Las cicatrices del ladrillo

La pared del fondo, este ocre que deja entrever las costuras de una casa colindante ya desaparecida, lleva años así, desnuda y sin apoyo. La crisis de la construcción ha dejado cientos de edificios a medio hacer, estructuras que parecen esqueletos perdidos en el paisaje.

Este muro se ha quedado en el aire. A su lado, un solar vacío, una hondonada sin más destino que convertirse lentamente en vertedero. En el otro extremo, a su izquierda, uno de esos bloques de pisos que se han quedado en nada: promesas incumplidas, sueños rotos. Miles de esperanzas truncadas, tan frágiles como esas ramas secas situadas enfrente; cañas sin barro que también indican invierno y soledad. Si se mira de cerca, parece un frontón pintado con mostaza. Con algo más de perspectiva, no hay engaño posible: nuevas cicatrices de aquella locura de ladrillo y hormigón que recorrió España. El pisito, otra vez el pisito.

Papeleras bajo llave en El Escorial

Casita del Príncipe
Papelera en la Casita del príncipe

Que nadie tema: no son los candados del amor que traen de cabeza al ayuntamiento de Roma y a los regidores de otras ciudades europeas. En el parque de la Casita del Príncipe, en El Escorial, las papeleras están bajo llave por razones mucho más prosaicas, por motivos que ustedes mismos podrán deducir a simple vista.

No sé, sin embargo, qué es peor. Si una invasión de romeos y julietas inspirados por la dichosa novela de Federico Moccia o esta cercana realidad: hay que proteger la papelera con un candado porque, de lo contrario, puede volar con más rapidez que las bandadas de pájaros que surcan estos cielos, a veces tan azules como en la mañana de hoy sábado.

La Casita de Abajo, construida a finales del siglo XVIII para el entonces Príncipe de Asturias [el futuro Carlos IV], está rodeada de un magnífico parque abierto al público en el que las ardillas se pasean a su a antojo. Las papeleras, por el contrario, llevan cadenas. Su frágil aspecto de cestas de mimbre las convierte, por raro que parezca, en oscuros objetos de deseo. Pensar que algo tan volátil como el amor se puede garantizar poniendo candados en la barandilla de un puente da que pensar, es cierto, aunque no sé si tanto como esta imagen de las papeleras bajo custodia. Desear la eternidad del amor, incluso con algo tan agobiante como un cerrojo, inspira ternura y no deja de ser una aspiración romántica, pero posible: a veces se consigue. Admitir que alguien sueñe con birlar el cesto de la basura en un jardín abierto a todos produce una sensación que va del asombro al fracaso, al convencimiento de que hemos perdido los papeles.

El libro del tiempo en TVE

Libros sobre Televisión Española
Algunos libros sobre TVE

[Rescato ahora, en la fresca mañana del 2 de febrero de 2012 en Madrid, este comentario de hace casi un mes. A veces se puede hablar del tiempo para decir algo con fundamento y no solo para llenar el vacío incómodo de una conversación. Aquí les cuento por qué.]

Esta tarde, antes de que el sol se retirara del todo, he puesto sobre una manta algunos libros que recogen parte de la historia de Televisión Española, mi casa durante tantos años. El más reciente de todos [lo acaba de publicar Espasa] es el situado en el ángulo inferior izquierdo: una refrescante y cálida historia -el tiempo es así: contradictorio- sobre la información del tiempo en la tele pública. No es un regalo de Reyes. Hasta hace unas horas, ni siquiera tenía noticia previa de su aparición. Lo descubrí y lo compré ayer por la mañana en el Vips de Neptuno tras verlo entre una serie de novedades prescindibles y hojear sus textos y sus fotos. En sus casi 200 páginas, el equipo que dirige Mónica López nos narra con sencillez cómo es un trabajo, entre soles y nubes.

Incluye, además, excelentes imágenes enviadas por los telespectadores, esas que vemos en los telediarios. Por todas esas razones, y porque no se recrea en las caras más o menos famosas que nos acercan lluvias y temperaturas, es una obra colectiva cuyo beneficio, según se advierte también, irá dedicado en parte a fines solidarios.

¿Por qué he arropado este libro con esos otros que guardo y colecciono celosamente hace años, con esas historias de una tele que ya es historia ella misma? Justamente porque quienes hacen hoy el tiempo en TVE, los autores de esta obra, ofrecen en ella un espacio considerable, generoso, dedicado a recordar a sus predecesores en la tarea: a Mariano y Fernando Medina, a Eugenio Martín Rubio, a Manuel Toharia, a Pilar Sanjurjo, a José Antonio Maldonado y a Paco Montesdeoca, entre ellos. La lista es más larga, pero lo que deseo subrayar es este gesto de reconocimiento en unos tiempos en los que escasea, e incluso se menosprecia, la memoria. No se pierdan ese capítulo, titulado así: «El paso del tiempo (por El Tiempo»).

Para quienes deseen seguir indagando, un dato final para el misterio: en la página 189 se menciona a Charo Pascual, mujer del tiempo de TVE muy popular al final de los años ochenta. Solo se dice que, tras abandonar la televisión, «ingresó en un convento en Londres. (…) Desde entonces, nada se ha vuelto a saber de esta presentadora». Será cuestión de tiempo, espero.