El poder de la palabra

Ana María Matute

Ana María Matute durante una entrevista en la RAE, en junio de 2011.

«Hay que creer en uno mismo, y así en los otros, para que la oscuridad se encienda».

Ana María Matute, En el bosque, 1998

Leo con sorpresa, y con sumo agrado, que a Ana María Matute la han despedido en su sepelio barcelonés con canciones de Bruce Springsteen y Cliff Edwars. La fuente informativa —esa mención imprescindible, pero tan frecuentemente olvidada en Internet— es una noticia de la agencia Europa Press reproducida mecánicamente, copia y pega, en numerosos medios, La Vanguardia entre ellos. Ninguno se molesta en matizar el equívoco titular de origen: «Último adiós a Matute en un funeral religioso con música pop». Yo soy lego en asuntos musicales, pero hombre, puestos a etiquetar, sería más correcto situar al Boss en el rock y a Edwars, aquel cantor de baladas con ukelele que puso voz a Pepito Grillo en Pinocho, en cualquier otro género de los años veinte y treinta del siglo XX, anteriores al pop. Hay que asumirlo: son daños colaterales de la pereza —y también de la impericia— periodística, ajena a los formatos y a los soportes.

Cuentan también las crónicas que, entre los escritores presentes en esta despedida a Ana María Matute, celebrada el viernes en Barcelona, estaba Maruja Torres, cuyo último libro, Diez veces siete, he terminado ayer. Confieso que me había acercado a sus páginas electrónicas —aclaración: descargada previo pago en el Kindle— con ciertos prejuicios y prevenciones. No hacia su autora, a quien leo fiel y críticamente desde hace treinta años, sino ante la posibilidad de que fuera exclusivamente un ajuste de cuentas con su antigua empresa, El País, tal como me había llegado desde algún lugar impreciso de la jungla cibernética, tan frondosa en chismes y generosa en interpretaciones.

Condenados irremediablemente como estamos a reducir la compleja realidad a titulares y simplificaciones, es probable que para algunos se quede en eso, en el libro en que Maruja Torres canta las cuarenta a toda PRISA. No lo he percibido así, pero los buscadores de morbo periodístico encontrarán algunas perlas de esa índole, no muy distintas, a mi juicio, de las que saldrían del análisis de otros grupos editoriales, incluido el que publica Diez veces siete.

El episodio del abandono del periódico, contado sin medias tintas, forma parte del libro, es cierto, aunque no me parece lo más relevante. Hay enfado y escepticismo, desencanto, pero también emoción en el recuerdo de los primeros años. Y reconocimiento: «No me cabe duda de que El País es todavía un buen periódico. Sobre todo en la memoria», señala en el primer capítulo. Más sustancial que el suceso desencadenante del libro, del que me gusta más el subtítulo —Una chica de barrio nunca se rinde— que el propio título, son las otras pérdidas y ausencias que recorren, entre el dolor y la aceptación, esta historia autobiográfica: el padre y la madre, la hermana Carmen, el tiet Amadeu, los amigos desaparecidos prematuramente, los amores imposibles, los paraísos perdidos. Muchas decepciones y también esperanzas renovadas después de las caídas sucesivas: «Ni mis defectuosas rodillas ni mi edad justificaban que se me sintiera acomodada, y tampoco que me resignara», se dijo a ella misma tras una conversación con Diego Galán.

No es la primera vez, y ojalá haya más, que Maruja Torres escribe directamente sobre su vida sin tapujos ni paños calientes, sin necesidad de recurrir —otras veces sí lo ha hecho— a los camuflajes de la ficción. Hay crudeza y sinceridad en el relato, desgarros, pero no amargura ni resentimiento. Dice que se reinventa a ella misma cada siete años, lo cual me parece más un juego literario y numérico que un renacimiento real, pero no reniega de sus orígenes ni los disimula, aunque les haya puesto en ocasiones la distancia necesaria. No hay peores remiendos que los de las biografías maquilladas, tentación en la que cayeron personajes tan singulares de la Transición como Enrique Tierno Galván y Francisco Umbral, sin necesidad alguna y con pésimos resultados.

También sería yo incoherente, que lo soy en todos los órdenes, si no terminara estas líneas justificando, aunque sea por los pelos, el título que lleva este blog. El caso es que yo iba a hablar de las fotos que le saqué a Ana María Matute hace tres años, iPhone en mano, en una soleada mañana en que visitó la Real Academia Española para grabar un reportaje producido por Julia Otero para la serie de TVE Los imprescindibles. Por deformación o frustración profesional —de todo habrá—, me gusta tomar imágenes de las fotos y rodajes que hacen otros y dejar constancia de ellas de vez en cuando. Aquel mediodía del 13 de junio de 2011 —yo no tengo memoria fotográfica: es la cámara la que incorpora el calendario—, Ana María Matute llegó vestida de blanco inmaculado, acompañada de su hijo Juan Pablo y fue recibida por José Manuel Blecua, el director, de cuya familia fue amiga la autora de Olvidado rey Gudú. Hubo muchas preguntas, distintos lugares de grabación, y Ana María se iba a acomodando con calma y paciencia a todos los requerimientos.

Unos años antes, cuando leyó su discurso de ingreso en la RAE, en este mismo escenario de las fotos, ya había hablado de la magia y del poder de las palabras:

«Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva».

Hecha esta cita, sería yo muy necio si pretendiera añadir una línea más, pero sí me permito otra licencia: publicar esta foto que le hice entonces.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2013.

Ana María Matute en la sede de la RAE el 13 de junio de 2011.

 

 

 

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