamos de percibir las estaciones, las emociones desaparecen» (Ryoko Sekiguchi).