Detalle del doble teclado de la Smith Premier número 10.
Con una máquina de escribir como esta, la Smith Premier 10 de doble teclado, hilvanó Álvaro Cunqueiro (1911-1981) gran parte de su obra literaria, en la soledad del Mondoñedo natal. De aquí salieron, en la segunda mitad del siglo XX, obras tan singulares como Merlín e familia, As crónicas do sochantre, O incerto señor don Hamlet… y cientos de artículos periodísticos.
El padre de Álvaro, el boticario Joaquín Cunqueiro, había comprado la vieja Smith el 1 de agosto de 1916. La máquina, de fabricación estadounidense, resistió sin tregua hasta comienzos de los años sesenta. Hoy se puede ver (el modelo de la foto es uno similar, no la pieza auténtica) en la casa museo Álvaro Cunqueiro de Mondoñedo (Lugo).
La imagen de la Smith, cuyo sonido casi era tan familiar en aquel tiempo como las legendarias campanas de la catedral mindoniense, es el pórtico de una serie de comentarios que publicaremos durante las próximas semanas. Un anticipo a la edición de mi antología Al pasar de los años, que aparecerá a finales de febrero en la Biblioteca Castro.
Veo que los primeros titulares y necrológicas sobre Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942 – Madrid, 2019) destacan que era un gran «comunicador» y «comunicólogo». No digo que no lo fuera, pero estas etiquetas profesionales, hacia las que yo —mea culpa— tengo ciertas prevenciones y prejuicios, no le hacen justicia. Ante todo, fue un excelente escritor de periódicos, un gran columnista. Y un visionario, un analista de la realidad capaz de anticipar tendencias y cambios, sobre todo en el movedizo campo audiovisual y tecnológico. Se ocupó de más asuntos —efímero profesor de filosofía en la facultad de Gustavo Bueno, cinéfilo convicto y confeso— y supo poner en práctica sus teorías, algo inusual en el gremio de los pensadores, al frente de Canal + y otras empresas del ramo. Un profeta laico y brillante que ejerció su papel dentro y fuera de su patria querida, desmitificada desde la heterodoxia que siempre practicó.
DEVOTO DE CUNQUEIRO
Hace ya casi una década que hablé por última vez con Juan Cueto, fallecido hoy en Madrid según cuenta en El País, con detalle y cariño, su amigo y colega Juan Cruz. Fue aquella —finales de 2009— una breve conversación telefónica para una cita posterior relacionada con Álvaro Cunqueiro, escritor gallego por el que yo empecé a interesarme tardíamente y del que Cueto —como José Doval, otro desaparecido prematuro— era un admirador entusiasta.
Homenaje a Cunqueiro en «Los Cuadernos del Norte»
No solo le dedicó páginas en Los Cuadernos del Norte, la gran revista cultural fundada por él en 1980 y auspiciada por la Caja de Ahorros de Asturias en la etapa de Evaristo Arce —otro gran periodista— ; no solo, decía, fue generoso con Cunqueiro en los últimos años de vida del autor de Merlín e familia, sino que, ya fallecido don Álvaro, le hizo destinatario de un excelente artículo, «Mondoñedo no existe», aparecido el 27 de febrero de 1982 en El País, texto distinguido después con el Premio César González Ruano de periodismo.
CON ENZENSBERGER
Lamentablemente, aquella cita con Cueto, que iba a ser en su casa de Gijón, no se llegó a producir. Juan empezaba a andar mal de salud y no pudimos vernos. En esa época ya no vivía en Villa Ketty, aquel chalet muy próximo al río Piles al que yo había llevado años atrás, en la primavera de 1985, al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, que recorría entonces la península para una serie de artículos publicados ese mismo otoño en El País; unas crónicas premonitorias reunidas después en libro bajo el título Cristales rotos de España.
Yo era entonces corresponsal de El País en Oviedo y recibí el encargo de mostrar Asturias a Enzensberger, tarea que incluía elegir personas con las que pudiera hablar de la situación del Principado. El recorrido fue variopinto: visitamos —en compañía de Pedro Alberto Marcos— un economato de HUNOSA en El Entrego y el bar de la División Azul en Oviedo; comimos cebollas rellenas y bebimos sidra. Enzensberger habló con Pedro de Silva, entonces presidente de Asturias, y también con Juan Cueto. La conversación entre ambos fue tan larga y apasionada —Cueto narraba y contaba muy bien— que casi se hizo de noche y estábamos medio a oscuras en aquel caserón un tanto desangelado, pese a su encanto.
