Visita a Rosalía con paraguas

Casa Rosalía

Las dos vecinas de Padrón a las que hemos preguntado por el santuario nos han respondido con amabilidad y admiración contenida, la que se siente por lo propio: a cousa nosa.

Vánse a mollar. Está algo lonxe para ir a pé: queda ó lado da estación, pasando as vías.

Hay peregrinajes literarios obligados, citas ineludibles, aunque tengas que acercarte al destino paraguas de Ikea en mano: esos lunares blancos entre el cielo y el tejado.

La Casa Museo de Rosalía, el lugar en que murió la autora de Follas novas el 15 de julio de 1885, huele esta primavera a humedad y madera nueva, a días de estreno, en medio de una lluvia tan persistente que sorprende incluso en Galicia. Non chove miudiño: chove a mares y, en medio de tanta agua bendita, uno ya no sabe muy bien si está en el Padrón de Camilo José Cela o en el Macondo de Gabriel García Márquez, donde también diluvió lo suyo.

Pocas obras y pocas vidas tan inquietantes y atormentadas como la de Rosalía de Castro, a quien se acercan por igual melancólicos y desengañados que buscadores de esencias patrias. Rosalía ha sido, a veces sin venir a cuento, bandera de unos y de otros. Este 2013 de aniversario, por la publicación de Cantares gallegos hace 150 años , vuelven a desempolvarse dudas y misterios, conjeturas e interpretaciones varias en torno a la existencia de la mujer que escuchaba con nostalgia la campanas de Bastabales y el orvallo que caía por Laíño y por Lestrove.

Más allá de algunas lecturas olvidadas del bachillerato, mi contacto más íntimo con los poemas de Rosalía fue a través de su mejor cantor de todos los tiempos: Amancio Prada. Imaginé Galicia, antes de conocerla, a través de aquellos poemas que yo escuchaba en una oscura buhardilla de Oviedo. Treinta y cinco años después de mis audiciones en vinilo sigo sintiendo una emoción parecida. Hoy, en la era de Spotify y música a la carta, en la minúscula biblioteca que me acompaña en esta casa de la península de Barbanza, en días de lluvia imparable, hay un tomo con las obras completas de Rosalía adquirido hace pocos años en Foz. No podía estar en mejor sitio que en el estante de una humilde Billy situada junto al ventanal desde el que se ve y se huele el mar de Arousa. Ese mar que para Rosalía era símbolo del más allá, misterio y esperanza, puerto hacia lo desconocido.

Deixo amigos por extraños, / deixo a veiga polo mar, / deixo, en fin, canto ben quero…/ ¡quen pudera non deixar!

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