Faustino, con quien tanto quería

Faustino F. Álvarez

Faustino F. Álvarez con la vieja Olivetti de «La Nueva España» (1972).

Querido Faustino:

No me gustan los obituarios. He tenido que cultivar este género por necesidad profesional durante algunos años y, digas lo que digas, las necrológicas siempre suenan a alabanza a deshora, a loa innecesaria y trufada de tópicos, a descargo de mala conciencia. Lo que no se ha dicho en vida de alguien, mejor callárselo.

Hoy, sin embargo, no me puedo permitir la cobardía o la comodidad del silencio. Hacía ya algunos años, cinco por lo menos, que no hablaba contigo —la última vez fue a propósito de una entrevista a Luis Fernández, entonces presidente de RTVE— y no tuve ocasión —o el coraje— de hacerlo durante el proceso de tu enfermedad. Mea culpa.

Esta tarde, hace un par de horas, he recibido la noticia triste de tu muerte y se me han agolpado los recuerdos. Te conocí en 1973, cuando yo estudiaba el bachillerato y era corresponsal en Arriondas del diario La Nueva España, en donde trabajabas. La relación continuó durante muchos años con una generosidad por tu parte que nunca agradeceré lo suficiente. Sin tu apoyo inicial, sin tus consejos, sin tu reconocimiento y afecto, es probable que yo nunca hubiera sido periodista.

Eras un lírico, un romántico al estilo de Mieres, un gran lector, y resulta muy tentador perderse a estas horas por las ramas literarias del estilo. Podría citar tu admiración por Ernest Hemingway, tus cantos a la vieja Olivetti de La Nueva España, tu pasión por Valencia de don Juan. Contigo, Faustino, aprendí a vivir y a beber, a escribir y a leer, a reír y a llorar. No era fácil seguirte el ritmo en aquel Oviedo de la Transición, tan lejano ya.

En estas líneas de urgencia, escritas en este blog que no huele a tinta ni a plomo, solo quiero dejar constancia, probablemente a destiempo, de que tú, Faustino F. Álvarez, contribuiste de una manera decisiva a que yo amara este viejo oficio de informar. Y a que desconfiara de los pedantes y de los colegas que solo bebían refrescos de limón en la barra del bar.

Me contaste un día, o puede que una noche, que alguien quiso rebajarte de categoría profesional diciendo que no eras realmente un periodista, sino un «noticiero», atributo que recibiste como el mejor de los reconocimientos. Tú, más proclive a la opinión que a la información a secas, sabías muy bien que la esencia de este negocio son ellas, las noticias, y que nada hay más noble que un gacetillero honesto.

En aquella época solías leerme textos en alto en el despacho de tu casa de la calle Juan Escalante de Mendoza, en Oviedo: crónicas de tus reverenciados Tico Medina, Luis María Anson, Pedro Mario Herrero y Pedro Rodríguez; poemas de Ángel González y de Pablo Neruda: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…».

Querido Faustino: casi nunca llegamos a tiempo de expresar lo que debemos. Sé que es tarde para repetirte ahora lo que algunas veces sí te dije, lo que siempre he sentido: gracias por todo el tiempo compartido, por todas las lecciones recibidas. Estarás siempre en mi memoria, como esta dedicatoria exagerada e inmerecida que conservo de tu primer libro, «Asturianos de hoy», que me ha acompañado en las sucesivas mudanzas de mi vida y que hoy desempolvo con nostalgia.
Con mis más sinceras condolencias a Luisa y a tus hijos, descansa en paz, compañero del alma, compañero.

P. S.

Después de hilvanar anoche estas líneas, he leído hoy, 15 de marzo, la emotiva información publicada por Pilar Rubiera en La Nueva España, un relato conmovedor sobre las últimas horas de Faustino cuya lectura recomiendo. Este mismo periódico recoge también unos versos de Graciano García, Chano, fundador y director de una revista tan vinculada a la vida profesional de Faustino, Asturias semanal, en la que aparecieron las entrevistas incluidas en «Asturianos de hoy».

Hay asimismo una entrevista de Xuan Bello con Faustino, emitida hace algo más de un año en la TPA, que merece la pena ver y escuchar.

Dedicatoria

Dedicatoria del libro «Asturianos de hoy», publicado en 1972.

Estampas electorales

Luis Gómez Llorente y Javier Solana (Oviedo, 1977). Foto de Vélez.

En memoria de José Vélez, gran fotógrafo y periodista fallecido hoy en Oviedo, a los 80 años. Nunca olvidaré su fina ironía ni su manejo de la metáfora y del humor carbayón en aquellos años de la Transición, que compartimos. Descansa en paz, maestro.

