Esta historia debía comenzar como las viejas crónicas, con el relato de la creación del mundo. Pero comienza con la muerte de un hombre.
Álvaro Cunqueiro, El año del cometa y la batalla de los cuatro reyes, Destino, 1974.
...dalle que tumba ao seu pasado, dalle que tumba ao seu medo. Este morto é inconsistente, non hai máis que ver como treme, como se desespera.
Rexina Vega, O estado intermedio, Galaxia, 2020.
Obras de Cunqueiro acompañadas de dos figuras jacobeas de cerámica del Castro/Sargadelos.
En la lluviosa tarde del domingo 1 de marzo de 1981, casi a la misma hora en que se celebraba el sepelio de Cunqueiro en Mondoñedo (Lugo), Amancio Prada cantaba en Arzúa (A Coruña) unos versos de Cantiga nova que se chama riveira, poemario de don Álvaro publicado en 1933. La despedida en Mondoñedo fue sobria y triste, cuentan las crónicas. En el adiós de Arzúa, en medio de un paisaje de queso y miel, la pena se diluyó con música.
Yo era entonces redactor de La Voz de Galicia* en la delegación de Santiago de Compostela y dejé constancia de aquel homenaje póstumo y festivo en dos textos aparecidos en el periódico del martes, 3 de marzo, porque aún no salía el diario los lunes. La noticia publicada en las páginas de Galicia era puramente informativa: «Vendidos 30.000 quesos por un total de 12 millones de pesetas en la VI Festa de Arzúa». En la edición de Santiago me puse algo más lírico y empecé el relato con la actuación de Amancio Prada: «Arzúa: música e queixos pasados por auga».
Portada de La Voz de Galicia del 3 de marzo de 1981
Yo, plumilla en ciernes, desconocía en esa época que Cunqueiro había escrito sobre el mercado de Arzúa en los años sesenta del pasado siglo. Lo hizo (Faro de Vigo, 23 de octubre de 1962) cuando iba de peregrino a Santiago y se detuvo en la villa coruñesa, rica en aguas, como Mondoñedo, y tierra de excelentes y afamados quesos. Cunqueiro compró unas nueces y se recreó con los aromas de la feria, mientras pensaba en los caminantes de antaño: «Acaso también ellos se sentarían en estas largas mesas de pino blanqueado por los fregoteos de lejía a comer el pulpo y a cortar pan trigal. Huele a pan fresco la pila de las rotundas hogazas».
Hoy domingo, en su Mondoñedo natal, y la semana que viene en la Universidad de Vigo, se conmemora el cuadragésimo aniversario de la muerte de Álvaro Cunqueiro (1911-1981). De todo lo escrito sobre el día de su entierro en la ciudad episcopal, que fue mucho y bueno, creo que la crónica más memorable se debe al periodista Francisco Carantoña, publicada en Los Cuadernos del Norte. Cuando preparé mi antología periodística sobre don Álvaro —Al pasar de los años, Fundación Castro, 2020— siempre tuve claro que quería incluir un epílogo con dos o tres textos escritos por distintos colegas y amigos del autor de Merlín e familia, entre ellos este cálido y sentido obituario de Carantoña. Cuando lo seleccioné solo estaba disponible en las hemerotecas convencionales, pero ahora ya se puede consultar electrónicamente en el Centro Virtual Cervantes: «El día que enterramos a Cunqueiro».
Los Cuadernos del Norte, creados y dirigidos por el gran Juan Cueto Alas, recogieron en sus páginas varios trabajos del propio Cunqueiro y algunos comentarios sobre él y sus libros. Destacan especialmente los de José Doval y José Díaz Jácome. Todos ellos se pueden consultar en la Red.
Juan Cueto fue también el autor de otro artículo brillante, aparecido en El País el 27 de febrero de 1982 y galardonado posteriormente con el Premio César González Ruano de periodismo: «Mondoñedo no existe».
