Las sillas de Obama

Sin perdón: una foto por otra. Hay que reconocer los buenos oficios -y los excelentes reflejos- del equipo de comunicación de la Casa Blanca para responder con inmediatez, y con una imagen brillante y sugestiva, al número circense de la silla montado por Clint Eastwood en la convención republicana de ayer, contado desde allí por María Ramírez, entre otros periodistas españoles. Frente a la silla vacía en la que el cineasta quiso simbolizar la ausencia del @InvisibleObama, esta otra: la cabeza del mandatario demócrata asoma por el respaldo del sillón presidencial en plena sesión de trabajo: no hay vacío.

Resulta extraño, por muy republicano que sea, ver al director de Gran Torino y Los puentes de Madison en este papel tan forzado. Vale la pena leer su discurso íntegramente, buscar todos los matices, repasar su biografía, y que cada cual saque sus conclusiones, más allá de los aplausos incondicionales del auditorio, que jaleaba mecánicamente sus chistes y ocurrencias. Hubo desconcierto entre algunos, pero en estas liturgias entre los unidos por la causa casi todo se disculpa.

Lo cierto es que la puesta en escena, esa silla recurrente en medio de la pista, ha dejado bastante que desear. Puestos a hacer metáforas con las poltronas, mejor las de «Juego de tronos», desmesuradas y fantásticas. Ya se sabe: nadie es perfecto, y menos en el cine y en la política. Ni siquiera el gran Clint Eastwood en diálogo con un taburete en el que quiso «sentar» a Obama y cantarle las cuarenta por sus incumplimientos. Como si estuviera en el saloon de un western con el vaso de whisky en la mano, imaginando cómo llegar por el camino más corto al (ala) oeste de la Casa Blanca.

Un clavel en la cocina

Otro aniversario del 25 de abril en Portugal, aquella revolución romántica y truncada, marchita casi tan rápidamente como los claveles que la anunciaron. Esta tarde, camino de casa, he comprado en la calle una docena de claveles rojos por diez euros. Los he metido cuidadosamente en el florero de Sargadelos, pero he reservado uno para colocarlo encima de la radio analógica que tengo en la cocina. Y ha quedado así, como una antena vegetal, roja y verde, que brota de las entrañas del aparato.

La radio, siempre la radio. Fue una emisora, Radio Renascença, la que dio, en la medianoche del 25 de abril de 1974, la señal del comienzo de la revolución que acabó con la dictadura de Salazar. Aquel anuncio en clave musical era una canción de Xosé Afonso, otro olvidado: Grândola, Vila Morena.

He repasado con nostalgia las imágenes de aquellos días, gran parte de las cuales pueden verse en el gran archivo de RTVE. He recordado los nombres de algunos periodistas que en 1974, cuando yo terminaba el bachillerato y seguía con fruición el trabajo de los reporteros de TVE, narraron el desfile de los tanques por las calles de Lisboa: David Solar, Manu Leguineche, José Manuel Diego Carcedo, Manolo Alcalá… También estuvieron en Portugal, algún tiempo después, dos estupendas enviadas especiales: Ana Cristina Navarro y Carmen Sarmiento, autora de un excelente reportaje emitido en 1977.

La Revolución de los claveles se produjo cuando España aún vivía bajo la dictadura del general Franco, que siguió a lo suyo, sin inmutarse en apariencia. La efeméride, este nuevo aniversario del 25 de abril, llega en tiempos difíciles para Portugal y para toda Europa. Frente a esa dura realidad, nos quedan los recuerdos y los símbolos de viejas promesas y esperanzas. También los humildes homenajes particulares y solitarios, aunque sean tan absurdos e ingenuos, tan teatrales, como este de poner un clavel en la radio de la cocina e imaginar con emoción como sonaba, hace 30 años, Grândola, Vila Morena. Em cada esquina um amigo / Em cada rosto igualdade / Grândola, vila morena / Terra da fraternidade…