—No nos ha encendido la luz ni nos ha ofrecido un café, pero sus análisis y su visión de España son muy brillantes, deslumbrantes, me dijo a la salida Enzensberger, que hablaba muy bien español.
Parte de esa charla en Villa Ketty salió en una de las entregas de El País y yo recordaré el encuentro como un privilegio en el que participé de oyente y de guía.
Una guía, precisamente, la Guía secreta de Asturias aparecida en 1975, fue mi primer acercamiento a Juan Cueto, a quien conocí en la revista Asturias Semanal, la misma en la que había leído antes sus agudas y novedosas críticas televisivas. Pese al tiempo transcurrido sigue siendo un excelente manual para perderse por casa, según reza en la entrañable dedicatoria que me hizo entonces y que reproduzco al inicio de estas notas.
APOYO A RTVE
Más recientemente, aunque sea ya también tiempo lejano, agradecí su apoyo público a la difícil e ilusionante etapa renovadora iniciada en Radio Televisión Española en 2004, en la época de Carmen Caffarel como directora general, previa a la gran transformación acometida después por Luis Fernández. Cueto, un crítico lúcido y poco complaciente, escribió algún artículo muy elogioso con los nuevos informativos, dirigidos por Fran Llorente. También nos recibió en Oviedo muy calurosamente —yo era en aquel tiempo director de Comunicación de RTVE—, con motivo de unas jornadas sobre la jungla audiovisual, territorio que conocía (y exploraba) muy bien.
Desde Asturias —primero en Oviedo, luego en Gijón—, este lejano pariente de Clarín supo contemplar el mundo, lo señalaba al principio, con la curiosidad escéptica y prudente de los profetas y los visionarios: su bola de cristal era una tele de tubo. El verbo divino y provocador de Juan Cueto nos había abandonado hace ya algún tiempo, pero, aún así, entristece profundamente certificar que hoy se ha producido el adiós irremediable. El sepelio tendrá lugar este martes, 15 de enero, en el Tanatorio El Salvador de Oviedo, a las 18:30 h. Descanse en paz.
Arboleda de la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).
Árboles desnudos, pura y esquelética rama pelada que clama al cielo sin fe ni esperanza.
Árboles con hojas doradas y otoñales, pendientes del último suspiro, casi sin aliento. Y árboles al margen del tiempo, pinos de hoja perenne que miran por encima a sus congéneres con aire de superioridad y cierta altanería de clase dominante. Siempre verdes.
Tres eran tres. En el jardín más humilde, como este de la Casita del Principe en El Escorial, conviven árboles de toda condición y tamaño, atentos al sol y a la lluvia, a las temperaturas y a las estaciones. Vegetales silenciosos y mutantes, cada uno a su manera.
Cualquier poeta que se precie —no me refiero a mí, claro está, que no hilvano versos y ni siquiera soy escritor de oficio— ha cantado a los árboles y sus derivaciones: hojas, troncos, savia, flores, raíces. Del olmo seco machadiano a la arboleda perdida de Alberti y las verdes ramas de Lorca: la poesía es un bosque animado, en rima permanente.
La poeta chilena Gabriela Mistral fue incluso más lejos y dedicó todo un «Himno al árbol», poema de «Casi escolares» incluido en «Ternura», libro de 1923. Hoy suena algo grandilocuente, pero admitamos que para versificar un árbol —perdón por el chiste fácil— hay que ponerse a su altura y mirarlo de arriba a abajo varias veces:
Árbol hermano, que clavado / por garfios pardos en el suelo, / la clara frente has elevado / en una intensa sed de cielo…
De los árboles caídos y de los que acaban convertidos en leña para el fuego hablaremos otro día, antes de que alguna de estas expresiones sea considerada políticamente incorrecta o cruel con la naturaleza. Antes de que las palabras, las divinas palabras, nos impidan ver el bosque.