París, malgré Sarkozy

Turistas en Versalles

Siempre me ha gustado París, incluso estos días, después de escuchar los comentarios despectivos y oportunistas del marido de Carla Bruni contra España, barato y cínico argumento electoral. Ella, su esposa, se deshace en elogios hacia el candidato y dice que la gente apoya a Sarkozy, víctima de las envidias y enojos de unos pocos detractores pertenecientes a ciertas élites parisinas. Quelqu’un m’a dit…

Viajé por vez primera a la capital de Francia en 1977, cuando tenía veintiún años, y he repetido la experiencia en unas cuantas ocasiones más. Recuerdo bien la de julio de 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución. Siento no tener a mano ninguno de los reportajes que hice con TVE sobre aquella celebración desmesurada, deslumbrante y lúdica; una conmemoración festivalera que replicaba la guillotina en calles y escaparates con alegre naturalidad, como si hubiera sido un artilugio naïf, inofensivo. No había leído aún As crónicas do sochantre, ese magistral y disparatado relato de Cunqueiro que discurre por los caminos de Bretaña, en aquella Francia de finales del XVIII cuyos citoyens habían tomado La Bastilla.

Mi última escapada a París ha sido esta misma semana: tres días de estancia; pocos, pero intensos. Después de volver a Montmartre, de pasear por los puentes del Sena, de regresar al Louvre y al d’Orsay… tuve la sensación de que la ciudad no ha cambiado tanto. En Versalles, donde tomé la instantánea que ilustra estas líneas, había las colas de siempre y saltaba a la vista ese afán tan humano, acrecentado en la era digital, de dejar constancia de que estuvimos allí. Olvidamos que las imágenes se pierden o se borran y que, al final, solo nos queda, con suerte, el recuerdo.

Yo encargué buscar en vano una foto mía de aquel primer viaje a París, a donde llegué en ALSA desde Oviedo. La recuerdo bien, en blanco y negro, en el Trocadero, con la Torre Eiffel al fondo y con una pipa encendida, como si el existencialismo sartriano se pudiera adquirir por ósmosis a través del humo y de la juvenil imitación. Mi gran ilusión entonces era ser corresponsal en París y aquella imagen era un anticipo forzado, un adelanto imposible. Años después estuve a punto de convertir aquel viejo sueño en realidad, pero también se truncó la oportunidad y hoy me conformo con ser turista accidental en París, que no está nada mal.

Ahora que lo pienso, mis proyectos de ir a París son anteriores a 1977. Se remontan a los años del bachillerato en Asturias, en Arriondas y Cangas de Onís. En uno de aquellos arrebatos, y con el propósito de reunir cierto dinero para la aventura, llegué a recoger caracoles en las tapias y huertas de mi pueblo para conseguir algunas pesetas con su venta. No piensen que existía relación gastronómica alguna entre los escargots franceses y los moluscos de mi villa natal. Qué va. Aquella fue una recolección casual, la única que se me ocurrió para mis nobles fines mercantiles. Comprendí ya entonces, al ver la exigua recaudación, que lo mío no serían nunca los negocios. Eso lo aprendí pronto. Tardé algunos años más en conocer, y admitir con decepción, episodios pocos edificantes de aquellos filósofos y escritores que arreglaban el mundo desde el Café de Flore, en leer sus memorias, incluidas algunas confesiones miserables. En cuanto a los entresijos de la política, creo que nunca alcanzaré un mínimo entendimiento. Y menos hoy, en este día en que el presidente de la República Francesa se ha subido al podio electoral para decir a sus ciudadanos que si no le votan a él podrían acabar como nosotros, sus empobrecidos vecinos españoles. Menos lobos, menos demagogia, monsieur le président: he viajado estos días en el metro de París, en sus trenes de cercanías, y he añorado los de Madrid, también gobernada por los conservadores, pero con un transporte público infinitamente mejor. Malgré tout, malgré Sarkozy, siempre nos quedará París, nuestra propia e intransferible memoria de París.

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