Cuarenta años después de su muerte, se ha estudiado por arriba y por abajo, del derecho y del revés, la obra de Cunqueiro y se ha repetido mil veces la frase de su epitafio, sugerido por él mismo unos meses antes de fallecer: «Eiquí xaz alguén que coa sua obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis». Sin embargo, aún queda bastante por descubrir y por leer, a la espera de la edición de unas deseables obras completas, que solo podrá acometer con solvencia —y en un tiempo razonable— un equipo de especialistas con apoyo institucional. Don Álvaro y su literatura en gallego y en castellano, que ha sobrevivido con lozanía al paso del tiempo, bien se lo merecen. Un precioso y tal vez obligado reto para las universidades públicas gallegas.
Una de las grandes estudiosas de la obra de don Álvaro, Rexina Rodríguez Vega, recibe hoy en Mondoñedo una merecida distinción, la de cunqueiriana de honra. Estos días, cuando leía su sobrecogedora y muy recomendable novela O estado intermedio, sonreí al toparme con un personaje, «o mono da pluma na pucha», que me recordó, pese a las diferencias y los distintos contextos, al «cabaleiro da pruma na gorra», amigo de don Álvaro —Dona do corpo delgado, 1950— convertido también en canción por Amancio Prada.
La novela de Rexina plantea un recorrido inquietante por los caminos de la vida y de la muerte, del éxito y el fracaso de nuestras frágiles existencias. Estamos en el año de Dante, tantas veces mencionado por Cunqueiro para prevenirnos del mal futuro de los tristes. Es muy conocida la respuesta del autor de As crónicas do sochantre —esa delirante caravana de muertos deambulantes— ante quienes le tildaban de escritor escapista y sin compromiso: «Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana. Dante encontró a los tristes en el Infierno», escribió en Faro de Vigo el 29 de mayo de 1963.
Cunqueiro, como es vox pópuli, era muy entendido en demonios y en asuntos del más allá. Aunque solo sea por no acabar entre llamas, a quienes ya lucimos sienes plateadas más nos vale mantener el tipo y poner siempre buena cara, pese a las circunstancias: «La tristeza es una lujo que solo se pueden permitir los jóvenes», solía repetir don Álvaro.
Dentro de unas horas, en Mondoñedo, se cumplirá con el ritual de leer colectivamente un libro de Cunqueiro. En este año de pandemia y mascarillas, en este tiempo de incertidumbre, le toca el turno a su última novela, El año del cometa y la batalla de los cuatro reyes. Y será Rexina Vega la encargada de iniciar esa lectura:
Esta historia debía comenzar como las viejas crónicas, con el relato de la creación del mundo. Pero comienza con la muerte de un hombre…
—Un extranjero seguramente…
—Esos pantalones rojos se llevan en Levante…
Publicada en 1974, El año del cometa y la batalla de los cuatro reyes fue la última novela de Cunqueiro.
*Hoxe, La Voz de Galicia ocúpase das últimas publicacións aparecidas en torno á obra literaria de Álvaro Cunqueiro.
Eu nascín / —entre as zocas e os lóstregos / na mitad da noite— corenta e sete días despóis do primeiro aroplano.
Álvaro Cunqueiro, Poemas do si e non, 1933.
Imagen de «O labirinto do Imperio Secreto», de Álvaro Cunqueiro, publicación auspiciada por la Casa-Museo de Mondoñedo (Lugo).
La estación favorita de Cunqueiro siempre fue el otoño. El calendario marcó hace unas horas su final para dar paso a la entrada del invierno. Sin embargo, el frío apenas se nota por Mondoñedo estos días, según compruebo desde la lejanía, a quinientos kilómetros de distancia. Las previsiones meteorológicas indican que hoy martes habrá temperaturas suaves, casi primaverales, en la antigua Vallibria, con máximas de dieciocho grados y mínimas de trece. El tiempo, y los tiempos, están cambiando. No hay relámpagos en medio de la noche ni monotonía de lluvia tras los cristales del Hotel Montero, así que echo mano del archivo para evocar gotas y aguaceros de antaño.
