Carta al rey Cunqueiro

Belén viviente en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Belén viviente, recreado hoy en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

Querido don Álvaro:

Esta noche, hace un  par de horas, han llegado los Reyes al humilde puerto de Palmeira, parroquia del ayuntamiento de Riveira, en A Coruña, que tal vez figure mencionada en alguna de sus guías gallegas. Lamento no tener ahora a mano ninguno de esos libros de viaje para comprobarlo, pero sé que usted era muy permisivo, casi machadiano, con este tipo de detalles: también la verdad se inventa.

A falta de camellos y carrozas, sus majestades se han subido a un cuatro por cuatro y, en vista de la persistente lluvia, han puesto rumbo a la Sociedad de Hijos de Palmeira, entidad fundada en Newark (Nueva Jersey) —en el ya lejano 1929— por emigrantes de este pueblo que mira piadosamente a la Ría de Arousa. Una curiosa institución, La Sociedad, en cuyo emblema figuran los símbolos masónicos, presencia que no será, supongo, fruto de la casualidad, pero esa es otra historia. De logias, mandiles, escuadras y compases hablaremos en mejor ocasión.

Usted, don Álvaro, siendo ya escritor consagrado, aprovechaba esta fecha mágica de la noche de Reyes para escribir a propósito de los magos de oriente en el Faro de Vigo. He dedicado algunos ratos estos días a la relectura de esas crónicas regias. Parte de ellas están recogidas en uno de los últimos títulos dedicados a la recopilación de su obra, De santos y milagros*, estupenda antología de sus relatos sobre personajes subidos a los altares; vidas de santos que usted solía mejorar considerablemente, en todos los sentidos. He disfrutado leyendo «La sobrina de Melchor» —en sus dos versiones, una de 1962 y la otra de 1971—, «Los Reyes de Belén» y «El sueño de los Reyes Magos», entre otros deliciosos artículos, enveses del Faro por decirlo con mayor precisión.

La situación ha cambiado bastante desde entonces, desde que usted hacía aquellos ejercicios líricos en torno los dichosos monarcas. En esencia se mantiene viva la tradición, aunque con explicaciones más prosaicas, menos literarias y, sobre todo, menos imaginativas que las suyas.

En la Sociedad de Hijos de Palmeira, sobre la que espero tener mejor información en el futuro, los vecinos tomaban hoy chocolate con roscón y los niños miraban con credulidad conmovedora, con esperanza infinita, a los magos de la barba postiza. Galicia siempre sorprende.

Usted, don Álvaro, habita ahora otros reinos que no son de este mundo, pero somos muchos los que le seguimos recordando y leyendo cada día. Sus artículos, en noches como esta, son oraciones laicas —usted, ya lo sé, era creyente, convicto y confeso— que entonamos con devoción algunos escépticos y descreídos. Misterios reales, adoraciones paganas en medio de la efímera y accidentada cabalgata de la vida.

Posdata. Esta mañana, seis de enero, las emisoras de radio han comenzado a desgranar los consabidos tópicos sobre los regalos y las tiendas se han apresurado a anunciar las rebajas oficiales de enero, que cada año empiezan antes. Todo según lo previsto, don Álvaro.

Ahora, para mantener el orden establecido y las buenas costumbres, toca recoger los belenes y guardar las luces de colores y el espumillón. La Navidad, con sus rituales, ha terminado. Y en Galicia, en las riberas de la Ría de Arousa, llueve sin tregua, como en Macondo…

Al temporal le han puesto de nuevo hoy la etiqueta de alerta roja, buena metáfora para el día de Reyes.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira.

Mosaico conservado en la Sociedad de Hijos de Palmeira (Riveira, A Coruña).

__ *De santos y milagros, Álvaro Cunqueiro, 2012, Fundación Banco Santander. Edición de Xosé Antonio López Silva.

«Asturias», aquel periódico

Asturias, diario regional

Asturias. Diario regional (1978-1979)


Esta semana, ayer concretamente, se han cumplido 35 años de la llegada a los quioscos de un periódico asturiano que nacía simbólicamente con la Constitución de 1978, el 6 de dicienbre: Asturias. Diario regionalYo lucía entonces 22 otoños recién cumplidos y tuve la suerte y el honor de formar parte de su equipo fundacional, como encargado de la sección de información política en la naciente Transición.

Ya había trabajado en La Nueva España y en Cambio 16, aunque, visto con perspectiva autocrítica, destilaba más entusiasmo que oficio, más debe que haber. La ilusión y las expectativas de aquel Paisín —el diario parecía casi un calco de El País en muchos aspectos, menos en la solvencia económica— eran enormes, pero el sueño duró apenas doce meses. En la fase final me encontré en la tesitura de añadir a mi cometido periodístico la presidencia del comité de empresa, en circunstancias realmente adversas. Recuerdo, como si fuera hoy, tanto la algarabía de la noche en que salió el primer número de la rotativa (estaba en Silvota, cerca de Lugones) como la tristeza de la tirada del último, con un editorial que mecanografié de madrugada: Por la continuidad, se titulaba. Nunca he tenido dotes proféticas.

Durante años me acompañaron, de traslado en traslado, doce tomos de tapas verdes —uno por cada mes de vida del Asturias— encuadernados primorosamente en el convento ovetense de Les Pelayes. En una de aquellas mudanzas, y ante la imposibilidad de poder custodiarla como se merecía, llamé a Paco Abril —que hacía el suplemento infantil del diario— y doné la colección completa a una biblioteca pública de Gijón, en donde espero que haya servido de lectura a alguien.

