La música de la niebla

Puente de ArriondasPocas sensaciones me resultan tan familiares como la presencia de la niebla. En las mañanas de mi infancia de Arriondas, en Asturias, miraba por la ventana de mi antigua casa, situada sobre el río Sella, y allí estaba casi siempre aquel manto húmedo y frío que apenas dejaba ver el paisaje, ese horizonte coronado por los Picos de Europa.

He vuelto a sentir la niebla estos últimos días, en una visita fugaz y navideña a Arriondas. Ya la había contemplado el pasado verano, cuando hice esta foto del puente -ahora lleva más agua que entonces-, visto desde la pasarela del parque: un enlace perdido y lejano en medio de la bruma. A mediodía, si vence el sol, suele levantarse el telón y ya todo parece distinto hasta que las nubes retornan caprichosamente. La niebla tiene sus propias melodías, sus notas particulares, sus canciones: Donde la neblina posa.
Esta de Arriondas creo que suena más suave, menos recia que una toná: me recuerda la música envolvente y melancólica del gran Xuacu Amieva: el ríu Les Cabres. Ya saben: todos van a dar a la mar, que es el morir.

La niebla tiene mala prensa, pero a mi me parece mágica: oculta sin tapar del todo, muestra a su antojo, se mueve sin previo aviso. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas en El Escorial también veo niebla al otro lado de los cristales, pero sé que mañana, al alba, es probable que ya se haya ido y la imagen será otra, como la fecha del calendario. Nada vuelve, nada se repite: tampoco la niebla, que nunca es la misma, como el río de Heráclito.

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