El valle mindoniense entrevisto desde el Hotel Montero en un día de lluvia.
Hoy, 22 de diciembre, se conmemora en Mondoñedo el nacimiento del escritor Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981). La corporación municipal, como hace cada año desde el fallecimiento del autor de Merlín e familia, hará una ofrenda floral ante su tumba —salvo impedimentos de última hora—, en el cementerio viejo de la ciudad episcopal. Es un nicho humilde y sobrio, casi a ras de tierra, que con el tiempo se ha convertido en un lugar muy visitado por los seguidores del escritor. En la blanca lápida puede leerse el epitafio insinuado por el propio Cunqueiro unos meses antes de morir: «Aquí xaz alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis».
Cubiertas de mis dos libros sobre Cunqueiro publicados en 2020.
Con motivo de la celebración de este natalicio, hace ya ciento nueve años, con fecha de hoy ha salido de imprenta, en Compostela, O laberinto do Imperio Secreto, una selección de veinte artículos de Cunqueiro (en castellano) que he tenido la suerte de elegir, editar y prologar.
La lectura y el estudio de la obra de Álvaro Cunqueiro me acompaña desde hace unos cuantos lustros, pero en este aciago 2020 que ahora termina, y con tanta incertidumbre aún, su cercanía y su presencia han sido incluso mayores. El 7 de marzo pasado, muy pocos días antes de que se declarara oficialmente en España la pandemia del Covid-19 —un nombre bien poco poético, por cierto, incluso para un virus— tuve el honor de presentar en Mondoñedo mi antología periodística de Cunqueiro, publicada por la Biblioteca Castro bajo el título Al pasar de los años. Por razones obvias, las posteriores puestas de largo de la obra, previstas en distintos lugares de Galicia, quedaron aplazadas sin fecha.
En los primeros días de reclusión obligada, con la mente puesta en la insólita situación que nos ha tocado vivir, me propuse poner cierta distancia con la obra de don Álvaro, tras dedicar todo 2019 a la preparación —muy grata, pero intensa— de la citada antología. Este alejamiento voluntario, una especie de ayuno literario cunqueiriano, duró poco tiempo. Por influencia del propio Cunqueiro, a quien nunca se lee en vano, volví a los Diarios de Samuel Pepys, a sus crudos relatos sobre la peste que azotó el Reino Unido en 1665. Y recalé en la recreación que hizo de esa misma epidemia Daniel Defoe años después, en su Diario del año de la peste (1722). También me acerqué a los Ensayos de Montaigne, otro de los autores favoritos de Cunqueiro, quien vivió de cerca los estragos de la enfermedad en Burdeos, allá por 1585.
Semanas después, primero por sugerencia de César Cunqueiro —primogénito de nuestro autor— y después por encargo del profesor y amigo Armando Requeixo, afronté la grata tarea de recopilar y editar la serie de artículos dedicada por don Álvaro al Imperio Secreto, una de sus creaciones periodísticas más enigmáticas y singulares.
Primer artículo de Cunqueiro sobre el Imperio Secreto (La Noche, 10.12.1959).
Este nuevo volumen, impreso el 22 de diciembre de 2020 para conmemorar el natalicio del gran escritor mindoniense, aparece bajo el título O labirinto do Impero Secreto. Se trata de una antología de veinte artículos en castellano, publicados en distintos medios entre 1959 y 1976. A través de estos textos, el autor recrea una sociedad imaginaria, distópica, cuyos ciudadanos habitan un supuesto Imperio Secreto regido por sucesivas dinastías de gobernantes. Estos mandatarios, auxiliados por consejeros poéticos y cantores del otoño, cuentan con el apoyo de distintos organismos y departamentos: el Consejo de Azar, la Cancillería Imperial de Granos y la Cámara de Ajedrez entre ellos. Su capital, temporal e «invisible», está situada en el santuario lucense de Santa María do Cebreiro, una referencia obligada de la ruta jacobea.
