La música de la niebla

Puente de Arriondas

«Rompióse la bruma del silencio y la soledad y despertaron visiones olvidadas, al encontrase la música del viento y de la lluvia con los muertos colores de los pájaros».

Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí (1951).

Pocas sensaciones me resultan tan familiares como la presencia de la niebla. En las mañanas de mi infancia de Arriondas, en Asturias, miraba por la ventana de mi antigua casa, situada sobre el río Sella, y allí estaba casi siempre aquel manto húmedo y frío que apenas dejaba ver el paisaje, ese horizonte coronado por los Picos de Europa.

He vuelto a sentir la niebla estos últimos días, en una visita fugaz y navideña a Arriondas. Ya la había contemplado el pasado verano, cuando hice esta foto del puente (ahora lleva más agua que entonces), visto desde la pasarela del parque: un enlace perdido y lejano en medio de la bruma. A mediodía, si vence el sol, suele levantarse el telón y ya todo parece distinto hasta que las nubes retornan caprichosamente. La niebla tiene sus propias melodías, sus notas particulares, sus canciones: Donde la neblina posa.
Esta de Arriondas creo que suena más suave, menos recia que una toná: me recuerda la música envolvente y melancólica del gran Xuacu Amieva: el ríu Les Cabres.Ya saben: todos van a dar a la mar, que es el morir.

La niebla tiene mala prensa, pero a mi me parece mágica: oculta sin tapar del todo, muestra a su antojo, se mueve sin previo aviso. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas en El Escorial también veo niebla al otro lado de los cristales, pero sé que mañana, al alba, es probable que ya se haya ido y la imagen será otra, como la fecha del calendario. Nada vuelve, nada se repite: tampoco la niebla, que nunca es la misma, como el río de Heráclito.

El espejo del casino

Los espejos tienen memoria. Entrar en el Casino Gaditano, notable institución cultural y filantrópica fundada en el Cádiz de 1844, desencadena emociones y nostalgias en estos días de conmemoración doceañista.
El pasado martes, en una visita fugaz al edificio, pude descubrir su maravillosa biblioteca. En el archivo del casino se custodian también fondos documentales del proceso constituyente de 1812 y una excelente colección de periódicos y revistas, sobre todo del XIX.

Era un día lluvioso, desapacible, pero allí dentro el tiempo parecía detenido, a resguardo de vientos y aguaceros. El salón comedor estaba vacío. Me fijé en este espejo, en estas paredes azul celeste que lo rodean, evocadoras del mar cercano: esa hermosa bahía gaditana tantas veces cantada por Rafael Alberti, marinero en tierra.

En el aire decadente del casino, entre sus lámparas y cortinas, duermen muchos sueños. Algunos anhelos resuenan aún en esa vieja urna de madera en la que se votaba la admisión o el rechazo de los nuevos aspirantes a socio: el miedo a la vergonzante aparición de la bola negra, símbolo de la exclusión y de la ausencia, del señalamiento.

En el comedor del restaurante del casino se reflejaba el martes la luz tenue de un mediodía nublado, pero alegre. El salón, a esas horas sin comensales y con las sillas alineadas junto a las paredes a la espera del próximo banquete, parecía una gran caracola con miles de secretos en su interior: los ecos y rumores de un tiempo perdido y melancólico, que permanece en los papeles del recuerdo, en la memoria machadiana del espejo.

Máquinas de escribir

El eterno y desgastado debate sobre periodismo y literatura acaba desembocando con frecuencia en la nostalgia de una máquina de escribir. A veces la añoranza retrocede un poco más y se remonta a la pluma, herramienta romántica que hoy solo usan notarios y registradores de la propiedad. Recuerdo muy bien mi primera y única máquina, una Lettera 32 de Olivetti de color verde, no tan ligera como un MacBook Air, pero casi. Murió de vieja, intoxicada: con varios parches y algunas costuras. Cargaba a sus espaldas con miles de folios y decenas de litros de típpex, sin olvidar algunos kilos de papel carbón. Llevó mala vida.

Esta semana, Mario Vargas Llosa, en un apasionado y emocionante relato sobre sus años juveniles como reportero, evocó en el Círculo de Lectores de Madrid su paso por «La Crónica» de Lima. Fue en los cincuenta y aun hoy recuerda la redacción de aquel diario, la que aparece en la foto, como «una sala llena de humo en la que sonaba el ruido infernal de las teclas». Pasó allí cuatro meses «de vida bohemia» y descubrió un Perú del que no tenía noticia alguna antes de iniciar su primera experiencia como gacetillero. «Gacetillero», hermosa palabra que desgraciadamente tiene mala fama, incluso mala prensa, porque se supone despectiva, lo mismo que plumilla.

Dijo grandes verdades el académico y premio Nobel en su charla de Madrid, precedida de una conferencia de prensa. Me quedo con una de sus frases: «la libertad de prensa es la fuente de las otras libertades». La afirmación fue seguida de una señal de alerta: «Esta libertad [de prensa] se puede destruir por un exceso de frivolidad», riesgo relacionado directamente, indicó el autor de «La casa verde», con la «chismografía».

Mario Vargas Llosa, que participa activamente en las sesiones de la Real Academia Española siempre que está en Madrid, no pudo asistir este jueves a la presentación del manual de Fundéu sobre la escritura en Internet, un excelente trabajo dirigido por Mario Tascón. Quienes acudieron a esta cita pudieron escuchar la interpretación en directo de «La máquina de escribir», archiconocida composición de Leroy Anderson que ha tenido hasta versiones cómicas en el cine: «Lío en el supermercado», con Jerry Lewis.

La vida de muchos escritores ha estado íntimamente ligada a una máquina de escribir. El gran Álvaro Cunqueiro amaba especialmente una vieja Smith Premier con la que rompía el silencio de Mondoñedo en interminables sinfonías literarias. Guardo también en mi memoria un hermoso artículo del periodista asturiano Faustino F. Álvarez, dedicado a la Olivetti que usó durante años en la redacción de «La Nueva España» de Oviedo. Y a Francisco Umbral, a quien vi oficiar en una máquina portátil, instalada en su mesa camilla de Majadahonda. Incluso se retrató con ella para ilustrar la portada de un libro. Otro académico, Javier Marías, sigue fiel a la mecanografía, eléctrica en su caso, y se resiste a los encantos del ordenador.

Inevitablemente, las herramientas condicionan la escritura y la hacen distinta. Escribo a diario textos de distintos formatos: unos con BlackBerry; otros con iPhone o con iPad, otros en computadora, algunos a mano. Las notas sobre la conferencia de Vargas Llosa en el Círculo de Lectores las escribí deliberadamente con pluma estilográfica sobre un pequeño cuaderno y de ahí han pasado ahora aquí, a esta nube.

Las máquinas de escribir, a pesar de que llevaban la @ en sus teclados, han corrido peor suerte que los vinilos, por poner un ejemplo, y deambulan por la era digital como objetos de museo. Ya no dan vida a nuevas páginas, pero su sonido nos seguirá acompañando, aunque solo sea en los clásicos del cine, tan dados a esos planos cortos de cintas y carros, a esos ruidos inquietantes de las teclas: los mismos que nos sobrecogen en «El resplandor». El soniquete de la máquina de escribir era el hilo musical de las redacciones hasta que, como señaló Vargas Llosa en Madrid, se convirtieron en silenciosas farmacias suizas. Los tiempos están cambiando y las tabletas ya no son de chocolate*.
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*Después de escribir esta nota me he encontrado en la Red con esta curiosidad: una chocolatina con GPS. La publicidad y el marketing superan siempre a la ficción.