París, malgré Sarkozy

Turistas en Versalles

Siempre me ha gustado París, incluso estos días, después de escuchar los comentarios despectivos y oportunistas del marido de Carla Bruni contra España, barato y cínico argumento electoral. Ella, su esposa, se deshace en elogios hacia el candidato y dice que la gente apoya a Sarkozy, víctima de las envidias y enojos de unos pocos detractores pertenecientes a ciertas élites parisinas. Quelqu’un m’a dit…

Viajé por vez primera a la capital de Francia en 1977, cuando tenía veintiún años, y he repetido la experiencia en unas cuantas ocasiones más. Recuerdo bien la de julio de 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución. Siento no tener a mano ninguno de los reportajes que hice con TVE sobre aquella celebración desmesurada, deslumbrante y lúdica; una conmemoración festivalera que replicaba la guillotina en calles y escaparates con alegre naturalidad, como si hubiera sido un artilugio naïf, inofensivo. No había leído aún As crónicas do sochantre, ese magistral y disparatado relato de Cunqueiro que discurre por los caminos de Bretaña, en aquella Francia de finales del XVIII cuyos citoyens habían tomado La Bastilla.

Mi última escapada a París ha sido esta misma semana: tres días de estancia; pocos, pero intensos. Después de volver a Montmartre, de pasear por los puentes del Sena, de regresar al Louvre y al d’Orsay… tuve la sensación de que la ciudad no ha cambiado tanto. En Versalles, donde tomé la instantánea que ilustra estas líneas, había las colas de siempre y saltaba a la vista ese afán tan humano, acrecentado en la era digital, de dejar constancia de que estuvimos allí. Olvidamos que las imágenes se pierden o se borran y que, al final, solo nos queda, con suerte, el recuerdo.

Yo encargué buscar en vano una foto mía de aquel primer viaje a París, a donde llegué en ALSA desde Oviedo. La recuerdo bien, en blanco y negro, en el Trocadero, con la Torre Eiffel al fondo y con una pipa encendida, como si el existencialismo sartriano se pudiera adquirir por ósmosis a través del humo y de la juvenil imitación. Mi gran ilusión entonces era ser corresponsal en París y aquella imagen era un anticipo forzado, un adelanto imposible. Años después estuve a punto de convertir aquel viejo sueño en realidad, pero también se truncó la oportunidad y hoy me conformo con ser turista accidental en París, que no está nada mal.

Ahora que lo pienso, mis proyectos de ir a París son anteriores a 1977. Se remontan a los años del bachillerato en Asturias, en Arriondas y Cangas de Onís. En uno de aquellos arrebatos, y con el propósito de reunir cierto dinero para la aventura, llegué a recoger caracoles en las tapias y huertas de mi pueblo para conseguir algunas pesetas con su venta. No piensen que existía relación gastronómica alguna entre los escargots franceses y los moluscos de mi villa natal. Qué va. Aquella fue una recolección casual, la única que se me ocurrió para mis nobles fines mercantiles. Comprendí ya entonces, al ver la exigua recaudación, que lo mío no serían nunca los negocios. Eso lo aprendí pronto. Tardé algunos años más en conocer, y admitir con decepción, episodios pocos edificantes de aquellos filósofos y escritores que arreglaban el mundo desde el Café de Flore, en leer sus memorias, incluidas algunas confesiones miserables. En cuanto a los entresijos de la política, creo que nunca alcanzaré un mínimo entendimiento. Y menos hoy, en este día en que el presidente de la República Francesa se ha subido al podio electoral para decir a sus ciudadanos que si no le votan a él podrían acabar como nosotros, sus empobrecidos vecinos españoles. Menos lobos, menos demagogia, monsieur le président: he viajado estos días en el metro de París, en sus trenes de cercanías, y he añorado los de Madrid, también gobernada por los conservadores, pero con un transporte público infinitamente mejor. Malgré tout, malgré Sarkozy, siempre nos quedará París, nuestra propia e intransferible memoria de París.