El primer artículo de la serie dedicada al Imperio Secreto, cuya totalidad no supera la treintena de textos, fue tecleado por Cunqueiro en Mondoñedo, en la vieja máquina Smith Premier, heredada de su padre. Se publicó en el desaparecido diario La Noche de Santiago de Compostela el 10 de diciembre de 1959, bajo el título «El Imperio Secreto y los esclavos». El asunto, según relata el propio Cunqueiro, está inspirado en un propos (breve comentario) del filósofo Émile-Auguste Chartier (Alain) en la Nouvelle Revue Française, recogido en el número correspondiente a noviembre de 1929.
Desde entonces, y con algunas intermitencias, Cunqueiro no dejó de darle vueltas a su Imperio Secreto hasta mediados de los años setenta. La última columna relacionada con esta serie, «Elecciones en el Imperio Secreto», vio la luz el 11 de febrero de 1976 en la revista Sábado Gráfico.
Portada y último artículo sobre el Imperio Secreto (Sábado Gráfico, 11.2.1976).
El Imperio Secreto le sirvió a Cunqueiro como refugio y lugar de observación. Desde esta trinchera imaginaria pudo opinar e ironizar sin cortapisas sobre cuestiones muy diversas. Y lo hizo en un país real, España, en donde alguno de los asuntos planteados en esos artículos —xenofobia, racismo, tecnocracia, elecciones, espionaje, desigualdad, censura— eran todavía auténticos tabúes. Aun así, constatar tales evidencias no permite inferir con seguridad si Cunqueiro —cuyas explicaciones sobre los propósitos de la serie fueron escasas y tangenciales— pretendió ejercer determinada crítica social y política con el Imperio Secreto o solo lo escribió como pasatiempo y ejercicio literario. Ambas posibilidades parecen verosímiles y no son necesariamente contradictorias ni excluyentes.
Esta veintena de columnas del Imperio Secreto constituye una muestra ínfima, pero muy representativa, del periodismo cunqueiriano, esencial en el conjunto de su obra literaria. Los artículos de Cunqueiro publicados en periódicos y revistas a lo largo de medio siglo pueden leerse —suele decirlo su hijo César— como «un inmenso diario» elaborado por don Álvaro entre 1930 y 1981.
En ese diario, en esos miles de artículos escritos por Álvaro Cunqueiro, siempre hay una ventana abierta a la esperanza. Por eso, en el Imperio Secreto cunqueiriano, «los mandarines pedían a los súbditos que se aferrasen a sus sueños, y acariciasen en sus corazones la ilusión de días alegres y luminosos. De los fondos imperiales se pagaba una secta que sostenía que la Edad de Oro, cantada por los poetas antiguos y explicada por Don Quijote a los pastores, todavía no había acontecido».
Le gustaba desempolvar sus viejas gramáticas: era, para él, un dulce modo de tener presente su condición de mortal.
Herman Melville, Moby Dick, 1851
El 19 de mayo de 1962, en el Madison Square Garden de Nueva York, Marilyn Monroe cantó el «Cumpleaños feliz» al presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy.
Puede que no haya acto más narcisista que la celebración de un cumpleaños. En los sesenta y cuatro otoños que alcanzo hoy, 21 de noviembre, he procurado pasar esa fecha con discreción y sin grandes alardes conmemorativos. Sin embargo, en este 2020 —extraño y agotador por obra y gracias de un virus— he sucumbido, mea culpa, a la socorrida tentación de comentar qué pasaba en el mundo el día que nací yo. Sucedió en un lugar de Asturias de cuyo nombre sí quiero acordarme: Arriondas, Les Arriondes, capital del ayuntamiento de Parres. Me pregunto hoy, como dice la canción de Imperio Argentina en Morena clara, qué planeta reinaría entonces y me asomo a mi particular y mínima historia con más perplejidad que nostalgia. Antes de iniciar estas líneas pensaba citar al obispo fray Antonio de Guevara, quien tenía una curiosa teoría sobre la superación de la frontera de los sesenta y tres años de vida humana— se la expuso en una de sus epístolas familiares al almirante don Fadrique Enríquez—, pero a última hora me he decantado por Herman Melville. La razón es sentimental: la segunda adaptación cinematográfica de la aventura dramática y obsesiva del capitán Ahab la dirigió John Huston en 1956, el año de mi nacimiento. En 2015, Ron Howard (The heart of the sea) volvió a seguir las huellas de Melville y nos acercó a la tragedia del Essex, una de las diversas fuentes de inspiración de Moby Dick. La ballena blanca, como el escribiente Bartleby, siempre está ahí, a la espera.
