
Tal vez la vida sea así: un tiempo que pasa mientras se mira el paisaje a través de la ventanilla de un tren de cercanías. A veces, casi siempre, va todo tan deprisa (no hace falta ir en el AVE) que la imagen se queda en nada: difusa, imprecisa, descolorida. Vías y vidas paralelas, líneas fugaces que nunca se encuentran.
A esta hora, en Radio Nacional, escucho a Nieves Concostrina. Recuerda la matanza de miles de civiles en la carretera de Málaga a Almería durante la guerra civil, en febrero de 1937. Víctimas anónimas de los bombardeos franquistas, en este caso. Uno de esos episodios olvidados de aquella tragedia cuyos ecos, ya muy débiles, han sonado esta misma semana en uno de los juicios contra Garzón. El recordatorio de Nieves suena «En días como hoy», en mañanas como esta del viernes que viene cargada de paradojas y de legiones de leguleyos lanzando doctrina por las ondas y por las redes.
Ayer, en un «tuit», el joven fotógrafo Victoriano Izquierdo decía que nos iría mejor si, en vez de opinar de todo, especialmente de lo que no sabemos nada, dedicáramos ese tiempo a estudiar más. Me recordó lo que le oí a Cela en alguna ocasión: somos un país de arbitristas.
En días de tribulación (para qué negarlo: este lo es) siempre prefiero a Machado que a San Ignacio. Claro que hay que hacer mudanza, en contra de lo que recomendaba el santo de Loyola. Hay que hacer mudanza, subirse al tren, mejor ligeros de equipaje, y distinguir, como aconsejaba don Antonio, las voces de los ecos. La vida es viaje. Viaje y memoria de lo poco que vemos mientras echamos un vistazo por la ventanilla. Siento tener que desvelar que, al final del trayecto, suele ganar la partida el olvido, pese a lo cual vale la pena el recorrido. Ya saben: no hay camino, se hace camino al andar. Aunque sea para para perder, como le ocurrió a nuestro poeta, quien, ya en la derrota, apenas tuvo fuerza para contar su vida en un par de versos: «Estos días azules y este sol de la infancia».
Brooklyn: la vida es sueño
Todos hemos tenido alguna vez el sueño inconfesable de imitar a Supermán. Los neoyorquinos, ya muy acostumbrados a no sorprenderse por casi nada, pudieron ver hace unos días como unos seres aparentemente humanos sobrevolaban la estatua de la Libertad y el puente de Brooklyn. A muchos debió parecerles posible, aunque fuera por un momento, el viejo deseo de surcar los cielos, ese espacio aéreo hasta ahora únicamente accesible a los ángeles y a los héroes del cine, si descartamos a los émulos de Ícaro que se lanzan al vacío con parapente o alas delta. Pronto supieron los asombrados vecinos de Manhattan que se trataba de un truco: otra nueva vuelta de tuerca publicitaria, en este caso para promocionar la película Crhonicle.
Hay lujos más alcanzables que el de volar sobre este puente legendario, probablemente el más cinematográfico del mundo. Hice la foto que acompaña estas líneas hace dos años y medio, en julio de 2009. Aquella mañana soleada había pocos viandantes y esta joven debió pensar que el banco de Brooklyn era un buen lugar para el descanso, para esa cabezada reparadora cuya urgencia nos puede sorprender en cualquier momento: un pestañazo, como dicen en México.
He pensado muchas veces en ella, en la mujer anónima de la foto, ajena al desafiante paisaje de rascacielos que tiene a sus espaldas. Su apacible sueño mañanero en el banco contrasta con imágenes más recientes grabadas en el puente, literalmente tomado por otros soñadores: esos miles de ciudadanos del movimiento Occupy que protestaban contra los especuladores de Wall Street. Hay bancos que sirven para dormir dulces siestas y otros que solo producen pesadillas y cobran intereses. Ya sabemos, por Calderón, que la vida es sueño. Y los sueños…
Luto en A Coruña
Cando penso que te fuches
negra sombra que me asombras
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa
Rosalía de Castro
Ocurre a diario, pero siempre entristece admitir que un paisaje idílico contemplado hoy puede convertirse mañana en oscuro escenario de negras sombras. Hice algunas fotos esta semana con el iPhone paseando por A Coruña, esa maravillosa ciudad gallega en la que tuve la suerte y el privilegio de recibir el Premio Pérez Lugín de periodismo por un artículo dedicado al gran Álvaro Cunqueiro. Varias de esas imágenes estaban destinadas a este blog, pero, por respeto y en memoria de los fallecidos y desaparecidos en la tragedia del viernes en la playa de Orzán, he optado por quedarme solo con esta. La ciudad aparece detrás, de espaldas al soldado que mira impasiblemente al mar, ese Cantábrico tan bello como peligroso en determinadas circunstancias.
La foto fue tomada el jueves a mediodía, al pie de las escalinatas de la Torre de Hércules. Era el final de una mañana que amaneció soleada y comenzó a nublarse poco a poco, paseniño, paseniño. La silueta recortada en el cielo corresponde a la escultura que representa a Carlos III, el monarca retratado por Goya bajo cuyo reinado se restauró la Torre, el viejo faro romano que se ha convertido en el símbolo por excelencia de A Coruña. La noche anterior, en el ayuntamiento, el alcalde Carlos Negreira había tenido la gentileza de entregarme una reproducción del monumento hecha en Sargadelos, cerámica de la que ya hablé aquí con motivo de la muerte de Isaac Díaz Pardo.
El viernes por la mañana, al llegar a Madrid, oí con sobresalto, en la radio de taxi, la voz del alcalde. Hablaba por teléfono con el periodista Carlos Herrera y relataba los desgraciados sucesos acaecidos en el Orzán, esa ensenada de apariencia apacible por la que yo había pasado unas hora antes. La mala noticia, por desgracia, sigue ahí, en los telediarios, aún sin cerrar. Sobrecoge pensar en lo ocurrido, en las víctimas, en sus familias, en el dolor de todos. Frente a tal infortunio sobran los lamentos y no vienen muy a cuento los detalles. Solo cabe expresar el dolor, la pena, la rabia, la solidaridad con los gallegos y los coruñeses por lo ocurrido en su hospitalaria ciudad. En esa Coruña cuya luz describió tan bien don Álvaro Cunqueiro; en esa ciudad teñida por el luto y por la sombra, la negra sombra.