[Estos apuntes sobre las primeras elecciones democráticas celebradas en España tras la muerte del general Franco (las del 15 de junio de 1977) están publicados en el número de marzo de la revista asturiana Atlántica XXII. En la imagen, tomada por José Vélez, aparecen los entonces dirigentes del PSOE Luis Gómez Llorente y Javier Solana Madariaga. Los enlaces del texto no figuran en el original: los he buscado expresamente para este blog].

Otra vez elecciones en Asturias. Y de nuevo a vueltas con la imagen, con la realidad y el deseo. Hace treinta y cinco años, en la noche electoral del 15 de junio de 1977, yo era un aprendiz de periodista que aún no había alcanzado la mayoría de edad oficial establecida entonces: me faltaban cinco meses para cumplir los veintiuno. No pude votar en aquellos primeros comicios de la recién estrenada democracia, pero hacía prácticas en un diario, “La Nueva España”, que había dejado de ser meses antes órgano del extinto Movimiento para convertirse en medio de comunicación del estado y, por tanto, con todas las dependencias imaginables del gobierno que presidía Adolfo Suárez. Pese a esas limitaciones, y con el apoyo de su redactor jefe -un brillante periodista: José Manuel Ponte- había publicado, en las semanas previas a los comicios, una pretenciosa “Guía electoral asturiana” en la que iba dando cuenta de las distintas candidaturas. Aquellas páginas, preparadas con más entusiasmo que conocimiento de causa, dieron origen a ciertas protestas. Algunos lectores del periódico llamaron indignados cuando apareció publicado el logotipo del Partido Comunista de España, la hoz y el martillo: La Nueva España, decían los disconformes, “nació para combatir el marxismo y no para reproducir sus símbolos políticos”.

Tengo dos recuerdos muy claros de la lejana noche del 15 de junio. Uno de ellos tiene que ver con la carrera que me tuve que pegar de madrugada, calle Calvo Sotelo arriba, desde la sede del Gobierno Civil hasta “La Nueva España”. Nunca tuve afición ni cualidades para la velocidad, pero en aquel caso las prisas estaban más que justificadas porque llevaba conmigo los resultados casi definitivos del escrutinio. El PSOE, con 182.850 votos, había ganado en Asturias, seguido de la UCD (177.843), triunfadora en el conjunto de España.

Sin embargo, el momento que tengo más grabado de aquellas horas corresponde a la entrevista que le hice al nuevo diputado socialista Luis Gómez Llorente, cabeza de lista por Asturias. En la redacción de “La Nueva España” reinaba un ambiente festivo, con muchos invitados. Tuvimos que recluirnos en el archivo, lugar misterioso en torno al que circulaban todo tipo de leyendas urbanas sobre sus métodos de catalogación: bajo la etiqueta “Orantes”, el tenista, había también fotos de gente rezando. Allí, en aquel espacio surrealista, me empeñaba yo, joven trasnochado, en que Gómez Llorente se pronunciara sobre el uso y abuso que había hecho el PSOE del icono de Felipe González a lo largo de la campaña.

¿Ha quedado su partido reducido a una imagen, a una marca, a unos eslóganes?

Con tono profesoral, Gómez Llorente, laico y republicano, me aseguraba que no, que su partido tenía mucha historia detrás: no caería en esa tentación.

Faltaba aún tiempo para que sus desavenencias con el felipismo le apartaran casi por completo del PSOE. Después, ya se sabe: la imagen triunfó sobre la palabra, el marketing sobre las ideas y así sucesivamente hasta llegar a Twitter, que vale para todo. Fue en esa época cuando le escuché al entrañable Manolo Brun, pionero de la publicidad en Asturias, hablar de la importancia del envoltorio para vender el producto y de la necesidad, añadía, de aplicar esa práctica a la política. A mí, lleno de prejuicios, me abrumaba escuchar tales sacrilegios. Visto lo visto, aquellos balbuceos de la mercadotecnia electoral parecen lo que eran: pura ingenuidad.

La misma que yo practicaba por escandalizarme al contemplar que la primera asamblea de los catorce parlamentarios asturianos, entre ellos los veteranos comunistas Dolores Ibarruri y Wenceslao Roces, se reunía en una sala de la vieja Diputación presidida por un gran retrato de Franco. Tardaron meses en quitarlo, no sin resistencias ¿Premonición? Treinta y cinco años después, el comandantín, el siniestro general, solo es un guiñol de La Sexta y una obra de arte que ha causado polémica en Arco, pero ahí sigue, en la sombra: dando guerra.