Al final, como cantaba Luis Eduardo Aute, ocurre «que todo en la vida es cine / y los sueños / cine son». Dicho sea en recuerdo del propio Aute, fallecido el pasado mes de abril, y de Miguel Ángel Aramburu, paisano mío e impulsor de un festival de cine en la calle y de otras iniciativas culturales organizadas en Arriondas, muerto también en mayo. Ni Aute ni Aramburu fueron víctimas de la pandemia, que yo sepa al menos, pero ambos nos dejaron prematuramente en la fatídica primavera del coronavirus. En su memoria: Más cine, por favor.
Después de este largometraje, Elvis participó en una treintena de películas más.
El 21 de noviembre de 1956, miércoles, quinientas veinticinco copias de la primera película de Elvis Presley, Love me tender, llegaban a otras tantas salas de proyección de Estados Unidos. El estreno fue un éxito de taquilla, a pesar de recibir algunas críticas adversas y de tener que competir con la obra póstuma de James Dean, Giant, largometraje estrenado solo tres días después. América bailaba al ritmo de su gran estrella del rock —en plena época de lanzamiento discográfico— y también se emocionaba ante las pantallas con las imágenes de su último ídolo juvenil, muerto prematuramente en un accidente de coche. Transcurrían los primeros años de la guerra fría y, en medio de conflictos como la crisis del Canal de Suez, la Unión Soviética continuaba con el despliegue de sus tropas en Hungría. El Kremlin quiso demostrar con tanques y soldados —Desde Rusia, con amor— que allí no cabía más revolución que la dirigida y controlada desde Moscú.
En España, el día que nací yo, que fue ese 21 de noviembre de 1956, todo era bastante más sombrío. Las primeras páginas de los periódicos de aquel miércoles anunciaban la visita —el día anterior— del general Francisco Franco al monasterio del Escorial. El dictador, autoproclamado caudillo por la gracia de Dios, había presidido en la basílica el homenaje anual al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, fusilado en una cárcel republicana el 20 de noviembre de 1936. Decían también los diarios que, tras la ceremonia fúnebre, Franco y su séquito, despedidos, «entre incesantes aclamaciones, con vítores y aplausos», se dirigieron a Cuelgamuros «para visitar las obras del Valle de los Caídos», inauguradas el 1 de abril de 1959. Allí serían enterrados después los restos de Primo de Rivera y del propio Franco.
Eran las estampas habituales de la España oficial y vencedora de la guerra civil. Para vislumbrar en la prensa de entonces leves ecos de la vida real es necesario fijarse, mejor que en las noticias, en la publicidad; en esos anuncios que dejaban traslucir deseos y sueños inalcanzables en medio de la miseria silenciosa. El ABC de Madrid insertaba ese 21 de noviembre de 1956 una página de AnísdeLa Praviana, empresa afincada en Asturias y patrocinadora de un concurso que prometía dicha y fortuna: el mes de la felicidad. Echen un vistazo a los premios descritos en el reclamo, especialmente al primero y al segundo. Dan ganas de concursar incluso hoy.
El anís asturiano que prometía una vida de lujo durante treinta días.
