Un tesoro en Cluny

Excavaciones en la abadía de Cluny (Francia). Foto: National Geographic.

Excavaciones en la abadía de Cluny (Francia). Foto: National Geographic.

En el viejo dilema entre la bolsa y la vida, que es algo más serio y menos peliculero que aquella orden conminatoria usada en los atracos clásicos, lo peor es perder por partida doble. Sobrecoge saber ahora que alguien, hace ocho siglos, enterró bajo la enfermería de la abadía de Cluny (Francia) más dos mil monedas de oro y plata, sepultadas hasta hoy.

El azar ha permitido este hallazgo arqueológico, que incluye un anillo de oro destinado a sellar documentos y un puñado de dinares islámicos acuñados en España y Marruecos en el siglo XII.

¿Quién haría ese depósito en tan sagrado escondite? ¿Se olvidó su dueño de retirar el botín o la vida, es decir la muerte, dejó abandonada la bolsa? Por lo que leo, nadie sabe aún la respuesta. Tampoco los investigadores de la Universidad Lumière de Lyon, autores del descubrimiento.

Monedas halladas en la Abadía de Cluny (Francia).

Monedas halladas en la Abadía de Cluny (Francia). Foto: National Geographic.

A Álvaro Cunqueiro le fascinaban tanto las historias de tesoros ocultos que dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia Galega a este asunto: Tesoros novos e vellos, leído en 1963 en Mondoñedo y publicado un año después.

La semana pasada, a punto como estoy de sumergirme de nuevo en su obra, recordé esta afición suya a las historias sobre riquezas escondidas en montes y cuevas, en sitios custodiados por seres mágicos y enigmáticos: «moros, enanos, gigantes, hadas, culebras…».

Aquel discurso académico terminaba con un canto de esperanza, tan necesario entonces como en nuestros días:

«En la aspereza de la vida cotidiana, soñar es necesario, y perder el tesoro de los ensueños es perder el más grande de los tesoros del mundo. Cuando yo escucho en alguna aldea nuestra hablar de tesoros, creo que en nuestra pobreza todavía somos ricos».

Rico debía de ser también el anónimo depositante de los dineros hallados ahora en Cluny, que no dejó noticia ni mapa del tesoro hasta que una excavadora —y un estudiante atento y observador— le hincó el diente ochocientos años después. La bolsa ha regresado a la vida, pero el misterio sigue sin resolver.

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