Breve peregrinaje a Mondoñedo

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

Estatua de Cunqueiro en la plaza de la catedral

El bloguero ocasional que fui hace un par de días en Burela —nunca el hábito hizo al monje— se ha convertido hoy en viajero sin más aspiraciones: peregrino fugaz con destino a Mondoñedo. Tengo ya muy trillada esta ruta hacia la cuna de Cunqueiro, pero la mirada cambia y, a poco que uno se fije y se detenga, aparecen luces, colores, piedras… que no había visto antes. Me gusta moverme con la inocencia y la credulidad del neófito, como si fuera la primera vez.

Esta mañana, un luminoso sábado de invierno, no se puede dejar el coche frente al cementerio vello en el que reposa don Álvaro. La calle está cortada porque Mondoñedo festeja el antroido y las rúas se preparan para recibir el paso de comparsas y desfiles. No me resisto a visitar una vez más el viejo camposanto. La entrada, contemplada desde la carretera, tiene cierto aire oriental y se asemeja vagamente a una pagoda en construcción, inacabada.

Cementerio de Mondoñedo

Cementerio vello de Mondoñedo

Cunqueiro, se ha contado ya muchas veces, ocupa un nicho en cuya lápida figura el epitafio que él mismo sugirió: «Eiquí xaz alguén que coa sua obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis». Un enterramiento sobrio en medio de este enclave arbolado que mira a los valles de su infancia y en el que soplan los legendarios vientos mindonienses.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha, en la parte inferior, muestra su epitafio.

Nichos del cementerio de Mondoñedo. La lápida blanca de la derecha muestra su epitafio.

Al subir por la rúa del obispo Guevara [Mondoñedo no ha sido (y es) sede episcopal en vano] sale al encuentro del paseante el aroma a pan recién hecho en la tahona de Rubal. Cunqueiro presumía del olor de los panes de su tierra y aspiraba a que su escritura tuviera la calidez de un bollo que acaba de ser sacado del horno. Calle arriba, casi enfrente de un despacho de loterías que también vende cerámica de Sargadelos, está el museo del llamado rei das tartas, célebre pastelero ya fallecido cuyo producto estrella, en manos de sus descendientes, sigue siendo una referencia en la ciudad.

Uno de los motivos de la visita a Mondoñedo es la adquisición de la guía literaria Álvaro Cunqueiro e Mondoñedo, de Armando Requeixo, publicada a finales de 2017 y que aún no figuraba en mi bastante completa biblioteca cunqueiriana. Está disponible en Amazon, como casi todo, pero prefiero disfrutar de la liturgia del mostrador, que por eso he venido. La compro en A librería de María José, quien con una honestidad que la honra, me advierte que ella la vende al precio recomendado por la editorial, quince euros, «aínda que na oficiña de turismo pode atopala vostede máis barata». Y así es: allí cuesta solo diez euros, lo cual no deja de ser competencia desleal. En la oficina nos informan de algo que ya había leído en la prensa local: pronto estará disponible una audioguía para seguir la ruta cunqueiriana por Mondoñedo, imagino que según los mismos criterios del libro, que apenas he podido hojear. Quiero leerlo con calma antes de dar ninguna opinión, pero el planteamiento, un itinerario con treinta paradas, me parece muy acertado.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Guía de Cunqueiro y réplica de la catedral de Mondoñedo.

Dispuesto a seguir camino con los dos ejemplares a cuestas, descubro en la casa de turismo una pieza de la catedral de Mondoñedo hecha por Sargadelos que nunca había visto ni siquiera en la galería de Cervo, a la que acudo con frecuencia. Me confirman por teléfono desde la fábrica que la obra está descatalogada, así que la réplica de la catedral se une también a la colección. Para mi sorpresa tampoco la veo entre los recuerdos que ofrecen a la entrada del templo, cuya visita —siempre obligada y sobrecogedora— también es de pago.