Es probable que la pareja de agraciados con ese primer premio del sorteo, quienes además de viajar por la península y vivir a cuerpo de rey durante un mes podían asistir a los espectáculos que quisieran, eligiera ir al cine. En la cartelera no faltaban las propuestas piadosas, como Un traje blanco, anunciada por ABC como «la gran película que el mundo esperaba de España: la historia de un niño que arriesgó su vida por tomar la comunión». Con guion de Vicente Escrivá, el largometraje estaba dirigido por Rafael Gil.
El actor Miguelito Gil, en el papel de Polonio, uno de los protagonistas de la película.
Si los ganadores del concurso de La Praviana viajaban a Barcelona podrían disfrutar de ofertas cinematográficas más atrevidas. Ese 21 de noviembre se anunciaba en La Vanguardia el estreno de Cariño, ¿por qué lo hiciste? (Darling, How Could You!), con una Joan Fontaine, «encantadora, ingenua, pícara, seductora y distraída», según la publicidad. También se daba cuenta en un faldón del mismo rotativo de la posibilidad de ver, en el Fantasio, la versión original de Ese tranvía llamado deseo: «Las propias voces de Vivien Leigh y Marlon Brando en los mismos diálogos de la famosa obra de Tennesse Williams».
Anuncio publicado en La Vanguardia el 21 de noviembre de 1956.
Un tranvía llamado Deseo (A Streetcar Named Desire) se había estrenado en 1951.
Mi pueblo, como el blanco Moguer de Juan Ramón Jiménez, estaba muy lejos de Madrid y de Barcelona, incluso de Oviedo, la capital, a donde viajábamos en tren solo en circunstancias excepcionales, en mi caso para visitar la consulta del oculista: tengo historia clínica con los Fernández-Vega desde hace sesenta años. Todo llegaba a nuestra villa con retraso, también las películas, aunque no he logrado averiguar qué títulos se podían ver entonces en el Cine Peñasanta de Arriondas. Obviamente, mis recuerdos de aquella sala son posteriores. Guardo en la memoria la imagen de Antonio Machín, que vino a actuar allí en directo una tarde, imagino que mediados los años sesenta. Sí he podido confirmar, gracias a nuestro cronista oficial Fran Rozada, que fue en 1956 cuando se inauguró la biblioteca municipal de Arriondas, con unos fondos de mil doscientos libros. Acudí muchas veces a sus dependencias, que estaban en el edificio de las escuelas públicas. Mentiría si dijera que allí me hice lector. Creo que no pasé de hojear los ejemplares del gatoPumby y de mirar con asombro unos estantes cuyos ejemplares me resultaban incomprensibles, pero muy aromáticos. Pienso que fue allí en donde aprendí a oler los libros y a acariciar sus lomos, tal vez por influencia del felino.
Es improbable que entre esos volúmenes estuvieran los dos tomos de una obra publicada el 31 de diciembre de 1956 en Buenos Aires: España, un enigma histórico, de Claudio Sánchez-Albornoz, entonces en el exilio. No es momento ni lugar para extenderse en los apasionantes detalles de su eterna polémica con otro historiador republicano, Américo Castro, autor de España en su historia (1948), disputa intelectual que se mantuvo hasta la muerte de este último, en 1972.
Primera edición de la obra, publicada en 1956 en Buenos Aires.
He querido hoy retratar al sol otoñal que entra por mi ventana de El Escorial esos dos volúmenes, un regalo de cumpleaños con el que me he obsequiado a mí mismo esta semana. Lo he hecho con el ánimo de rescatar unas palabra de don Claudio —padre de Nicolás, preso fugado de las obras del Valle de los Caídos y exdirector del Instituto Cervantes— procedentes del colofón de España un enigma histórico, conclusión que aparece al final del segundo tomo. Y lo hago hoy, 21 de noviembre de 2020, cuando aún resuenan las voces de unas decenas de nostálgicos del franquismo que han salido en los informativos lanzando proclamas a favor del dictador, algo insólito en un país democrático como el nuestro. Un país, para qué obviarlo, que ha tardado más de cuarenta años, los mismos que duró la dictadura, en sacar el cadáver de Franco de un mausoleo, el Valle de los Caídos, propiedad de Patrimonio Nacional. De un monumento en el que se le han rendido honores y homenajes hasta octubre de 2019.