Siempre he conservado, sin embargo, un volumen adicional: el del suplemento cultural, que, dirigido por Juan Cueto Alas, apareció bajo el nombre de Revista de Asturias. Este cuaderno tuvo una vida más efímera que el propio periódico, solo 19 números, porque el Asturias. Diario regional vivió en una crisis permanente desde su nacimiento hasta su lamentable final.

Esta tarde sentí una necesidad imperiosa de tocar ese tomo, de oler sus páginas ásperas y amarillentas, pero me di cuenta de que no lo tenía a la vista. Empecé a dudar incluso de que lo hubiera conservado alguna vez y a temer su naufragio en el último cambio de casa. Subí al desván, con la esperanza vaga de encontrarlo allí, y sí estaba. Ahora lo he bajado al calor del hogar, le he hecho unas fotos con el iPhone —esa sombra reflejada sobre el fondo verde: mi mano y el teléfono—y he visto, con el asombro de la primera vez, algunas de las firmas que publicaron allí sus artículos: Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Ángel González, Julio Cortázar, Miguel Delibes, Jorge Luis Borges, Eugenio Trías, Alberto Cardín, Francisco Ayala…

Tengo el tomo aquí delante, mientras escribo, y siento el vértigo de haber pasado casi sin darme cuenta de la galaxia Gutenberg a la era digital, con algunas incursiones en los reinos de McLuhan. En aquel periódico habitado por la juventud y la esperanza —con dos directores excepcionales, muy distintos: Graciano García y Melchor Fernández Díaz— había ordenadores y teclados, pero no en la redacción, solo en los talleres. No existía el fax y la tecnología más avanzada que recuerdo —intentamos usarla el día de la lotería de navidad con poco éxito— era un cacharro denominado Desk, que no suplió finalmente al método tradicional de recogida del gordo y sus millones: un taxi que traía la lista impresa de los números premiados desde Madrid.

Treinta y cinco años después conservo los mejores recuerdos de entonces. Y guardo este libro, este tomo de tapas verdes que ha ido de oca en oca, de era en era, de casa en casa, para dejar constancia de lo que fuimos, de lo que somos. 

 

La maleta de Muller

Maleta de Nicolás Muller

Foto tomada con iPhone 5S en la sala de exposiciones

Nicolás Muller, nostálgico sin excesos, divo sin estridencias, era un asturiano de Hungría que preparaba muy bien el café. Recuerdo ese aroma en el gran salón de su casa de Andrín, en Llanes, con aquel gran ventanal abierto al Cuera, en donde recibía con generosidad a quien llamara a su puerta. Allí tuve el privilegio de conocer, al comienzo de los ochenta, sus inquietantes fotos de los campesinos magiares, de los niños de Tánger, de los hombres y las mujeres de la España gris y fría de la posguerra. Parte de esas imágenes se han reunido ahora en Madrid, en la mejor exposición sobre su excelente obra organizada hasta la fecha, revisada con mimo por su hija Ana, heredera del oficio, brillante fotógrafa.

Coqueto, seductor, artista en el mejor sentido de la palabra, Nicolás había visto mucho mundo antes de recalar en aquella aldea asturiana, a la que llegó de la mano de otro olvidado: Fernando Vela. En Andrín, con la mirada perdida en los verdes y los azules del paisaje, en las nieblas de los valles, contaba y reiventaba historias deliciosas y sobrecogedoras: su salida de Hungría, la llegada a Francia, el viaje a Portugal, la vida en Marruecos. Por su estudio de la calle Serrano había pasado en el franquismo la «crema de la intelectualidad»: Ortega y Azorín, Baroja y Menéndez Pidal, Cela y Marañón, Laín y Ridruejo.

Ya conocía muchas de las fotos expuestas ahora —otras son inéditas— en copias de calidad extraordinaria. Ya había visto esa Hasselblad con la que captó instantes maravillosos, fugaces, irrepetibles. Ya había ojeado sus libros de viajes por España y había contemplado el busto que le hizo Pablo Serrano. Pero no tenía noticia de la existencia de esta maleta que parece sacada de un relato de Julio Verne, de un trayecto en el Orient Express.

En esa maleta, que se se exhibe junto a otros objetos personales, viajaron los sueños de un fotógrafo de mirada personal y profunda. De un Nicolás Muller escéptico en sus últimos años, decepcionado a veces, pero consciente de haber recogido la realidad de su tiempo y sus circunstancias con cada disparo fotográfico.

Sobre Muller, y con Muller, escribieron Manuel Vicent y Francisco Umbral, Pío Baroja y Azorín. Pienso hoy, lejos de allí, en aquellos atardeceres sobre el Cuera, junto a la chimenea, mientras sonaba Mozart desde algún artilugio japonés de la época, cuando hacían furor los primeros Discman.

Andaban por la casa Pico, un gato siamés, y Zygan, un puli húngaro, que le acompañaron en los últimos años. Entonces Nicolás sacaba sus fotos de una caja de papel Ilford, recordaba fechas, comentaba situaciones, disculpaba vanidades, ofrecía orujos de melocotón, buscaba momentos perdidos. Y olía a café.

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La exposición Nicolás Muller. Obras maestras puede visitarse hasta el 23 de febrero de 2014 en la Sala Canal, Santa Engracia, 125. Madrid.