Mientras deambulo por las naves, me asomo al museo —curiosa la colección de zapatillas pertenecientes a los distintitos prelados— y salgo al claustro, hoy en obras, pienso en que entre los oficios fallidos de Cunqueiro estaba el de alfarero: más de una vez confesó que le hubiera gustado trabajar como oleiro, artesano en un taller de cerámica.

Ya fuera, en la plaza de la catedral, compruebo que la casa en la que vivió Cunqueiro, situada frente a la iglesia, sigue en obras. La antigua vivienda, vendida en su día por los herederos del escritor, es de propiedad privada aunque el consistorio ha llegado a un acuerdo de cesión temporal con los actuales dueños para rehabilitarla e instalar allí un museo dedicado a don Álvaro. El proyecto, que cuenta con el apoyo de la Diputación de Lugo, ha sido objeto de algunas controversias municipales, pero sigue adelante con cierto retraso. Ojalá que se convierta en el lugar de referencia literaria que se merece el autor de Merlín e familia y no en tienda de souvenirs o en simple refugio de anecdotarios como ha ocurrido con otros creadores en todo el mundo. Pienso, por ejemplo, en cómo se banaliza la figura de Mozart en Viena, la de Van Gogh en Amsterdam, la de Poe en Baltimore o la de Cervantes en La Mancha. La frontera entre el legítimo reclamo turístico y la trivialización constituye una línea muy delgada y fácil de traspasar.

Cunqueiro fue ante todo un escritor excepcional, en gallego y en castellano, y ha pasado a la historia por su obra literaria, no por acudir a la fiesta del albariño en Cambados, en la que también oficiaba.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

Obras en la antigua casa de Cunqueiro, que será museo del escritor.

El viajero piensa en estos riesgos mientras bordea la catedral y llega hasta el seminario, en donde hay un grupo de actores metidos de lleno en el rodaje de una secuencia cinematográfica.

Llega el momento de poner fin al recorrido, hecho sin otro orden que el de dejarse llevar. Habrá más ocasiones de volver a Mondoñedo y a Cunqueiro, en cuya obra seguiré inmerso en los próximos meses. En el momento de la partida pasan ya las primeras comparsas del carnaval y desde la librería Alvite, al lado de la estatua de don Álvaro, salen por megafonía las notas de un pasadoble. Muy cerca, delante del escaparate de un comercio próximo, se exponen al aire libre fabas de cuatro categorías: desde la más humilde, destinada ó caldo, hasta la extra, se supone que llamada a más altas misiones culinarias.

Con Cunqueiro siempre se corre el agradable riesgo de terminar el camino en un mercado o en la mesa de una taberna. Pero esa es otra historia.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral.

Productos gallegos (y foráneos) en la plaza de la catedral. 

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El viajero, que ha escrito sobre Cunqueiro en el pasado y que trabaja ahora intensamente en nuevos proyectos académicos sobre su obra periodística, remata esta nota en El Escorial, en donde acaba de acomodar el nuevo libro y la recreación de la catedral de Mondoñedo. El viajero colecciona figuritas de Sargadelos relacionadas con escritores (Rosalía, Valle, Pessoa, Castelao, Pardo Bazán…) y recuerda ahora que Cunqueiro atesoraba bolas de cristal con pueblos o edificios nevados en su interior. Estas enigmáticas bolas de nieve aparecen en pasajes de algunas de sus obras.

La semana ha sido larga: empezó el lunes con un viaje a Barcelona para hablar de Cunqueiro con Xesús González Gómez, y terminó hoy en Galicia.

Ahora toca volver de nuevo rastrear a don Álvaro en la hemeroteca, feliz y ardua tarea a la que regresaré mañana o pasado en Madrid. Y toca también pedir disculpas al lector porque, de nuevo, en vez de un breve pie de foto, ese género que bordaba Cunqueiro en Faro de Vigo, me ha salido una nota más larga que el Códice Calixtino.

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