El olvido nunca es saludable. Dice Claudio Sánchez-Albornoz en ese colofón, titulado «Los españoles y la historia»:
Desde hace siglos muchos españoles reniegan de su historia(…); pero España es uno de los viejos pueblos de Occidente, sus servicios a Europa son notorios y su historia puede resistir todas las tempestades del análisis menos simpatizantes sin que se tambalee el edificio de su vida. El enfrentamiento de nuestras ideas sobre su ayer remoto o próximo puede ser fecundo para la formación de la conciencia nacional. (…) Dejemos de arrojarnos al rostro unos a otros tales o cuales trozos del ayer español con ánimo agresivo. Intentemos hacer una historia para todos los hispanos y no al servicio de este o aquel partido o bandería.
Sánchez-Albornoz, que regresó del exilio argentino el 23 de abril de 1976, mantuvo esta misma opinión, la publicada en 1956, en las primeras declaraciones que hizo al pisar tierra española en el aeropuerto de Madrid. Republicano y liberal, y muy alejado de las izquierdas, al llegar a Barajas matizó que él de rojo solo tenía la corbata que lucía aquella mañana. En Asturias, a cuya historia dedicó importantes estudios históricos, recibió distintos reconocimientos tras su regreso. Recuerdo que uno de los ejercicios de la oposición que hice en 1985 para ingresar como redactor en Televisión Española —creada también en 1956— consistió en improvisar una locución sobre las imágenes de la vuelta a España de don Claudio. El vídeo era este, aunque sin la voz añadida del que fuera presidente del Gobierno de la República en el exilio. Entre las caras conocidas de los informadores que estaban a pie de pista veo la de Manolo Avello, legendario y brillante periodista ovetense, a quien tuve el honor de conocer en la redacción de La Nueva España.
Escribía Nicolás Sánchez-Albornoz, parafraseando a Benedetto Croce, que «toda historia es historia contemporánea». Una imagen de hoy nos puede llevar a un recuerdo de ayer. Suelo decir que mi magdalena de Proust es una taza de café con leche con pan desmigado en el interior.
El primer fotograma de Love me tender —la película de Elvis estrenada el 21 de noviembre de 1956 a la que aludía al inicio de estas notas— es la de una máquina de vapor que circula con sus vagones por la vía, al final de la Guerra de Secesión (1861-1865) en Estados Unidos. La locomotora humeante me trasladó a los trenes de mi infancia, aquellos convoyes de la compañía Ferrocarriles Económicos de Asturias que, desde la estación de Arriondas, nos traían y llevaban a Oviedo o a Gijón, también a las cuencas mineras, previo transbordo en El Berrón. Pueblos y ciudades de una región que Francisco Labadíe Otermín, entonces gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, y Gonzalo Cerezo, analizaban con evidente triunfalismo en La hora de Asturias, obra firmada por ambos en 1956. Su propósito, según anunciaban en el prólogo, era ni más ni menos que «reflejar la vida y el progreso de Asturias entre los años comprendidos por esa fecha [1939] y la que marca la aparición de este libro; lo que constituye, en una palabra, la última y más importante revolución de Asturias».
La realidad era bien distinta, bastante más oscura, pero de eso yo tardaría aún bastante tiempo en darme cuenta. Crecí en la España en la que imperaba el espíritu de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; en la España que cantaba el Cara al Sol y veía el NODO. A día de hoy —y para no salirme de la fecha que me ha servido de pretexto para hilvanar estas líneas— prefiero saber que, sin que yo tuviera noticia de ello hasta muchos lustros después, el 21 de noviembre de 1956 —el día que nací yo— un astro del rock cantaba, a miles de kilómetros de distancia de Arriondas, una luminosa canción de amor.