Árboles mutantes

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).

Árboles desnudos, pura y esquelética rama pelada que clama al cielo sin fe ni esperanza.

Árboles con hojas doradas y otoñales, pendientes del último suspiro, casi sin aliento. Y árboles al margen del tiempo, pinos de hoja perenne que miran por encima a sus congéneres con aire de superioridad y cierta altanería de clase dominante. Siempre verdes.

Tres eran tres. En el jardín más humilde, como este de la Casita del Principe en El Escorial, conviven árboles de toda condición y tamaño, atentos al sol y a la lluvia, a las temperaturas y a las estaciones. Vegetales silenciosos y mutantes, cada uno a su manera.

Cualquier poeta que se precie —no me refiero a mí, claro está, que no hilvano versos y ni siquiera soy escritor de oficio— ha cantado a los árboles y sus derivaciones: hojas, troncos, savia, flores, raíces. Del olmo seco machadiano a la arboleda perdida de Alberti y las verdes ramas de Lorca: la poesía es un bosque animado, en rima permanente.

La poeta chilena Gabriela Mistral fue incluso más lejos y dedicó todo un «Himno al árbol», poema de «Casi escolares» incluido en «Ternura», libro de 1923. Hoy suena algo grandilocuente, pero admitamos que para versificar un árbol —perdón por el chiste fácil— hay que ponerse a su altura y mirarlo de arriba a abajo varias veces:

Árbol hermano, que clavado / por garfios pardos en el suelo, / la clara frente has elevado / en una intensa sed de cielo…

De los árboles caídos y de los que acaban convertidos en leña para el fuego hablaremos otro día, antes de que alguna de estas expresiones sea considerada políticamente incorrecta o cruel con la naturaleza. Antes de que las palabras, las divinas palabras, nos impidan ver el bosque.

Ángel González, verso a verso

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

«Sin esperanza, con convencimiento», 1961.

¿Cómo seré yo / cuando no sea yo? / Cuando el tiempo / haya modificado mi estructura, / y mi cuerpo sea otro, / otra mi sangre, / otros mis ojos y otros mis cabellos.

Ángel González, Cumpleaños de amor.

Algunas biografías, por más que se acoten y se canten, no se cierran nunca. Mañana, en el décimo aniversario de su muerte, un grupo de amigos del poeta Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2001) le rendirá homenaje en la Sala Galileo Galilei de Madrid.

Tuve la suerte de conocer y de tratar al autor de Palabra sobre palabra, mediados los ochenta del siglo XX, en Oviedo, a donde volvía cada año de la mano de sus amigos de siempre —Emilio Alarcos, Lola Lucio y Juan Benito Argüelles…— desde aquel Albuquerque (Nuevo México) que le daba acogida y sosiego.

En 1985, tras algunos intentos fallidos, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y pude contarlo en El País, diario del que era entonces corresponsal en Asturias. De aquellos encuentros salieron algunas entrevistas, la más larga publicada en un libro homenaje editado por la Caja de Ahorros de Asturias en 1987: Ángel González, verso a verso.

Ya en los primeros noventa, en Madrid, grabé con él algunas noticias para el Telediario, pero luego mis ocupaciones profesionales en TVE cambiaron y le perdí la pista, justo en los años en que más salió al ruedo, no sé si a su pesar. El día en que falleció, 12 de enero de 2008, pedí con éxito a los responsables de la corporación —yo era director de comunicación de RTVE— que reemitieran en su recuerdo Esta es mi tierra, excelente documental de la gran serie dirigida por Juan Manuel Martín de Blas. Otros tiempos.

Años más tarde, cuando Ángel ya no estaba en las filas académicas —ingresó en 1997 con un discurso dedicado a Antonio Machado—, tuve el honor de trabajar en la RAE —desde 2010 hasta 2017— y me acordé muchas veces de él, discreto y devoto ocupante de la silla de la corporación hasta 2008.

Tras su muerte se intentó crear —por parte de algunos de los amigos que ahora le rinden tributo en Madrid— una fundación en su memoria, ubicada en Oviedo. Las desavenencias de algunos promotores con su viuda, Susana Rivero, truncaron el proyecto. Como suele ocurrir en estos casos, las explicaciones del fracaso son divergentes, pero al menos sí se ha logrado poner en marcha una cátedra Ángel González en la Universidad de Oviedo.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Dedicatoria fechada en Oviedo, 1980.

Nos quedan los recuerdos, las palabras, los libros. Conservo como oro en paño la primera edición de Sin esperanza, con convencimiento, cuya cubierta ilustra estas notas. La conseguí hace unos meses en una librería de viejo, casi intacta. Un ramillete de poemas en hojas amarillentas que ofrecen más dudas que certezas ante la amenaza del futuro:

¿Cómo seré yo / cuando ya no sea yo?